El pirata

Harold Robbins · Capítulo 22 de 50

Páginas del PDF

El pirata

Capítulo 6

seis

 

El calor del deslumbrante sol blanco parecía partir las puntiagudas rocas y arenas del desierto que se tendían ante ellas. Alguna ocasional mata salvaje surgía marrón y fatigada en el caliente viento. El tableteo de la ametralladora, en algún punto ante ellas, había cesado.

Leila permaneció inmóvil en el agujero. Sintió el sudor que brotaba en sus sobacos, entre los pechos, en las piernas. Con cuidado, se volvió de espaldas. Dio un suspiro de alivio. El dolor de sus pechos por apretarse con demasiada fuerza contra el suelo se amortiguó. Bizqueó hacia el cielo y se preguntó cuánto tiempo debería permanecer allí. El mercenario sirio encargado de entrenarlas le había dicho que no se moviera hasta la llegada del resto del pelotón. Ella miró su pesado cronógrafo de hombre. Las otras debían haber llegado hacía diez minutos.

Estoicamente, se forzó a esperar. Aunque fuera solo un ejercicio de entrenamiento usaban balas de verdad, y ya una mujer había resultado muerta y tres heridas. Después del último ejercicio la siniestra broma en el campamento era preguntar a quién había que agradecer más por la limpieza de fedayines…, ¿a ellos mismos o a los israelíes?

Deseaba un cigarrillo, pero no se movió. Una nube de humo en el aire claro hubiera sido una invitación a que le dieran un tiro. Oyó el ruido de algo que crujía detrás del agujero.

En silencio, Leila giró hasta ponerse boca abajo y se volvió para hacer frente a lo que fuera apoyando el rifle contra ella. Avanzó arrastrándose hasta lo alto del agujero, y empezó a asomar la cabeza por el borde.

Una pesada mano se apoyó en ella, hundiéndole el casco de acero y la cinta hasta las orejas. En medio del dolor, oyó la voz gruñona del mercenario.

—¡Muchacha estúpida! Te dije que tuvieras la cabeza baja. Te podía haber detectado a cien metros.

Se dejó caer en el agujero junto a ella, respirando pesadamente. Era un hombre fornido, pesado, falto de aliento y de paciencia.

—¿Qué pasa ahí? —preguntó.

—¿Cómo demonios voy a saberlo? —contestó ella enojada—. Me dijiste que no levantara la cabeza.

—Pero se supone que eres un explorador adelantado.

—Dime cómo puedo hacer ambas cosas —dijo ella con sarcasmo—. ¿Cómo puedo averiguar lo que pasa sin sacar la cabeza del agujero…?

El hombre se quedó en silencio. Sin una palabra, sacó un paquete de cigarrillos y le tendió uno. Leila lo tomó y él encendió los cigarrillos de los dos.

—Creí que no estaba permitido fumar —dijo.

—Y una mierda —dijo él—. Estoy harto de estos juegos estúpidos.

—¿Cuándo llega el pelotón?

—Cuando oscurezca. Hemos decidido que, hasta ese momento, no es seguro avanzar.

—Entonces, ¿por qué has venido aquí?

El hombre la miró con los oscuros ojos enfurruñados.

—Alguien tenía que informarte del cambio de planes.

Leila le clavó la mirada. Podía haber enviado a uno de los otros, no era necesario que viniera él mismo. Pero sabía por qué lo había hecho. En aquel momento debía ser la única mujer del pelotón a la que no había poseído.

No se preocupó demasiado. Podía manejarlo si era necesario. O si quería hacerlo. En muchos sentidos las cosas se habían facilitado. Todos los tabúes tradicionales de los musulmanes habían desaparecido. En la lucha por la libertad, se decía a las mujeres que su deber era dar solaz y consuelo a los hombres. En la nueva sociedad libre ya nadie las señalaría con el dedo. Era otra de las formas en que las mujeres podían ayudar a ganar la batalla.

