El pirata

Harold Robbins · Capítulo 43 de 50

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El pirata

Capítulo 10

diez

 

Cuando subió al avión, Jordana se quedó sorprendida al encontrar allí a Leila con dos hombres jóvenes. Los dos hombres, vestidos con los acostumbrados trajes oscuros mal cortados y de bolsillos prominentes que usan en general los funcionarios del Oriente Medio cuando están en el extranjero, se pusieron cortésmente de pie.

—No sabía que ibas a viajar con nosotros —dijo Jordana.

Había un tono extraño y provocador en la voz de Leila. Habló en árabe.

—¿Le molesta?

Jordana quedó intrigada. Leila siempre le había hablado en inglés o francés. Tal vez lo hacía porque sus amigos no dominaban esos idiomas. Rechazó el pensamiento y contestó en árabe.

—En modo alguno. Me alegro que vengas con nosotros. Me sorprendió un poco, eso es todo. Tu padre no me dijo nada.

—Lo debe haber olvidado —dijo Leila.

Baydr no olvidaba, pensó Jordana. No había vuelto a verlo desde la mañana en la que le había dicho que debía partir. Más tarde, aquel mismo día, había vuelto a Ginebra, y se había detenido un momento en la casa para despedirse de los chicos.

—Tiene muchas cosas en la cabeza —dijo, siempre en árabe. Hizo un gesto hacia los jóvenes.

Leila comprendió la sugerencia y los presentó.

—Madame Al Fay, segunda esposa de mi padre; este es Fuad Aziz y este Ramadán Sidki. Van a pasar conmigo un fin de semana en casa.

—Ahlan —dijo Jordana.

—Ahlan biki —contestaron ellos, torpemente, inclinándose, bruscos, como si no estuvieran acostumbrados a hacerlo.

En aquel momento los dos niños, la nanny escocesa, Anne, y la doncella personal de Jordana, Magda, subieron por la rampa hacia el avión. Los chicos estallaron en gritos alegres al ver a su hermana.

—¡Leila, Leila! —exclamaron, corriendo hacia ella.

Leila los trató casi con frialdad, aunque cuando los conoció les había hecho grandes demostraciones de afecto y había pasado dos días jugando con ellos antes de que partieran para Gstaad.

Jordana pensó que no quería ocuparse de los chicos a causa de sus amigos.

—Sentaros, chicos —dijo—. Y no olvidéis ajustaros los cinturones. Partimos en unos minutos.

—¿Podemos sentarnos al lado de Leila? —preguntó Samir—. ¿Podemos?

Jordana miró a Leila.

—Si a tu hermana no le molesta.

—A mí no me molesta —dijo Leila.

Nuevamente Jordana percibió el tono hosco de su voz.

—Bueno, pero hay que portarse bien…

—Mamá —preguntó Mohammed—. ¿Por qué hablas en árabe?

Jordana sonrió.

—Supongo que es porque los amigos de tu hermana no hablan tan bien el inglés como nosotros. Es de buena educación hacerlo para que la gente entienda lo que uno dice.

—Hablamos inglés, señora —dijo el joven cuyo nombre era Ramadán, con claro acento británico.

—Ah, entonces… —dijo ella. Miró a Leila, cuya cara era impasible—. Perdón por el malentendido.

Raoul, el camarero, volvió a la cabina.

—El capitán Hyatt pregunta si está lista para partir, señora.

—Lo estaremos en cuanto cada uno haya ocupado su puesto —dijo Jordana, avanzando hacia el asiento trasero, cerca de la mesa redonda que ocupaba generalmente Baydr.

Hubo una agitada actividad mientras ataban los cinturones de los chicos y los otros ocupaban sus asientos. Raoul y la azafata, una bonita norteamericana de nombre Margaret, recorrieron rápidamente la cabina controlando los cinturones de seguridad. Hizo una señal de asentimiento a Jordana y se adelantó. Un instante después, el gran avión avanzaba por la pista.

En cuanto estuvieron en el aire y se apagó la señal del cinturón de seguridad, Jordana se puso de pie. Hizo un gesto a Raoul, que se adelantó.

—Por favor, ¿quiere prepararme la cama en la cabina del señor Al Fay? Tengo ganas de echarme a descansar.

—Sí, Madame —hizo una rápida seña despachando a la azafata a cumplir la orden.

Los chicos rodeaban a Leila, que parecía nerviosa y crispada.

—No hay que molestar a Leila —dijo bruscamente Jordana—. Me parece que está cansada.

Obedientes, los chicos volvieron a sus asientos.

—No me siento muy bien —explicó Jordana—. Voy a acostarme un rato.

Leila asintió sin hablar. Observó a Jordana, que se dirigió a la parte de atrás del avión y entró en el camarote. Realmente, no podía entender qué veía su padre en esa mujer. A la luz del día no era tan bonita como le había parecido la primera vez. Sin maquillaje tenía la cara tensa, había círculos oscuros bajo sus ojos, su pelo caía en mechas y no era tan rubio como había creído. Era mejor que se fuera a dormir. Aquello facilitaba las cosas.

