Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 30 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XXVIII

Roma, 126 d. C.

En la domus de Valerio Iucundo, todas sus paredes respiraban tensión.

Valeria y su hermana Domicia recorrían nerviosas el peristilo y, cuando lo acababan, desandaban sus pasos para volver a cruzarlo. Desde hacía varios días nadie sabía del paradero de su padre.

Valeria trataba de serenarse pensando que, seguramente, Valerio se encontrara bien, pero el rumor de voces en sus cabezas y la ausencia de noticias era para su alma la más inclemente de las esperas. Había ordenado a Saurea que lo buscara por las cauponae que frecuentaba, pero el atriense había vuelto informando que no lo habían visto y que no acudía a ninguna de ellas desde hacía meses. Su padre nunca había estado ausente tanto tiempo. A medida que pasaban las horas, la inquietud se hacía insostenible.

A su hermana Domicia se le hacía insoportable no saber dónde se encontraba su padre, tenía los ojos secos, carentes de lágrimas que poder derramar, y en el pecho sentía un presentimiento lleno de amargura.

Marco, el abogado ayudante de Valerio, entró en la domus. Su rostro enjuto empezaba a mostrar el cansancio de varios días buscando al hombre que más admiraba. Sus ojos reflejaban el agotamiento y el desasosiego que sentía por la falta de noticias.

Valeria y Domicia corrieron a su encuentro.

—Vengo de la domus de Tito Flavio —dijo el abogado respirando agitado

—, vuestro padre estuvo allí hace varias noches. Tuvieron una pequeña discusión. Al magister le sorprendió que al día siguiente no acudiera a la curia, no me ha dicho para qué.

—Pero ¿sabe adónde se dirigió? —preguntó Valeria.

—Dijo que venía aquí. He recorrido varias veces el camino de ida y vuelta, pero no he encontrado ningún rastro.

Domicia se llevó las manos a la cara y volvió a gritar llorando desconsolada.

—Flavio ha ido a buscar al pretor. Ordenará a las legiones urbanas que busquen y pregunten hasta en las mismísimas cloacas. Tranquilas, lo encontraremos sano y salvo. Ahora he de marcharme, quiero seguir buscándolo.

—Iremos contigo —dijo Valeria.

—Será mejor que esperéis aquí —ordenó el abogado.

—Aquí no hacemos nada —dijo Domicia mientras se disponía a salir—.

Por todos los dioses, nuestro padre nos necesita, vayamos a buscarlo.

Cuando estaba a punto de caer la noche, las dos hijas de Valerio Iucundo entraron de nuevo en la domus con el rostro aún más angustiado que al comenzar el día, acompañadas de Marco. No habían encontrado ninguna pista que los llevara hasta el paradero de su padre, no había ningún rastro que les diera alguna esperanza ni nadie que lo hubiera visto. Era como si se le hubiera tragado la tierra.

Saurea intentó que las chicas comieran algo y preparó sus platos favoritos, para que recuperaran fuerzas, pero las dos hijas del abogado no pudieron probar un solo bocado.

Esa noche fue la más larga en la vida de Domicia. Aún de madrugada se levantó con una pequeña lámpara del aceite hasta el peristilo. Tenía el presentimiento de que a su padre le había pasado algo. Se sentó en un banco de piedra del jardín y miró hacia el cielo; sentía que Valerio ya no estaba con ellas, que su vida estaba en el aire en dirección al Elíseo, estaba segura, solo quería despedirse de él. A los ojos volvieron las lágrimas, al corazón regresó la pena y al alma la soledad. Sintió las tiernas manos de su padre acariciando su rostro, reconoció sus suaves palabras hablándole al oído y sus fuertes brazos rodeándola. En aquella lúgubre noche pasó de gemir de rabia, por no poder disfrutar más de esos momentos, a reír por algún recuerdo o alguna de las palabras de su padre.

Con la tenue luz de la lámpara de aceite se acercó despacio arrastrando los pies hasta el tablinum, que se encontraba al lado. Descorrió la cortina que dividía las estancias y recordó a su padre allí sentado, recibiendo a sus clientes mientras le sonreía o le dedicaba algún gesto de amor. No podía ni quería imaginar que no volvería a verlo.

A la mañana siguiente los esclavos la encontraron en el banco del peristilo.

Saurea la despertó con delicadeza, Domicia abrió los ojos y miró al cielo nublado de Roma. El día estaba tan triste como su alma, ni siquiera los pájaros trinaban en los árboles. El atriense le anunció que Tito Flavio esperaba en el tablinum junto a Marco, traían noticias sobre su padre.

La pequeña de las Iucunda no necesitó saber cuál era la información que portaban. Recorrió la misma distancia que hizo la noche anterior. La cortina que separaba las dos estancias estaba tal cual la había dejado ella y, a su espalda, se encontraba el hombre que vio por última vez a Valerio Iucundo.

No necesitó entrar.

Valeria se hallaba con ellos. Flavio le dijo algo que hizo que su hermana se pusiera de rodillas y se llevara las manos al rostro gritando. Todo quedó en silencio.

Y la espera pasó de atormentar sus entrañas a convertirse en realidad.

Y la esperanza dejó de ser un sufrimiento para ser una tortura.

Y la muerte fue mejor opción que la propia vida.

El magister se acercó hasta la pequeña de las hermanas. Aún seguía de pie, rígida y con la mirada perdida y ausente en algún punto fijo. Estaba fría, como imaginó que estaría el cuerpo de su padre. La noche anterior había vaciado sus ojos de lágrimas y ya había comenzado en su alma su particular duelo.

El magister la agarró de los hombros y le habló con la voz rota por el dolor.

Habían encontrado el cuerpo sin vida de su padre. Omitió los detalles de las torturas a las que lo habían sometido y la muerte tan dolorosa que tuvo que sufrir.

Tito Flavio prometió a las hijas de Valerio Iucundo que se encargaría personalmente de encontrar a los culpables. Que él correría con los gastos del sepelio y que su padre recibiría los ritos funerarios acordes a su excelente persona y condición.

En cuanto estuvieran preparadas, las esperaba como alumnas del collegium de Reate. Él se encargaría de ellas.

Ni siquiera eso que tanto deseaban calmó sus pobres corazones. Cambiarían todo cuanto tenían por abrazar, tan solo una vez más, a su padre y desprenderse así de la tortura que suponía ser consciente, de una forma tan abrupta, de saber que no habría una próxima vez.

Marco se dio la vuelta cuando abandonaba la domus junto a Flavio.

Difícilmente olvidaría esa imagen el resto de su vida: las dos jóvenes hermanas lo despedían desconsoladas en el centro del recibidor donde tantas veces lo hizo su padre. Se maldijo por ser el portador de la fatal noticia, en ese mismo momento cambiaría su vida por la de su mentor.

Maldijo a los dioses por permitir que esas niñas se quedaran huérfanas, con el corazón helado entre unas paredes en las que solo se respiraba soledad, tristeza y una amarga pesadumbre.

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