El pirata
Capítulo 4
El sol del mediodía se filtraba entre los árboles en el porche del Polo Lounge de Beverly Hills, trazando delicadas líneas en los manteles rosados. Baydr estaba sentado a la sombra de uno de los reservados, protegido del sol. Carriage y los dos japoneses estaban frente a él. Los observaba mientras terminaban de almorzar.
Meticulosamente, los tenedores y los cuchillos fueron colocados a lo largo del plato, a la manera europea, para indicar que habían terminado de comer.
—¿Café? —preguntó Baydr.
Asintieron. Hizo una seña al camarero y ordenó cuatro cafés. Les ofreció cigarrillos, que ellos rehusaron. Baydr encendió uno y los miró.
El japonés de más edad dijo algo en su idioma a su socio. El más joven se inclinó sobre la mesa.
—El señor Hokkaido pregunta si ha tenido usted tiempo de considerar nuestra proposición.
Baydr se dirigió al más joven, aunque sabía que Hokkaido entendía cada palabra.
—Lo he pensado.
—¿Y? —el joven no pudo contener su ansiedad.
Baydr vio el relámpago de desaprobación en la cara del viejo, un relámpago que desapareció instantáneamente.
—No dará resultado —dijo—. Los acuerdos son enteramente unilaterales.
—No entiendo —dijo el joven—. Estamos dispuestos a construir los diez petroleros por el precio que usted ofreció. Lo único que pedimos es que use nuestros Bancos para financiarlos.
—No creo que hayan entendido —dijo Baydr tranquilamente—. Hablan ustedes de hacer una venta, y yo estoy interesado en formar un consorcio. No tiene sentido competir por la compra de ciertas propiedades. Lo único que conseguimos es hacer subir el precio que últimamente pagamos. Tomemos el Rancho del Sol, por ejemplo. Uno de los grupos de ustedes acaba de comprarlo.
—Fue otro grupo, no el nuestro —dijo el más joven rápidamente—. Pero yo ignoraba que usted estuviera interesado en él.
—No lo estaba —dijo Baydr—. Pero hay otro gran asunto en esa área en el que estamos interesados, y también lo está el grupo de ustedes. El resultado final es que el precio ofrecido casi se ha duplicado y, el que lo consiga, sea quien sea, habrá perdido antes de empezar.
—¿Negocia usted por medio de su Banco en La Jolla? —preguntó el joven.
Baydr asintió.
El joven se volvió hacia Hokkaido y habló rápidamente en japonés. Hokkaido escuchó atentamente, asintiendo, después replicó. El joven se volvió hacia Baydr.
—El señor Hokkaido lamenta que nos encontremos en competencia por esa propiedad, pero dice que las negociaciones se iniciaron antes de que nos pusiéramos en contacto.
—Yo también lo lamento. Por eso me he dirigido a ustedes. Buscando un acercamiento. Ninguno necesita el dinero del otro. Cada uno tiene más que suficiente por sí solo. Pero, si trabajamos juntos, quizá podamos ayudarnos y sernos útiles en otros asuntos. Por eso he hablado de que construyan los petroleros para nosotros.
—Pero incluso eso lo pone usted difícil —dijo el joven—. Construiremos los diez petroleros que usted desea, pero ¿dónde encontraremos diez buques petroleros para dárselos de inmediato? No los hay en el mercado.
—Lo sé, pero la compañía naviera de ustedes tiene más de un centenar. Será para ustedes muy sencillo transferirlos a nuestra compañía, una compañía en la que cada uno de nosotros poseerá el cincuenta por ciento. De este modo ustedes no perderán el beneficio.
—Perderemos el cincuenta por ciento de los ingresos que producen los buques — dijo el joven—. Y no vemos con qué remplazarlos.
El cincuenta por ciento de los ingresos de los supertanques adicionales que están ustedes construyendo compensará ampliamente eso —dijo Baydr—. Y el cincuenta por ciento de la inversión extranjera suministrada por mí seguramente será visto favorablemente por el gobierno de ustedes.
