Gladiadoras
Capítulo VIII
Nicomedia, 124 d. C.
Los caminos se quedaron desiertos y silenciosos cuando, tras el emperador, parte de su séquito y la multitud de las sandalias de los legionarios abandonaron Nicomedia con paso firme hacia la capital del Imperio. La villa, entre cuyas paredes y antes de la llegada de la comitiva se albergaba la esperanza, ahora se hallaba triste y vacía. Triste para Catilio Severo, por no haber conseguido su objetivo de volver a Roma. Vacía para Helena. Con el corazón roto en mil pedazos al ver partir a su amado, y con él, su sueño de tener una vida como la de cualquier mujer libre.
Catilio Severo debía abandonar la provincia y dirigirse a África. Por orden del emperador, debía encontrarse en su nuevo destino en un plazo de tres meses. Solo podría llevarse lo imprescindible, el césar no quería distracciones que retrasasen su llegada. Todos los esclavos, salvo Maro, su atriense, debían quedarse en Nicomedia, ya obtendría lo que necesitara en su nuevo destino. Antes de empezar los preparativos de su marcha, Catilio Severo deseaba liberar la frustración y la rabia que sentía por no haber conseguido su propósito.
El procónsul se sirvió unas copas de vino en su tablinum1 para él y para Polieno, su abogado y hombre de confianza. Su rostro era más serio de lo habitual. Observó la fusta que siempre lo acompañaba.
—Hice todo lo que estuvo en mi mano, Polieno. Mis esfuerzos no solo han sido inútiles y en vano, sino que además me envía a esa tierra donde solo encontraré sol y ruinas.
—El trabajo que has hecho aquí es encomiable. El emperador solo tuvo que intervenir cuando los dioses decidieron azotar a la tierra con esos temblores.
—¿Y este es el modo de premiarme? ¿Enviándome a la remota África?
—Si me admites un consejo, viejo amigo, no seas tan diligente en esa Cartago y pronto volverás a Roma —dijo Polieno bebiendo de su copa.
—¿Qué tratas de decirme? —preguntó Catilio Severo.
—Procura que tu trabajo y tus esfuerzos no sean tan eficientes y pronto estarás en la ciudad bañada por el Tíber disfrutando de tu gran pasión, las luchas de gladiadores.
—Cartago fue la ciudad que vio nacer a Aníbal, y esta la tierra que lo vio morir —dijo Catilio pensativo—. Ya sé de qué modo librar mi venganza.
Haz que todos los esclavos, sin excepción, se presenten en el patio —le ordenó a Maro mientras acariciaba la fusta y daba cuenta de toda la copa de vino.
Helena se encontraba tumbada en el jergón del cuarto de los esclavos.
Desde el día anterior no había podido evitar que la amargura fuera su único consuelo.
—Deberías levantarte —dijo Helvia.
La joven no contestó. Seguía encogida y silenciosa, sin encontrar ningún motivo para vivir. Maro, el atriense, entró en el cuarto de las esclavas.
—¿Qué estáis haciendo aquí? Deberíais estar en las cocinas —preguntó.
—Mi nieta no se encuentra bien, Maro.
—Me da igual cómo se encuentre. El dominus ha ordenado que todos los esclavos se presenten en el patio.
—¿Qué quiere ahora ese hombre sin corazón? Bastante tormento ha sido para todos los esclavos su presencia aquí.
—Tú al menos no tendrás que viajar con él. Dile a tu nieta que se levante y acudid las dos inmediatamente al patio si no queréis que ni los dioses puedan calmar su ira.
—Deja que ella se quede, Maro —suplicó la anciana muy seria.
—¿Acaso te has vuelto loca?
—Recuerdo cuando eras un niño. Te cuidé como si fueras mi propio hijo, y también recuerdo los ojos con los que mirabas a Nysia, la madre de Helena.
Deja que se quede aquí; no lo hagas por mí, hazlo por ella.
—Pídeme otra cosa, Helvia. Lo que sea menos esto.
—Mírala. Ese maldito emperador se ha llevado lo único que hace feliz a un esclavo, la esperanza. Por los dioses, espero que algún rayo lo parta en dos.
—No hables así —dijo el atriense mirando a todos los lados—. Alguien podría oírte. ¿Es que no vas a cambiar nunca?
—A mi edad lo único que cambiaría es quién ocupa ese triste jergón —
comentó señalando con la cabeza el lugar donde se encontraba Helena—.
Ojalá fuese el mismísimo césar quien estuviera postrado, amargado por el
dolor, sin ningún otro consuelo que la pena, hecho un ovillo y lamentándose, como está mi nieta.
