El pirata

Harold Robbins · Capítulo 26 de 50

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El pirata

Capítulo 10

diez

 

Baydr no se permitió más de una hora en cada baile. Eran todos muy parecidos, abarrotados y ruidosos, la pista llena de gente, borrachos y sobrios, bailando, hablando o simplemente caminando sin rumbo fijo. Lo único que tenían en común es que todos eran demócratas, contentos de volver a ver el sol tras años en la oscuridad. Después de un rato Baydr empezó a preguntarse si todavía quedaría algún republicano en el país.

Llegó al primer baile cuando el presidente ya había partido para el segundo. Cuidadosamente, sus ojos recorrieron el salón. Nunca se había dado cuenta antes de la cantidad de rubias que había en Washington, pero ninguna era la que buscaba. Fue al bar y pidió una copa de champán.

Un hombre se acercó a él y le cogió del brazo.

—¿Le ha visto? —preguntó, excitado.

—¿A quién? —preguntó Baydr.

—Al presidente, ¿a quién va a ser? —dijo el hombre con voz enojada—. ¿Por quién quiere que le pregunte?

Baydr sonrió.

—Le he visto.

—Grande, ¿eh? —El hombre sonrió y se alejó sin esperar respuesta.

Baydr dejó el vaso y decidió acudir al siguiente baile. Era una suerte que no quedara muy lejos, porque las calles seguían heladas. Nuevamente el presidente había llegado y ya se había ido cuando él llegó. Baydr recorrió el salón y, cuando vio que la muchacha no estaba allí, ni siquiera se quedó a tomar un trago.

Llegó al tercer baile cuando estaban danzando. La gente se amontonaba en la periferia de la pista, procurando espiar entre la multitud.

Baydr se abrió paso. Tocó a alguien en el hombro.

—¿Qué pasa?

—El presidente está bailando ahí con una chica —dijo el hombre, sin volverse.

En el extremo de la pista llameaban los flashes. Baydr se dirigió hacia allí. Al pasar oyó a una mujer decir desaprobadoramente:

—¿Por qué no baila con Jackie?

—Tiene que hacer esto, Mary —oyó la disgustada respuesta del marido—. Es la política.

—Entonces, ¿por qué tiene que elegir siempre a una chica bonita? —replicó la esposa—. No ha bailado con ninguna de nosotras, que hemos trabajado tan duro en su campaña.

Baydr estaba al borde de la pista. Los fotógrafos y los cámaras se amontonaban unos encima de otros para conseguir fotos del presidente. Por un momento quedó apretado contra una columna, después logró abrirse paso.

Había un pequeño claro alrededor del presidente y su compañera. Los otros bailarines no se movían en realidad; simplemente avanzaban en un semicírculo, mirando fijamente al presidente. Baydr también quedó con la mirada clavada. El presidente bailaba con su chica.

Sintió una especie de náusea de desagrado. Por la manera en que los bailarines reían y charlaban, parecían conocerse muy bien. La esperanza de encontrar a alguien que los conociera a él y a la chica para que los presentara quedó descartada. Uno no puede pedirle al presidente de los Estados Unidos que le presente a una muchacha. Además, él también había oído algunas historias acerca del presidente. Parecía ser bastante aficionado a las mujeres.

Mientras miraba cesó la música, y la pareja abandonó la pista. Inmediatamente fueron rodeados por cantidades de gente. Los fotógrafos tomaban más instantáneas. Después, el presidente se volvió hacia la muchacha. Sonriendo, le dijo algo. Ella asintió, y el presidente se volvió y se alejó. La muchedumbre lo siguió, y un momento después la muchacha quedó casi sola.

Él aspiró profundamente y se le acercó:

—Señorita…

Era todavía más bonita de cerca que de lejos.

—¿Sí? —dijo ella cortésmente. Su voz era baja y con un leve acento de la costa oeste.

—¿Qué ha sentido al bailar con el presidente de los Estados Unidos?

—Es una pregunta muy rara.

—¿Cómo se llama usted?

—¿Es usted periodista?

—No —contestó él—. ¿Conoce usted bien al presidente?

—Hace usted muchas preguntas para ser un hombre que no es periodista…

Él sonrió.

—Probablemente. Pero no se me ocurre otra cosa para impedir que usted se vaya.

Por primera vez, ella lo miró directamente.

—Sugiero algo mejor —dijo—. ¿Por qué no me invita a bailar?