—No hemos tenido dificultades en hacer aprobar nuestras inversiones extranjeras —dijo el joven.
—Las condiciones del mundo cambian —dijo Baydr con suavidad—. Una recesión en el mundo occidental podría alterar la balanza de pagos.
—Por ahora no hay nada de eso en el horizonte —dijo el joven.
—Nunca se sabe. Un cambio en el suministro de energía del mundo podría llevar a la tecnocracia a un frenazo en seco. Entonces tendrían que afrontar ustedes dos problemas. Uno, la disminución de clientes, otro la imposibilidad de mantener el promedio de productividad.
Nuevamente, el joven se dirigió a Hokkaido. El hombre de más edad asintió levemente mientras escuchaba. Después se volvió hacia Baydr y habló en inglés.
—Si aceptamos su propuesta, ¿usarán ustedes los petroleros para llevar petróleo al Japón?
Baydr asintió.
—¿Exclusivamente?
Baydr asintió otra vez.
—¿Cuánto petróleo podrá garantizarnos? —preguntó Hokkaido.
—Eso dependerá de lo que permita mi Gobierno. Creo que bajo circunstancias apropiadas, se podrá llegar a un acuerdo totalmente satisfactorio.
—¿Podrá usted obtener una cláusula de nación más favorecida?
—Puedo obtenerla.
Hokkaido guardó silencio un momento. Sus siguientes palabras fueron muy claras y precisas.
—Resumiendo, señor Al Fay: usted dice que si le damos ahora cinco barcos a mitad de precio y construimos cinco barcos más con nuestro dinero, tendrá entonces la amabilidad de usar nuestros barcos para llevar a nuestro país el petróleo que le compraremos a usted.
Baydr no contestó. Su cara seguía impávida. El japonés sonrió súbitamente.
—Ahora sé por qué lo llaman el Pirata. Es usted un samurai de verdad. Pero tendré que discutir el asunto con mis asociados del Japón.
—Lógicamente.
—¿Está usted dispuesto a venir a Tokio si decidimos seguir adelante?
—Sí.
El japonés se puso de pie. Baydr también se levantó. El señor Hokkaido se inclinó y tendió la mano.
—Gracias por su gratísimo e informativo almuerzo, señor Al Fay.
Baydr le estrechó la mano.
—Gracias por el tiempo y la paciencia que me han concedido.
Carriage firmó la cuenta cuando los japoneses se fueron.
—No sé de qué se quejan —dijo con una sonrisa—. Nosotros pagamos el almuerzo. —Y añadió—: Michael Vincent nos espera en el bungalow.
—De acuerdo. —Después de un momento Baydr preguntó—: ¿A qué hora llega el avión de Jordana?
—La llegada está fijada para las cuatro —contestó Dick—. He comprobado la hora antes de almorzar. Viene con quince minutos de retraso. Pero debemos salir del hotel a las tres y media.
Atravesaron el oscuro Polo Lounge y volvieron a salir a la luz para seguir el sendero que llevaba a los bungalows. Los pasos resonaban en el nuevo suelo de cemento.
—¿Ha verificado los preparativos en el Rancho del Sol? —preguntó Baydr.
Carriage asintió.
—Todo está listo. Hemos reservado para usted una casa privada cerca del edificio principal, sobre el campo de golf. La gente del Banco está inscrita en el mismo club. La cena tendrá lugar en una sala privada, con cócteles previos. Esto nos dará a todos oportunidad para conocernos.
—¿Alguna cancelación?
—No. Todos irán. Sienten tanta curiosidad respecto a usted como usted respecto a ellos.
Baydr rio.
—Me pregunto qué pensarían si me presentara con el traje tradicional…
Carriage rio con él.
—Probablemente se cagarían. He oído decir que sospechan que es usted un salvaje. El grupo de aquí es muy snob. Todos blancos anglosajones. Ni judíos, ni católicos, ni extranjeros.
