El pirata

Harold Robbins · Capítulo 38 de 50

Páginas del PDF

El pirata

Capítulo 5

 

Alí Yasfir se dirigió al café situado frente al President Wilson Hotel, en Ginebra. Miró su reloj. Eran casi las seis, y el café estaba repleto de empleados de oficina que tomaban un trago antes de dejar la ciudad para dirigirse a sus hogares, en las afueras. Encontró una mesa tranquila en el fondo del restaurante contra la pared, pidió un café y se puso a esperar. Ella le había dicho que no creía poder salir antes de las seis. Abrió un ejemplar del Paris Herald Tribune.

El diario estaba lleno de historias acerca del pánico que había provocado en los Estados Unidos el embargo petrolero. En el primer momento el país se había quedado atónito. La gente no podía creer que realmente les estuviera pasando eso a ellos. Pero después se habían tranquilizado y habían empezado a maniobrar para acrecentar los suministros. Sonrió para sí mismo. En verdad, no iban a poder hacer mucho. Cuando llegara el invierno sentirían el pellizco. En la primavera, cuando comprendieran al fin, iban a necesitar cinco años para volver a desarrollar sus propias fuentes petrolíferas, que habían dejado olvidadas debido al precio tan bajo de las importaciones, y caerían de rodillas pidiendo misericordia.

Esto es, si los árabes eran capaces de mantener la unidad. Ya empezaban a notarse grietas en la armadura. Había rumores de que buques petroleros con destino a los Estados Unidos se deslizaban todavía por el golfo de Omán, no solo desde Irán sino también desde los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e incluso Arabia Saudita. No dudaba ni por un momento que los rumores eran verdaderos. Todos aquellos países estaban ligados a los Estados Unidos, no solo por el sentimiento sino por el frío y duro dinero. Las inversiones en la economía norteamericana eran tan grandes que no se atrevían a mantener el embargo por miedo de que se produjera el caos y la pérdida de todas sus inversiones. El hecho de que su interés personal se interpusiese en el camino para la completa libertad del mundo árabe no significaba nada para los escasos elegidos que dominaban esos países. Utilizaban la crisis para acrecentar su propio poderío y riqueza. Eran hombres como Al Fay —quizá el peor de todos—, hombres que deberían desaparecer para que los árabes asumieran el lugar que les correspondía bajo el sol. Lo que daban al movimiento era una mera miseria cuando se comparaba con sus propios beneficios.

El Profeta había dicho: «Esperad el día del Juicio.» Pero ellos estaban decididos a no esperar tanto. Ya se habían hecho planes para que el poder de esos hombres se volviera contra ellos mismos. Pronto empezaría la cosa y, con el tiempo, sentirían la ira de un pueblo traicionado.

Alí Yasfir estaba tomando la segunda taza de café cuando apareció la muchacha y se plantó ante él. Le señaló la silla que tenía enfrente, sin hablar.

Se sentó, y apareció el camarero.

—Coca-Cola con limón —dijo ella. Cuando el mozo se fue, lo miró—. Lamento haberme demorado, pero me fue difícil salir con tan poca anticipación.

—No te habría molestado si no fuera importante.

—Comprendo. —Llegó el camarero con la bebida, y volvió a irse—. ¿Qué pasa? —preguntó.

—Muchas cosas —dijo Yasfir pesadamente—. La peor es que el embargo está en peligro de ser desbordado.

Ella bebió sin hablar, con los ojos fijos en la cara de él.

—Los americanos están ejerciendo mucha presión sobre hombres como tu padre. Amenazan con confiscar sus inversiones en Estados Unidos.

—No he visto nada de eso. Y estoy en la oficina todos los días. Leo casi todos los papeles que llegan.

—No son tan tontos. Hay cosas que jamás serán confiadas al papel. Pero las amenazas siguen. Y tu padre responde a ellas.

—¿Cómo? Mi padre no tiene nada que ver con la distribución del petróleo.

—Pero su influencia en el consejo es grande. Tarde o temprano lo escucharán, y a otros como él.

