Gladiadoras
Capítulo XXIV
Halicarnaso, 126 d. C.
Helena se afanaba en las limpiezas del comedor del ludus. Los gladiadores acababan de terminar de comer y ella, junto a otras esclavas, recogía las escudillas y limpiaba los restos que habían quedado sobre las mesas.
Por el día, Anacrites, que se había convertido en el encargado de dirigir los quehaceres, le ordenaba hacer todas las tareas para mantener el ludus limpio y recogido. Bien entrada la tarde, cuando acababa sus extenuantes jornadas, el hombre de ojos rasgados, de nombre Lü, la enseñaba a utilizar las armas y a defenderse con las manos. Cuando las sombras de la noche caían sobre la ciudad, Flavia, la lanista, la obligaba a acostarse con los mejores gladiadores varias veces a la semana. Cada vez que mantenía relaciones sexuales debía lavar con agua muy fría su vagina por orden de Flavia para evitar quedarse embarazada. Estaba agotada, aunque se había acostumbrado al cansancio y su cuerpo caía rendido en cuanto se tumbaba en el jergón. Lo que más la mortificaba no eran las interminables jornadas ni el fatigante entrenamiento; tampoco era que la obligaran a practicar sexo con aquellos animales, lo que más la entristecía era no sentir nada. Notaba que los días pasaban dejándose llevar. Recordó cuando estaba en la villa de Catilio Severo, cuando se sentía viva al lado de los que más quería, pero su mente siempre le devolvía al momento en que se quedó sola, cuando se pasaba las noches mirando por la ventana sin ser capaz de cerrar los ojos. No había un solo día que no siguiera pensando en Antinoo. Se preguntaba qué sería de él, no había dejado de recordar a la persona que tanto amaba. Aunque intuía que jamás volvería a verlo, albergaba la esperanza y recordaba cada una de las veces que habían hecho el amor. Intentaba evocar cada una de las palabras, de los suspiros y de los besos que se dieron. No imaginaba cómo acabaría aquella historia, pero era imposible olvidar como comenzó.
También echaba de menos a Aulo y a Elia, sus dos mejores amigos, y recordaba lo que sufrieron. Pero, sobre todo, recordaba a su abuela; cuánto
ansiaba sus abrazos, el calor de su piel y el tono de sus palabras para calmarla. Cuánto la añoraba. Solo tenía sus recuerdos y temía que el tiempo en ese penoso lugar hiciera que los olvidara a todos para siempre.
Estaba absorta en sus pensamientos mientras recogía los últimos cuencos cuando se giró y vio que Luciana y Alda, las dos esclavas que le habían hecho la vida imposible desde el primer día, la miraban riéndose y comentando algo entre dientes. Desde que Lü la enseñaba a defenderse no habían vuelto a molestarla. Aun así, temía enfrentarse a ellas.
Helena agachó la cabeza evitando la mirada de las dos esclavas. Entró en la cocina y se disponía a dejar los cuencos cuando oyó a su espalda la voz de Luciana hablándole despacio:
—Mañana podré darte una paliza sin que nadie pueda impedírmelo. Tu amigo el medio ciego no solo no podrá hacer nada, sino que será testigo.
Cuando acabe contigo, no te reconocerá ni la puta de tu madre —dijo Luciana.
Helena se giró sin saber a qué se refería.
—¿Acaso no te has enterado? —le preguntó Alda al ver la duda en su rostro.
En eso momento Lü entró en el comedor haciendo un gesto a Helena para que lo acompañara.
La esclava lo siguió. Atravesaron un pasillo y comenzaron a subir las escaleras que llevaban al piso superior.
—¿Dónde vamos? —preguntó Helena, que nunca había subido allí.
Lü no contestó.
Continuaron por un pasillo que tenía varias habitaciones a la izquierda y a la derecha. La esclava imaginó que debían de ser las de los doctores y sus ayudantes, y donde probablemente guardaran las armas.
Llegaron a una estancia muy lujosa que se encontraba vacía. El suelo estaba decorado con un precioso mosaico, las paredes lucían pintadas con escenas de todo tipo. Delante de una de ellas, un enorme busto presidía la escena. El agradable olor procedente de varios incensarios llamó la atención de Helena. En uno de los lados varios divanes de distintos tamaños rodeaban una enorme mesa. En el otro lado de la habitación una especie de piscina estaba flanqueada por enormes cojines donde Helena imaginó que se tumbaban los comensales. Varias bandejas de madera flotaban en el agua.
