El pirata
Capítulo 5
cinco
Criados uniformados atendían la mesa del bufet para servir a los invitados. La mesa estaba cargada de comida: filetes, jamón, pavo, y una langosta gigantesca pescada ese mismo día en el Mediterráneo. El centro de mesa era un gran pescado esculpido en el hielo que tenía encima un recipiente de cristal con cinco kilos de caviar beluga Malossol, de grano grueso.
Muchas de las mesas y banquetas estaban ya ocupadas por invitados hambrientos cuando Carriage vio a Baydr disculparse y dirigirse a la puerta del salón. Se volvió y miró a Carriage, después indicó con la cabeza a Yasfir, que todavía esperaba formando fila para el bufet. Baydr se volvió y entró al salón sin mirar más.
Carriage se dirigió al libanés.
—El señor Al Fay espera entrevistarse con usted, cuando guste.
Yasfir miró la mesa del bufet, después miró a Carriage. El estómago del hombrecillo había empezado a resonar al ver la comida. De mala gana, dejó el plato vacío que había recogido.
Dick tomó el plato.
—Haré que un criado le lleve la comida.
—Gracias —dijo Alí.
Dick entregó el plato a un camarero y le dio instrucciones de que lo llevara al despacho donde iba a estar el señor Yasfir. Después se volvió:
—Sígame.
Yasfir le siguió, atravesando el salón hacia el corredor que comunicaba con los camarotes. A la mitad del barco se detuvo ante una puerta cerrada de caoba y llamó.
La voz de Baydr dijo desde dentro:
—Adelante.
Carriage abrió la puerta y se hizo a un lado para dejar entrar a Yasfir. Él no entró.
—¿Algo más, señor? —preguntó.
—Conecte su localizador —dijo Baydr—. Tal vez lo necesite más tarde.
—Sí, señor —contestó Carriage. Llegó un camarero con el plato de Yasfir—. Déjelo dentro —dijo. Cuando el camarero salió, Dick cerró la puerta. Oyó que la cerraban con llave mientras avanzaba por el corredor.
—Disculpe las molestias —dijo Baydr.
El libanés ya estaba sentado, comiendo.
—No hay problema —dijo, entre bocado y bocado de caviar. Un chorrito negro se escapó por el extremo de su boca, y lo secó delicadamente con la servilleta.
Baydr se acercó al pequeño escritorio y sacó una carpeta del cajón central. La colocó sobre la mesa cerca del plato de Yasfir.
—De acuerdo con mis conversaciones con sus superiores —dijo—, he preparado una cartera de inversiones, comprendidas propiedades y valores de Bolsa, que conservadoramente calculamos podrá dar un dividendo del doce por ciento anual durante un período de diez años. Esto incluye un promedio de crecimiento del seis por ciento y dividendos de caja por la misma cantidad. Quiere decirse que, al final del período de diez años, habremos recibido un beneficio de más del cuarenta por ciento, o diez millones de libras esterlinas, y nuestro capital duplicará su valor.
—Me parece muy bien —dijo Yasfir, mientras su boca trabajaba con un pedazo de pollo.
—Lo único que necesito para poner el plan en ejecución es la aprobación de sus superiores —dijo Baydr.
Yasfir no hizo ademán de mirar la carpeta. Dejó el hueso de pollo en el plato y chasqueó los labios cortésmente, para demostrar cuánto le había gustado la comida.
—¿Puedo lavarme las manos? —preguntó.
Baydr asintió. Llevó al libanés a un pequeño cuarto de baño contiguo al despacho. Cuando el hombrecito volvió, Baydr estaba sentado tras el escritorio. El libanés dejó la carpeta sobre la mesa, junto a su plato vacío, y se sentó en una silla junto al escritorio, enfrente de Baydr. Baydr esperó cortésmente a que le hablara.
—El hombre propone y Dios dispone —dijo Yasfir.
Baydr guardó silencio.
—Las circunstancias hacen necesario un cambio en nuestros planes —dijo Yasfir —. Temo no poder seguir adelante con el plan de inversiones.
La cara de Baydr siguió impasible. No habló.
—Habrá que buscar otro destino para los fondos —dijo el libanés.
—Entiendo —dijo Baydr tranquilamente—. Haré que le devuelvan de inmediato los diez millones de libras.
—Eso no es necesario —dijo Yasfir con rapidez—. No vemos motivo por el que no pueda usted dirigir este negocio para nosotros. Con sus comisiones habituales, naturalmente.
Baydr asintió en silencio.
—Como usted sabe, Israel se está volviendo más poderoso cada día. Más fuerte. El sufrimiento de nuestro pueblo bajo su dominio aumenta. Claman pidiendo ayuda a sus hermanos. Tenemos poco tiempo. Debemos actuar pronto o todo se perderá para siempre… —el libanés hizo una pausa para tomar aliento—. Hemos entrado en ciertos tratos con la Societé Anonyme Matériel Militaire para suministros por la cantidad de seis millones de libras. Como tenemos confianza en usted, estamos de acuerdo en que sea usted nuestro agente autorizado de compras. Por ello estamos dispuestos a pagarle su diez por ciento de comisión habitual, sobre los desembolsos.
Baydr siguió guardando silencio.
—Para el resto de tres millones cuatrocientas mil libras que queden después de la compra, hemos destinado un millón de libras para invertir en granjas colombianas, plantaciones de café, naturalmente.
—Naturalmente —dijo Baydr. Pero ambos comprendieron que él sabía más—. Eso nos deja dos millones trescientos.
