El pirata

Harold Robbins · Capítulo 30 de 50

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El pirata

Capítulo 14

catorce

 

El zumbido de la máquina de afeitar la despertó. Jordana se volvió en la cama. Por la puerta abierta que llevaba al cuarto de baño pudo verlo frente a un espejo, una toalla enroscada contra su esbelta cintura. La expresión de concentración en su cara era familiar. El afeitarse le absorbía completamente.

Se sentó en la cama y buscó un cigarrillo. Había sido un extraño fin de semana. Extraño porque había habido momentos en los que parecían haberse acercado a la intimidad que una vez habían tenido. Pero cada vez que eso ocurría uno de ellos hacía algo para desviar y destruir el sentimiento.

Dos veces en aquel fin de semana habían hecho el amor. La primera vez lo había estropeado todo al pedir un castigo. «Pégame» había dicho, y él se había apartado.

La segunda vez había sido la noche anterior, tras fumar el cigarrillo de Jabir. Esta vez ella estaba dispuesta. El hachís la había relajado, y se sentía lánguida y cómoda. Solo deseaba hacer el amor hermosa y simplemente. Quería que fuera como la primera vez que se habían visto.

Pero las cosas fueron ahora completamente distintas. La había poseído brutalmente, penetrándola con una salvaje brusquedad. Tres veces entró y salió de ella; a la cuarta eyaculó. Tomada por sorpresa ante su rapidez, ella se lo quedó mirando al rostro. Era inexpresivo, como si nada de aquello tuviera que ver con él. No pudo apreciar ni alegría ni placer.

Un momento después la dejó y se quedó a un lado de la cama, dormido. Jordana permaneció largo rato sin dormir, y pensó en la primera vez que la había tomado sin amor, haciéndole sentir que ella no era nada, fuera de un receptáculo para su propio uso y conveniencia. Entonces había establecido claramente que las cosas debían ser así, y así habían sido…, hasta este fin de semana.

Tras el primer fracaso había esperado que hubiera otro momento, un momento mejor en el que pudieran estar juntos. Pero no había ocurrido. Fuera lo que fuese lo que había buscado en ella aquel fin de semana, la cosa había pasado. Y se preguntaba si alguna vez volvería a presentarse otra oportunidad.

Baydr salió del cuarto de baño, húmedo de la ducha, y la miró.

—Mañana salimos para Los Ángeles —dijo con voz indiferente—. ¿Qué planes tienes para después?

Actuaba como si fueran desconocidos.

—Encantada de haberte visto —dijo Jordana—. Espero que volvamos a encontrarnos.

Una expresión intrigada cruzó el rostro de Baydr.

—¿Qué dices?

—Nada. No tengo planes.

—¿Volverás a Francia?

—¿Y tú? —preguntó ella—. No sería mala idea que fueras a ver a los chicos. Has estado fuera todo el verano, te echan de menos.

—No puedo —contestó él secamente—. Hay demasiado que hacer en este momento. Además, he planeado pasar un tiempo con ellos en Beirut este otoño. Estaré allí por lo menos seis semanas.

—Unos pocos días significaría tanto para ellos… La voz de él se hizo tajante.

—He dicho que no tengo tiempo. —Se dirigió al armario y sacó una camisa—. Es probable que deba partir en seguida para Japón.

—Nunca he estado en Japón. Me han dicho que es fascinante.

—Tokio es un manicomio —dijo evasivamente—. El tráfico es atroz, y todo está tan repleto que no se puede respirar.

Jordana se sometió. No quería llevarla. No le servía allí de nada.

—Creo que me quedaré algunos días en Los Ángeles. Visitaré algunos amigos, y después quizá vaya a San Francisco para ver a mi familia.

Baydr se enfundó los pantalones.

—No me parece mala idea. Pero procura estar de vuelta en Francia a principios de la semana próxima. No quiero que los chicos se queden demasiado tiempo solos.

—Lo arreglaré —contestó ella. Con cuatro criados, dos guardaespaldas y la nanny, los chicos no estaban exactamente solos.

Sonó el teléfono, y Baydr contestó. Escuchó un momento, después asintió, complacido.

—Bien, Dick —dijo—: pida el avión, y dígales que partiremos en cuanto llegue al aeropuerto de Los Ángeles.

Dejó el teléfono.

—Salgo en seguida para Tokio —dijo—. Puedes usar mi bungalow en el hotel, si quieres.

—Me gustaría mucho.

—Yusef está en el hotel, en una reunión con Vincent. Si necesitas algo, puedes recurrir a él.

Se puso los zapatos y se dirigió a la puerta.

—¿Cuánto tiempo crees que tardarás en estar lista para salir de aquí?

—No mucho.

Asintió y salió del cuarto.