Ella encendió un cigarrillo y aspiro profundamente.

—Las cosas nunca son como parecen, ¿verdad?

Yasfir asintió.

—Tendremos que actuar antes de lo que habíamos pensado.

Dejó que el humo escapara lentamente de su boca.

—¿No has cambiado de idea? —preguntó rápidamente—. ¿Sigues teniendo las mismas creencias?

—No he cambiado de ideas. ¿Cómo puedes suponerlo? Todavía recuerdo la atrocidad perpetrada contra nosotros por los aviones israelíes. Todavía veo los cadáveres, y las caras de mis amigas muertas. He visto la crueldad no provocada de los israelíes. No cambiaré hasta que todos estén muertos.

Se sintió levemente aliviado.

—Temía que tu amante norteamericano te hubiera hecho cambiar.

Ella sostuvo su mirada.

—No es mi amante —dijo con frialdad—. Lo utilizo para tener acceso a los asuntos de mi padre y enterarme de lo que pasa.

—Entonces estarás enterada de la orden para detener los embarques de Muñecas Árabes.

—Sí.

—¿Y sabes por qué?

—No estoy segura, pero creo que sospechan que Ziad ha estado escamoteando dinero. Investigan ahora para saber si eso es verdad.

—Es muy importante para nosotros que continúen esos embarques. Es nuestra fuente principal de dólares norteamericanos. ¿Crees tener bastante influencia sobre tu amigo norteamericano como para hacer rescindir esas órdenes?

—No sé —dijo, vacilante—. Ha recibido instrucciones de mi padre para detener esos embarques. —Lo miró—. ¿Y si hablara directamente con mi padre?

—No, tu padre no sabe nada de los embarques. Si lo supiera, seguramente los detendría. Cuando se lo propusimos, se negó.

—Entonces no sé qué puedo hacer.

—Tal vez puedas convencer al norteamericano para que diga a tu padre que no hay problemas con los embarques, que Ziad no los usa para escamotear dinero.

—¿Es verdad?

—Claro que no —dijo arriesgándose—. No seas tan ingenua. ¿Cómo crees que se puede lograr que un cerdo como él colabore si no es sobornándolo? Podrías decir a tu amigo que te has enterado de que Muñecas Árabes es propiedad de unos amigos tuyos, y que no te gustaría que tuvieran dificultades.

—¿Y supones que creerá eso?

—¿Quién puede decirlo? Tú debes saber mejor que nadie si tienes poder sobre él.

Una débil sonrisa asomó a los labios de Leila.

—Tal vez lo haga. Hemos estado juntos lo menos cuatro veces diarias mientras mi padre estaba en Gstaad. Está como loco. No me deja en paz ni un momento.

—Si eso es cierto, no creo que tengas dificultades.

—¿Y si se niega?

—Puedes amenazarlo con contarle a tu padre la aventura que ha tenido contigo. —Vio la expresión sobresaltada de la cara de ella, y añadió con rapidez—: Pero solo como último recurso. Por ahora basta con que se lo pidas. Nos reuniremos a la misma hora mañana por la noche, y me dirás cuál ha sido su respuesta.

—¿Algo más?

—Por ahora no.

—¿Cuanto tiempo debo seguir aquí? —preguntó Leila—. No he pasado todo ese tiempo en un campo de entrenamiento para ser una secretaria. ¿Cuándo tendré ocasión de hacer algo real?

—Estás haciendo algo muy importante para nosotros en este mismo momento. Pero tal vez lo otro va a llegar antes de lo que esperas.

 

Carriage miró el reloj cuando el mensajero especial de la oficina del cónsul partió. Las siete. Abrió el cajón del escritorio y sacó la llave gemela que abría la maleta. Tenía que ser algo muy importante para haber sido enviado por valija diplomática sellada en el último avión que había salido aquel día de Beirut.

Dentro había una sola carpeta con una hoja de papel. Escrito a máquina en la carpeta, en letras rojas mayúsculas, estaban las palabras: INFORME CONFIDENCIAL. MUÑECAS ÁRABES.

