El pirata

Harold Robbins · Capítulo 15 de 50

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El pirata

Capítulo 14

catorce

 

Jordana estaba ebria como nunca lo había estado en su vida, con esa clase especial de embriaguez exaltada que llega después de una profunda depresión, una exaltación que la hacía verse como fuera de su propio cuerpo. Estaba alegre, encantadora, ingeniosa y brillante, todo al mismo tiempo.

Había pasado todo el día fuera de casa tras la llamada de Baydr. Las dos únicas cosas que realmente amaba en el mundo eran sus hijos. Una vez pensó que también había amado a Baydr. Pero ahora ya no sabía lo que sentía por él. Tal vez porque tampoco sabía lo que él sentía por ella.

Por primera vez se había alegrado al recibir la invitación de Yusef, pero lo cierto es que nunca le habían gustado los lacayos constantes y los alcahuetes ocasionales que rodeaban a Baydr. Nunca había entendido la necesidad de Baydr de rodearse de aquella clase de hombres cuando podía conseguir la mujer que le diera la gana con un chasquido de sus dedos. Su marido seguía siendo el hombre más atractivo y excitante que había conocido.

Cuando Yusef explicó que iba a dar una pequeña fiesta para Michael Vincent, el hombre que iba a dirigir el film de Báydr El mensajero, ella estuvo de acuerdo en que sería un gesto amable actuar como anfitriona. Especialmente cuando Yusef sugirió que Bayrd iba a quedar muy satisfecho con ese gesto.

La reducida cena de Yusef era para unas veinte personas en La Bonne Auberge, un restaurante que quedaba a mitad de camino entre Niza y Cannes.

Como anfitriona, Jordana estaba sentada a la cabecera de la mesa, con Vincent como invitado de honor a la derecha. Yusef estaba a la izquierda. Como Baydr no estaba presente, la otra cabecera de la mesa quedó significativamente vacía. A mitad de la mesa, entre dos mujeres bonitas, estaba Jacques, el gigoló rubio que la princesa Mara le había presentado la noche de su cumpleaños. Cansadamente, se preguntó con quien estaría ahora.

La cena ordenada por Yusef era soberbia. Y el Dom Pérignon fluía inacabable. Supo, desde el primer trago, que el vino se le iba a subir a la cabeza. Pero esta noche no le importaba. Michael Vincent era un hombre inteligente, aunque solo bebiera whisky, y también era un norteamericano con el cual ella podía compartir bromas que nadie más en la mesa entendía realmente.

A la mitad de la cena se dio cuenta de que Jacques no había dejado de mirarla. Cada vez que ella echaba una mirada alrededor de la mesa, sus ojos la buscaban. Pero estaba demasiado lejos para poder conversar.

Después de la cena Yusef sugirió que todos fueran a una discoteca para continuar la fiesta. En ese momento ella ya estaba lo bastante achispada como para pensar que era una idea magnífica. Le gustaba bailar. Solo cuando hacía ya una hora que estaban en la discoteca levantó la vista y vio a Jacques de pie ante ella.

Él se inclinó casi formalmente.

—¿Me permite esta pieza?

Jordana escuchó la música, respondiendo al duro repiqueteo de los Rolling Stones. Miró a Vincent.

—Con permiso —dijo.

Vincent asintió y se puso a hablar con Yusef, que estaba sentado junto a él. Jordana empezó a bailar antes de llegar a la pista.

Jacques se puso delante y empezó también a bailar. Por un momento ella lo analizó, críticamente. El rock no estaba hecho para el estilo de los franceses. Jacques bailaba con los tiesos y contraídos movimientos que un francés cree audaces. Hubiera sido mejor que siguiera con los bailes de salón. Pero pronto lo olvidó mientras se concentraba en su propio baile.

La voz de Jacques se elevó por encima de la música.

—Dijiste que ibas a llamarme.

Jordana le miró.

—¿De verdad?

—Sí.

—No recuerdo —dijo. Sinceramente, no recordaba.

—Estás mintiendo —respondió él, acusador. Sin una palabra, Jordana se volvió y salió de la pista. Él la agarró por el brazo y la retuvo.

—Perdón —dijo ansiosamente—. Por favor, baila conmigo.

Jordana le miró un momento, después dejó que la llevara otra vez a la pista. El disco pasó del rock a una balada. La tomó entre sus brazos y la estrechó contra sí.

—Hace tres días que no puedo comer ni dormir —dijo.

Jordana seguía distante.

—No necesito un gigoló.

—Lo sé mejor que nadie —dijo él—. ¡Alguien tan hermosa como tú! Te quiero para mí solo.

Jordana le miró, escéptica. El duro miembro de él se apretó contra ella.

—¿Te das cuenta de hasta qué punto te deseo? —dijo.

Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de él. Se entregó al placer del contacto. La borrachera dentro de su cabeza tomaba un tono rosado. Tal vez decía la verdad después de todo.

Pero no vio la sonrisa que entreabría los labios de Yusef.

 

El tosco algodón kaki de la camisa y de los pantalones sin forma le arañaba la piel mientras seguía a las otras cinco mujeres hacia los cuarteles de la comandante general. Las rígidas botas de cuero golpeaban pesadamente el suelo de madera. La luz amarilla de las lámparas de petróleo lanzaba un resplandor movedizo en el cuarto.