Por un momento permaneció sentada, sin moverse. Después recogió el cigarrillo y saltó de la cama. Se plantó frente al espejo, dejó caer el camisón al suelo, y miró su cuerpo desnudo.

Físicamente seguía siendo la misma. Tal vez sus pechos eran algo más llenos desde el nacimiento de los niños, pero eran firmes, y su cuerpo tenía el tono musculoso de la juventud. Podía estar contenta. Pero no lo estaba. La abundancia de riqueza y las comodidades que esta acarreaba no bastaban. En la vida debía haber algo más que permanecer quieta, esperando ser usada.

 

El teléfono sonó en el cuarto de Yusef. Pero no se movió, esperando que cesaran las llamadas. Estaba exhausto. El joven norteamericano que había encontrado en el After Dark la noche antes lo había agotado. El muchacho había sido insaciable. Finalmente, cuando apenas podía moverse, Yusef le había dado cincuenta dólares y lo había despedido.

El hombre había mirado el billete de cincuenta dólares, después había mirado a Yusef.

—¿Quieres que te telefonee?

—No estaré aquí. Me voy mañana.

—Me gustaría volver a verte.

Yusef sabía exactamente lo que el joven quería volver a ver. Otro billete de cincuenta dólares.

—Me comunicaré contigo cuando vuelva a esta ciudad.

—No tengo teléfono, pero puedes dejarme un mensaje con el hombre del bar.

—De acuerdo —dijo Yusef.

El hombre se había ido, y Yusef se sumergió en el sueño de los muertos. Y ahora el maldito teléfono no cesaba de sonar. Si Baydr estuviera todavía en la ciudad se habría precipitado a atender, pero Baydr había partido para Japón la noche antes.

El teléfono del dormitorio dejó de llamar, pero empezó a sonar en la sala. Yusef se echó una almohada sobre la cabeza y procuró volver a dormir, pero un momento después volvió a sonar el teléfono del dormitorio.

Maldición. Yusef atendió.

—Hola gruñó, furioso.

Las palabras fueron dichas en francés, con fuerte acento árabe.

—¿Monsieur Ziad?

Automáticamente, Yusef contestó en árabe. La voz pasó a la lengua nativa.

—No nos hemos encontrado personalmente, aunque hemos hablado por teléfono. Estuvimos juntos en una fiesta en el yate de Al Fay, la noche del cumpleaños de la señora Al Fay. Mi nombre es Alí Yasfir.

—Ahlan wasahlan —dijo Yusef, ahora totalmente despierto. Sabía quién era Alí Yasfir.

—Ahlan biik —dijo Yasfir formalmente.

—¿En qué puedo serle útil? —preguntó Yusef cortésmente.

—Si tiene usted tiempo, me gustaría que nos encontráramos para hablar de asuntos de interés común.

—¿Dónde está usted?

—Aquí en Los Ángeles. ¿Qué le parece si almorzamos juntos?

—Podría arreglarse. ¿Dónde quiere que nos encontremos?

—En cualquier parte. Donde le resulte cómodo.

—A la una. En el Polo Lounge, aquí en el hotel.

Dejó el teléfono. Conocía los resultados del último encuentro de Baydr con Yasfir. También estaba seguro de que Yasfir sabía que lo sabía. De todos modos, algo grande debía haber en el aire para que Yasfir se pusiera en contacto con él. Generalmente, Yasfir iba directamente a lo más alto.

Tomó nuevamente el teléfono.

—Buenos días, señor Ziad —dijo la operadora alegremente.

—Comuníqueme con el cuarto del señor Vincent… —No había manera de almorzar con dos personas a la vez. El de Vincent debía ser pospuesto.

 

Siguiendo la costumbre árabe, Alí Yasfir no llegó al punto culminante del encuentro hasta que colocaron ante ellos el café.

—Tengo entendido que la compañía de importación de ustedes está trayendo a los Estados Unidos muchas cosas desde el exterior.

Yusef asintió.

—Así es. Es sorprendente descubrir cuantas cosas podemos fabricar en Oriente Medio que compran luego los norteamericanos.

—También tengo entendido que es responsabilidad suya descubrir las pequeñas fábricas en Oriente Medio cuyos productos puedan ser vendidos en el mercado norteamericano.

Yusef asintió.

—Yo también represento a algunos fabricantes que están deseosos de embarcar sus productos para los Estados Unidos. Por el momento tratamos con exportadores europeos, y tenemos con ellos muchos problemas.

Yusef guardó silencio. Conocía los problemas. Demasiados embarques habían sido interceptados por la Oficina Federal de Narcóticos. Corrían rumores en Oriente Medio de que ciertas personas importantes estaban muy disgustadas con la actuación de Yasfir.

