El pirata
Capítulo 9
Baydr miraba a Jordana en el otro extremo de la habitación. Estaba satisfecho. Había tomado la decisión justa. Jordana era exactamente el equilibrio que necesitaba. En aquel momento ella se despedía de los Hutchinson. Había impresionado a las esposas, y no cabía duda que eso significaba mucho en las relaciones que iba a tener con los empleados del Banco. Ahora formaban un equipo.
Naturalmente, la nueva propuesta de compartir ganancias había ayudado mucho. El quince por ciento de las ganancias para ser distribuidas entre los empleados sobre una base de dividendos de Bolsa no había molestado en absoluto. Había algo que todo el mundo tenía en común: la avaricia.
Joe Hutchinson se le acercó.
—Me alegro de que hayamos podido reunirnos —dijo con su vigorosa voz californiana—. Es bueno saber que el hombre con quien uno trabaja tiene tus mismas ideas.
—Yo también estoy contento, amigo —dijo Baydr.
—Las mujeres se han entendido bastante bien —dijo Hutchinson, mirando a su esposa—. Jordana ha invitado a Dolly a que la visite en el sur de Francia el próximo verano.
—Bien. —Baydr sonrió—. Venga usted también. Nos divertiremos.
El californiano guiñó un ojo e hizo una mueca.
—Me han hablado de esas chicas francesas —dijo—. ¿Es verdad que andan sin la parte superior del bikini en la playa?
—En algunas playas.
—Iré, no le quepa duda. No llegué a ir a Europa durante la guerra. Me destinaron a África del Norte, y las únicas mujeres que había allí eran putas de lo peor. Ningún hombre respetable las tocaba. O bien tenían alguna enfermedad venérea, o algún negro esperaba en un callejón para darnos una puñalada.
Aparentemente, Hutchinson ignoraba que estaba hablando de los países árabes. En su mente no podía haber ninguna asociación entre los nativos de África del Norte y el hombre que estaba ante él.
—La guerra fue bastante mala —dijo Baydr.
—¿Estuvo su familia en ella?
—Realmente no. Nuestro país es pequeño, y nadie pensó que fuera bastante importante como para pelear por él. —No mencionó que el príncipe Feiyad había firmado un acuerdo estipulando que si Alemania ganaba, ellos iban a estar encargados de todo el desarrollo petrolero en Oriente Medio.
—¿Qué le parece? —preguntó Hutchinson—. ¿Habrá otra guerra en Oriente Medio?
Baydr le miró a los ojos.
—Sé tanto como usted.
—Bueno, si llega a pasar algo —dijo Hutchinson—, espero que les den ustedes una paliza a los judíos. Ya es hora de que alguien los ponga en su lugar.
—No tenemos muchos clientes judíos, espero —dijo Baydr.
—No, señor —dijo el banquero con entusiasmo—. No los alentamos, por eso no los tenemos.
—¿Cree usted que por eso perdimos la operación del Rancho del Sol? —preguntó Baydr—. ¿Fue acaso porque algunos de los promotores eran judíos?
—Ese debe ser el motivo —dijo Hutchinson rápido—. Ellos querían hacer negocios con los Bancos judíos de Los Ángeles.
—Tenía curiosidad. Alguien me dijo que hicimos una oferta poco competitiva. Los Bancos de Los Ángeles les ofrecieron el mismo dinero, pero nosotros un punto y medio por encima.
—Los judíos hicieron eso deliberadamente para quitarnos la operación —dijo Hutchinson.
—La próxima vez lo haremos nosotros. Quiero que nuestro Banco sea competitivo. Es la única manera de atraer los grandes negocios.
—¿Incluso si provienen de los judíos?
La voz de Baydr fue inexpresiva.
—No se confunda. Estamos hablando de dólares. Dólares norteamericanos. Igualando las condiciones de los otros bancos, ese trato podía habernos dado dos millones en tres años. Si le rebajamos medio punto siempre quedará un millón y medio. Es el tipo de dinero que no quiero que se nos escape.
—Pero los judíos hubieran superado de todos modos nuestra oferta.
—Tal vez —dijo Baydr—. Pero debemos recordar que, de ahora en adelante, prestaremos dinero en igualdad de condiciones.
—De acuerdo —dijo Hutchinson—. Usted es el jefe.