—Entonces se quedarán encantados con Jordana —dijo Baydr. Y era verdad. Jordana era una muchacha nacida y criada en California, no una recién llegada.
—Así es —contestó Carriage. Pero de todos modos no será fácil. He notado falta de entusiasmo por su parte en la consecución de nuevos negocios, y hemos perdido algunas cuentas importantes desde que dirigimos el Banco.
—Según los informes, ellos le echan la culpa al control judío sobre los Bancos de Los Ángeles.
—Esa es una excusa demasiado fácil para que me satisfaga. Siempre desconfío cuando me dicen algo que suponen va a gustarme. Hicieron una chapuza con la oferta del Rancho del Sol y dejaron que los japoneses contra ofertaran.
—Dicen que los japoneses trabajaban por intermedio de los Bancos de Los Ángeles.
—No me convence. Debimos tenerlo todo arreglado antes de que se enteraran en Los Ángeles. Eso les dio tiempo para que el asunto llegara a Tokio y volviera.
Llegaron al bungalow. Carriage abrió la puerta, y entraron en la cabaña. El cuarto fresco, con aire acondicionado, era agradable tras el calor del sol.
Vincent se puso de pie, con el inevitable vaso de whisky sobre la mesa de cócteles que tenía ante sí.
—Baydr, me alegro de volver a verle.
—Siempre es bueno volver a verle a usted, amigo. —Se estrecharon la mano, y Baydr dio la vuelta a la mesita, se dirigió al diván y se sentó—. ¿Cómo anda ese guión?
—Por eso deseaba verle. Al principio creí que iba a ser fácil. ¿Sabe? Como mis películas sobre Moisés y Jesús, donde siempre hay algunos milagros con los que se puede contar para la excitación visual. El cruce del mar Rojo por parte de los israelitas, la Resurrección. Pero aquí no hay nada de eso. Su Profeta no hizo milagros. Era simplemente un hombre.
Baydr rio.
—Es cierto. Nada más que un hombre. Como todos nosotros. Ni más ni menos. ¿Le ha molestado eso?
—Cinematográficamente, sí —contestó Vincent.
—A mí me parece que ese hecho debe volver el lenguaje del Profeta más convincente y dramático. El hecho de que un hombre como cualquiera de nosotros haya podido transmitir las revelaciones de Alá a sus prójimos. ¿Y no le sugiere nada la persecución por parte de los árabes paganos, las provocaciones de los judíos y los cristianos, el destierro y la fuga desde Medina? ¿Y qué me dice de la lucha del Profeta para regresar a La Meca? Me parece que ahí hay tema como para hacer varios films.
—Para el mundo musulmán tal vez, pero dudo que al mundo occidental le guste la idea de ser el villano de la película. Y usted quiere que esa película sea exhibida en todo el mundo, ¿verdad?
—Sí.
—Ahí está el problema —contestó Vincent. Tomó el vaso y lo vació de un trago —. Tendremos que solucionar esto antes de empezar el argumento.
Baydr guardó silencio. La verdad del Corán era evidente, ¿dónde estaba pues el problema? Los no creyentes ni siquiera querían escuchar. Si, por una sola vez, abrieran sus mentes y sus corazones al mensaje del Profeta, la luz llegaría a ellos. Miró pensativo al director.
—Si no recuerdo mal, en su película sobre Cristo, él era crucificado por los romanos y no por los judíos, ¿verdad?
Vincent asintió.
—¿No es esto contrario a la verdad? —le preguntó Baydr—. En realidad, ¿no fueron los judíos los que condenaron a Jesús a morir en la cruz?
—Hay diferentes opiniones —dijo Vincent—. Como Cristo era judío y fue traicionado por uno de sus apóstoles, Judas, que también era judío, y como era detestado por los rabinos de los templos ortodoxos por amenazar su poder y su autoridad, muchos creen que los judíos impulsaron a los romanos para que lo crucificaran.