El hombre sacó la cantimplora del cinturón y desenroscó la tapa. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que el agua cayera lentamente en su garganta, después se la tendió. Leila echó una gota entre los dedos, y delicadamente se los pasó por la cara.

—Por Alá, hace calor —dijo él.

Leila asintió, devolviéndole la cantimplora.

—Tienes suerte —dijo—. Yo hace dos horas que estoy aquí. Te queda menos tiempo que eso para que oscurezca.

Se volvió otra vez de espaldas y se echó hacia delante el casco, para ocultar los ojos al sol. Por lo menos procuraría estar cómoda mientras esperaba. Tras unos momentos percibió la mirada de él. Con los párpados entreabiertos, podía ver que la contemplaba. Se sintió consciente de las oscuras manchas de sudor en el uniforme de algodón, bajo los brazos, alrededor de la cintura y en la entrepierna. Era casi como si estuviera señalando sus zonas privadas.

—Procuraré descansar —dijo—. El calor me ha agotado.

El hombre no contestó. Leila miró al cielo. Tenía ese peculiar tono de azul que parecía llegar siempre con el fin del verano. Era raro que fuera así. Hasta ahora lo había asociado siempre con el final de las vacaciones de verano y la vuelta al colegio. Un recuerdo corrió por su mente. Había sido un día como este, bajo el mismo cielo azul, cuando su madre le había dicho que su padre iba a pedir el divorcio. Por culpa de aquella norteamericana. Y porque un aborto había dejado estéril a su madre, de manera que ya no podía darle un hijo varón.

Leila había estado jugando en la playa con su hermana mayor aquella tarde, cuando súbitamente se había presentado Farida, el ama de llaves. Parecía extrañamente agitada.

—Vengan en seguida a la casa —había dicho—. Su padre tiene que irse y quiere decirles adiós.

—Bueno —había contestado ella—, deje que nos quitemos los trajes de baño mojados.

—No —había dicho Farida agudamente—. No hay tiempo para eso. El padre de ustedes tiene mucha prisa.

Se volvió y empezó a caminar rápidamente hacia la casa. Ellas la alcanzaron.

—Yo creí que papá pensaba quedarse un tiempo —había dicho Amal—. ¿Por qué se va?

—No lo sé. No soy más que una criada. No me corresponde a mí preguntar.

Las dos chicas intercambiaron miradas. Farida en una mujer que estaba enterada de todo. Si decía que no sabía algo, era porque no quería que lo supieran.

Farida se detuvo ante una entrada lateral de la casa.

—Límpiense la arena que tienen en los pies —dijo—. El padre de ustedes las espera en el salón.

Rápidamente se limpiaron los pies y corrieron por la casa. Su padre esperaba cerca de la puerta principal. Jabir llevaba ya sus maletas al coche.

Baydr se volvió hacia ellas y sonrió bruscamente. Pero había una curiosa tristeza oscura en sus ojos. Se dejó caer sobre una rodilla para abrazarlas cuando corrieron hacia él.

—Me alegro que hayáis llegado a tiempo —dijo—. Temía tener que irme sin deciros adiós.

—¿Dónde vas, papá? —había preguntado Leila.

—Tengo que volver a Estados Unidos por negocios importantes.

—Yo creía que ibas a quedarte —dijo Amal.

—No puedo.

—Pero prometiste llevarnos a hacer esquí acuático —había dicho Leila.

—Lo siento. —Su voz pareció estrangularse y súbitamente sus ojos se humedecieron. Las estrechó contra él—. Quiero que seáis las dos muy buenas y hagáis caso a vuestra madre.

Algo andaba mal. Podía sentirlo, sin saber qué era.

—¿Cuando vuelvas nos llevarás a hacer esquí acuático? —había dicho Leila.

Su padre no había contestado. En lugar de esto las apretó muy fuerte. Bruscamente las soltó y se puso de pie. Leila le miró, pensando cuán apuesto era. Ningún padre era como él.

