El pirata
Capítulo 6
seis
La pista de aterrizaje espejeaba con el calor del mediodía mientras el DC-3 de dos motores rodeaba el campo al borde del desierto preparándose para aterrizar. Baydr había mirado el campo desde la ventana cuando oyó que se desplegaba el tren de aterrizaje. En el extremo de la pista había varios Cadillacs negros, esperando; más allá, en la sombra de un grupo de palmeras, había algunos camellos con sus conductores. El sonido rasgado de las alas anunció que el avión estaba en su aproximación final.
Baydr volvió a su cabina. La azafata estaba ya en su asiento, con el cinturón de seguridad ajustado. También Jabir estaba atado.
Ajustó su propio cinturón mientras el avión se dejaba caer suavemente hacia el desierto.
La arena golpeó contra la ventanilla, y pareció como si el piloto fuera a aterrizar en el mismo desierto. Después, la franja de cemento corrió ante él y se produjo un estremecimiento en el avión cuando las ruedas la tocaron. Un momento más tarde el piloto apretó los frenos, y Baydr se sintió impulsado hacia el cinturón de seguridad. Bruscamente, la presión cesó y el avión avanzó suavemente hacia el final de la pista. El ruido de los motores disminuyó en la cabina, y la azafata se levantó de su asiento y avanzó por la cabina hacia él.
Era una rubia norteamericana con la misma sonrisa impersonal y profesional que parecen cultivar las azafatas de los aviones, sea cual sea la línea en la que trabajan. El hecho de que este fuera el avión privado de su padre parecía no cambiar su actitud.
—Espero que le haya gustado el vuelo, señor Al Fay.
Baydr asintió.
—Muy bonito. Gracias.
—Hemos venido rápido —dijo ella—, solo ochenta y siete minutos desde Beirut.
—Muy buena marca —respondió Baydr.
El avión se detuvo. A través de la ventanilla vio que las limusinas se acercaban. Una cantidad de hombres semiuniformados surgió del primer coche. Cada uno con una ametralladora, corrieron para ocupar los puestos asignados junto al avión. Las puertas de la segunda limusina seguían cerradas. Baydr no podía ver el interior a causa del cristal marrón oscuro. La escalerilla de desembarque corrió hacia el avión, empujada a través de la pista por cuatro hombres.
Baydr soltó el cierre del cinturón y se puso de pie. Se dirigió a la puerta. Jabir tendió el brazo para detenerle:
—Si el patrón quiere esperar un momento…
Baydr asintió y dejó que el criado avanzara hasta la puerta que tenía ante él. El copiloto había salido de la cabina de vuelo y estaba junto a la azafata, en la salida. No hicieron movimiento alguno para abrir la puerta. Jabir se desabrochó la chaqueta y, de debajo de la manga, sacó una pesada Luger automática. Abrió el resorte de seguridad y mantuvo listo el revólver.
Se oyó un golpe en la puerta. Uno, dos, tres. El copiloto levantó la mano. Miró a Jabir.
—Uno, dos —dijo el criado—. Deben contestar con uno, dos, tres, cuatro. Ante cualquier otra señal, nos vamos.
El piloto asintió. Su puño golpeó la puerta. Uno, dos.
La respuesta fue instantánea y correcta. El piloto oprimió el resorte de la puerta, que se abrió de golpe. Dos guardias con fusiles estaban ya en lo alto de la plataforma, y dos más al pie de la escalera.
Baydr se había dirigido a la puerta, pero Jabir tendió de nuevo la mano:
—Con su permiso, patrón.
Salió a la rampa y cambió unas rápidas palabras en árabe con uno de los guardias, después se volvió hacia Baydr y asintió.
El intenso calor del desierto golpeó al joven incluso antes de llegar a la puerta. Baydr salió al sol, parpadeando ante la blanca luz. Miró por la rampa en el momento en que se abría la puerta de la segunda limusina y aparecía su padre.
Su padre se situó frente a sus guardias y avanzó lentamente al encuentro de Baydr. Llevaba las ropas tradicionales de un jeque del desierto, y su cabeza y cuello estaban protegidos de los abrasadores rayos del sol por su ghutra. Baydr avanzó deprisa hacia su padre, tomó la mano tendida y la llevó a los labios, en el tradicional gesto de respeto.
