El pirata

Harold Robbins · Capítulo 12 de 50

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El pirata

Capítulo 11

once

 

Era más de medianoche y Leila estaba aburrida de esperar en la habitación. Se acercó a la ventana y miró hacia la Croisette. La muchedumbre seguía deambulando de aquí para allá en la noche cálida. Las luces de los carteles anunciaban las películas que iban a verse en el festival, y en el aire había algo alegre, brillante.

La muchacha se apartó de la ventana. Estaba harta. Tenía que salir a dar una vuelta para no volverse loca. Recogió su chaqueta de dril, tomó la llave y salió al vestíbulo. Se puso la chaqueta mientras esperaba el ascensor. Cuando salió del edificio era como otra de las muchachas que vagaban en la noche, con pantalón vaquero y camisa.

Se dirigió hacia el Carlton, se detuvo, y compró un helado en la esquina de la rue de Canadá, después cruzó hacia el lado de la playa, donde había menos gente. Frente al Carlton se sentó en el inclinado borde de cemento sobre la explanada y miró a la gente que entraba y salía del hotel.

Terminó el helado y comió el dulce cono de azúcar hasta el último pedazo, y después se lamió los dedos hasta dejarlos limpios. Oyó el ruido de una lancha a motor y se volvió para mirar.

Una gran Riva se acercaba al muelle del Carlton. Iba vacía, excepto por dos marineros uniformados con camisetas blancas y pantalones de dril. Uno saltó al muelle y ató la soga a un pequeño poste. Un momento después trepó el otro marinero, después los dos se pusieron a charlar y a fumar.

Ella miró por encima de la lancha. El yate de su padre estaba anclado a unos centenares de metros en la bahía: las luces de la fiesta en la cubierta superior parpadeaban en la noche. La música llegaba débilmente hasta la costa. Sacó un cigarrillo y lo encendió.

Volvió a mirar hacia el hotel. Nada pasaba allí. Aspiró el cigarrillo. Un pequeño coche que avanzaba por la Croisette disminuyó la marcha y se detuvo ante ella. El conductor se inclinó sobre el asiento, bajó el cristal de la ventanilla y le gritó algo.

Ella no entendió lo que decía, pero comprendió lo que buscaba.

Agitó desdeñosamente la cabeza, se puso de pie y le dio la espalda. El conductor hizo sonar el claxon en respuesta y se alejó, haciendo ruido con el motor.

Movida por un impulso, descendió los peldaños que llevaban a la playa y caminó hacia el malecón. Automáticamente, los marineros se pusieron en guardia, pero, al verla, se tranquilizaron y continuaron fumando. Sus ojos la observaron cuando se acercaba.

Se detuvo en la parte de arriba del embarcadero y los miró. No dijo nada.

—Bonsoir —dijo el marinero más alto.

—Bonsoir —contestó ella. Observó la Riva. Era grande, cuidadosamente equipada, y con radioteléfono en la cubierta. Ya no le cupo duda de que pertenecía a su padre, a él le gustaban todos los juguetes norteamericanos.

—¿Andan mal los negocios esta noche? —preguntó torvamente el marinero más bajo, en francés.

Leila lo ignoró.

El más alto rio.

—Ven aquí —dijo—. Te pagaremos diez francos cada uno.

Leila le clavó la mirada.

—¿Qué te pasa? —preguntó provocadora, señalando el yate—. ¿Las mujeres de ahí son demasiado caras para ti?

El marinero alto no se inmutó.

—Veinte francos cada uno. Es lo más que podemos darte.

Ella sonrió.

—Lo hago gratis si me lleváis allí.

Los dos marineros se miraron, después volvieron a mirarla a ella.

—No podemos —dijo el alto.

—¿Tenéis miedo de perder el empleo? —provocó ella—. ¿Qué hay allí tan importante?

—Es el cumpleaños de la esposa de nuestro patrón, el jeque Al Fay —dijo el más bajo.

Jugueteando, Leila se desabrochó los botones de la chaqueta de lona y la dejó abierta. Puso las manos bajo sus redondos pechos y los sostuvo para que los vieran.

—Regardez ces tétons —dijo—. ¿Cuánto pagaríais por cada una de estas bellezas en vuestra boca?

Los marineros agitaron la cabeza, casi con tristeza.

—Veinticinco francos —dijo finalmente el más alto.

—Lo siento —dijo ella. Rápidamente se abrochó los botones e inició la retirada —. Os he dado la oportunidad…

—Mañana —dijo el alto—. Ven a la aduana vieja. Te llevaremos entonces.

—Mañana no estaré aquí.

—Espera —gritó el bajo. Dijo rápidamente algo al otro que Leila no pudo oír, después se volvió hacia ella—. Bueno. Pero un paseíto breve. Vamos, damos la vuelta al yate, y volvemos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. —Descendió al muelle de tablas, mientras el otro marinero saltaba a la lancha. El rugido de la máquina llenó la noche. El marinero más bajo tendió la mano para ayudarla a bajar al bote. Leila saltó sin ayuda, fue a la parte de atrás y se sentó.

El marinero más bajo soltó la amarra y saltó a la lancha en movimiento. Se volvió hacia Leila.

—Es mejor que te acerques. Allí vas a empaparte con la espuma.

Leila sonrió.

—No me importa —dijo—. Me gusta el agua.

Cuando la Riva cobró velocidad, él se acercó y se sentó junto a ella. Tendió la mano y le desabrocho los dos botones de la blusa. Una mano callosa sujetó rudamente un pecho.

—Magnifique —dijo—, épatant…

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó ella—. Tenemos tiempo de sobra.

El marinero se inclinó hacia delante y apoyó su boca ávida sobre el pezón. Sus dientes lastimaron la delicada piel. Ella lo empujó hacia atrás.