La esclava supuso que la comida se disponía en las mismas y los invitados se servían y empujaban los azafates como si fueran barcos flotando. De frente había una terraza amplia custodiada por pequeñas columnas.
Apoyada contra el muro de madera se encontraba Flavia, la dueña del ludus, contemplando el entrenamiento de los gladiadores que se ejercitaban en el patio.
La lanista se giró, vio a Lü con su acompañante y entró en la habitación.
Se sirvió una copa de vino sin apenas despegar los ojos de la esclava. Dio un trago y volvió a dejar la copa en la mesa.
Helena levantó la cabeza para observar muy brevemente a la dueña del ludus. Calculó que debía de tener treinta años, pero se conservaba muy bien. Era alta, morena, llevaba el pelo recogido en un bonito peinado y le pareció que vestía un elegante vestido.
Flavia se acercó y dio un rodeo alrededor de Helena. Apretó sus brazos a la altura del bíceps, levantó sus extremidades y observó sus músculos. Elevó la túnica sucia de la esclava y palmeó sus muslos. Miró a Lü negando con la cabeza.
La esclava estaba asustada y le temblaban las manos, no sabía qué estaba ocurriendo.
—Abre la boca —ordenó Flavia.
Helena obedeció mientras examinaban sus dientes.
—Lü dice que puedes luchar. Que te ha enseñado a defenderte. Dime,
¿crees que serías capaz de aguantar un duelo?
—No..., no lo sé, mi domina.
—¿No lo sabes? La indecisión es la primera de las derrotas. ¿No le has enseñado eso? —preguntó mirando al hombre de ojos rasgados—. Por Baco, mírala, está temblando de miedo solo por estar en mi presencia. Es demasiado dócil.
—También lo es el agua, y sin embargo corroe y mina lo más duro —
contestó el hombre con su acento extraño aunque entendible.
—Eres el hombre en el que más confío, pero creo que aquí te equivocas.
Helena agachó la cabeza sin decir nada.
—Publio Estertinio el nuevo procónsul que ha enviado Roma, quiere conmemorar su puesto celebrando juegos en el anfiteatro. Dicen que en la capital del Imperio se ven luchas de mujeres en la arena y el procónsul quiere que lo recuerden por ser el primero en ofrecerlas aquí.
Flavia se dio la vuelta y llenó su copa de vino. Antes de girarse, escanció otra y se la ofreció a Helena.
—Bebe conmigo. Calmará tus nervios.
Helena la aceptó, pero dudó si debía beber.
—Por Baco, ¿nunca has probado el vino? —preguntó Flavia.
La esclava dio un pequeño trago y le entraron arcadas. Era la primera vez en su vida que bebía, y a punto estuvo de vomitar.
—Por todos los dioses, Lü, ¿qué tengo delante de mis ojos? No le durará a Luciana ni un suspiro.
Flavia se sirvió otra copa de vino, que apuró de un trago.
—Mañana te enfrentarás a otra de las esclavas, no tengo muchas mujeres que puedan luchar. Alda será una de ellas y Lü espera que tú seas la otra, aunque, por lo que tengo entendido, a Estertinio no le interesa ver cómo os batís en la arena. A ese mal nacido solo les interesa ver mujeres haciendo cosas de hombres, al parecer se excita viendo a gladiadoras. ¿Serás capaz de aguantar el combate?
—No lo sé, domina —repitió Helena.
—Si no fueras tú quien la ha traído, Lü, te mandaría azotar por hacerme perder el tiempo. Llévatela de mi vista, espero que mañana cuando se enfrenten no te deje en evidencia. Eres mi hombre de confianza y mi protector, no puedo permitirme el lujo de que pierdas el respeto que tienes entre los animales de este recinto.
Helena y el hombre de ojos rasgados abandonaron la sala. Flavia se sirvió otra copa de vino.
Cuando bajaban las escaleras, Helena se dirigió a Lü:
—Lo siento. No sé si seré capaz de enfrentarme a Luciana, es mucho más fuerte que yo.
El hombre no respondió.
Helena pensó que debía de estar enfadado por haberlo dejado en evidencia delante de Flavia, pero Lü nunca mostraba sus sentimientos. Tan solo le hablaba para corregirle sus movimientos o para darle alguna indicación.