Samir se adelantó y levantó la cabeza de su hijo. Por un largo rato sus ojos miraron la cara del joven, después se inclinó y le dio un beso en cada mejilla.
—Marhab. Bienvenido a casa, hijo mío.
—Ya halabik. Me alegro de estar en casa, padre —dijo Baydr enderezándose. Era una cabeza más alto que su padre.
Samir le miró.
—Has crecido, hijo —dijo con orgullo—. Ya eres un hombre.
Baydr sonrió.
—Estamos en 1951, padre. Ya no soy un niño.
Samir asintió.
—Estamos orgullosos de ti, hijo mío. Estamos orgullosos de tus triunfos en los colegios norteamericanos, orgullosos de los honores que nos traes, orgullosos de que hayas sido aceptado en la gran Universidad de Harvard en Boston, Massachussets.
—Solo he pensado en honrar y complacer a mis padres —dijo Baydr. Miró hacia el coche—. ¿Cómo están mi madre y mis hermanas?
Samir sonrió.
—Están bien. Ya las verás muy pronto. Tu madre te espera ansiosamente en casa, y esta noche tus hermanas y sus maridos se unirán a nosotros para la cena.
Si Baydr sintió alguna desilusión de que no estuvieran esperándolo en el aeropuerto, no lo manifestó. No estaba en los Estados Unidos, donde vivía desde hacía cinco años. Las mujeres árabes no aparecían en público, al menos las mujeres decentes.
—Estoy deseando verlas —dijo.
Su padre le tomó del brazo.
—Ven, vamos al coche. Allí estaremos frescos. Es el último modelo y tiene aire acondicionado contra este terrible calor.
—Gracias, padre. —Baydr esperó cortésmente a que su padre subiera primero al coche.
Un guardia con una ametralladora corrió rápido hacia el coche, cerró la portezuela, y ocupó el asiento delantero junto al chófer. Los demás guardias se apretujaron en otra limusina que había ante ellos. Cuando los coches se pusieron en marcha, Baydr vio a los camelleros impulsar a los camellos hacia el avión para recoger el equipaje y los suministros. El coche dejó el aeropuerto y giró tomando un camino de cemento que llevaba hacia las montañas, a unos kilómetros de distancia. Un Land Rover armado con una ametralladora montada se colocó detrás de ellos.
Baydr miró a su padre.
—Hace años que ha terminado la guerra…, creía que los guardias ya no eran necesarios.
—Todavía quedan muchos bandidos en las montañas —dijo su padre.
—¿Bandidos?
—Sí —respondió—. Los que se deslizan por nuestras fronteras para robar, violar y matar. Algunos creen que son guerrilleros israelíes.
—Pero Israel no tiene fronteras por aquí cerca —dijo Baydr.
—Es cierto —dijo el viejo—. Pero puede tratarse de agentes empleados por ellos. No podemos dejar de vigilar.
—¿Te han molestado alguna vez esos bandidos? —preguntó Baydr.
—No. Hemos tenido suerte. Aunque sabemos que han molestado a otros —dijo Samir, sonriendo—. Pero hablemos de cosas más agradables. ¿Sabías que tu hermana mayor espera un niño dentro de unas semanas?
Los automóviles empezaron a subir por la montaña. Tras unos momentos, Baydr vio los primeros asomos de verde a los lados del camino. Los cactus fueron remplazados por pinos enanos, después por flores, buganvilla y hierba verde. Su padre se inclinó hacia delante y oprimió el botón para bajar los cristales. El aire fresco y perfumado inundó el coche, reemplazando al estancado aire enfriado por la máquina.
Su padre aspiró profundamente.
—El hombre ha hecho muchos inventos, pero no puede reproducir el perfume del aire de la montaña.
Baydr asintió. Subían rápidamente a la cima de la montaña. Su hogar quedaba en el extremo, sobre el mar. Se preguntó si era tal como lo recordaba.
