Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 11 de 60

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Gladiadoras

Capítulo IX

Tibur, 1 124 d. C.

Vibia Sabina recorría los jardines de la majestuosa residencia imperial mientras mantenía una conversación con Sulpicia, su inseparable ornatrix. 2

Durante toda su infancia había vivido bajo la influencia de tres grandes mujeres imperiales, todas relacionadas con el fallecido emperador Trajano.

No solo había recibido una educación exquisita, sino que sabía cuáles eran las obligaciones y compromisos a los que debía atender la esposa del césar.

La emperatriz era descendiente de la gens Ulpia, por tanto una mujer inmensamente rica, y Adriano le dejaba distribuir su riqueza a su antojo, pues toda Roma sabía que el césar debía el Imperio, y la púrpura que vestía, al apellido de su esposa.

Su papel en la vida pública consistía en conocer las necesidades de las almas que poblaban el Imperio, preocupándose de escuchar y amparar a sus ciudadanos. Era muy amada por el pueblo de Roma. Parecía tenerlo todo, pero solo Sulpicia sabía que la verdadera obsesión de la emperatriz era el desamor. Y, a través de su esclava, la esposa del césar procuraba favorecer a mujeres que hubieran sufrido el abandono de sus maridos o algún embarazo no deseado.

Las dos amigas volvieron al palacio y encararon el pasillo que llevaba al dormitorio de la emperatriz, mientras hablaban de un nuevo peinado que podía resaltar sus rasgos, cuando varias voces atormentaron la paz de la domus.

—¡Alto! —gritó una voz—. ¡La guardia pretoriana te ordena que te detengas!

Vibia, asustada, cruzó sus brazos por delante de su enjuto cuerpo, y Sulpicia se puso delante para protegerla al ver cómo una mujer corría despavorida hacia ellas delante de los guardias.

Cuando llegó a su altura, la mujer se arrodilló a sus pies.

—¡Mi emperatriz!... Mi emperatriz, le ruego que me escuche —suplicó la joven con la cabeza inclinada.

Uno de los pretorianos le propinó un puntapié que hizo que gritara de dolor.

—¡Maldita perra! —dijo el guardia—. Te enseñaré a obedecer.

Varios pretorianos más llegaron para levantar a la intrusa del suelo y golpearla con fuerza.

—¡Alto! —gritó la emperatriz—. Esa no es forma de tratar a una mujer.

—¿Se encuentra bien, domina? —preguntó con angustia el prefecto de la ciudad, Annio Vero, con el pecho agitándose como un caballo desbocado por el esfuerzo tras la persecución y preocupado por si le había sucedido algo a la emperatriz.

—Annio, ¿puedes explicarme qué es todo este alboroto y por qué tus hombres tratan de modo tan indecente a esta pobre mujer?

—Esta indigente, mi domina, ha conseguido, aún no sabemos cómo, saltar los muros de la domus y eludir a la guardia. Cuando hemos tratado de detenerla, gritaba que solo quería hablar con la emperatriz.

—Mi domina, por todos los dioses, le suplicó que me escuche —imploró de nuevo la mujer.

Uno de los guardias que la sostenían volvió a golpearla y sus ruegos se convirtieron en un amargo llanto.

—Lamento profundamente este incidente —comentó el prefecto con miedo a que el percance tuviera consecuencias hacia él—. ¡Pretoriano, lleváosla y acabad con ella!

—¡Alto! —repitió la emperatriz—. De ningún modo daremos muerte a esta pobre mujer sin saber cuál es la causa por la que ha puesto su vida en peligro y sin que antes exponga lo que ha venido a decirme.

—Mi domina, no conocemos sus intenciones.

—Por eso quiero escucharlas de su propia boca. Pretoriano, suéltala inmediatamente.

El guardia soltó con brusquedad a la joven, que se golpeó contra el suelo, y contuvo el aliento al ver la mirada de reprobación que le lanzó Vibia Sabina.

—Que entre en mi cámara y traed algo de comida y bebida.

—Mi domina, no puedo permitir que esta mujer entre sin ningún tipo de vigilancia.

—Que uno de los guardias nos custodie.

Un momento después las tres mujeres se encontraban en el dormitorio de la emperatriz. Vibia contempló con paciencia a la pobre muchacha mientras

devoraba la comida y la bebida. Una vez calmado su apetito y templado su nerviosismo, la emperatriz la invitó a que se explicara.

—Mi domina, la desesperación es la causa de mi visita. La más cruel de las miserias es la que nos ha llevado a mi amado marido y a mí a la indigencia y a pedir limosna como único recurso para vivir. No hay una sola persona en Roma que no hable de la bondad de nuestra emperatriz. Mi domina, solo le pido unas pocas monedas para comprar un trozo de pan que llevarnos a la boca. Lamento haber entrado de este modo, pero la falta de esperanza y el hambre tienen la culpa de mis actos.

Vibia escuchaba atentamente las palabras de aquella pobre mujer.

—¿Dices que amas a tu marido? —preguntó.

—Por encima de todas las cosas —respondió extrañada la joven.

La emperatriz se levantó y suspiró. Sus ojos se perdieron con nostalgia en la pared.

