Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 32 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XXX

Halicarnaso, 126 d. C.

Helena se agachó mientras el gladius pasaba por encima de su cabeza, sintiendo el silbido que hizo al rasgar el aire. Se levantó y contraatacó con su espada, pero la estocada encontró la defensa de su oponente. Las armas resonaron con fuerza al chocar.

La esclava atacó el cuerpo de su rival. El movimiento hizo que el dolor de sus extremidades se acrecentara, aunque era una molestia a la que se había acostumbrado. De nuevo su contrincante volvió a atacar una y otra vez mientras Helena se defendía con solvencia. Se levantó y embistió contra el escudo alternando golpes dirigidos a la principal defensa de su rival. Los dos contrincantes se entregaban al duelo. Atacaban y se defendían incansablemente.

El escudo de Helena era de mimbre con apliques de plomo para que pesara mucho más que los que se usaban en los combates. Su espada estaba cubierta por una funda de cuero rellena de arena para conseguir más resistencia y fuerza en los brazos. El entrenamiento era duro y agotador.

Uno de los movimientos de su rival hizo que Helena cayera al suelo. La esclava levantó el cuello con fuerza hacia arriba para alzarse. El movimiento le provocó un dolor desconocido. Un enorme calambre recorrió toda su columna vertebral. Las convulsiones se extendieron por sus brazos y piernas haciéndole exhalar un grito de dolor mientras arrojaba sus armas al suelo.

Lü, que se encontraba entrenando con ella, se desprendió también de las suyas y se acercó con urgencia.

La esclava abrió los ojos cuando el breve ataque remitió. El rostro pálido de su entrenador fue lo primero que vio.

—¿Estás bien? —preguntó el hombre de ojos rasgados, aún con la tensión reflejada en su rostro.

Helena asintió mientras agarraba la mano de Lü para levantarse.

El contacto con la piel de la esclava provocó en el hombre un escalofrío.

—Este dolor ha sido nuevo, nunca me había ocurrido antes.

—Ve a descansar, ya hemos entrenado suficiente por hoy.

La joven se levantó ante la atenta mirada de Flavia, que observaba el entrenamiento desde la tranquilidad del balcón de su dormitorio. Cuando Helena abandonó la arena del ludus para dirigirse a las termas, la lanista hizo un gesto a Lü para que subiera a sus dependencias.

Flavia Lycia había vivido toda su vida al amparo de su padre, uno de los mejores lanistas de todo el Imperio. La sombra era muy alargada, y para ella, estar a su altura llegó a ser incluso inalcanzable. Claudio Lycio siempre soñó con tener un vástago varón, pero los dioses le otorgaron cinco hijas a las que nunca amó, a las que siempre repudió como castigo por no haber tenido descendencia masculina. Anhelaba tener un hijo con quien pasear mientras conversaban, con quien ir a cazar y a quien dejar en herencia el negocio familiar. Había sido inmensamente rico y había gozado de una vida llena de opulencia y, sin embargo, lo habría cambiado todo, incluso a sus cinco hijas, por un único sucesor. Flavia era la pequeña de sus hermanas y a la que decidió, muy a su pesar, dejar en herencia el Ludus de Halicarnaso. La menor de las Lycia tenía un sexto sentido para los negocios, pero su padre jamás reconocería en ella su valía y siempre la acusaba de ser demasiado blanda. Al parecer de Claudio, Flavia nunca sería una buena lanista porque anteponía sus sentimientos al negocio, pensaba más con el corazón que con la cabeza. La lanista tuvo un comienzo difícil, siempre con el buen nombre de su padre en sus oídos y en boca de otros. Al principio pensó que no sería nunca respetada por estar a la sombra de su padre. Siempre tuvo en mente vender el negocio cuando Claudio falleciera, pero el orgullo le hizo tener claro que no debía permitir que aquella oscuridad se cerniera sobre ella, no debía dejar que nadie dirigiera sus pasos y que la fama de su progenitor la cubriera de lobreguez. Cuando su padre abandonó el mundo de los vivos, Flavia Lycia decidió demostrar que una mujer podía dirigir un ludus donde convivían hombres capaces de matar con tan solo un suspiro que saliera de sus gargantas. No se lo quería demostrar al mundo, ni siquiera a su padre; quería demostrárselo a sí misma, vivir una vida sin preocuparse de las sombras que tanto la perseguían.