Jabir apareció en la puerta, detrás de Baydr.

—Se hace tarde, patrón. Tenemos que apurarnos si no queremos perder el avión.

Baydr se inclinó y las besó, primero a Amal, después a Leila.

—Confío en que ambas cuidéis a vuestra madre y la obedezcáis.

Asintieron en silencio. Se dirigió a la puerta y ambas le siguieron. Estaba a mitad de la escalera, en dirección al coche, cuando Leila lo llamó:

—¿Te vas por mucho tiempo, papá?

Él pareció vacilar un momento, pero ya estaba en el auto, y la puerta se cerró sin que hubiera contestado. Vieron cómo el coche seguía por el sendero y después entraron en la casa.

Farida las esperaba.

—¿Está mamá en su cuarto? —había preguntado Amal.

—Sí —dijo Farida—. Está descansando. No se siente bien y no quiere que la molesten.

—¿Bajará para la cena? preguntó Leila.

—No lo creo. Ahora, chicas, vayan a tomar un baño y a quitarse toda esa arena. Quiero que estén limpias y frescas cuando vayan a la mesa.

Solo más tarde, aquella noche, se enteraron de lo que estaba pasando. Los padres de su madre vinieron después de la cena y, cuando la abuela las vio, estalló en llanto.

Las atrajo ansiosamente contra su pesado pecho.

—Mis pobres huerfanitas —sollozó—. ¿Qué van a hacer ahora?

El abuelo Riad se enojó en seguida.

—¡Silencio, mujer! —rugió—. ¿Qué quieres hacer? ¿Asustar a las chicas sin sentido?

De inmediato Amal empezó a llorar.

—El avión de papá se ha estrellado… —gimió.

—¿Ves? —La voz del abuelo era triunfal—. ¿Qué te dije? —Hizo a un lado a su mujer y tomó a la chica mayor en brazos—. A tu padre no le ha pasado nada, está bien.

—Pero Nana dice que somos huérfanas…

—No sois huérfanas —dijo él—. Todavía tenéis vivos al padre, a la madre, y a nosotros.

Leila clavó la mirada en su abuela. El espeso maquillaje de la vieja dama chorreaba por sus mejillas.

—Entonces…, ¿por qué llora Nana?

El viejo se sintió incómodo.

—Está inquieta porque vuestro padre se ha ido. Por eso.

Leila se alzó de hombros.

—Eso no es nada. Papá siempre viaja. Pero no pasa nada. Luego vuelve.

El abuelo Riad la miró. No habló. Farida entró en el salón.

—¿Dónde está tu patrona? —preguntó.

—Está en su cuarto —contestó Farida. Miró a las niñas—. Es hora de ir a la cama.

—Muy bien —había dicho rápidamente el abuelo Riad—. Que se vayan a la cama. Nos veremos por la mañana.

—¿Nos llevarás a la playa? —había preguntado Leila.

—Sí —había contestado el abuelo—. Ahora haced lo que dice Farida: a la cama…

Cuando subían la escalera, Leila oyó decir a su abuelo:

—Di a tu patrona que la esperamos en el salón.

La voz de Farida fue de reconvención.

—La señora está muy agitada. No bajará.

La voz del abuelo se hizo más firme.

—Bajará. Dile que yo digo que es importante.

Más tarde, cuando ya estaban en la cama, oyeron el rumor de voces acaloradas abajo. Se deslizaron fuera de las camas y abrieron la puerta. La voz de su madre era aguda y enojada.

—¡Le he dado mi vida! —gemía—. ¡Y esta es la recompensa que recibo! ¡Que me deje por una ramera norteamericana de pelo rubio que le ha dado un hijo bastardo!

La voz del abuelo era más baja y más tranquila, pero también pudieron oírlo.

—No podía hacer otra cosa. Ha sido orden del príncipe.

