Gladiadoras
Capítulo XVI
Roma, 125 d. C.
Probus se echó al hombro a la mujer que había encontrado entre las columnas del anfiteatro. Calculó que la vivienda a la que se dirigía estaba a poco más de una milla; con una mujer en brazos y en sus circunstancias actuales, a pesar de estar acostumbrado al duro entrenamiento, sería bastante fatigoso. Con la herida en el estómago y la cantidad de sangre que había perdido, podría costarle la vida. A pesar de ser consciente del riesgo, no desistió en su empeño de intentar salvar la vida de esa pobre chica.
Salió del cobijo de las arcadas y los muros del anfiteatro.
Estaba confuso y mareado. El sudor recorría su frente como si acabara de salir del calor de las termas. El viento gélido, afortunadamente para él, le provocaba cierto alivio. Pero la fiebre se apoderaba de él. Las piernas, que durante años habían cargado enormes piedras para endurecerlas, serían incapaces de aguantar el peso de una joven de poco más de ciento veinte libras.1
Dudó qué camino tomar. Podía ir por el foro, a esa hora seguramente solo encontraría a los vigiles, las patrullas nocturnas que recorrían y protegían los catorce distritos de Roma. Sin embargo, rápidamente lo descartó; no podría explicar por qué iba cargado con una mujer con el rostro ensangrentado y malherida. Debía ir por las calles más oscuras, al abrigo de la noche, y sortear los diferentes peligros que encontrara. Se dirigió a una de las calles paralelas al foro. Unas pocas antorchas la iluminaban. Dejó a su izquierda el templo de Venus y Roma, y se movió por las sombras y la negrura de los muros.
Se apoyó en una pared para coger un poco de aire y descansar. Recostó a la joven en el suelo. Una vez más, se acercó al pecho de la muchacha para sentir su corazón. Suspiró aliviado, seguía con vida, aunque su respiración
parecía lenta. Se palpó la herida del estómago: a pesar del dolor y los calambres no parecía húmeda, no sentía que se hubiera abierto.
Asomó su cabeza por la esquina. La calzada principal estaba a esas horas atestada de carros. Desde tiempos de Julio César, la circulación de mercancías en toda Roma se hacía de noche. El mercado de Trajano se encontraba a poca distancia, probablemente se dirigían hacia allí. Debía pasar desapercibido.
Se levantó y de nuevo, con un tremendo esfuerzo, cogió a la joven y la colocó en sus hombros. Siguió por el lado más oscuro de la calle, dejando a la izquierda el foro, y guio sus pasos por inercia y casi sin aliento hacia su destino.
El ruido de las cauponae y de sus habituales beodos sonaba por toda la calle, no debía seguir en esa acera. Tenía que cruzar la calzada. Esperó en una esquina a que el tráfico le permitiera atravesarla sin ser visto. Por la calle, a lo lejos, se acercaba un grupo de jóvenes que salían entre risas de una caupona. Debía darse prisa en cruzar, pero no encontraba el momento.
Los jóvenes se acercaban. Empezó a ponerse nervioso; o cruzaba ya o se darían de frente con él. Ya podía oír sus voces, parecían ebrios. Podía tumbarse e intentar pasar por un par de borrachos entre las sombras, pero si algún chico los veía y los increpaban, no le quedaban fuerzas para defenderse de un grupo, y no sabía siquiera si además iban armados. Era un riesgo que no podía correr.
Los jóvenes estaban a pocos pies y podía oír perfectamente lo que decían.
Estaba a punto de ser descubierto.
Probus cerró los ojos, agarró a la joven con fuerza y, encomendándose a Némesis, corrió haciendo un esfuerzo que le provocó una punzada de dolor.
Tropezó con una de las hendiduras que los cientos de ruedas que a diario recorrían las calles habían provocado en la calzada. Cayó al suelo girando en el aire para que la chica no se golpeara contra la piedra basáltica, y su espalda aterrizó duramente contra el suelo.
Ahogó un grito de dolor. Un carro se dirigía hacia donde estaba. No tenía tiempo de lamentarse, si se quedaba ahí las ruedas los arrollarían haciéndoles pedazos. Movido por una fuerza invisible, agarró de nuevo a la joven, esta vez sin tanta ternura. Los relinchos de los caballos sonaron con vigor a escasa distancia, sintió cómo resoplaban por sus ollares. Apretó con fuerza a la chica, apoyó la rodilla en el suelo y tomó impulso para saltar y conseguir, apenas por un palmo, esquivar las ruedas del carro y los cascos de los animales, que rozaron su pierna.