Mientras esperaba a Lü, Flavia pensaba en sus opciones.

Helena había ganado tres combates, le estaba dando unos beneficios que jamás habría imaginado, pero esos ataques que sufría la gladiadora la

preocupaban. Cada vez aguantaba menos los duelos y procuraba terminarlos rápidamente en cuanto la extraña enfermedad acuciaba su cuerpo.

Flavia había contratado los servicios del mejor médico de Asia, pero no habían dado con la solución. Tan solo anunció que cada vez irían a más y mermarían el cuerpo de la esclava de un modo cruel y doloroso hasta su muerte.

Lü entró en la estancia y observó a Flavia, que caminaba por la habitación sin un rumbo fijo, absorta en sus pensamientos.

—¿Qué ha pasado ahí abajo? —preguntó la lanista cuando se percató de la presencia de su guardaespaldas.

—Un fuerte dolor.

—¿Le había pasado antes?

—No en ese lugar.

—Esta noche tenemos la visita de uno de los mejores lanistas de Hispania.

Vienen con intención de comprar a Helena, han oído hablar de sus victorias hasta en las Columnas de Hércules. ¿Crees que debería desprenderme de ella?

La tensión que reflejó el rostro de Lü no pasó desapercibida para Flavia.

—Sé lo que sientes por esa esclava. Te conozco demasiado. Jamás nadie me ha mirado a mí como tú miras a esa mujer y nunca te he visto tocar a nadie como la tocas a ella. Siempre has sido parco en palabras y huraño en el contacto, y con Helena tus músculos se estremecen en cuanto notan el tacto de sus manos. Mi padre siempre me dijo que en los negocios tenía que apartar los sentimientos de la razón y ahora te pido a ti que hagas lo mismo.

¿Cuántos combates más crees que podrá aguantar?

Lü se ruborizó por el análisis que Flavia había hecho de él y se limitó a encogerse de hombros.

—Si la vendo hoy, puedo sacar una buena cantidad —continuó la lanista—.

Si dejamos que siga luchando, podemos ganar mucho más dinero, pero ¿y si uno de esos ataques, como el que ha tenido hoy, sucede durante un combate y encuentra la muerte? Entonces ya sería demasiado tarde.

Lü respiró hondo, incómodo, mientras Flavia continuaba hablando:

—¡Por todos los dioses! Una oportunidad así, un gladiador que sale de la nada se presenta tan solo pocas veces en la vida y, cuando nos llega, encima una mujer, tiene que sufrir esa extraña enfermedad.

El hombre de ojos rasgados seguía sin decir nada.

—¡Vamos, Lü, di algo! Tú eres quien entrena con ella.

—Cada día es mejor luchadora, tengo que emplearme a fondo para alcanzar su cuerpo. Si no fuera por esos ataques, podría ser mejor incluso que muchos hombres. Llena la arena del anfiteatro como jamás he visto.

Flavia Lycia suspiró. Observó el busto de su padre, que presidía la estancia y que observaba mudo la escena. Se tumbó en uno de los divanes, donde hizo un gesto a uno de los esclavos para que, con un enorme flabelo, la abanicara. Otra sierva le ofreció una bandeja de fruta fresca.

—Dale alguno de esos remedios que tú utilizas y márchate, esta noche tenemos invitados. Quiero que vayas a prepararte para la cena —ordenó la lanista mientras daba cuenta de una copa de vino.

Lü se giró para marcharse con el rostro apesadumbrado.

—Será mejor que te vayas despidiendo —añadió Flavia—. Sabes tan bien como yo que lo mejor es deshacernos de ella.

