Gladiadoras
Capítulo III
Bitinia, 124 d. C.
Todo estaba dispuesto para que Adriano pudiera disfrutar de su gran pasión, la caza. La temperatura era agradable gracias a la brisa que venía empujada desde el mar.
Catilio Severo se sentía satisfecho, todo estaba saliendo a la perfección.
Delante de sus ojos, a escasos pies de él, el emperador Adriano se hallaba concentrado intentando leer el rastro de un ciervo, custodiado por varios pretorianos y junto a su inseparable amigo y prefecto del pretorio, Quinto Marcio Turbón.
—Sin duda, estas huellas son de ciervo. Fíjate, este pasto esta arrancado y mordido hacia arriba —comentó Adriano en voz baja.
Marcio se acercó.
—Exacto, mi césar, y es una buena pieza.
—Luego, para la cena, daremos cuenta de él.
Uno de los esclavos hizo señas para mostrar algo en el suelo.
El emperador y Quinto se acercaron sin hacer ruido.
Unos excrementos se hallaban en el lugar señalado.
Catilio Severo no lograba entender lo que se decían, pero se sorprendió al ver que el emperador y el prefecto se dirigían hacia el.
—Es una buena pieza y está cerca, sus excrementos aún están calientes.
Un esclavo ofreció al emperador varias armas.
—Mi césar, ten cuidado, en esta zona habitan innumerables leones —añadió Catilio Severo.
—No temas querido amigo —respondió Adriano examinando una de las jabalinas—. Los pretorianos están alerta; además, eso hará que aumente el riesgo y, por lo tanto, será más entretenido.
—He visto alguna de esas fieras, y las que aquí se crían son verdaderamente aterradoras. Algunas de las que vemos en el anfiteatro de los césares son atrapadas en esta zona. No me lo perdonaría si te pasará algo, mi príncipe.
—¿Acaso dudas de mi habilidad con la jabalina? —preguntó Adriano mirándolo con seriedad.
Catilio Severo se arrepintió enseguida de sus palabras.
—No conozco hombre con más valor. Si los años han mejorado tu destreza, no me gustaría estar en la piel de alguno de los leones que merodean por aquí —contestó.
Adriano sonrió satisfecho y Catilio lo hizo aliviado. Quinto se acercó al emperador.
—¿Cómo lo haremos, mi césar? —preguntó.
—Mandemos a varios hombres que vayan por el este, por donde sopla el viento, de ese modo el animal, al sentirlos, vendrá hacia nosotros.
Catilio Severo llamó agitando su fusta a varios de sus esclavos. Les ordenó que dieran un rodeo y se dirigieran por el este, tal y como había sugerido el emperador.
—No me defraudéis y dirigid a esa presa hacia aquí o sentiréis en vuestra espalda la ira de mi fusta —les susurró.
Catilio era consciente de que, si el emperador se hacía con la pieza, se pondría de buen humor y lo acercaría más a su causa.
El silencio era sepulcral.
El único ruido que podía sentirse era el de la naturaleza del bosque. Los esclavos obedecieron y, con cuidado de no hacer ruido, dirigieron sus pasos hacia donde les habían ordenado. Nada más partir, uno de ellos pisó una rama que crujió haciendo un ruido que las copas de los árboles devolvieron en un interminable eco.
El emperador hizo una mueca de desagrado y Catilio Severo, con la ira reflejada en su rostro, se sintió tentado de ir a arrancarle el pie al siervo.
Los ocho hombres elegidos retomaron la marcha con más cuidado, mirando cada paso que daban. Se adentraron en el bosque hasta que dejaron de ver, a su espalda, al grupo de pretorianos y al resto de la comitiva.
Por primera vez en su vida, los ocho siervos se sintieron libres. Sin decir una sola palabra, pero sin poder evitar plantearse salir corriendo y disfrutar durante más tiempo de esa libertad. Sin embargo, ninguno dijo nada, conscientes, como eran, de que rápidamente les darían caza y el miedo a la cólera del dominus arrancaría su vida y su libertad en un abrir y cerrar de ojos.
Un ruido procedente de detrás de uno de los tupidos setos que se encontraban a su alrededor los alertó. Se pararon, aún no habían alcanzado los pasos que les ordenaron que debían dar. Los arbustos empezaron a
moverse. No veían nada. Lo único que el bosque les ofrecía era el ruido de los setos agitándose y crujiendo.
Los esclavos se juntaron apretándose entre sí. El miedo en su respiración se oía por encima, incluso, del ruido que las ramas hacían al ser aplastadas por las garras del animal que se dirigía hacia donde se encontraban. Los gruñidos que daba en su marcha les helaron la sangre; cada vez estaba más cerca. Los arbustos se movían y los setos se resquebrajaban ya tan solo a escasos pies.
Cerraron los ojos mientras se agarraban unos a otros.
Un enorme jabalí, acompañado de pequeños rayones que seguían a su madre en una hilera, pasó justo por delante de ellos y se perdió de nuevo en el tupido bosque sin detenerse en su carrera.
Los siervos suspiraron aliviados y siguieron caminando con el pánico aún recorriendo sus venas.
—Yo creo que ya hemos alcanzado la distancia adecuada —dijo uno de ellos.
—Quizá deberíamos seguir un poco más —comentó otro.
—Separémonos en parejas y dejemos distancia entre nosotros —ordenó el primero.
Todos asintieron con la cabeza.
El viento sonaba entre las copas de los árboles. El bosque les devolvía unos sonidos que, ahora que estaban separados del grupo, les parecían más intensos. Si salía algún otro animal a su paso, no tenían armas con la que poder defenderse.