—Espera —dijo, enojada—. Cuando haya terminado el paseo.

El marinero la miró, con la cara encendida. Leila le sonrió dulcemente.

—No te engañaré, no temas. —Se quitó la chaqueta y se la tendió—. Tómala, como una especie de prenda.

El marinero la miró estúpidamente, con la chaqueta en la mano.

—¿Qué clase de juego es este?

El radioteléfono zumbó antes de que ella pudiera contestar. El marinero más alto atendió. Se oyó una voz enojada. El marinero dejó escapar el aparato y se volvió a mirarlos, mientras hacía girar la lancha en un gran arco.

—Tenemos que volver al muelle —dijo—. El capitán está que echa chispas. Allí hay gente esperando para subir a bordo.

—Merde —dijo el más bajo. Le tendió la chaqueta—. Póntela.

—Te dije que no debíamos hacerlo —dijo el marinero alto.

—Merde —repitió el bajo.

En silencio, Leila se abotonó la chaqueta. Miró hacia el muelle, donde había gente de pie, vestida con lujosa ropa de noche. El marinero paró el motor y la lancha se deslizó hacia el muelle.

Hábilmente, el marinero bajo, con la amarra en la mano, saltó al muelle y sujetó la lancha. El marinero alto siguió a bordo.

Había dos hombres y dos mujeres. La miraron con curiosidad cuando salió de la lancha, pero no dijeron nada. Subió a lo alto del muelle antes de volverse. El marinero bajo estaba ayudando a las señoras a subir a la Riva con exagerada amabilidad. De pronto la miró.

—C’est la vie —exclamó Leila, con una sonrisa.

Los hombres estaban ya en la lancha, que empezó a moverse lentamente. El marinero bajo saltó al bote y se volvió hacia Leila. Después rio y tendió las manos en un típico gesto galo de desesperanza.

Leila empezó a caminar por el malecón hacia la playa, cuando el hombre surgió súbitamente de entre las sombras, bajo los toldos.

—¿Qué te pasa? —gritó—. ¿Te has vuelto loca? ¡Podrías haberlo echado todo a perder!

Leila quedó sorprendida.

—No te vi volver en la lancha.

—Cuando fui al apartamento y vi que no estabas allí —dijo Alí Yasfir— casi me volví loco. Tenías orden de no salir de tu cuarto.

—Estaba aburrida —dijo Leila.

—¿Estabas aburrida? —repitió Alí Yasfir con sarcasmo—. ¿Por eso decidiste salir a dar una vuelta en lancha?

Leila le clavó la mirada.

—¿Por qué no? —preguntó—. ¿Quién tiene más derecho? Después de todo, esa lancha pertenece a mi padre.

 

Eran más de las cuatro de la mañana cuando el último de los invitados subió a una de las lanchas para volver a tierra. Jordana se despedía de la princesa Mara y de Jacques cuando Yusef atravesó la cubierta en dirección a Baydr, que estaba solo.

—¿Dejo aquí a las chicas? —preguntó, señalando a las dos actrices que estaban de pie con Vincent.

Baydr negó con la cabeza.

—¿Quiere que me quede a bordo?

—No, me comunicaré con usted en el hotel mañana por la mañana.

—Bien —dijo Yusef, sonriendo—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Baydr se había ido cuando Jordana regresó por la escalera del barco. Lentamente, volvió al salón.

Un camarero se le acercó.

—¿Necesita algo, señora?

—Nada, gracias —dijo Jordana—. Un momento…, ¿ha visto al señor Al Fay?

—Creo que está en su camarote, señora —dijo el camarero, abandonando el salón.

Se dirigió por el corredor hacia el camarote. Solo estaba encendida la lámpara junto a la cama; el camisón y la bata estaba desplegados sobre el lecho. Se desnudó con desgana. Bruscamente, se sintió seca, agotada. La cara, donde Baydr la había golpeado volvió a dolerle.

Fue al cuarto de baño, abrió el armario de las medicinas y sacó un frasco de Percodan. Se echó a la boca dos pastillas amarillas y las hizo pasar con unos tragos de agua. Se miró en el espejo. Pensó que debía quitarse el maquillaje, pero era demasiado trabajo.

Volvió al dormitorio y se puso el camisón. Cansadamente, se metió en la cama, apagó la lamparilla y se hundió entre las almohadas.

La luz entraba en el cuarto por la ranura de debajo de la puerta. Baydr estaba todavía despierto. Cerró los ojos, a medida que desaparecía el dolor. Estaba casi dormida cuando la puerta se abrió de golpe. Abrió los ojos.

Baydr estaba en la puerta, aún totalmente vestido. Durante un largo rato no habló. doce

—Quiero que los chicos estén a bordo a las nueve de la mañana —dijo al fin.

—Sí, Baydr —dijo Jordana—. Pierde cuidado. Será muy bonito. Hace tiempo que no estamos todos juntos, con los chicos.

La voz de él era fría y sin expresión.

—He dicho mis hijos. No tú.

Jordana guardó silencio.

—Los llevaré de vuelta el domingo.

—No tienes tiempo de ir a Capri y volver…

—No iremos a Capri. Tengo que estar en Ginebra el lunes por la mañana. Solo iremos hasta St: Tropez y Porquerolles.

La puerta se cerró, y el cuarto quedó nuevamente a oscuras. Miró el dial iluminado del reloj en la mesa de noche. Eran más de las cinco.

Buscó un cigarrillo y lo encendió. Demasiado tarde para dormir, si tenía que traer a los chicos a bordo a las nueve. Cansadamente, encendió la luz y tocó el botón llamando a la doncella.

Era mejor que se vistiera y fuera a la villa. A las siete los chicos iban a estar despiertos. Podría dormir después que ellos se hubieran ido.