El hombre bajó las escaleras y se dirigió a la cocina. Sacó de su zurrón una amalgama de hierbas que machacó con ayuda de un mortero. El ruido de los gladiadores y las órdenes de los doctores, entrenando en la arena, recorrían cada uno de los rincones del ludus, pero en la cabeza de Lü una lucha más cruenta se apoderaba de sus pensamientos. Cuando terminó de mezclar las hierbas, añadió miel a la pasta resultante, que guardó con cuidado en el zurrón.

Helena se encontraba aseándose. Flavia intentaba que hombres y mujeres no coincidieran en la terma, por ese motivo ellas podían acudir antes de que ellos terminaran su entrenamiento.

Luciana y Alda también estaban aseándose, distanciadas de ella. Las dos esclavas que habían hecho la vida imposible a Helena cuando esta entró el ludus llevaban tiempo sin molestarla; no solo la respetaban, ahora sentían miedo de ella.

Helena embadurnó sus brazos y su torso con aceite mientras se pasaba el estrígil para retirar toda la suciedad pegada a su piel. Aquel momento relajaba su cuerpo y le hacía sentirse mejor. El último ataque, el que acababa de sufrir en la arena, la había dejado especialmente fatigada.

Mientras se aseaba pensó en cómo había pasado de ser una simple esclava a convertirse en una infame, en una gladiadora que luchaba en un anfiteatro.

Aunque al principio sentía pánico y recordaba las voces obscenas que solo ansiaban verla desnuda, en el último combate había notado un pequeño cambio: algunos hombres coreaban su nombre. No en gran número, pero había quienes la empezaban a respetar como gladiadora y disfrutaban viéndola luchar.

Sentía que ya no tenía miedo, ya no agachaba la mirada ante Luciana y Alda ni temía enfrentarse a ellas. Lü le había hecho sentirse, por primera vez desde que había dejado de estar al cobijo de su abuela, segura de sí misma. Su vida había cambiado y en parte se lo debía a ese extraño hombre que la miraba de un modo inquietante, que apenas hablaba pero que se preocupaba por cómo se encontraba. Lo notaba en la manera en que se comportaba con el resto de las mujeres y en cómo se dirigía a ella, en cómo agachaba la mirada cuando sus ojos se encontraban y en el modo en que curaba sus heridas o se preocupaba por sus ataques. Habían llegado a entenderse sin apenas palabras.

Lü entró en la terma sin preocuparse de que las mujeres estuvieran desnudas. Observó a Luciana y Alda sin fijarse en ellas. Cuando llegó donde se encontraba Helena, le hizo un gesto con la cabeza.

La esclava lo miró y le contestó con preocupación.

—No sé qué es lo que ha pasado. He sentido un calambre que recorría todas las partes de mi cuerpo, parece que masajear los músculos con aceite me ayuda.

Lü les hizo un gesto a Luciana y Alda para que se marcharan. Las dos esclavas abandonaron con rapidez el lugar.

El hombre de ojos rasgados ordenó a Helena que se tumbara en uno de los jergones que había en una habitación contigua. La esclava se tumbó desnuda, con el cuerpo aún cubierto de aceite sin entender muy bien las intenciones de su entrenador.

Lü extrajo de una bolsa de piel que llevaba en la cintura varias bolas de incienso y las prendió. La estancia se volvió acogedora por el aroma y la tenue llama de las lámparas de aceite. Sacó la pasta de hierbas y miel que había preparado y se la dio a la gladiadora para que la masticara. Helena obedeció sin preguntar. La textura de las hierbas moviéndose por su boca le provocó una arcada, pero la miel conseguía que el sabor fuera al menos dulce. Sus músculos empezaron a relajarse y el hormigueo y los dolores a calmarse. Cerró los ojos. Su cuerpo se distendía y su mente se calmaba.

El hombre de ojos rasgados cogió de su bolsa una especie de agujas de marfil.

—Esto te calmará —dijo mirando a Helena.