—Pero los romanos eran los villanos del film, ¿no es así?
—Sí.
—Entonces tenemos la respuesta —dijo Baydr—. Haremos la película basándola en el conflicto del Profeta con los Quraish, conflicto que le llevó a huir de Medina. Las guerras del Profeta en realidad no fueron contra los judíos, que aceptaban el principio de un solo Dios, sino contra las tres grandes tribus árabes que adoraban a muchos dioses. Fueron esas tribus las que lo expulsaron de La Meca, no los judíos.
Vincent le clavó la mirada.
—Recuerdo haber leído eso, pero nunca lo había mirado bajo esa luz. De alguna manera he sentido que los árabes siempre habían estado con él.
—No al principio —dijo Baydr—. Las tribus Quraish eran árabes paganos que adoraban a muchos dioses, y fue a ellos más que a los judíos y a los cristianos a quienes Mahoma dirigió sus enseñanzas sobre el verdadero Alá. Fue a ellos a los que primero llamó «no creyentes».
—Intentaré ese ángulo —dijo Vincent. Volvió a llenar el vaso y miró a Baydr desde el otro lado de la mesa—. ¿Está seguro de que no le interesa escribir conmigo el argumento?
Baydr rio.
—Soy un hombre de negocios, no escritor. Eso está a su cargo.
—Pero usted conoce la historia mejor que nadie.
—Vuelva a leer el Corán. Entonces quizá verá usted lo que yo veo. —Se puso de pie—. Yusef llegará hoy al caer la tarde y nos reuniremos antes del fin de semana. Ahora, le ruego que me disculpe, pero debo ir al aeropuerto a recibir a mi mujer.
Vincent se puso de pie.
—No le detengo entonces. Pero me alegro de que hayamos hablado. Creo que me ha puesto usted en el buen camino. Me pondré a trabajar en seguida en el argumento visto desde este nuevo ángulo.
Se dieron la mano, y Vincent dejó el bungalow. Baydr se volvió hacia Carriage.
—¿Qué opina? —preguntó.
—Si quiere usted conocer mi opinión, jefe, creo que debería usted pagarle y olvidar el asunto. Lo único que se puede garantizar en una película como esa son las pérdidas.
—El Corán enseña que el hombre puede enriquecerse de muchas maneras con sus acciones: buscando no solo el beneficio, sino el bien.
—Espero que tenga razón, pero de todos modos yo tendría mucho cuidado antes de seguir adelante con el film.
—Es usted un joven extraño. ¿Nunca piensa más que en dólares y centavos?
Carriage enfrentó su mirada.
—Cuando trabajo sí. No creo que me haya contratado usted por mis habilidades sociales.
—Supongo que no —dijo él—. Pero hay cosas más importantes que el dinero.
—No es a mí a quien corresponde tomar la decisión —dijo Dick—, y menos tratándose de su dinero… —Empezó a colocar algunos papeles en su carpeta—. Mi tarea consiste en hacerle conocer todos los riesgos. Lo demás depende de usted.
—¿Y usted cree que el film es arriesgado?
—Muy arriesgado.
Baydr se lo pensó un momento.
—Lo tendré en cuenta antes de seguir adelante. Volveremos sobre el asunto cuando se haya escrito el argumento y se haya hecho el presupuesto.
—Sí, señor.
Baydr se dirigió a la puerta de su dormitorio.
—Gracias, Dick —dijo tranquilamente—. No crea que no me doy cuenta de lo que usted está intentando hacer por mí.
Dick se ruborizó. Baydr no le hacía cumplidos con frecuencia.
—No tiene nada que agradecerme, jefe.
Baydr sonrió.
—Me daré una ducha rápida y estaré listo en unos minutos. Haga que traigan el coche frente al bungalow.
—Lo haré, jefe. —Carriage descolgó el teléfono antes de que Baydr cerrara la puerta del dormitorio.