Sulpicia, que sabía leer los silencios de su domina, sacó de su túnica una bolsa de monedas y vertió sobre su mano varias de ellas.

—Dale toda la bolsa —ordenó la emperatriz.

—¡Gracias, domina! Que los dioses la protejan eternamente —dijo la joven de rodillas sin poder aguantar las lágrimas.

Vibia acarició con ternura sus cabellos y la ayudó a ponerse en pie.

—Pretoriano, asegúrate de que abandona la domus sin ningún percance. Si alguien osa ponerle una mano encima, te hago responsable y mi ira caerá sobre ti.

La mujer abandonó la estancia principal de la emperatriz sin cesar en sus muestras de agradecimiento, y Vibia se quedó a solas con su esclava de confianza.

—¿Quién es más infeliz, Sulpicia? ¿Aquel que nada posee o el que no tiene a quien hacer dichoso?

—No sabría qué responder, mi domina.

—Cuántas mujeres ansían tener una vida como la mía, pensando que una patricia o emperatriz posee todo aquello que desea. Sin comprender que nuestra vida ya está designada antes de ser concebida, antes de haber siquiera visto por primera vez la luz del sol. Nos arrojan a los brazos de un hombre a quien debemos amar por deseo de alguien que se supone desea lo mejor para nosotras. Consideran que nuestro corazón debe latir impetuosamente por una persona que no hemos elegido por voluntad propia y que ni siquiera conocemos.

—Muere más gente de hambre que de amor.

—Sí, pero el hambre se puede paliar con comida; sin embargo, no hay remedio ni augur, no hay medicina ni calmante que cure la pobreza de espíritu. A la carencia de algo material le queda la esperanza; a la falta de amor, la angustia. Por tanto, no es más pobre ella, por no poseer nada, que yo, que vivo en la horrible amargura de no sentirme amada.

—Ya lo has oído, mi domina, todo el pueblo de Roma habla de tu bondad y te adora.

—Pero ese no es el tipo de afecto que tanto imploro. Yo ansío llenar mi alma de una pasión como la suya. De saber qué se siente cuando por tus venas corre la sangre enamorada. Oír latir mi corazón al verlo, haciendo tanto ruido como los miles de sandalias de los legionarios sonando al unísono en sus campañas. Ella deseaba dinero, algo que yo le puedo dar, pero yo ansío lo que ella posee y nadie me puede otorgar: amor. Dime, mi querida Sulpicia, ¿cuál de las dos bocas es más pobre: aquella que no tiene un trozo de pan para saciar su hambre o la que ansía otros labios que poder besar? ¿Quién es más desdichado: aquel que nada posee o el que no tiene a quien hacer afortunado?

—Supongo que, en la piel de cada uno, ambos son igual de infelices.

—Cuando tengo frío, enciendes fuego con el que calentarme. Esa mujer, cuando tiene esa misma sensación, se arrima a su amado. Son sus brazos, con sus caricias, los que calientan su cuerpo. Son sus besos, acompañados de ternura, los que le hacen sentir un fuego interior que yo no conseguiría ni lanzándome a las llamas. ¿Viste cómo la felicidad se dibujaba en su rostro al partir con tan solo un puñado de monedas? Sin embargo, por más que trato de ayudar a la gente, no consigo alejar la lobreguez que anida en mi pecho. Mi corazón se rompe al ser consciente de la gran desgracia que me atosiga cada día y de que lo único que no puedo comprar es la felicidad que tanto deseo. Al ver marcharse a esa mujer, siento más tangible mi inmensa falta de cariño, lo indigente que es mi alma y la amargura que sacude mis entrañas. Lo tengo todo y sin amor es como si no tuviera nada.

La esclava agachó la cabeza.

—Anoche sangré abundantemente —dijo la emperatriz recomponiéndose.

—Mi... domina, ¿cómo no me mandaste llamar?

—No quise alarmarte. Este es el segundo aborto que tengo.

—Pero podía haberte asistido.

—Ya nada se podía hacer, Sulpicia. No poseo el amor del emperador y sé que jamás tendré un hijo cuyo nombre pueda llevarme a la boca. Adriano solo desea que me comporte como una esposa casta, doméstica, una buena

matrona. Solo anhela que traiga a este mundo un hijo suyo; mientras, él yace con tantas mujeres como le parece y se le antoja. Me odia, mi querida Sulpicia. Mis oídos en ningún momento han recibido de sus labios una palabra amable. Mis cabellos jamás han sido acariciados con ternura, ni mi cuello ha recibido sus besos. ¿Por qué, mi querida Sulpicia, por qué me casaron con él si nunca me ha tratado con amor? Espero que en los siglos venideros las mujeres puedan desposarse con aquel hombre a quien realmente amen. Espero que no sean tan desdichadas como lo soy yo y que su futuro no sea tan aciago como lo es el mío. Ojalá, mi querida Sulpicia, sea nuestra voz la que se escuche y no la de alguien que decide por nosotras. Sé que pensarás que soy una ilusa, que en el mundo siempre reinará el deseo de los hombres, que siempre estaremos a su sombra, pero déjame soñar con un mundo en el que nosotras, las mujeres, seamos dueñas de nuestro propio destino.

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