Dos esclavos avistaron al enorme ciervo, que se encontraba tranquilo, ignorando su fatídico destino.
El animal era garboso y lucía una enorme cornamenta. Estaba comiendo hierba. Levantó el hocico al aire y miró hacia los siervos. Hizo una pausa durante unos instantes. Congelado. Expectante. En ese momento sus músculos se tensaron al percibir el peligro y salió corriendo en sentido contrario al avance de los esclavos, que se apresuraron a salir detrás de él lanzando gritos para asustarlo.
El emperador Adriano seguía al acecho. Cerca de él, Quinto Marcio.
Ambos tenían preparadas sendas jabalinas y un gladius enfundado en la cintura cuando sintieron los gritos de los esclavos aproximándose a ellos.
Los arbustos empezaron a moverse justo enfrente. Los dos hombres agarraron con fuerza las armas. Quinto miró al emperador, que asintió con
la cabeza. Cerca de ellos los pretorianos se prepararon por si debían intervenir para ayudar a su césar.
El ruido de las pisadas del venado dirigiéndose hacia ellos fue haciéndose cada vez más audible, al igual que el de los siervos gritando. Las ramas y los arbustos delataban que el animal estaba cada vez más cerca.
Adriano notó otro movimiento muy próximo a él, que provenía del otro lado del bosque. Con la mirada centrada en ese otro lugar, como si una premonición le impidiera mirar hacia otro sitio, no pudo ver cómo los setos y los matorrales se abrieron para dar paso, con todo su esplendor, al venado que venía huyendo de los esclavos.
El emperador no atacó. El animal se encontraba a la distancia exacta a la que el césar nunca fallaba. Quinto notó extrañado la duda en su compañero de caza y dueño del orbe.
Esperó unos instantes.
Adriano seguía concentrado, mirando hacia otro lugar sin actuar.
El animal estaba a punto de pasar a su lado. El prefecto del pretorio intervino al ver que Adriano no hacía intención de atacar. Se levantó de un enorme salto y, con la fuerza que los años de campaña y entrenamiento le habían otorgado a su brazo, lanzó la jabalina con decisión.
El arma silbó por el aire con velocidad y pericia clavándose con fuerza en el cuello del animal, que cayó al suelo arrastrando ramas y tierra.
El emperador seguía concentrado en el lugar donde algo había llamado su atención, sin mostrar interés por el ciervo. Sus dedos apretaron con fuerza la jabalina. En ese preciso instante hicieron su aparición los esclavos que perseguían al animal. El emperador se levantó, tensó el brazo y apuntó hacia los siervos.
Justo desde el lugar que había estado mirando, un enorme león se abalanzó entre la maleza rugiendo y con las garras extendidas hacia su presa.
Adriano lanzó su arma sin dudar.
El esclavo que había entrado con el rostro triunfante, al ver el lanzamiento certero del prefecto, se detuvo al ver una enorme fiera a su izquierda que se dirigía hacia él. Instintivamente se llevó los brazos al rostro, buscando protegerse de un final que se le antojó espantoso. Clavó las rodillas en el suelo y fue testigo de cómo la jabalina lanzada por el emperador se clavaba en el costado del león, muerto al instante.
El hombre se quedó en su sitio presa del miedo, temblando, al ser consciente de que su vida había estado cerca de acabar de un modo horrible.
—¿Te encuentras bien? —dijo una voz a su lado.
El esclavo asintió con la cabeza, incapaz de dejar de temblar, pero cuando vio quién le había hecho la pregunta se puso de pie.
—Sí, mi césar... Gracias.
El emperador se quedó mirando fijamente al muchacho. Bien por la adrenalina de la presa cazada, bien por la tensión de la situación o simplemente porque el joven le parecía increíblemente bello, no pudo dejar de mirarlo.
—¿Te encuentras bien, mi césar? —preguntó el procónsul nervioso, asfixiado por el esfuerzo realizado para llegar hasta el emperador.
—Esa pregunta deberías de hacérsela a este valiente joven.
—Maldito estúpido —dijo Catilio Severo tratando de recuperar el aire—.
Has arruinado la cacería del césar.
—Yo diría lo contrario —contestó el emperador—. No permitiré que le pongas la mano encima —añadió—. Bastante sufrimiento ha debido de ser para él ver de cerca la muerte.
Catilio Severo miró al esclavo. Luego se lo haría pagar.
—Será mejor que volvamos a la villa —ordenó el emperador—. Creo que ya hemos tenido suficientes emociones por hoy.
Los esclavos empezaron a atar a los animales para llevárselos como premio.
Quinto Marcio se acercó a Adriano.
—Mi césar, ¿cómo supiste que entre la maleza se encontraba ese león?
—No lo sabía, Quinto, pero intuí que algo no iba bien.
—Ha sido un lanzamiento magnífico —comentó el prefecto.
—Ve, Quinto, enseguida te alcanzo.
Adriano no dejaba de observar al esclavo, que miraba al suelo avergonzado.
—No temas, ya estás a salvo —dijo levantándole el mentón.
Un enorme escalofrío recorrió el cuerpo del emperador al contacto con la piel del joven.
—Gracias..., mi césar.
—Esta noche puedes acompañarnos, si lo deseas, imagino que estarás aterrado. Te vendrá bien disfrutar de nuestra velada.
—Mi dominus no lo permitirá —respondió.
—Creo que eso me compete a mí decidirlo. Tranquilo, no dejaré que te haga daño.
El esclavo sonrió.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Adriano.
—¿Mi nombre..., mi césar?
El emperador asintió cómplice.
—¿Mi nombre?... Mi nombre es Antinoo.
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