—A propósito —dijo Baydr—. ¿Esa cifra que me citó en Leisure City todavía se mantiene?
—Doce millones de dólares, sí. Los japoneses la han hecho subir.
—Mantenga esa cifra.
—Un momento…, no disponemos de tanto dinero —protestó Hutchinson.
—He dicho que la mantenga, no que compre. Creo que contaremos con otro socio a finales de semana.
—Mantenerla nos costará el diez por ciento, un millón doscientos mil. Si el socio no aparece, perderemos. Y se volatilizarán las ganancias del año. A los contables no les gustará eso.
—Me arriesgo. Si sucede lo peor, yo pondré el dinero… —si todo marchaba bien, ni él ni el Banco tendrían que poner un centavo. Los japoneses pondrían seis millones, y los otros seis provendrían de su grupo en Oriente Medio. El dinero, según parecía, tenía un extraño poder para alimentarse por sí mismo y crecer.
Finalmente se fueron los Hutchinson. Jordana regresó a la habitación. Se dejó caer exhausta en un sillón.
—Dios —dijo—, no puedo creerlo.
Él sonrió.
—¿Qué es lo que no crees?
—Que todavía haya en el mundo gente como esta. Creía que estaban todos enterrados. Los recuerdo de cuando era niña.
—Descubrirás algún día que la gente realmente no cambia.
—Creo que sí cambia. Tú has cambiado. Yo he cambiado.
Él encontró la mirada de ella.
—Pero no siempre es para mejor, ¿verdad?
—Depende de lo que uno sienta. Yo no creo poder volver a ese tipo de vida. Del mismo modo que tú no puedes volver a tu país y quedarte allí.
Él guardó silencio. En cierto modo ella tenía razón. Ya no podía volver atrás y vivir como había vivido su padre. Pasaban demasiadas cosas en el mundo.
—Me gustaría fumar un poco —dijo ella, mirándolo—. ¿Tiene Jabir algunos de sus cigarrillos de hachís?
—Estoy seguro que sí —dijo Baydr, dando unas palmadas.
Jabir apareció desde la habitación contigua.
—¿Quería algo, patrón?
Baydr habló rápidamente en árabe. Un momento después, Jabir volvió con una pitillera de plata. La abrió y la tendió a Jordana. Los cigarrillos estaban hermosamente liados y terminaban en boquillas de corcho. Cuidadosamente, ella tomó uno. Después Jabir se volvió y tendió la pitillera a Baydr, que tomó otro. Jabir colocó la pitillera en la mesita para café que estaba frente a Jordana y encendió un fósforo. Sostuvo la llama a la distancia exacta, de manera que solo el extremo rozó el cigarrillo y el calor no llegó hasta ella. Encendió el cigarrillo de Baydr exactamente de la misma manera.
—Gracias —dijo Jordana.
Jabir hizo salaam, en un gesto de obediencia.
—Me siento muy honrado, patrona. —Abandonó rápidamente el cuarto.
Jordana aspiró hasta que el humo penetró profundamente en sus pulmones. Sintió los efectos apaciguadores.
—Esto es hermoso —dijo—. Nadie los prepara como lo hace Jabir.
—Su propia familia cultiva el hachís en una granjita que tienen, no lejos de donde nació mi padre. Los árabes dicen que este es el material con el que se hacen los sueños.
—Tienes razón. —Rio súbitamente—. ¿Sabes? Creo que ya estoy mareada. Ya no me siento cansada.
—Tampoco yo. —Baydr se sentó en la silla frente a ella, dejó el cigarrillo en el cenicero e, inclinándose, le cogió la mano.
—¿Qué te gustaría hacer?
Jordana le miró a la cara. Súbitamente, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Quisiera volver atrás —dijo—, a la época en la que nos encontramos, y poder volver a empezar de nuevo.
Baydr guardó silencio un momento.
—A mí también me gustaría —dijo suavemente—, pero no podemos.
Jordana le miró fijamente, y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Después escondió la cara entre las manos.
—Baydr, Baydr —dijo llorando—. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué todo ha ido mal? Estábamos tan enamorados…
Baydr la atrajo hacia su pecho y miró sombríamente hacia el espacio. Su voz fue como un retumbar bajo en sus oídos.