—Y tú lo defiendes —había dicho su madre en tono acusador—. ¡Contra tu carne y tu sangre, defiendes la injusticia! Lo único que te importa es tu Banco y tu dinero. ¡Mientras conserves los depósitos, no te importa lo que me pase a mí!

—¿Y qué te pasa a ti, mujer? —había rugido el abuelo—. ¿Acaso te falta algo? Has quedado millonaria. No te ha quitado tus hijas, como habría podido hacerlo por la ley. Te ha dejado la propiedad y las casas de aquí y de Beirut, y una renta especial para las chicas. ¿Qué más puedes pedir?

—¿Es acaso culpa mía si no he podido darle un hijo? —exclamó Maryam—. ¿Por qué siempre hay que echarle la culpa a la mujer? ¿Acaso no le he dado hijas, no he sido una buena esposa, pese a que sabía que andaba con rameras infieles por todo el mundo? Ante los ojos de Alá: ¿cuál de los dos se ha portado bien? Ciertamente yo, no él.

—Es la voluntad de Alá que todo hombre debe tener un hijo —contestó el padre —. Y como tú no pudiste dárselo, él no solo estaba en su derecho, sino que era su deber proporcionarse un heredero.

La voz de Maryam era ahora más tranquila, pero había en ella una nota de mortal intensidad.

—Puede que sea la voluntad de Alá, pero Baydr pagará por esto algún día. Sus hijas sabrán que me ha traicionado, y él no significará nada para ellas. No volverá a verlas.

Las voces se apagaron y ya no oyeron más. En silencio, las niñas cerraron la puerta y volvieron a la cama. Aquello era muy raro y realmente no habían entendido.

Al día siguiente, cuando estaban en la playa, Leila miró súbitamente a su abuelo, que estaba sentado en una silla bajo una sombrilla, leyendo el diario.

—Si papá quería un hijo —preguntó—, ¿por qué no me lo pidió a mí? A mí me gustaría ser un niño. El abuelo Riad había dejado el diario.

—Eso no es tan fácil, criatura.

—¿Es verdad lo que dijo mamá? —preguntó ella—. ¿Nunca más volveremos a verle?

Él guardó silencio un largo rato antes de contestar.

—Tu madre estaba enojada. Ya se le pasará con el tiempo.

Pero nunca se le pasó. Y, con el correr de los años, gradualmente, las niñas empezaron a aceptar la actitud de su madre hacia su padre. Y como su padre no hizo ninguna tentativa para disminuir el abismo que los separaba, finalmente ellas se convencieron de que Maryam tenía razón.

 

El aire empezó a refrescar, el sol a caer, y el azul del verano se convirtió en oscuridad. Leila se volvió a un lado y miró al sirio.

—¿Cuánto tiempo falta?

—Otra media hora —dijo él sonriendo—. Lo suficiente para nosotros. —Se acercó a ella.

Leila se apartó, rápida.

Él la miró fijamente.

—¿Qué te pasa? ¿Eres lesbiana?

—No —contestó ella tranquilamente.

—Entonces no seas tan anticuada. ¿Para qué crees que hacen tomar esas píldoras a las muchachas?

Leila le miró. El desprecio apareció en su voz. Todos los hombres eran iguales.

—Para mi protección, no para tu conveniencia —dijo.

Él le dedicó lo que supuso era una sonrisa fascinante.

—Ven entonces —dijo, volviendo a acercarse—. Tal vez pueda enseñarte a que te guste.

Leila se movió con rapidez: su rifle apuntó el vientre de él.

—Lo dudo —dijo con tranquilidad—. Puede que me hayas enseñado a manejar este fusil, pero yo ya sabía cómo se jode.

El sirio miró el rifle, después la miró a la cara. Una risa genuina burbujeó en su garganta.

—No lo he dudado ni un minuto —dijo con rapidez—. Solo temía que estuvieras perdiendo la práctica.