—Está bien, está bien... No sigas o conseguirás que nos maten. Tápala con alguna manta. Si el dominus la descubre, no quiero pensar en el castigo que nos infligirá a los tres.
Todos los esclavos, salvo Helena, se encontraban en el patio por orden de Catilio Severo. El amo se hallaba en el centro, paseando en círculos y haciendo restallar la fusta contra una mano mientras escrutaba las caras de sus siervos, que agachaban la cabeza al encontrarse con los ojos de su dominus.
—¿Acaso no fui lo bastante claro? —preguntó Catilio.
El silencio era sepulcral.
—¿Acaso no os hablé de la importancia de la visita del emperador? ¿Y qué recompensa he obtenido a cambio? Gracias a vosotros, abandonaré esta detestable y aborrecible tierra. Pero el lugar donde presuman de mi presencia no será mi adorada Roma. Por vuestra culpa, mi destino será esa maldita Cartago, y por los dioses que los culpables lo pagaréis. Solo con sangre saciaré el oprobio y la ignominia que me habéis causado.
Catilio Severo hizo un gesto a Theo, uno de sus hombres de confianza y encargado de su seguridad, que paseaba por detrás de sus esclavos. Este dio una patada en la espalda a Pelias, el cocinero de la cena.
El griego, dolorido por el fuerte golpe y sobresaltado por la acusación, imploró de rodillas.
—Mi domine, la cena fue un éxito. Yo mismo lo oí de los labios del majestuoso emperador —suplicó el heleno temblando y con tono amargo.
—¡Calla, maldito! Hablarás cuando yo lo diga —dijo Catilio acercándose y descargando un fuerte golpe con la fusta en el rostro del esclavo.
La sangre corrió rápidamente por la mejilla del griego, que lanzó un grito de dolor.
—¡Mi destino era Roma! —gritó el procónsul dirigiéndose a los esclavos
—. Allí esperaba poder ver el duelo de cientos de gladiadores que, por culpa de este esclavo y de muchos de vosotros, mis ojos no verán.
—Mi domine, por todos los dioses, se lo ruego —suplicó Pelias besando los pies de Catilio Severo.
—Este esclavo implora por su vida —dijo con tono de burla, lanzando una patada a la boca del cocinero, que cayó golpeándose la cabeza contra el suelo—. Levanta el dedo hacia el cielo —ordenó el procónsul.
Pelias se incorporó y obedeció. En su rostro se mezclaban y confundían la sangre junto a sus lágrimas y la tierra del patio.
—¿Lo veis? Cree que es un gladiador —comentó Catilio Severo sin poder contener la risa—. Es vuestro favor el que solicita.
Ninguno de los esclavos que se hallaban en el patio levantó la mirada del suelo.
—Como si de un anfiteatro se tratara, vosotros decidiréis el destino y la suerte que ha de correr Pelias. Será la missio 2 o será la iugula 3 lo que merece este esclavo por sus actos.
El silencio se apoderó de todo el patio. Nadie se atrevió a decir nada.
—¡Vamos! Hablad o juro que os mataré a todos. Aquellos que deseéis que viva gritad con el puño en alto: Missio!, missio!, missio! Y aquellos que creáis que merece la muerte gritad: Iugula!, iugula!, iugula!
Todos los esclavos odiaban a Pelias.
Nadie deseaba estar en su piel y aquello podía hacer que la ira del dominus se calmara. Algunas voces tímidas sonaron primero casi inaudibles y poco a poco empezaron a hacerse notar.
— Iugula!, iugula!, iugula!
El griego no daba crédito. Miraba a un lado y a otro y su rostro era de auténtico horror.
—¡Malditos! —gritaba Pelias—. ¡Que la ira de Zeus caiga sobre todos vosotros! —El cocinero gimoteaba desesperado, sin poder contener las lágrimas que caían con amargura por su rostro.
—El pueblo ha hablado —dijo el procónsul—. No hay que llevar la contraria al pueblo.
Catilio Severo hizo un gesto con la palma de sus manos exigiendo orden para que todos guardaran silencio.
Theo, el hombre que había golpeado a Pelias en la espalda, se aproximó al condenado. Lo agarró del cabello y, como en la arena del anfiteatro, le colocó la punta de su pugio entre el cuello y la clavícula, observando a Catilio para que este diera la orden.
El procónsul se tomó su tiempo. Volvió a mirar a todos los esclavos.
Extendió el brazo, dobló el codo y apuntó a su garganta con el pulgar.
— Iugula!