La casa apareció a la vista cuando rodearon la colina y empezaron a descender. Baydr, mirando por la ventanilla, vio los techos blancos de la casa allá abajo. Era más grande de lo que recordaba. Se habían añadido nuevos edificios. Una gran piscina había sido construida en el extremo de la propiedad, mirando hacia el mar. Había algo más que no había visto antes. Un alto muro había sido levantado alrededor del complejo de edificios y, en lo alto del muro, a intervalos de unos cincuenta metros, había garitas de centinelas, cada una defendida por un guardia con ametralladora.
La casa misma quedaba oculta por los árboles. Baydr se volvió hacia su padre:
—¿Están todas las casas custodiadas del mismo modo?
El padre asintió.
—Algunas tienen todavía más guardias. El príncipe tiene más de cien hombres en su propiedad de verano.
Baydr no comentó nada. Algo debía andar mal si los hombres tenían que hacerse prisioneros para sentirse seguros. El coche giró por el camino y entró en el sendero que llevaba hacia la casa. Un momento después, atravesaron los árboles que ocultaban el camino y llegaron a las gigantescas puertas de hierro del muro. Lentamente las puertas, accionadas por silenciosos motores eléctricos, empezaron a abrirse. Los automóviles avanzaron sin detenerse. Cuatrocientos metros más allá se pararon frente a la gran casa blanca. Un criado corrió a abrir las puertas del coche. Su padre bajó primero, y Baydr le siguió.
Sus ojos buscaron en los gigantescos peldaños de mármol que conducían a la puerta. Estaba abierta. Una mujer, sin velo, pero llevando un tocado y un largo manto blanco, apareció en el umbral.
—¡Madre! —gritó él, corriendo por las escaleras y tomándola en sus brazos.
Nabila miró a su hijo con lágrimas en los ojos.
—Perdóname, hijo —murmuró—. No pude esperar más para verte.
Como no era una ocasión formal y solo los miembros de la familia estaban presentes, todos comieron juntos. En las ocasiones formales los hombres comían solos, y las mujeres comían después, o no comían.
Baydr miró a sus hermanas alrededor de la mesa. Fátima, tres años mayor que él, con la cara redonda, pesadamente embarazada, sonreía orgullosa junto a su marido.
—Será varón —dijo—. Nunca ha habido más que varones en la familia de Salah, y todos dicen que estoy igual que su madre cuando estaba embarazada de él.
Su padre rio.
—Cuentos de viejas. No es muy científico que digamos, pero, hasta que encontremos una manera más exacta para predecirlo, estoy dispuesto a aceptarlo.
—Te daré tu primer nieto —dijo Fátima con agudeza, mirando a su hermana Nawal, cuyo primer hijo había sido una niña.
Nawal no dijo nada. Su marido, Omar, un médico que trabajaba en el hospital de su suegro, también guardó silencio.
—Varón o mujer —dijo Baydr—, será la voluntad de Alá.
Así, todos podían estar de acuerdo. Samir se puso de pie.
—Los occidentales tienen una costumbre —dijo—, los hombres se retiran a otro cuarto para disfrutar de un cigarro. Me parece una costumbre muy agradable.
Su padre le llevó hasta su despacho. Los cuñados les siguieron. Un criado les abrió la puerta y la cerró después. Samir destapó una caja de cigarros sobre el escritorio. Sacó uno y lo olió satisfecho.
—Cigarros cubanos. Me los mandan desde Londres.
Tendió la caja. Salah y Omar tomaron un cigarro cada uno, pero Baydr negó con la cabeza. Sacó del bolsillo un paquete de cigarrillos norteamericanos.
—Yo sigo con esto.
Samir sonrió.
—Incluso tu manera de hablar es más norteamericana que árabe.
—No para los norteamericanos —dijo Baydr. Encendió su cigarrillo, y esperó mientras los otros encendían sus cigarros.
—¿Qué piensas de ellos? —preguntó Samir con curiosidad.
—¿En qué sentido? —preguntó Baydr.
—Casi todos son judíos —dijo Salah.
Baydr se volvió hacia él.
—Eso no es verdad. En proporción a la población, hay muy pocos judíos.