Miró al otro lado del pasillo a Fuad y Ramadán. Fuad observó su reloj de pulsera y después la miró a ella.

—Otra media hora —dijo.

Leila asintió y se reclinó contra el respaldo. Cerró los ojos. Esperar otra media hora no era mucho, después de todo el tiempo que había pasado preparándose para aquello.

 

A Jordana le pareció que acababa de cerrar los ojos cuando, en sueños, oyó llorar a un niño. Se removió, inquieta, esperando que el ruido cesara. Pero no cesó, y gradualmente comprendió que uno de los chicos lloraba. Se sentó bruscamente en la cama y escuchó.

Era Samir. Pero no era su manera habitual de llorar o gemir. Tenía una nota peculiar. Una nota de miedo.

Rápidamente, se levantó de la cama y se alisó el vestido. Después abrió la puerta, salió a la cabina y tomó por el estrecho pasillo hacia el frente. A la entrada del salón se detuvo, atónita. Su mente no podía aceptar lo que veía. «Era una pesadilla», pensó, enloquecida. Tenía que serlo.

Apelotonados en la zona de atrás de la cocina, en el pequeño espacio que Carriage usaba como oficina cuando estaba a bordo, estaban los niños, la nanny, la doncella y la tripulación de la cabina, Raoul y Margaret. Raoul apoyaba una mano en el tabique para sostenerse, y la sangre manaba de un tajo que tenía en la mejilla. Frente a ellos estaban Leila y sus dos amigos.

Pero era una Leila que nunca había visto. En la mano llevaba una pesada pistola automática, del bolsillo de sus pantalones pendían dos granadas de mano. Los dos hombres estaban todavía más armados. Además de las granadas que pendían de sus cinturones, cada uno llevaba un rifle de asalto.

Samir fue el primero en verla.

—¡Mamá, mamá! —gritó, soltándose de los brazos de la nanny y corriendo hacia ella.

Leila intentó agarrarlo, pero él fue más rápido. Jordana se inclinó y el chico se precipitó en sus brazos. Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—¡Le pegaron a Raoul y ahora está sangrando! —gritó Samir.

—No es nada, no es nada —dijo Jordana para apaciguarlo, estrechándolo con fuerza.

Leila la apuntó con el revólver.

—Póngase junto a los otros.

Jordana le clavó la mirada.

—¿Te has vuelto loca? Como broma no es graciosa.

—Ya me ha oído —dijo Leila, tensa—. ¡No es ninguna broma!

En lugar de esto Jordana le dio la espalda y se encaminó por el pasillo hacia la cabina. Leila se movió con tanta rapidez que Jordana no se dio cuenta de que la mujer estaba tras ella hasta que un súbito golpe del revólver contra su espalda la precipitó por el estrecho pasillo, haciendo que soltara al niño.

De inmediato, Samir volvió a llorar. Se precipitó contra su hermana, con los puñitos cerrados.

—¡Mala, no le pegues a mi mamá, mala…!

Indiferente, Leila lo lanzó lejos dándole una bofetada en la mejilla. El chico cayó apelotonado contra su madre, y Jordana lo rodeó con sus brazos.

En el extremo de la cabina, Mohammed empezó a gritar. Se soltó de la nanny, corrió hacia ella y se arrodilló en el suelo, a su lado. Jordana lo abrazó también.

—Estos niños son tus hermanos —dijo, sin prestar atención al atroz dolor de la espalda cuando intentó sentarse. Miró a Leila—. ¡Tendrás que dar cuenta a Dios de tus pecados!

—¡Ramera! —Sus labios se contrajeron en una mueca—. ¡No son hermanos míos! ¡Son los hijos de una puta norteamericana!

—Está escrito en el Corán que hermanos y hermanas están unidos por el padre — dijo Jordana.

—¡No me cites el Libro Sagrado, puta! —exclamó Leila—. Los verdaderos hermanos y hermanas están unidos, no los hijos que has tenido convenciendo a mi padre de que son suyos. Mi madre me ha contado la historia.

—Estás cometiendo un crimen contra tu padre —dijo Jordana.

Leila rio.

—Mi padre ha traicionado cualquier vínculo que yo hubiera podido tener con él. Ha traicionado a su pueblo y se ha convertido en cómplice e instrumento de los judíos y los imperialistas.

«Curiosamente —pensó Jordana—, no sentía miedo por sí misma, sino por los chicos.»

—Todo se va a arreglar —les dijo en un murmullo—, no lloréis.

—¡De pie! —gritó Leila.

Haciendo muecas de dolor, Jordana luchó por ponerse de pie. Leila hizo señas con el revólver de que avanzaran. Dolorosamente, llevando a Samir en un brazo y dando la mano a Mohammed, Jordana atravesó la cabina.