Llegó hasta la acera. Se tumbó mientras su pecho se movía arriba y abajo como el de uno de los equinos que acababa de sortear. Apoyó sobre sus muslos la cabeza de la pobre indigente. El ritmo de su respiración era muy distinto al suyo, apenas se movía. Miró su ropa. El sudor de su túnica se mezclaba con la sangre que empezó a manar sin compasión por la herida de su estómago. Necesitaba un momento de calma. Se lamentó por no haber obedecido al esclavo de la enfermería y haberse quedado en el anfiteatro descansando. Sin embargo, al contemplar a la pobre muchacha, se arrepintió de esos pensamientos. Si no fuera por él, seguramente la joven no hubiera tenido ninguna posibilidad y la muerte habría sido el destino que esa noche abrazara su cuerpo y que enfriara las manos que, en ese momento, sentía cálidas entre las suyas.
Oyó ruidos, debía ponerse en camino de nuevo.
Cogió una vez más a la chica y, como si una extensión de su cuerpo se tratara, cargó con ella por las inmundas calles nocturnas de Roma. Sentía que un inmenso dolor en común los unía, aunque fuera muy distinto. Él, sufriendo un suplicio imposible de medir que no sabía cuánto tiempo más aguantaría, sumado a la agonía de no saber si llegaría hasta su destino sin desfallecer, sin desmayarse. Ella, con un hilo de vida en su aliento, ajena a un dolor invisible que la acompañaría toda su vida: el de la vergüenza de haber sido golpeada vilmente, atacada por unos desalmados que encontraron en su belleza la forma de saciar sus perversas almas.
Las heridas cicatrizarían, pero el sentimiento de culpa probablemente nunca desaparecería.
En ese momento su vida y la de la chica dependían de sus escasas fuerzas.
Atravesó el foro de Trajano, que se encontraba afortunadamente vacío.
Calculó que le quedaba poco más de media milla, una distancia irrisoria, aunque le embargaba el pesimismo; no estaba seguro de que pudiera conseguirlo. Caminó por varias calles desiertas y llegó hasta la puerta del inmenso templo dedicado a todos los dioses del Olimpo romano. Ante el panteón de Agripa sus pies se detuvieron.
No podía continuar.
No podía dar un paso más.
No podía mantenerse siquiera en pie.
Su cuerpo cayó al suelo prácticamente inerte. Junto a él, el de la joven. El frío del empedrado envolvía su espalda. Miró el oscuro cielo repleto de un manto estrellado. Sintió que esas centelleantes luces serían lo último que sus ojos vislumbrarían. Unos ojos que se empezaron a cerrar.
Dejó de sentir dolor.
Vio su vida pasando por su mente. Cuando era un niño corriendo por las calles de Asturica Augusta,2 su ciudad natal. Casi sintió los miles de gargantas que le aclamaban en el anfiteatro. Y a sus padres. A pesar de que hacía años que ya no estaban entre los vivos, podía ver a su madre envuelta en un halo de luz brillante, como siempre la recordaba, pero esta vez con los brazos abiertos, llamándolo, aunque de su boca no salía una sola palabra.
Probus quería ir con ellos, quería abrazarse tan fuerte a ella que nada pudiera separarlos, pero algo lo frenaba. Algo le decía que no había llegado la hora de encontrarse con ellos.
Volvió a abrir los ojos.
El vientre lo sacudía con innumerables pinchazos. Entre las costuras que le había realizado el médico, la sangre se escapaba buscando abandonar el calor de su cuerpo y arrastrando, en su camino, las pocas fuerzas que le quedaban.
Giró la cabeza y vio a la chica. Ella era quien lo retenía en una vida que estaba más cerca que nunca de acabar. Observó sus ropas. Aquel vestido que debió de ser esa misma mañana un bonito atuendo naranja se encontraba sucio y hecho jirones y, sin duda, delataba su profesión. Él, que era una persona inmensamente rica, que había ganado miles de sestercios haciendo lo único que sabía hacer, luchar, que todos los días rechazaba la compañía de cientos de mujeres de toda condición y alcurnia que deseaban conocer cada poro de su cuerpo, acabaría sus días en una fría y solitaria acera de Roma por salvar la vida de una prostituta por la que no sentía más que compasión.
Se incorporó. Ignoró el dolor, que ya era parte de él.
Le quedaba una distancia muy corta. Quizá ese optimismo por verse cerca de su destino fue el que le hizo sentir que la joven no era tan pesada cuando la cargó sobre su hombro.
Giró por una de las calles. Se agarró a una esquina. Estaba seguro de que esa era la vía que estaba buscando. Con los dientes apretados, apreció las antorchas, que hacían su tramo final menos lúgubre. Se notaba que era una zona acomodada.
No había caído en la cuenta de que conocía la calle donde quería acudir, pero no la domus que andaba buscando. No podía llamar a todas las puertas.
Se detuvo de nuevo, la sangre corría entre sus muslos. Su aspecto era espeluznante. No había pensado quién, en su sano juicio, le daría cobijo.
Debería haberse ido hasta su domus y haber hecho llamar a un médico. Se maldijo a sí mismo por no haber tenido la suficiente clarividencia, ya era tarde para eso. Pensó esperar al día siguiente, quizá por la mañana alguien podía indicarle cuál era la vivienda que buscaba, pero supo que si la chica y él no recibían ayuda inmediatamente, no volverían a ver un amanecer.