—No lo sé —dijo suavemente, recordando cuán hermosa era Jordana la primera vez que la había visto.
Recordaba el frío, la luz blanca y cegadora reflejada en la nieve, y los edificios blancos que rodeaban las tribunas de la toma de posesión. Era enero de 1961. El mayor país del mundo recibía a su nuevo presidente, un hombre joven llamado John F. Kennedy.
Seis meses atrás, en Oriente Medio, nadie había oído hablar de él. Después, bruscamente, fue candidato por el partido demócrata, y sobre el escritorio de Baydr había aparecido un telegrama del príncipe: «¿Cuál será la política de Kennedy en Oriente Medio?»
Su respuesta había sido escueta. «Pro Israel. No se sabe mucho más.»
La llamada telefónica que recibió al día siguiente también había sido escueta. El príncipe en persona había llamado.
—Encuentra la manera de contribuir con un millón de dólares a la campaña de Nixon —había dicho el príncipe.
—No será fácil —había contestado—, en Estados Unidos hay reglas especiales sobre la contribución a las campañas.
El príncipe se rio bajito.
—Los políticos son iguales en todas partes. Estoy seguro de que encontrarás la manera. El señor Nixon y el señor Eisenhower fueron muy bondadosos con nosotros cuando los ingleses y los franceses trataron de apoderarse del canal de Suez en el 56. Lo menos que podemos hacer es mostrarlos nuestro agradecimiento.
—Pensaré cómo hacerlo —contestó Baydr—. Pero sugiero que hagamos también una contribución a la campaña de Kennedy, por si acaso.
—¿Para qué? —dijo el príncipe—. ¿Crees que tiene alguna posibilidad?
—Según las encuestas, no. Pero estamos en Estados Unidos. Nunca se sabe.
—Lo dejo en tus manos —dijo el príncipe—. Estoy empezando a creer que eres más norteamericano que árabe.
Baydr rio.
—Los norteamericanos no piensan eso.
—¿Cómo están tu mujer y tus hijas? —preguntó el príncipe.
—Muy bien —contestó él—. Hablé anoche con ellas. Están en Beirut.
—Convendría que nos hicieras una visita —dijo el príncipe—. Todavía estoy esperando el heredero que me prometiste. Me gustaría verlo cuanto antes. Ya no soy joven…
—Alá os preservará, Excelencia —dijo Baydr—. Viviréis eternamente.
—En el paraíso, espero —la leve risita del príncipe creó ecos en el teléfono—. Pero no en esta tierra.
Baydr colgó, pensativo, el teléfono. El príncipe nunca decía nada casualmente. Se preguntó si habría oído que Maryam no podía tener más hijos después del nacimiento de su segunda hija. Pero, si lo supiera, no habría pedido un heredero.
Habría insistido en que Baydr se divorciara y se casara con otra. La esterilidad es causa válida de divorcio bajo la ley musulmana. Pero Baydr no tenía ganas de hacerlo. No estaba enamorado de Maryam. Eso nunca había existido entre ellos y, cuanto más tiempo llevaban casados, menos cosas en común descubrían. Ella era demasiado provinciana; en realidad, le desagradaban Europa y Estados Unidos. Solo era verdaderamente feliz cuando se encontraba en su medio, en un mundo que entendía. «Ese era el verdadero problema», pensó Baydr. Ella era demasiado árabe. Y la idea de tener que casarse con otra mujer árabe simplemente no le atraía.
Tal vez el príncipe tuviera razón. Quizá fuera demasiado norteamericano. Porque, decididamente, prefería las mujeres occidentales. Había en ellas una vida, un estilo, una apariencia, una libertad de la que carecían las mujeres árabes.
Baydr encontró la manera de hacer las contribuciones. Ambas. Tenía muchos amigos entre los hombres de negocios de los dos partidos. La contribución fue pagada, y el príncipe recibió una invitación especial del comité inaugural. El príncipe rechazó la invitación alegando su escasa salud y nombró a Baydr como su representante especial en la investidura.
Baydr estaba en la sección reservada para los representantes de los países extranjeros, muy cerca de la plataforma inaugural. Se sentía incómodo con aquel frío helador, pese a la ropa interior de abrigo, su chaqueta de ceremonia, su chaleco gris perla y sus pantalones. El sombrero de copa, encajado en la cabeza para impedir que volara con las ráfagas de viento, no contribuía a mantener la cabeza caliente.