Theo, diestro en su oficio, sin un ápice de duda en los ojos ni temblor en la mano, clavó el pugio en el corazón del griego condenado, exactamente del mismo modo que hacían los gladiadores en los anfiteatros. Al cocinero le sorprendió la muerte de manera rápida y cayó al suelo sin vida.
Catilio Severo ordenó que varios esclavos más fueran ajusticiados. Todos ellos recibieron la muerte tras escuchar la sentencia de los siervos, quienes pensaban, cada una de las veces que gritaban iugula, que aquella sería la definitiva.
—La última en someterse al veredicto del pueblo será la que más deseo y es, además, una petición del mismísimo emperador. Helvia, da un paso al frente.
Todos contuvieron la respiración. La anciana era muy querida por todos los esclavos.
El procónsul hizo un recuento somero de sus siervos, echando en falta uno.
Con el rostro lleno de ira, miró a Maro.
—¿Dónde está su nieta? Te dije que estuvieran todos sin excepción.
Maro contuvo la respiración.
—Yo la escondí —comentó Helvia—. Si lo que quieres es sangre, tendrás suficiente con la mía.
—No quiero escuchar ni una sola palabra más que salga por tu boca. Tiraste deliberadamente la bandeja y aquello provocó la ira del emperador. ¿Acaso crees que soy idiota? Eres la principal culpable de que mi familia no disfrute de mi presencia en Roma.
—Tu familia solo disfruta de ti cuando te quitas de en medio. —La anciana intentaba desesperar a Catilio Severo.
—Te crees muy lista.
—Yo al menos he vivido una larga vida y moriré aquí, donde me quieren. A ti ni siquiera eso te corresponde. Deambulas de una tierra a otra por orden de alguien que no eres tú, presumiendo de un poder que ni tan siquiera te permite elegir dónde vivir.
Catilio Severo se dirigió a Maro:
—Ve a buscarla —ordenó—. Borraré por fin esa estúpida sonrisa de su cara.
Helvia fue conducida al centro por Theo, que había sentido una enorme tristeza al oír el nombre de la anciana, a quien tanto quería.
Un momento después el atriense apareció arrastrando a Helena.
La joven esclava no entendía lo que sucedía. Al ver a su abuela tendida en el centro de un círculo formado por esclavos, recuperó algo el sentido y corrió para encontrarse con ella.
—¿Qué ocurre, abuela?
Helvia abrazó con ternura a su nieta.
—Tranquila, amor mío. —La acarició con cariño mientras agarraba sus manos—. No temas por mí.
Helena se dirigió a Catilio Severo:
— Domine, ¿qué ocurre?
—Los días de esta arpía han llegado a su fin. Pueblo de Roma, ¿cuál es el veredicto que sentenciáis para la acusada?
Todos los siervos rodeaban a las dos mujeres. El grito fue unánime:
— Missio!, missio!, missio! —vocearon todos con el puño derecho en alto.
Catilio Severo torció el gesto.
Helena, con los ojos cerrados y tumbada en el suelo, se aferraba con fuerza a la cintura de su abuela, que miraba orgullosa al procónsul. Por primera vez en muchos años, sus manos no temblaban.
Catilio Severo reaccionó:
—Vuestra decisión no es la que desea el césar.
El procónsul, con los ojos bramando ira, dio la orden señalando a Helvia al grito de:
— Iugula!
—No llores, Helena —dijo Helvia mirando a los aterrados ojos de su nieta y agarrando con fuerza sus manos—. Cuando el miedo ahonde en tu pecho, piensa en todo lo que pasamos juntas. Solo se muere lo que se olvida.
Siempre estaré junto a ti.
Theo, quien como el resto de los esclavos sentía un afecto enorme hacía aquella mujer, quiso evitar que la duda se cerniera sobre su determinación y ejecutó la orden con rapidez. Sus ojos se despedían en silencio de la anciana cuando clavó el puñal en el hueco de la clavícula para dirigirlo al corazón mientras la hoja del cuchillo desgarraba todo lo que encontraba a su paso.
Helena, presa del dolor y de la angustia más insoportable, observó cómo los ojos de su abuela se apagaban para siempre. Contempló impotente cómo su cuerpo caía en el patio que ejercía de improvisado anfiteatro. Un dolor inmenso recorrió su ser cuando observó la mirada inerte de Helvia apuntando al cielo. Se abrazó a ella, besó su rostro desconsoladamente y acarició sus cabellos gritando, suplicando a los dioses que la devolvieran a la vida mientras que, por la mortal herida de la única familia que le quedaba, la roja sangre teñía la tierra de la villa.
OceanofPDF.com