El pirata
Capítulo 16
dieciséis
Leila miró a su madre en el otro extremo del cuarto.
—Te lo he repetido varias veces, mamá. Hamid es un amigo, nada más. No lo tomo en serio. No pienso casarme con él. Es un amigo y nada más.
Maryam suspiró pesadamente.
—No entiendo qué te pasa. Es un sirio ordinario, ni siquiera es de buena familia. No sé qué le ves… Leila encendió un cigarrillo.
—Tengo que hablar con alguien.
—Hay muchos muchachos excelentes con los que podrías relacionarte. Mi padre dice que el industrial Fawaz le ha hablado. Su hijo está en edad de casarse, y se interesan por ti.
—¿Quién? —preguntó Leila con sarcasmo—. ¿Fawaz o su hijo?
—No seas insolente. El abuelo solo quiere lo mejor para ti.
—¿Como lo quiso para ti? —preguntó Leila, sarcásticamente.
—No fue culpa suya —dijo Maryam a la defensiva—. Ninguno de nosotros sabía por aquel entonces cómo era tu padre. Hicimos todo correctamente. Nadie nos puede señalar con el dedo.
—Tampoco veo que nadie señale a mi padre con el dedo —dijo Leila—. A nadie le importa lo que uno haga, si tiene bastante dinero.
Maryam agitó la cabeza, exasperada.
—Es lo que siempre he dicho, te pareces a tu padre y no a mí. Solo ves las cosas cuando te conviene verlas. Nunca debí permitir que fueras a estudiar a Suiza. Lo único que has aprendido es a contestar a tu madre. Tu hermana no es así.
—Mi hermana es estúpida —exclamó Leila—. Lo único que le importa es su hogar, sus hijos, y los problemas que tiene con los criados.
—Eso es lo único en lo que debe ocuparse una mujer —dijo Maryam—. ¿Acaso hay otra cosa?
Leila señaló hacia la ventana.
—Ahí está el mundo entero, madre. ¿No lo ves? Durante muchos años hemos sido oprimidos, nuestro pueblo ha sido ridiculizado y esclavizado. Nuestros hermanos lloran bajo el yugo de los judíos en Palestina. Y preguntas si hay otra cosa…
—Esos son problemas que deben solucionar los hombres —dijo Maryam—. Nosotras debemos ocuparnos de nuestras cosas.
—Es inútil —dijo Leila asqueada. Se dirigió a la puerta—. Me voy.
—¿Dónde vas? ¿Otra vez a encontrarte con Hamid?
—No. Voy a salir. Eso es todo.
—¿Y qué prisa tienes entonces? Es casi hora de cenar.
—No tengo hambre. No me esperéis.
Maryam vio la puerta que se cerraba tras ella. Unos minutos después oyó el ruido del coche frente a la casa. Se levantó de su asiento y se dirigió a la ventana, a tiempo para ver el pequeño Mercedes descapotable que daba vuelta a la esquina.
Leila era como su padre. Nadie podía hablar con ella. Recordó un día del mes pasado, cuando la muchacha se había presentado en la puerta con su amigo, el sirio Hamid. Estaban tan harapientos y sucios que al principio la criada, que era nueva en la casa, no quería dejarlos pasar. Finalmente, de mala gana, había llamado a su patrona.
Maryam se quedó estupefacta ante el aspecto de su hija. Tenía la piel oscura y reseca como si hubiera pasado días bajo el sol del desierto, y no le quedaba una sola curva en el cuerpo. Estaba tan delgada y plana como un muchacho.
—¿Qué te ha pasado? —había exclamado.
—Nada, mamá —había dicho Leila, tranquilamente.
—Pero mírate, estás en harapos… Parece que hiciera meses que no te bañas…
—Estoy muy bien, mamá —había dicho Leila, con terquedad.
—¿De dónde vienes? Creía que estabas todavía en el colegio.
—Hemos vuelto caminando a casa —contestó Leila.