Llegaron de nuevo al pasillo que daba al comedor. Antes de entrar, Helena se paró seria y preocupada.
—Espero poder aguantar mañana el combate. Lo haré por ti.
Esas palabras consiguieron que Lü se detuviera.
Helena aguantó la respiración mientras ese hombre, con el que había pasado todas las tardes pero a quien apenas conocía, se dirigía a ella con el gesto serio. Lü colocó las manos sobre los hombros de la esclava y, por primera vez desde que entró en aquel recinto, Helena oyó que alguien le hablaba con ternura:
—Aquel que puede conquistar a los enemigos es fuerte. Aquel que se ha conquistado a sí mismo es poderoso. No lo hagas por mí, hazlo únicamente por ti.
Lü no añadió nada más y dejó a Helena sola con sus pensamientos.
A la mañana siguiente todo estaba dispuesto para que las mujeres hicieran la prueba. Las dos esclavas se encontraban en la arena del ludus, una enfrente de la otra. Vestían únicamente un subligaculum y una pequeña tela que cubría sus pechos.
Todos los doctores, ayudantes, esclavos y gladiadores hicieron un enorme círculo para ser testigos del duelo. Nadie se lo quería perder.
Luciana daba pequeños pasos a su izquierda y a su derecha, estaba impaciente, respiraba como un caballo desbocado y no apartaba, ni por un instante, la mirada de su rival. Deseaba con todas sus fuerzas que el combate empezara, ansiaba darle una paliza a la mujer que tenía enfrente y a la que tanto odiaba.
Helena tenía la cabeza agachada. Se sentía mareada, no era capaz de aguantar la mirada de Luciana. Eso duraría poco, la mano derecha le temblaba como le ocurrió cuando esperaba a que el veneno hiciera efecto en Polieno, el abogado a quien había asesinado.
No había pegado ojo en toda la noche, estaba nerviosa y el miedo recorría cada poro de su piel. Miró a un lado y a otro, todos la señalaban y la observaban haciendo comentarios y riéndose de ella.
Por el lateral que daba acceso al recinto, algunos de los improvisados espectadores se abrieron paso para dejar un espacio por donde apareció Flavia custodiada por Lü.
La lanista se acercó a las luchadoras y las observó fijamente.
Asintió al ver a Luciana. La esclava tenía la actitud que ella deseaba en sus luchadoras. La mirada cargada de ira, los puños apretados y los movimientos nerviosos de sus piernas. Solo deseaba que el duelo comenzara para destrozar a su rival. La lanista pensó que aquella mujer, ese día, podría vencer a algún hombre.
Sin embargo, Helena era todo lo contrario. Las piernas le temblaban, sus hombros estaban caídos y todo su cuerpo revelaba lo tremendamente asustada que se sentía.
La lanista se dirigió a Lü:
—Mírala, tiembla como el hombre con el que me acosté por primera vez.
Todos los que allí se encontraban soltaron unas carcajadas.
Luciana empezó a poner cara de asco señalando las piernas desnudas de su rival.
Helena se estaba orinando encima.
Flavia se llevó las manos a la cara mientras maldecía mirando a Lü, que se acercó para remover con los pies la arena empapada de orina. Miró a la esclava, que no se atrevió a devolverle la mirada.
—Por Baco, terminemos con esto —ordenó Flavia—. Juró que, si esa chica me defrauda, dejaré que la penetren sin descanso los cien gladiadores del ludus.
Helena miro el cielo buscando alguna señal de su abuela o de alguno de sus amigos que le inspirara el valor que le faltaba. Por primera vez en su vida deseó que todo acabara y poner así fin a sus días.
Uno de los doctores se acercó con varios gladii de madera y un escudo cóncavo ni muy largo ni muy corto. Las dos cogieron las armas y se dispusieron a comenzar el combate.
Se situó delante de ellas y colocó una vara de madera entre ambas. Era lo único que separaba a las dos rivales.
Luciana se reía mientras daba pequeños saltos deseando que diera la orden de comenzar.
Helena respiró hondo y, sin conseguir apaciguar sus nervios, levantó el escudo y colocó el gladius como Lü le había enseñado.
El doctore miró a Flavia, que dio la orden.
Levantó la larga vara al cielo.
— Pugnate! —gritó.
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