La comandante estaba sentada a la mesa en el extremo de la habitación, con un soldado uniformado a cada lado. Estudiaba un papel que tenía sobre la mesa, y no miró hasta que las muchachas se plantaron ante ella.

—¡Atención! —ladró el sargento.

—As-nasr! ¡Victoria! —gritaron ellas, como les habían enseñado a decir desde la primera noche que llegaron al campo, hacía unos días.

Leila sintió que el sujetador le tiraba de los pechos cuando se echó hacia atrás. El sujetador también era de tosco algodón. Miró al frente. Lentamente, la comandante se puso de pie. Leila vio que llevaba el equivalente de unas charreteras de coronel sobre las hombreras de la blusa. La miró fijamente un momento, después, bruscamente, con voz sorprendentemente vigorosa, gritó:

—Idbah al-adu!

—¡Destruir al enemigo! —gritaron ellas en respuesta.

La comandante asintió y una débil sonrisa de aprobación apareció en sus labios.

—Descanso —dijo con voz más normal.

Se oyó el crujir de la dura tela cuando las mujeres ocuparon posiciones más descansadas. La comandante se plantó frente al escritorio.

—En nombre de la Hermandad de Luchadores por la Libertad de Palestina os doy la bienvenida a nuestra sagrada lucha. La lucha para liberar a nuestros pueblos del dominio de Israel y de la esclavitud del imperialismo. Sé que cada una de vosotras ha hecho muchos sacrificios para venir aquí, alejándose de los seres queridos, quizá soportando el ostracismo de nuestros mismos vecinos, pero puedo prometeros una cosa. Al final de la contienda nos espera una libertad mayor que la que nadie ha conocido jamás.

»Y por esto vuestra lucha no ha hecho más que empezar. Serán exigidos mayores sacrificios. El honor, el cuerpo, la vida, deben ser dados para ganar la victoria que buscamos. Porque conquistaremos la victoria.

»Aquí os enseñarán muchas cosas: el uso de armas, fusiles, rifles, cuchillos. Cómo hacer bombas. Grandes y pequeñas. Cómo matar con las manos desnudas. Cómo pelear. Todo para que nosotras, junto a nuestros hombres, podamos echar al mar a los usurpadores sionistas y devolver la tierra a su legítimo dueño, nuestro pueblo.

»Cada una de vosotras ha prestado ya, por separado, el sagrado juramento de fidelidad a nuestra causa. A partir de este momento, olvidaréis los nombres reales de cada una y no los emplearéis nunca en este campo. Solo responderéis al nombre asignado; de esta manera, en caso de ser capturadas, nunca podréis revelar los nombres de vuestras camaradas.

Desde ahora la única lealtad es a la causa y a los hermanos de armas.

La comandante se interrumpió un momento. Las mujeres guardaban silencio, en extasiada atención.

—Los próximos tres meses serán los más difíciles que hayáis conocido en vuestras vidas. Pero, al fin, podréis ir a ocupar el puesto que os corresponde al lado de Fatmah Bernaui, Miriam Shajashir, Aida Issa y Leila Jaled, otras de nuestro sexo que han demostrado ser iguales a sus hermanos en la lucha.

Dio la vuelta a la mesa y volvió a sentarse entre los dos hombres.

—Os deseo suerte.

—¡Atención! —ladro el sargento.

—As-nasr! —gritaron las mujeres, poniéndose firmes.

—Idbah al-adu! —gritó la comandante.

—Idbah al-adu! —gritaron las mujeres.

La comandante saludó.

—Rompan filas.

Rompieron filas y siguieron al sargento en la noche.

—Volved a los cuarteles, chicas —dijo secamente el sargento—. El día empieza mañana a las cinco.

Se volvió y se dirigió hacia la sección masculina del campo, mientras ellas se dirigían a sus pequeños edificios. Leila se puso a caminar junto a la joven alta que ocupaba la cama contigua a la de ella.

—¿No te parece maravillosa la comandante? —preguntó Leila—. Por primera vez siento que mi vida tiene sentido.

La mujer la miró como si fuera una criatura de otro planeta.

—Me alegro que lo sientas así —dijo con una voz vulgar—. Yo solo he venido aquí para estar cerca de mi novio. Pero hasta ahora ni siquiera he podido acercarme a él, y estoy tan harta que no me sorprendería meterme esta noche en tu cama y comerte el coño.

 

A doce mil metros sobre el océano Atlántico, en un oscuro cielo azul lleno de estrellas, Baydr dormía mientras el avión volaba veloz en dirección a Nueva York. De pronto despertó sobresaltado. Se sentó en la cama, con los ojos llenos de lágrimas.

Las secó con los dedos y buscó un cigarrillo. Debía haber sido una pesadilla. Pero había en él un presentimiento de terror, un curioso presentimiento que le pesaba en el corazón.

La muchacha que estaba a su lado se removió.

—Q’est-ce que c’est, chéri? —preguntó con voz adormilada.

—Rien —dijo él—. Dors.

Ella quedó en silencio y, después de un rato, el zumbido de los motores la adormeció. Él dejó el cigarrillo y volvió a dormir.