Miró alrededor. Algunos otros diplomáticos y sus esposas estaban mejor preparados que él. Eran más viejos, y probablemente ya habían asistido a alguna otra ceremonia semejante. Pudo ver que tomaban sorbitos de unos frascos pequeños y plateados, y había a la vista algunos termos.
Miró su reloj. Eran casi las doce y cuarto. Se demoraban. La ceremonia debía iniciarse a mediodía. Buscó en el bolsillo las gafas oscuras. Sus ojos estaban fatigados de bizquear contra el sol y la nieve, pero cambió de idea. Ninguno de los otros invitados las llevaban. Hubo una agitación en las tribunas. Miró cuando se iniciaron los aplausos. El presidente electo avanzaba hacia la plataforma.
Había algo joven y muy vulnerable en él mientras avanzaba a grandes pasos firmes, y el viento le revolvía el pelo. No parecía molesto por el frío. Era el único en la plataforma que no llevaba sombrero ni abrigo.
Un momento después llegó un sacerdote y recitó una plegaria. Su voz era cantarina y monótona como la de todos los sacerdotes, sea cual sea su credo, pero el joven presidente permaneció inmóvil, con las manos juntas, la cabeza respetuosamente inclinada. «Alá no hubiera insistido en una invocación tan larga bajo un tiempo tan frío» —pensó Baydr.
Cuando el sacerdote terminó, otro hombre pasó al estrado. Era viejo, de pelo blanco, y su cara parecía tallada en el mismo granito del edificio que tenía detrás. Baydr oyó los murmullos a su alrededor. El hombre era Robert Frost, uno de los grandes poetas norteamericanos.
El viejo empezó a hablar, y su aliento era como humo en el aire invernal. Baydr no podía entender las palabras. Un momento después se interrumpió. Parecía haber surgido un problema.
Otro hombre avanzó y tendió un sombrero sobre el atril. Aparentemente, el sol había cegado al viejo, de manera que no podía leer lo escrito en la hoja que tenía delante. Otro murmullo recorrió la tribuna. El hombre que sostenía el sombrero era Lyndon Johnson, el futuro vicepresidente. El viejo empezó a recitar un poema de memoria. Su voz corrió por el sistema de altavoces, pero Baydr no escuchaba. Había visto a una muchacha en la plataforma, unas tres filas más atrás del presidente.
Parecía alta, aunque era difícil especificarlo. La plataforma era escalonada, de modo que todos pudieran ver y ser vistos. Iba sin sombrero, con su largo pelo rubio y liso enmarcando una cara tostada por el sol. Sus brillantes ojos azules lucían sobre sus prominentes pómulos, que caían en líneas planas hasta un mentón casi cuadrado. Sus labios, mientras escuchaban atentamente al poeta, se separaban, revelando unos dientes blancos e iguales. Cuando el poeta terminó, Baydr pensó: «Esa muchacha es californiana.»
Después juró el presidente. La ceremonia en sí duró solo un momento, tras lo cual el presidente se volvió hacia el atril para iniciar su discurso. Baydr escuchó con atención.
Hubo una frase que le hizo preguntarse si el presidente había leído el Corán. Podía haber sido tomada del Libro Sagrado: «La cortesía no es señal de debilidad, y la sinceridad está siempre sujeta a prueba.»
Cuando el presidente terminó de hablar, Baydr buscó con los ojos a la muchacha, pero ya se había ido. Trató de encontrarla entre la muchedumbre que descendía de la plataforma, pero no la vio por ningún lado.
De todos modos, su cara siguió apareciendo ante sus ojos toda la tarde, cuando descansaba en su suite en el hotel. Vio varias veces la ceremonia del juramento en la televisión, esperando volver a contemplarla, pero el ángulo de la cámara nunca la había enfocado.
Solo le quedaba una cosa por hacer. Tendidas sobre el escritorio de Baydr había invitaciones para cuatro bailes, en cada uno de los cuales se prometía la presencia del presidente. «Sin duda asistirá a alguno —pensó—. Pero ¿a cuál? Ese era el asunto.»
Y la respuesta fue simple. Asistiré a todos. Si el presidente lo hacía, también podía hacerlo él.