Abrió la carpeta y empezó a leer rápidamente. El contenido era breve y directo. Muñecas Árabes era una tapadera del sindicato de drogas. Entre sus dueños conocidos figuraba un mafioso norteamericano, un corso conocido como operador de refinerías de heroína y dos libaneses, uno de ellos un hombre que tenía amplios contactos entre los cultivadores de amapolas en el Líbano y en Turquía y el otro un banquero que representaba a varios grupos fedayines en muchas transacciones financieras.

Ahora la bonificación pagada por los embarques empezaba a tener sentido. Habían encontrado un embarcador para llevar las drogas a los Estados Unidos porque MEDIA no solo proporcionaba el carguero, sino que, como tenían licencia en la Aduana de Estados Unidos, podían retirar los cargamentos y entregarlos directamente en Nueva York. Aunque el consignatario de Nueva York era un conocido importador norteamericano de juguetes al por mayor, no dudaba que se habían hecho arreglos adecuados para pasar de contrabando los embarques a los Estados Unidos.

Carriage tomó el teléfono y pidió que le comunicaran con el funcionario encargado de MEDIA en la oficina de embarques de Beirut. Había otra cosa que quería averiguar.

El funcionario contestó tartamudeando ante el honor de recibir una llamada personal del secretario ejecutivo del señor Al Fay. Era la primera vez que hablaba con alguien más alto que Yusef en la jerarquía. Se mostró dispuesto a colaborar.

No, personalmente él no sabía nada de Muñecas Árabes, solo que los dueños eran muy corteses, y que pagaban rápidamente las facturas. Hubiera deseado que todos sus clientes fueran igualmente puntuales, pero ya sabe usted cómo son…

Dick simpatizó con él, dijo que el señor Al Fay estaba enterado de los problemas, y que los comprendía. Después preguntó cómo habían abierto la cuenta…, cuál de sus agentes la había solicitado.

El funcionario se deshizo en disculpas. Desgraciadamente, ninguno de sus hombres había estado lo suficientemente alerta como para abrir la cuenta. Tenía que concederle el mérito de esto al señor Ziad, que había realizado todos los acuerdos en París. Lo único que ellos hacían era supervisar los embarques. Y se ocupaban especialmente de que el cliente tuviera el mejor servicio. Buenas cuentas, como aquellas, no eran fáciles de encontrar.

Dick le dio las gracias y colgó el teléfono. Se preguntó hasta qué punto Yusef estaba enterado del contenido de los embarques. Era duro para él creer que Yusef procediera en contra de la política de Baydr. Desde el incidente con Alí Yasfir el verano pasado en Cannes, estaba bien enterado de que Baydr había rehusado hacer de tapadera para las actividades ilegales de los fedayines, por dignas que ellos afirmaran que eran sus motivaciones.

Pero el trato solo podía haberse hecho de una manera. Alguien tenía que haberse puesto en contacto con Yusef. Se preguntó si Yusef conocería a Alí Yasfir. Procuró recordar si los había visto juntos en Cannes, pero lo único que pudo recordar es que había pedido a Yusef que transmitiera a Yasfir la invitación de Baydr para la fiesta en el yate.

Acababa de guardar la carpeta en la caja fuerte cuando regresó Leila. La miró, sin dejar de pensar que debía telefonear inmediatamente a Baydr por la mañana.

—¿Qué pasa? —preguntó Leila, rápida—. Pareces preocupado.

—Creo que tengo demasiadas cosas en la cabeza. —Forzó una sonrisa—. ¿Cómo estaban tus amigas?

Leila le devolvió la sonrisa.

—Son unas chicas tontas. No estaban mal en el colegio, pero me parece que las he superado. Solo saben hablar de muchachos.

Dick rio.

—Me parece normal.

—Pero es en lo único que piensan.

—¿Y tú en qué piensas?

Ella se acercó al escritorio y se inclinó hacia él, de manera que su cara casi lo rozó.

—En joder contigo —dijo.