Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 35 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XXXIII

Tibur, 127 d. C.

Antinoo recorría nervioso la lujosa cámara donde vivía. Andaba y desandaba los mosaicos que cubrían el suelo con la preocupación instalada en su pecho. Recordó cómo había cambiado su vida los dos años que llevaba viviendo junto al emperador.

Los primeros días en Roma no podía evitar llorar amargamente cuando se encontraba solo. Era incapaz de olvidar a Helena, su recuerdo pesaba mucho más de lo que habría imaginado. Pero, sobre todo, tenía miedo de que llegara la noche y el emperador lo convirtiera en el blanco de sus caricias. Se odiaba a sí mismo por todo lo que Adriano lo obligaba a hacer.

Detestaba cuando las manos del césar acariciaban su piel, el modo en que sus labios buscaban los suyos y sus cuerpos se fundían en uno solo. En las miradas de los invitados del césar, de los pretorianos e incluso de los esclavos, leía el desprecio que sentían por él, pero nunca vio compasión.

Sin embargo, el emperador lo colmaba de todo lo que deseaba. Nunca nadie lo había tratado con tanta bondad ni con tanta gratitud. Recordó cómo quedó cautivado al ver por primera vez el teatro, y Adriano, al descubrirlo, ordenó que en la villa se representaran para él las mejores funciones de la mano de los actores más famosos del Imperio, incluso permitiéndole participar como histrión. El hombre que dominaba el mundo había colmado su existencia de placeres y de lujos desconocidos para alguien de su posición, y poco a poco comenzó a abrazar esa vida regalada. No olvidaba a Helena, pero su recuerdo era cada vez más lejano y era consciente de que la vida que tanto había imaginado junto a ella nunca sucedería. Lentamente se había acostumbrado al amor de Adriano, pero meses atrás Vibia Sabina le había puesto en alerta durante la fiesta de disfraces. Había pasado tanto tiempo que prácticamente se había olvidado del encuentro, hasta hacía una semana. Sin saber aún el modo en el que lo consiguió, Sulpicia se acercó para informarle de un viaje en el que el emperador no necesitaría la

presencia de la emperatriz para aparentar por el día y la suya para disfrutar de la noche. Pasaba muchas horas solo y el miedo había vuelto a apoderarse de su mente. ¿De qué quería prevenirlo la emperatriz?, ¿qué era cuanto tenía que temer? Aquellas preguntas, desde entonces, martilleaban su mente día tras día.

La primera parte se había cumplido y el emperador se encontraría ausente varios días. Ahora quedaba la segunda: la esposa del césar hallaría el modo de entrar en su alcoba.

Antinoo pensó que esa mujer, lejos de parecer celosa, parecía sincera.

El modo en que lo miraba y el tono de sus palabras le hacían ver que sus intenciones eran las de alguien que únicamente quería ayudarlo, pero ¿y si la emperatriz tenía otro propósito? Antinoo se debatía entre si debía habérselo contado al emperador, pero por otro lado no podía vivir con la duda de saber si las intenciones de la emperatriz eran nobles.

El emperador volvería al día siguiente y Vibia aún no había visitado su estancia.

Antinoo sintió cómo la tensión recorría su cuerpo cuando la puerta se abrió para dar paso a dos esclavas.

Una de ellas portaba una bandeja y la otra, con la cabeza agachada, sostenía una tinaja con vino.

El joven suspiró hondo al ver que solo eran dos siervas y se dirigió a ellas en un tono fatuo:

—Dejad todo ahí y salid de mi vista inmediatamente.

Las dos esclavas no obedecieron y Antinoo las miró asombrado por que lo hubieran desobedecido.

Enseguida reconoció a una de ellas. Era Sulpicia, la ornatrix de la emperatriz. La otra mujer levantó la cabeza y Antinoo ahogó un grito al ver, vestida con ropas de esclava, a la mismísima Vibia Sabina.

— Domina —dijo Antinoo poniéndose de rodillas—, ruego me disculpes, desconocía que era la emperatriz con quien estaba hablando.

Vibia Sabina buscó asiento.

—No temas, pues solo debe inquietarte aquel que te mira con celo y no quien desea tu propio bien. ¿De dónde eres, Antinoo?

—Soy de la provincia de Bitinia, mi domina.

—Y ¿a qué te dedicabas allí?

—Yo..., mi domina, era un simple esclavo.

Vibia tomó dos copas y sirvió vino ofreciendo una al joven.

—Bebe —ordenó la emperatriz mientras se sentaba junto a él—, a mí suele calmarme cuando estoy nerviosa. Cuéntame, Antinoo, ¿cómo conociste al emperador?

El joven dudó. Vibia bebió para demostrar que el vino no estaba envenenado.

—No debes temerme, Antinoo, solo deseo ayudarte.

El amante del césar bebió para ganar tiempo y luego se decidió a hablar:

—Sé que parecerá extraño, mi domina, pero el césar me salvó de las garras de un león.

—Vaya, qué forma más heroica. Un león como protagonista, al igual que en la historia de amor entre Píramo y Tisbe, ¿la conoces?

—No, mi domina.

—Píramo se suicidó pensando que una leona había matado a la mujer de quien se había enamorado y Tisbe se suicidó al descubrir sin vida el cuerpo de su amado, pero continúa, no quiero interrumpir tu relato —dijo la emperatriz haciendo el gesto de escuchar atentamente.

—Esa noche el emperador me invitó a cenar junto a él.

—Sin duda alguna lo impresionaste, pues nunca suele comer junto a desconocidos. ¿Eras feliz en Bitinia?

—Todo lo feliz que puede ser un esclavo, domina. Pero sí, era feliz porque tenía aquello que amaba.