—¿Pero por qué? Bastaba con que hubieras telefoneado. Te hubiéramos mandado el pasaje.
—Si hubiera querido que me mandarais el pasaje habría telefoneado. Yo quería venir de esta forma.
Por primera vez Maryam notó la presencia de Hamid, que estaba detrás del umbral. Miró al hombre, después a su hija.
—Este es mi amigo Hamid —dijo Leila—. Es sirio. Hamid se adelantó un paso. Se tocó la frente con el dedo.
—Tasharrafna.
—Hasalli sharaf —contestó ella automáticamente. Pero no añadió las otras palabras de bienvenida.
—Encontré a Hamid en el viaje —dijo Leila—. Va de camino a su casa, en Damasco.
Maryam no dijo nada.
—Se ha portado muy bien conmigo —dijo Leila—. De no haber sido por él habría tenido dificultades. Maryam se volvió hacia el sirio.
—Pase —dijo—, sea bienvenido en nuestra casa.
Él se inclinó de nuevo.
—Gracias, señora, pero tengo unos amigos con los que me alojaré.
Ella no se inmutó. El hombre parecía rudo y vulgar. Pero así eran todos los sirios.
—Me alegro de que hayas vuelto al fin a tu casa —dijo Hamid—. Ahora tengo que irme.
Leila le tendió la mano.
—¿Te pondrás en contacto conmigo antes de dejar Beirut?
Hamid asintió, y ambos se dieron la mano. Pese a la formalidad, Maryam percibió la familiaridad entre ellos.
—Te llamaré —dijo él.
Pero eso había sucedido hacía un mes, y Hamid seguía todavía en Beirut. Maryam ignoraba lo que estaba haciendo. Pero sabía en cambio que él y Leila se encontraban casi todos los días en el hotel Phoenicia. Lo sabía por amigos que los habían visto sentados en la cafetería tomando Coca-Cola.
Estacionó el coche en la calle y se dirigió a la cafetería por la entrada exterior. No le gustaba atravesar el adornado vestíbulo, siempre abarrotado por una muchedumbre de turistas norteamericanos y europeos. Hamid estaba sentado solo junto a la mesa acostumbrada en un rincón, cerca de la ventana. La inevitable Coca-Cola con una rodaja de limón estaba ante él.
Miró cuando Leila se sentó enfrente. Sin una palabra, la camarera trajo otra Coca-Cola.
Esperó hasta que la camarera se fue.
—Me voy mañana —dijo.
Leila lo miró. Su cara era inexpresiva.
—¿A tu casa? —preguntó.
—Es lo mejor —dijo Hamid—. Aquí no pasa nada, y he recibido una carta de mi primo. Pueden darme un cargo de sargento en el Ejército, con tiempo libre y bonificaciones. Están reclutando veteranos que tengan experiencia.
—No entiendo qué pasa —dijo Leila—. No he recibido ninguna comunicación, y hace casi un mes que estoy aquí.
Hamid se alzó de hombros.
—Tal vez crean que me mataron como a las otras.
—Saben que estás aquí. Se lo dije cuando fui a cobrar el último salario.
—Entonces, ¿por qué no me llaman? Me estoy volviendo loca aquí esperando. Mi madre no cesa de molestarme.
—Tienen otras cosas en la cabeza. Ha corrido el rumor de que Al-Ijwah quiere que tu padre se ocupe de sus inversiones extranjeras.
—Ya lo sé. Pero los rechazó. Eso sucedió antes de que yo dejara Francia. — Sorbió la bebida con una pajita—. Están locos. Mi padre no moverá un dedo si no es para ayudarse a sí mismo.
—Volverán a contactarlo. Parecen considerarlo muy importante.
—Deseo que tengan suerte. Pero solo conseguirán que los ayude de una manera: apuntándolo con un fusil.
—¿Por qué dices eso?
—Porque conozco a mi padre. Cree que el dinero lo puede todo.