Entre el dedo pulgar y el índice clavó una de las puntas que había sacado.

La esclava notó un leve pinchazo, pero rápidamente pasó a sentir un cosquilleo.

Lü repitió la operación por diversas partes de su cuerpo. En los tobillos, en las muñecas y en alguna otra zona.

—Duerme hasta la noche —comentó Lü—. Tu sangre debe moverse. Si fluye no duele y si duele no fluye.

Por primera vez Helena sentía que los dolores empezaban a menguar y consiguió que sus músculos se destensaran. Una enorme sensación de paz empezó a recorrer su cuerpo hasta que logró dormirse.

La tarde cayó sobre el ludus, donde Flavia Lycia disfrutaba de la comida en compañía de sus invitados hispanos, tumbada en uno de sus divanes.

Sus tres huéspedes gozaban de la abundante comida y bebida. La música presagiaba una noche grata y entretenida para hacer negocios, como tanto le gustaba a la lanista.

Luciana, Alda y varias esclavas más se deshacían en caricias con los invitados de Flavia.

Lü también daba cuenta de la comida, aunque no así del vino, pendiente como estaba de que nada molestara a su señora.

—Querido Emilio, espero que la hospitalidad de mi tierra sea tan grata como el calor y la temperatura de vuestro hogar.

—Sin duda —contestó el hombre—. Estoy encantado con el trato y la acogida que nos brindas. Sabes cómo tratar a tus invitados, Flavia. No esperábamos menos de la hija de Claudio Lycio.

Flavia esbozó una sonrisa.

—He traído estas ánforas con vino de Mosela de las Galias y este garum de Baelo Claudia,1 de la tierra y el sol que me vieron nacer, el mejor del Imperio, como muestra de buena voluntad y que espero aceptes —comentó Emilio.

—Sin duda, Emilio Eliano sabe cómo complacerme —respondió Flavia ante la risa de los presentes—. Háblame de tu tierra, ¿cómo es vuestro anfiteatro?

—Nuestro anfiteatro en Corduba es el tercero más grande del Imperio, por detrás del anfiteatro de los Césares en Roma y el de Cartago. Casi cincuenta mil almas pueden ocupar sus gradas. Ser un lanista cordobés es una responsabilidad para con mis ciudadanos.

—Eres modesto, querido Emilio, yo diría que tu carga es más pesada. ¡Por todos los dioses! Eres el lanista del Ludus Hispanianus, el más importante de toda Hispania.

Emilio asintió con la cabeza levantando el mentón arrogante.

—Y eso me hace buscar los mejores gladiadores por todos los rincones de nuestro vasto Imperio. Adelantarme a los hombres que trabajan para el Ludus Magnus en Roma no es una empresa sencilla.

—Hablemos por tanto de lo que has venido a buscar.

—Publio Estertinio, el procónsul, me ha hablado maravillas de dos de tus gladiadores. Bassus, el murmillo, y una que dejó especialmente atónitos sus ojos y otro miembro de su cuerpo. Una gladiadora, algo que jamás se ha visto allí de donde vengo.

Flavia miró de reojo a Lü, que agachó la cabeza.

—Puedo ofrecerte a Bassus junto a una partida de gladiadores que harán tus delicias por mil denarios.

—Tú pones el precio, ser hija de Claudio es sinónimo de la calidad que me proporcionas. Pero ¿qué me dices de tu luchadora?, ¿cuál es el nombre con el que combate?

Flavia hizo un gesto a Anacrites para que fuera a buscar a Helena.

—Su nombre es Amazona. Tus ojos nunca verán una mujer tan sublime, no solo lucha como si no temiera a la muerte, su destreza con el gladius hará que tus conciudadanos vibren. Además, su belleza levantará otras armas, las que esconden bajo sus túnicas los miles de espectadores que tengan la suerte de ir a verla, y eso llenará los bolsillos de los dueños de los lupanares. Si eres inteligente, podrás satisfacer a tus ciudadanos por el día en la arena y las fantasías sexuales de tus compromisos por la noche; nunca por menos de diez mil sestercios cada vez que la ensarten.