—¿Estabas enamorado, Antinoo?

—Sí, domina, estaba muy enamorado.

—Supongo que debió ser muy duro para ti, ¿cómo se llamaba?

—Helena.

—Helena... —dijo sorprendida la emperatriz al oír el nombre de una mujer

—. ¿Eres feliz en Roma?

—Tengo más de lo que jamás he podido imaginar.

—Eso no contesta a mi pregunta.

—Perdón... —dijo sonrojándose Antinoo—. Sí..., soy feliz.

—Sin duda alguna, Adriano te estima. No ha vuelto a acercarse a mi dormitorio desde que disfruta de tu presencia.

Antinoo trató de negar con la cabeza.

—No, no lo lamentes —continuó la emperatriz—. Hace mucho que no desprendo una sola lágrima por Adriano. Cuando tan solo contaba con doce años me entregaron a sus brazos, un hombre diez años mayor. Siempre pensé que su amor llenaría un día mi corazón. Pero nunca he recibido una palabra amable por su parte, ni mi piel se ha estremecido al contacto con

sus labios. Me utilizó, solo fui un medio para convertirse en emperador. He vivido una vida en la que he tenido todo aquello que se puede poseer, pero he sufrido la carencia de lo más necesario, el amor. Solo me he enamorado una vez y no ha sido de Adriano, pero este debe ser nuestro pequeño secreto, ¿puedo contártelo sin miedo, Antinoo?

El joven asintió levemente, embelesado por las palabras de la emperatriz.

—Un hombre, hace algunos años, vino un día a palacio para narrar la vida del emperador y dar una imagen idolatrada de su existencia. De un modo casual, entablé conversación con él, y sus palabras y el tono de su voz por primera vez en la vida conmovieron mi pecho. Al pensar en él, me movía en mi lecho deseando que fueran sus manos y no las sábanas las que acariciaran y rozaran mi cuerpo. Cada vez que me encontraba en su presencia en palacio, me quedaba ausente y me faltaba la voz cuando se dirigía a mí. Sentí, por primera vez, esa sensación que nace cuando el amor se instala en el pecho, esos primeros aleteos que me hacían volar cuando se acercaba a mí. Sin embargo, solo pude disfrutar del nacimiento del amor.

Cuando Adriano sospechó de nuestros encuentros, súbitamente lo expulsó de palacio, y si no acabó con su vida fue porque nada, desgraciadamente, ocurrió entre nosotros. Su nombre es Suetonio y está llamado a ser el mejor historiador que ha dado Roma. Lo único que conseguí fue regalarle, sin ser descubierta, un cálamo de Egipto que impregné de mi perfume, para que mi recuerdo, cada vez que escriba, le inspire unas palabras que sean tan imborrables en el tiempo como su memoria lo será eternamente en mi alma.

Vibia se acercó a escasa distancia de Antinoo y cambió radicalmente el tono de voz:

—Sé que cada uno de los suspiros del emperador llevan tu nombre, pero tú, Antinoo, ¿amas a Adriano?

El amante del césar dudó, nunca se había hecho esa pregunta ni se había planteado sus sentimientos. No sabía qué contestar. Al principio lo odiaba por haberlo separado de Helena, pero aquel rencor había desaparecido hacía mucho tiempo. A veces deseaba que llegara la hora en que el emperador entraba en su estancia, pero tampoco podía contestar con certeza si lo amaba.

Vibia sabía leer los silencios y ese le indicaba que en el corazón de Antinoo poco a poco estaba venciendo el amor.

—La causa de la que quise prevenirte era esta. Veo que tu alma es noble y por eso no quiero que te conviertas en alguien como yo. Un ser infeliz que

vive en una jaula de oro y no tiene unos labios que besar y nadie a quien amar.

—Y ¿cómo puedo evitar que eso ocurra?

—Yo puedo enseñarte y prevenirte, puedo evitar que tu vida sea tan desdichada como la mía. Pero ahora será mejor que me marche.

—Ven mañana... Las horas aquí son largas y no tengo con quien hablar.

—Está bien, pero nadie puede saber de estos encuentros, y mucho menos Adriano.

—Nadie salvo nosotros lo sabrá.

Durante los días que el emperador se encontraba ausente, Vibia sobornó al pretoriano que custodiaba la puerta y acudió a la estancia de Antinoo ganándose la confianza del joven. Incluso fue testigo de cómo, cuando el emperador estaba atendiendo asuntos del Imperio, las visitas de la emperatriz no solo entusiasmaban al joven sino que animaban su espíritu.

El amante del césar empezó a sentir un inmenso cariño hacia quien al principio de sus encuentros temía. Cuando estaba triste, Vibia siempre encontraba palabras que lo reconfortaban. La emperatriz trató de aconsejarle sobre cómo hablarle al césar, cómo comportarse en su presencia y cómo satisfacer cada uno de los deseos de Adriano, que, sin saber que detrás estaba la mano de la mujer a quien tanto repudiaba, cada día se moría un poco más de amor por él.

Hablaban de todo y todo les parecía poco. La emperatriz le contaba el modo en que ayudaba a todas las personas que iban buscando su ayuda. Cómo trataba de socorrer a muchas mujeres que no tenían los medios para sobrevivir. Protegía a pobres indefensas que eran maltratadas por la crueldad de algunos hombres o eran abandonadas a su suerte tras quedar embarazadas. El joven comenzó a adorar a esa mujer que tenía un corazón tan bondadoso, y sentía que la emperatriz también lo había salvado a él.

Antinoo era cada día más feliz, su vida había cambiado gracias a las visitas de Vibia Sabinia. Y, cuando le volvió a preguntar si amaba a Adriano, no lo dudó un instante y contestó con un firme y contundente «sí».

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