Yasfir sonrió. El hombrecito estaba contento. Sabía que una vez que el dinero estuviera colocado en la cuenta de Baydr no iba a haber problemas para conseguir que los ayudara. Por rico que fuera, siempre quería más.
—No hemos hecho planes para este resto —dijo—. Pensamos que tal vez usted pueda preparar una cartera para esa cantidad, y nosotros daremos la lista de ciertas cuentas numeradas en Suiza y en las Bahamas en donde podrá acreditarlo.
—Comprendo —asintió Baydr.
—Naturalmente, usted recibirá también su diez por ciento sobre ese resto —dijo Yasfir rápidamente—. Eso significa que recibirá casi un millón de libras solo por el hecho de que el dinero pase por su cuenta.
Baydr lo miró. Esta era la debilidad del mundo árabe. La corrupción y el soborno eran casi parte integral de su comercio. De diez millones de libras, solo seis iban a ser usadas en beneficio del pueblo. Y ese beneficio era altamente dudoso. Lo que la gente necesitaba era comida y educación, no fusiles. Y lo que menos necesitaba era enriquecer a sus dirigentes a sus expensas.
El libanés creyó que el silencio era asentimiento. Se puso de pie.
Baydr lo miró.
—No.
Yasfir abrió la boca, atónito.
—¿No? —dijo como un eco.
Baydr se levantó de su silla. Miró al hombrecito.
—El dinero será devuelto el lunes por la mañana cuando abran los Bancos —dijo —. Le ruego que exprese usted a su gente cuánto lamento no poder serles útil. Pero no estoy preparado para actuar a ese nivel. Estoy seguro de que podrán encontrar a otros más cualificados que yo para estas cosas.
—Está escrito que una decisión tomada con rapidez es muchas veces lamentada —dijo el hombrecillo.
—También está escrito —y Baydr citó sarcásticamente— que un hombre honesto vive la vida sin remordimientos… —apretó un botón en el dispositivo de señales instalado en el reloj digital de su escritorio. Se dirigió a la puerta.
—Señor Al Fay —dijo Yasfir.
Baydr se volvió hacia él.
—¿Sí?
—Habrá guerra antes del invierno. —El libanés habló por primera vez en árabe —. Cuando haya terminado, controlaremos Oriente Medio. Israel ya no existirá, porque pondremos al mundo de rodillas. El viejo orden está cambiando…, una nueva fuerza proviene del pueblo. Si se une a nosotros, será usted uno de los vencedores.
Baydr no contestó.
—Las arenas del desierto se volverán rojas con la sangre de nuestros enemigos — añadió Yasfir.
—Y con la nuestra —contestó Baydr—. Y, cuando todo haya terminado, nada cambiará. Algunos metros aquí, otros allá. Somos meros peones en manos de potencias más grandes. Rusia y Estados Unidos no pueden permitir que gane ninguno de los dos bandos.
—Tendrán que escucharnos —dijo Yasfir—. Controlamos el suministro de petróleo. Si lo cortamos, caerán de rodillas.
—Hasta cierto punto —dijo Baydr—. Después nos pondrán a nosotros de rodillas.
Llamaron a la puerta. Baydr dio vuelta a la llave y abrió.
—Por favor, acompañe al señor Yasfir para que vuelva a la fiesta —dijo Baydr a Carriage. Se volvió hacia el libanés—. Si desea usted cualquier cosa para que su visita sea más grata, estamos a su disposición.
Yasfir le clavó la mirada. La amargura de la desilusión surgía como una tempestad en su garganta. Pero se esforzó en sonreír. Las cosas iban a cambiar rápido cuando Baydr descubriera que su hija estaba con ellos.
—Jatrak —dijo—. Con permiso…
—Vaya en paz —dijo Baydr formalmente en árabe. Cerró la puerta tras ellos, se acercó a la mesa y recogió la carpeta. Por un momento la miró, después la dejó caer en el cesto.
Había sido una simple treta para envolverlo. Nunca habían pensado seguir adelante con eso. Ahora lo sabía. También sabía que no iban a ceder. No iban a descansar hasta arrastrar al mundo a su mismo nivel. O si eso fracasaba, hasta destruirlo.
Súbitamente cansado, volvió a su escritorio, se sentó, y cerró los ojos. Vio los dulces y ansiosos ojos de su padre le miraban, que casi miraban su alma. Era una escena de la infancia. Él tendría unos diez años como mucho.
Los chicos jugaban a la guerra, y él había estado pegándole a un compañero de juegos con una cimitarra, mientras gritaba a voz en cuello: «¡Muere, infiel, muere! ¡En nombre del Profeta, muere!».
Sintió que le quitaban la cimitarra de la mano, se volvió sorprendido, y vio a su padre. Su compañero de juegos se sonaba la nariz y lloraba.
—¿Por qué no me dejas seguir? —había preguntado, enojado—. Ahmad hace de judío.
Su padre se había arrodillado de modo que sus caras quedaron al mismo nivel.
—Estás blasfemando —dijo dulcemente—. Estás tomando el nombre del Profeta para justificar tus propias acciones.
—No es verdad —había dicho él—. Yo defendía al Profeta.
El padre agitó la cabeza.
—Olvidas, hijo, que el Profeta que quieres defender con una expresión de violencia es también conocido como el Mensajero de la Paz.
Aquello había sucedido hacía treinta años, y ahora otros recuerdos se amontonaban y luchaban por abrirse paso en su memoria.