—Tenía entendido que estaban trasladando ustedes buena parte de sus operaciones a Sudamérica —dijo.

—Es verdad —asintió Yusef—. Pero eso es parte de nuestro programa de expansión. La demanda de nuestros productos es tan grande como siempre.

—Querría poder serle de alguna utilidad —dijo Yusef suavemente—. Pero el señor Al Fay ya ha fijado nuestra política, y no creo poder convencerlo para que cambie de idea.

—Estoy seguro de que el señor Al Fay no conoce todos los detalles de cada artículo que ustedes importan. Estoy seguro de que eso ha quedado en sus muy capaces manos.

Era verdad. No era necesario que Baydr supiera. Miles de dólares en objetos de poco valor eran embarcados sin que él lo supiera.

—Llegaríamos a un acuerdo más ventajoso para usted si encontramos la manera de trabajar juntos —dijo Alí Yasfir sonriendo—. Usted conoce los precios que nos proporciona nuestra mercancía. A veces hasta un millón de dólares por embarque que no ocupa más lugar que un cajón de muñecas egipcias. Podría disfrutar usted de una bonificación del diez por ciento, simplemente a cambio de su buen hacer. Sin riesgo.

Yusef lo miró. Era mucho dinero. De mala gana agitó la cabeza. Detestaba decir que no. Pero, dijera lo que dijera Yasfir, era muy arriesgado. Tarde o temprano alguien hablaría. Y entonces todo habría terminado.

—Lo lamento —dijo—. En este momento no contamos con las facilidades. Tal vez más adelante, cuando seamos más grandes y estemos mejor equipados.

Alí Yasfir asintió. Estaba satisfecho. Tarde o temprano, Yusef iba a ceder. Era simplemente cuestión de aumentar la oferta hasta llegar al punto en el que no podría resistirse.

—Piénselo. Volveremos a hablar cuando vuelva usted a París.

—Sí —dijo Yusef—. Tal vez para entonces haya cambiado la situación.

Alí Yasfir levantó la taza de café.

—¿El señor Al Fay está de viaje a Japón?

Yusef asintió. No estaba enterado de que vigilaran tan atentamente los movimientos de Baydr.

—Sus negociaciones con los japoneses son muy prometedoras —dijo Alí Yasfir.

—Estoy muy poco enterado —dijo Yusef rápidamente.

Yasfir sonrió.

—Todavía más importante que el pequeño negocio que hemos discutido sería una asociación con él. Tenemos por él una alta consideración.

—Todo el mundo la tiene —añadió Yusef.

—Seguimos creyendo que podría influir mucho en nuestra causa —dijo Yasfir—. Si nos apoyara tendría aún más influencia sobre aquellos que, como él, tienen un punto de vista conservador.

Yusef no habló. Yasfir tenía razón. Aquello era mucho más importante que los embarques de narcóticos.

—Si encontrara usted alguna manera de influirlo para que apoyara nuestra causa —dijo Yasfir—, pasaría usted el resto de sus días en medio del lujo, y Alá derramaría sobre usted sus bendiciones por la ayuda que habría proporcionado usted a su pueblo oprimido.

—El señor Al Fay no es un hombre fácilmente influenciable.

—Es humano —contestó Yasfir—. Se encontrará la manera. Tarde o temprano. quince

Yusef pidió la cuenta y la firmó. Cuando salían del Polo Lounge tropezaron con Jordana.

—Creí que el señor Vincent iba a almorzar con usted —dijo ella—, y venía un momento a decirle que asistiré con mucho gusto a la reunión de esta noche.

—Se lo diré —dijo Yusef—. Tal vez podamos ir juntos.

Ella percibió a Alí Yasfir, que estaba un poco apartado. Yasfir se inclinó.

—Madame Al Fay —dijo—. Qué alegría volver a verla…

Yusef vio el desconcierto en la cara de Jordana.

—¿Recuerda usted al señor Yasfir? —dijo rápidamente—. Estuvo en su fiesta de cumpleaños, en el barco.

—Naturalmente —dijo ella—. ¿Cómo está usted? Yasfir se inclinó de nuevo.

—Estoy muy bien, y es usted todavía más hermosa de lo que recordaba. Pero debo disculparme. Llego tarde a una cita.

Jordana le miró alejarse por el vestíbulo y después se volvió hacia Yusef.

—Espero que Baydr no tenga negocios con ese hombre —dijo.

Yusef se quedó sorprendido. Era la primera vez que oía decir a Jordana algo acerca de los socios de Baydr.

—No lo creo —contestó. Después la curiosidad lo venció—. ¿Por qué dice usted eso?

Un velo pareció caer sobre los ojos de ella.

—No lo sé —contestó—. Tal vez sea intuición femenina. Pero percibo algo peligroso en él.