—Entregue los chicos a la nurse —ordenó Leila.

Jordana la miró.

—Haga lo que le digo. Rápido. Si no quiere que les pase algo a ellos…

En silencio, Jordana entregó los chicos a la nanny. Ellos la miraron con ojos asustados. Jordana los palmeó para tranquilizarlos.

—No os asustéis. Todo irá bien.

Casi aulló de dolor cuando sintió el cañón de un arma en la parte inferior de la espalda. Cuando se volvió percibió una extraña mirada de placer en los ojos de Leila. Apretó los labios. No iba a darle el gusto de que la escuchara gemir.

—Vaya a la cabina de vuelo con Ramadán —dijo Leila.

El joven la hizo avanzar delante de él. Cuando abrió la puerta de la cabina de mando, la empujó con violencia. Jordana cayó de rodillas, y el joven se precipitó de un salto en el estrecho espacio detrás de ella.

El capitán Hyatt, Bob, el copiloto, y el ingeniero de vuelo, George, se volvieron sorprendidos. George tendió el brazo para coger una tenaza.

Actuando con inesperada velocidad, Ramadán lo golpeó en la cara con la culata del rifle, haciéndolo retroceder hasta caer sentado. La sangre empezó a brotar de la nariz partida.

—¡Qué nadie haga tonterías —dijo con su cortante acento británico— si no quieren que muera todo el mundo en este avión!

Andy Hyatt le miró, después miró a su ingeniero de vuelo.

—¿Estás bien, George?

George asintió, llevándose un pañuelo a la nariz.

Jordana se puso de pie.

—¿Dónde está el botiquín de primeros auxilios?

—En el armario, sobre el asiento de George —dijo Bob.

Tomó la caja de metal y la abrió. Rápidamente, rompió el envoltorio de varios paquetes de vendas de gasa y las tendió a George. Miró al capitán.

—Raoul tiene un feo corte en la mejilla —dijo.

Se dio la vuelta para dirigirse a la cabina.

—¡Un momento! —gritó Ramadán, cerrándole el paso—. Todavía no ha terminado usted aquí. —Se volvió hacia el capitán—. Somos tres compañeros a bordo, y todos estamos armados con armas automáticas y granadas. Esto pone el avión a nuestra disposición, ¿entiende?

La voz de Hyatt sonó, intrigada.

—¿Tres compañeros?

—Leila es uno de ellos —dijo Jordana.

—¿Leila? —Hyatt dio un largo y lento silbido—. Bueno, que me cuelguen. Esto es el colmo. Ser secuestrados por la hija de nuestro patrón.

—Ahora que ha entendido, deberá usted cumplir mis órdenes tal como yo se lo ordene —dijo Ramadán.

Hyatt miró a Jordana. Ella asintió. Miró entonces al joven.

—Bien —contestó.

—Primero: debe informar a Beirut de que ha habido un cambio en el plan de vuelo; pedirá usted paso desde el Líbano hasta Damasco.

Hyatt tomó algunas notas en el bloc que tenía a su lado.

—Ya está.

—Cuando lleguemos a Siria, diga que ha habido otro cambio de planes, y pida paso desde Irak a Teherán.

Hyatt le miró.

—No tengo bastante combustible como para llegar a Teherán.

—No se preocupe —dijo Ramadán con confianza—, no vamos allá.

—¿Adónde vamos entonces? —preguntó el capitán.

Ramadán sacó una hoja de papel del bolsillo de la chaqueta. La tendió al piloto.

—Ahí es donde vamos.

El capitán miró el papel, después miró al joven.

—Usted está loco —dijo—. No hay lugar ahí para que aterrice un avión de este tamaño. No hay más que montañas.

—Hay un lugar —dijo Ramadán—. Se lo mostraré cuando lleguemos.

—¿Hay equipo para un aterrizaje de emergencia? —preguntó Hyatt.

—No —contestó Ramadán. Tuvo una risita breve y nerviosa—. Pero usted tiene fama de ser uno de los mejores pilotos que andan por ahí. Al Fay siempre tiene lo mejor. No creo que tenga usted dificultades para una aproximación visual y para el aterrizaje.

—Espero que tenga usted razón —murmuró Hyatt. Buscó el contacto de la radio —. Es mejor que me comunique con Beirut.

—Un momento. —Ramadán extrajo un par de audífonos del escritorio del ingeniero de vuelo y se llevó uno a la oreja, sin quitar el dedo del gatillo de la ametralladora, que apoyaba en el otro brazo doblado—. Ahora puede llamar. Y recuerde: ni una palabra del secuestro o lo dejo seco en el asiento. No queremos que nadie se entere de esto. Al menos por ahora.

Hyatt le miró sombríamente y asintió.

—Ahora, ¿puedo ir a curar a Raoul? —preguntó Jordana.

—Naturalmente. —Ramadán parecía más tranquilo—. Y de paso dígales que aquí tengo todo bajo control.