Lü apretaba con fuerza los puños.

—Eres buena vendiendo tu mercancía —dijo el lanista de Corduba—. Sin duda, has heredado el talento para los negocios de tu padre.

La lanista no despegaba los ojos de su guardaespaldas, que era el único ajeno a la fiesta.

—Mandaré moldear lucernas con mi imagen copulando con semejante diosa. —El lanista lanzó una mirada cómplice a sus dos acompañantes—.

Subiré la cantidad que estoy dispuesto a ofrecerte si, además, esta noche tú, Flavia, visitas mi alcoba y me enseñas qué otras cosas sabes hacer con esa prodigiosa lengua en mi entrepierna —dijo Emilio acariciando su barbilla ante la risa de sus acompañantes.

El gesto de Flavia tornó de la alegría a la ira.

Helena apareció en ese momento. Vestía una sencilla túnica blanca hasta la rodilla y llevaba su melena recogida en una trenza.

El lanista de Hispania se levantó con esfuerzo debido al vino y a las horas que llevaba tumbado. Dio un rodeo alrededor de la esclava, que tenía la cabeza agachada. Levantó con su mano el mentón de la joven para examinar sus dientes. Asentía con la cabeza mirando a sus dos colegas.

Levantó sus brazos para examinarlos y palpó sus pechos ante las risas de sus dos amigos. Agarró los muslos examinando la dureza de sus músculos.

Emilio Eliano se limpió los restos de vino y baba que caían por su barba y, mirando a sus colegas, subió la mano por el muslo para escudriñar las partes íntimas de la esclava.

Helena cerró los ojos mientras el lanista acariciaba su sexo. Lü echó mano de su pugio y Flavia suspiró.

—Venid —dijo Emilio a sus dos colegas—. Será mejor que los tres comprobemos la mercancía.

Los dos hombres se levantaron entre risas y golpes en la espalda.

—¿Cuánto va a costarme semejante luchadora y su dueña? —preguntó Emilio.

Flavia Lycia miró el busto de su padre que observaba la escena. Sus ojos se cruzaron con los de Lü y se centraron en el gesto de repugnancia que mostraba Helena siendo manoseada por esos tres hombres.

—No está en venta —dijo con rotundidad la lanista.

Emilio rio la gracia.

—Sin duda me costará caro, pero no imaginaba que tanto. Te ofrezco dos mil denarios.

—He dicho que no está en venta. Y ahora apartad las manos de ella.

Emilio y sus dos amigos se quedaron callados y observaron a Flavia con el rostro serio. Las palabras fueron pronunciadas tan tajantemente que cortaron la respiración de los tres hombres.

—Ya habéis oído lo que ha dicho, apartad las manos de ella —añadió Lü.

—¿Puedes explicarme todo esto? —preguntó Emilio—. Nunca un esclavo se había dirigido a mí en ese tono.

—No es un esclavo, y ahora coged vuestras cosas y marchaos —ordenó Flavia.

Los tres hombres se miraron extrañados.

—Esta broma está empezando a resultarme incómoda —dijo con el rostro serio el lanista del Ludus de Corduba.

—Puedes meterte la incomodidad por ese oscuro agujero que tienes donde termina la espalda, y ahora largaos de mi propiedad.

Emilio hizo un gesto a uno de sus hombres, que sacó un puñal de entre los pliegues de su túnica y se dirigió con rapidez a la lanista.