—Bueno, de todos modos, me voy mañana. Ese trabajo en el Ejército es mejor que nada.
—Tal vez deberías ir a hablar con ellos. No me han hecho seguir todo ese entrenamiento para que me quede aquí sentada, en casa de mi madre.
—No hagas eso —dijo él rápidamente—. Tienes orden de esperar hasta que recibas noticias.
Leila lo miró.
—¿Es necesario que te vayas?
—Tengo que hacer algo. Casi se me ha terminado el dinero.
—Yo tengo dinero.
—No.
Leila guardó silencio un momento, contemplando su vaso, después lo miró a él.
—Me hice ilusiones de que nos mandaran juntos a alguna misión.
—No soy el tipo adecuado —contestó él—. Prefieren estudiantes para esas misiones. La gente les presta menos atención.
—Tú no eres tan viejo. Todavía puedes pasar por estudiante —dijo Leila con rapidez.
—Tal vez —dijo Hamid—. En la oscuridad.
—Si te metes en el ejército sirio nunca más te dejarán salir.
—Tal vez no lo desee. Por la forma en que nos estamos preparando y la manera en que lo hace Egipto, todas las posibilidades señalan que va a pasar algo. Y, si hay guerra, tal vez me hagan oficial.
—¿Es eso lo que deseas?
—No.
—¿Y qué deseas entonces?
—Hacer mucho dinero —dijo él sonriendo—, como tu padre.
—¡No me hables más de él! —exclamó Leila, súbitamente furiosa—. ¡No oigo otra cosa en todas partes! ¡Mi padre acá, mi padre allá! Incluso mi madre no hace más que hablar de él.
—¿Has visto hoy el diario? —preguntó Hamid.
—No.
—Deberías haberlo visto. Te habrías dado cuenta de porqué todos hablan de tu padre.
—¿Qué ha hecho?
—Acaba de firmar el mayor acuerdo sobre petroleros que se haya hecho nunca con el Japón. Ha comprado diez barcos, y están construyendo otros veinte para él. Todos súper tanques. Será la mayor compañía naviera árabe del mundo.
—Alabado sea Alá —dijo Leila con sarcasmo—. ¿Eso lo vuelve mucho más rico?
—Por lo menos hace algo. No hay motivo para que los griegos y otros monopolicen los embarques en nuestros puertos.
—¿Y eso en qué ayuda a los palestinos? —preguntó Leila.
Hamid guardó silencio.
—Lo siento —dijo Leila rápidamente—. No quería discutir contigo. Pero estar aquí esperando me pone nerviosa.
—No es nada…
Leila lo miró.
—¿Quieres que te acompañe a tu cuarto?
—Bueno —dijo Hamid, y después sonrió—. ¿Pero no te molesta que vayamos primero al cine? Las únicas películas que dan en Damasco tienen por lo menos diez años.
Baydr sintió el caliente sake zumbando en su cabeza cuando dejó la taza. En cuanto tocó la mesa la geisha que estaba en cuclillas, detrás de él, volvió a llenar la tacita. Baydr la miró. No tenía costumbre de beber. Un vaso de champán de vez en cuando, nunca nada más. Y aunque había tomado apenas tres tacitas de sake, las sentía.
—Basta —dijo, incorporándose. Se sintió levemente mareado al levantarse. La geisha estuvo allí para ayudarlo en cuanto él tendió la mano. Baydr sonrió.
—Sueño —dijo.
La geisha lo miró, sin comprender.
—Sueño —repitió él. Juntó las palmas de las manos y las llevó a un lado de la cara, cerrando los ojos.
—Jai, jai…, sueño…
Baydr asintió.
La geisha, siempre con un brazo bajo el codo de él, tendió la mano y apartó el biombo que separaba los cuartos. Lo guio hasta el dormitorio y cerró el panel tras ella. La cama era muy baja, apenas se elevaba por encima del suelo, y Baydr casi cayó hacia atrás al sentarse en ella. Pensó que era muy gracioso y empezó a reír. La geisha rio con él.