—He estado en Nueva York —dijo Salah—. La ciudad está repleta de judíos. Lo controlan todo. El Gobierno, los Bancos…
Baydr miró a su cuñado. Salah era un joven fornido, pedante, cuyo padre había hecho fortuna como prestamista y ahora poseía uno de los Bancos más importantes de Beirut.
—¿Entonces tú tienes tratos con Bancos judíos? —preguntó.
Una expresión de horror cruzó el rostro de Salah.
—Claro que no —dijo con sequedad—. Solo tratamos con los Bancos más grandes, Bank of America, First National y Chase.
—¿Y no son judíos? —preguntó Baydr. Con el rabillo del ojo vio la sonrisa de su padre. Samir ya había entendido por donde iba.
—No —contestó Salah.
—Entonces los judíos no lo controlan todo en Norteamérica —dijo Baydr—. ¿Verdad?
—Por suerte —dijo Salah—. Pero lo harían si tuvieran la ocasión.
—Pero Estados Unidos es proisraelí —dijo Samir.
Baydr asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Deberíamos tratar de entender la mentalidad norteamericana. Simpatizan con los desvalidos. E Israel ha sabido aprovechar eso muy bien para su propaganda. Primero contra los ingleses, ahora contra nosotros.
—¿Cómo podríamos cambiar eso?
—De una manera muy simple —dijo Baydr—. Dejando en paz a Israel. Es tan solo una franjita de tierra entre nosotros, no más grande que una pulga en el lomo de un elefante. ¿Qué daño pueden hacernos?
—No seguirán siendo pulga —dijo Salah—. Están llegando refugiados a millares de todas partes del mundo. La escoria de Europa. No se contentan con lo que tienen. Los judíos siempre lo quieren todo.
—Eso aún no lo sabemos —dijo Baydr—. Tal vez si les diéramos la bienvenida como a hermanos y trabajáramos con ellos para desarrollar nuestras tierras, en lugar de oponernos, las cosas serían distintas. Hace mucho tiempo se dijo que una espada poderosa puede hacer caer un roble de un golpe, pero no puede cortar una bufanda de seda en el aire.
—Temo que ya es demasiado tarde para eso —dijo Salah—. Los gritos de nuestros hermanos que viven bajo su dominio resuenan en nuestros oídos.
Baydr se alzó de hombros.
—Los Estados Unidos ignoran eso. Lo único que saben es que una pequeña nación de un millón de personas vive rodeada por un mundo hostil, que los sobrepasa en ciento por uno.
Su padre asintió solemnemente.
—Hay que pensar mucho. Es un problema muy complejo.
—No es complejo —dijo Salah pesadamente—. Si recordáis mis palabras veréis algún día que lo que digo es verdad. Entonces nos uniremos para destruirlos.
Samir miró a su cuñado.
—¿Qué opinas tú, Omar?
El joven médico carraspeó, turbado. Era muy tímido.
—No entiendo de política —dijo—. De manera que, de verdad, no pienso en esas cosas. En las Universidades extranjeras de Inglaterra y Francia, donde he estudiado, había muchos profesores judíos. Eran buenos médicos y buenos maestros.
—Yo también —dijo Samir. Miró a Baydr—. Confío en que no hayas hecho planes para mañana.
—Estoy en casa —dijo Baydr—. ¿Qué planes podría hacer?
—Bien —dijo Samir—. Porque mañana comemos con Su Excelencia el príncipe Feiyad. Quiere celebrar tus dieciocho años.
Baydr quedó intrigado. Su cumpleaños había pasado hacía unos meses.
—¿Está aquí Su Excelencia?
—No —dijo Samir—. Está en Alayh, disfrutando de unas vacaciones lejos de su familia y de sus deberes. Estamos invitados a verlo mañana.
Baydr sabía que no debía preguntar el motivo. Su padre se lo diría llegado el momento.
—Será un placer, padre —dijo.
—Bueno —sonrió su padre—. ¿Qué te parece si volvemos con tu madre y tus hermanas? Estoy seguro de que esperan ansiosamente oír algo más de tus historias sobre Norteamérica.