Lü se interpuso en su camino agarrando el brazo que portaba el arma y lo retorció por detrás de su cuerpo hasta que la soltó. El otro acompañante del lanista se dirigió a su compañero para socorrerlo. Lü se agachó ante el primer ataque que este le dirigió y golpeó en la rodilla al que tenía agarrado para que cayera definitivamente al suelo. Cuando el segundo hombre iba a realizar una segunda ofensiva, un brazo lo agarró por el cuello para impedirle terminar el movimiento. Helena sujetaba la garganta del guardaespaldas de Emilio por la espalda. Lü lo golpeó en el estómago con toda la rabia que acumulaba. El hombre cayó al suelo casi sin respiración por el puñetazo y, con rapidez, el entrenador de Helena levantó a quien un momento antes había retorcido la mano, volviendo a neutralizarlo del mismo modo. La víctima, que disfrutaba de la velada hacía tan solo unos instantes, se alzó como un resorte por el dolor. El guardaespaldas de Flavia hizo un gesto a Helena, que se acercó y lanzó una patada a los testículos del hombre. Su grito de dolor sonó por todo el ludus mientras caía al suelo como un saco.

Emilio Eliano observaba la escena con el rostro serio y sin entender qué estaba ocurriendo.

—Nunca olvidaré esta ofensa. Me has insultado, me encargaré de que nadie jamás haga negocios contigo. Tu padre debe de estar retorciéndose en el Hades, has echado por tierra su buen nombre.

—Estás en mi casa, donde viven decenas de hombres adiestrados en el arte de matar. Será mejor que guardes tus amenazas y te marches si no quieres que sea tu lengua la que pruebe la entrepierna de todos mis gladiadores.

Lü se dirigió a él, pero Emilio retrocedió mientras con las manos suplicaba que no le hicieran daño; sus dos acompañantes se levantaron con gestos de dolor y los tres abandonaron la estancia.

Flavia Lycia tiró la copa de vino contra la mesa, donde descansaba toda la comida y bebida.

—¡Largaos todos de aquí! —gritó.

Lü, Helena y todos los esclavos, incluidos los músicos, abandonaron el comedor dejándola sola.

La lanista volvió a servirse otra copa, con pulso tembloroso, derramando gran parte del vino. Bebió varios tragos de golpe, con ansia, y se dejó caer derrotada sobre uno de los divanes, pero ni siquiera el vino arrastraba el sabor amargo que inundaba su boca. Los labios le temblaban de impotencia

y se sorprendió haciendo un gran esfuerzo por no llorar. Era una mujer fuerte, se decía; nunca, desde que era tan solo una cría, había derramado una sola lágrima por nada y mucho menos por nadie. El busto de su padre la miraba fijamente, como si pudiera escudriñar su mente y apoderarse de su alma. Como si el artista que pulió la pieza de mármol hubiera proporcionado vida a aquellos ojos de piedra. Se soltó el elaborado peinado que llevaba y sacudió su melena. Su agitada respiración sonaba incluso por encima del crepitar del fuego. Se miró las manos y su vestido, observó la mesa con los restos de comida. El eco de la algazara que se vivía tan solo un momento antes aún pesaba en la estancia. La tensión empezó a desaparecer de su cuerpo. Se levantó con el paso firme y decidido, no permitiría que ningún hombre la pisoteara como si fuera una mercancía. No, ella era una mujer libre y decidía sobre sí misma, ni su padre ni ningún hombre que viviera sobre la faz de la tierra le dirían lo que tenía que hacer y con quién tenía que acostarse. Esta era su casa y este era su negocio, y nadie jamás vendría a su hogar para tratarla de un modo inferior y mucho menos para insultarla de ese modo. Se prometió a sí misma que ningún hombre jamás pisaría su nombre.

Flavia Lycia se volvió a servir otra copa y se dirigió hasta el busto de su padre, donde el tono naranja del fuego reverberaba sobre el mármol. Se quedó mirando fijamente esos ojos que tanto la inquietaban y cuya sombra la atormentaba.

Con voz firme se dirigió al busto:

—No, no soy el hijo que tanto anhelabas, pero no ha nacido el hombre que tenga las agallas de venir a mi casa a mancillar mi nombre. Puede que me aborrecieras, pero soy feliz de haber nacido mujer y, a pesar de tu desprecio, me siento orgullosa de mí misma. Solo deseo que te pudras en el Hades, maldito cabrón —dijo mientras tiraba la cabeza de mármol de su padre contra el suelo.

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