—Casi me he caído.
—Jai, jai —dijo la geisha, inclinándose y soltando el lazo que sujetaba la túnica de él. Suavemente la hizo resbalar de sus hombros, y Baydr se echó hacia atrás en la cama mientras ella acababa de quitársela.
—Cansado —murmuró él sobre la almohada. Se giró boca abajo. Como viniéndole desde una gran distancia, oyó el suave roce del kimono de ella. Olió el débil perfume de los polvos de talco espolvoreados sobre su piel como una suave nube.
Las manos de la geisha parecían suaves plumas mientras golpeaban suavemente su espalda, sus dedos siguiendo el rastro de su columna vertebral desde el cuello hasta el coxis. Un momento más tarde empezó a untar su piel con aceite ligeramente tibio. Suspiró satisfecho.
Las manos descendieron por su espalda, ahuecando y palmeando sus nalgas. Luego notó que se las separaba suavemente, y situaba con delicadeza un dedo explorador dentro de su ano. Halló su próstata y la masajeó con un movimiento circular.
Casi dormido, sintió su creciente erección y empezó a girarse de lado. Suave pero firmemente, ella lo sujetó de modo que no pudiera moverse. Su otra mano húmeda con el aceite tibio, empezó a masajear su palpitante falo.
Intentó moverse al ritmo de ella pero no pudo. Entonces se dio cuenta de que no había una sino dos geishas en la habitación. La segunda mujer rodeó la cama hasta el otro lado y se arrodilló ante él. Ahora eran cuatro manos en vez de dos. No había ninguna parte de él que no fuera tocada, masajeada, acariciada, todo al mismo tiempo.
La presión en su próstata y testículos, la creciente rapidez de la mano moviéndose sobre su pene, fueron demasiado. Se sintió contraer en un nudo. La agonía se hizo insoportable. Un gemido escapó de su boca. Abrió los ojos.
La pequeña japonesita enfundada aún en su kimono le sonrió dulcemente. Luego abrió su boca para rodear suavemente su glande. La explosión llegó casi inmediatamente, hasta que se sintió completamente relajado y todo lo que quedó en él fue un suave y agradable vacío.
Siguió mirando a la pequeña geisha, que se puso de pie y se alejó en silencio. Sintió que otras manos lo cubrían con las suaves sábanas. Cerró los ojos y cayó en un sueño profundo.
Cuando despertó, era como si hubiera dormido solo unos minutos. Pero ya era totalmente de día y Jabir estaba de pie junto a su cama.
—Lamento molestarlo, patrón —dijo—, pero acaba de llegar este telegrama, y el señor Carriage dice que es muy importante.
Se sentó lentamente y tomó el papel amarillo. El mensaje era simple, y redactado de tal modo que solo él y el príncipe podían entenderlo:
SE HA FIJADO FECHA PARA INVESTIR A TU HIJO COMO MI HEREDERO. VUELVE EN
SEGUIDA PARA PREPARARLO TODO.
(Firmado) FEIYAD, PRÍNCIPE.
Baydr estaba ya totalmente despierto. Sabía que la cosa no tenía nada que ver con su hijo. Hacía tiempo que se habían puesto de acuerdo sobre el sentido de aquel mensaje.
La guerra. Guerra con Israel. El momento de vengar la derrota de 1967 estaba cercano. O eso creían. Una gran tristeza se apoderó de él.
Era demasiado pronto. Demasiado. Tal vez ganaran alguna victoria menor al principio, pero los israelíes eran demasiado experimentados para ellos. Si la guerra duraba más de una semana, significaría otra derrota para los árabes.
Incluso el príncipe había estado de acuerdo con él en eso. Pero había mucho que hacer. Si el mundo creía que estaban unidos quizá pudiera ganarse algo más que una pequeña victoria. No en el campo de batalla, donde morían los hombres, sino en los Bancos y en las juntas ejecutivas.