Probus se acercó a una puerta custodiada por varias antorchas y golpeó con fuerza la aldaba.
Esperó, pero el silencio fue la única respuesta. Volvió a golpear el llamador, pero nadie salió a recibirlo.
Continuó andando intentando discernir cuál podía ser la que buscaba. Una enorme puerta incrustada en un umbral llamó su atención.
Con energía renovada, volvió a golpear con ímpetu.
Un momento después se abrió un mirador de madera situado a la altura de los ojos.
—¡Salve! —gritó—. Por favor, necesito que me ayude. ¿Es esta la casa de...
No terminó la frase y el mirador se cerró con violencia delante de sus narices, dejándolo con las palabras en la boca y el ánimo por los suelos.
Se sentó en el suelo desesperado. Nadie le abriría la puerta y mucho menos le daría cobijo.
Se recostó y tumbó a la chica encima de sus piernas. La observó. Sentía que había hecho todo lo posible por salvarla y se lamentó por no haber conseguido su propósito.
Apoyó la cabeza contra la columna, desesperado. Observó la vivienda de enfrente. Varias antorchas iluminaban el umbral. El viento se confabuló con él y dirigió la luz de la llama hacia una inscripción tallada en el dintel.
Probus entornó los ojos para poder leer el escrito tallado en la pieza de mármol. Su cuerpo se echó hacia delante mientras iba leyendo cada una de las palabras.
Se levantó con cuidado de no hacer daño a la joven. Estaba seguro. No le cabía la más mínima duda. Aquella era la vivienda que ansiaba encontrar.
Se dirigió hasta allí volviendo a leer la inscripción: «Te amé como si nunca fueras a marcharte y te fuiste como si nunca te hubiera amado. A Domicia Drusilla».
Respiró hondo hinchando con fuerza el pecho. Apoyó a la chica contra una pared y llamó con fuerza a la puerta.
Al igual que en las viviendas anteriores, nadie abrió la puerta.
Movido por la desesperación, que corría por todo su cuerpo, volvió a golpear una y otra vez. Se sentía como si hubiera luchado durante todo un
día para morir del modo más cruel e inicuo en el momento más inoportuno.
Siguió aporreando la puerta con ambas manos y propinándole patadas. El ruido que producía el bronce al ser golpeado casi le impide oír la voz al otro lado:
—¿Quién va?
—¡Necesito su ayuda! —gritó Probus.
—¿Quién es?
—Por favor, se lo ruego. Traigo a una joven que ha sido brutalmente atacada. Por favor, ayúdenme.
De nuevo el protagonista al otro lado fue el silencio.
Probus se sentía impotente. Se echó atrás alejándose. Se iba a sentar en el suelo, al lado de la joven, cuando oyó los bornes de la puerta chirriando. Un suspiro de alivio abandonó su cuerpo. Cogió a la muchacha en brazos.
Un hombre lo escrutó de arriba abajo. El aspecto del gladiador no era muy decoroso. El hombre sujetaba un palo en una mano y en la otra una lámpara de aceite.
—¡Salve! —dijo Probus—. Gracias, necesito su ayuda. ¿Es esta la casa de...?
—¿Es una prostituta? —preguntó el hombre señalando con la cabeza el cuerpo de la joven.
—Supongo que sí.
—¿Está viva?
—Lo está, pero necesita que la asista un médico.
El hombre asintió.
—Pase.
El gladiador entró en el recibidor de la domus. Varios esclavos se situaban a los lados con armas en las manos. Pudo notar la desconfianza dibujada en sus rostros.
Un hombre se acercó por un pasillo. Miró a su atriense.
—¿Dices que es una prostituta? —le preguntó.
—Así es, domine. Afortunadamente está con vida.
—¿Con vida? —le preguntó a Probus sorprendido.
Este asintió.
—Deprisa, ve a buscar a Oribasio, estará en su domus —ordenó—. Hazte acompañar por varios esclavos. ¡Ah!, y ve con cuidado.
El atriense obedeció. Y el anfitrión se dirigió ahora a Probus:
—Ven por aquí. Será mejor que tumbemos a la joven en una habitación y la limpiemos hasta que puedan atenderla.
Lo siguió con dificultad, estaba mareado y apenas podía continuar andando.
—¿La conoces? —preguntó el anfitrión cuando llegaron a un cuarto.
Probus negó con la cabeza mientras tumbaba a la joven en una elegante cama.
—¿Dónde se encontraba?
—En las arcadas del anfiteatro de los Césares —respondió el gladiador con dificultad y llevándose la mano a la frente. Sus rodillas empezaban a temblar. No podía aguantar de pie mucho más tiempo.
—¿Qué te ha ocurrido?
—Es una larga historia.
—¿Por qué has venido a mi casa?
—Supongo que un médico no me habría abierto la puerta —respondió mientras sentía que todo se movía a su alrededor y que estaba a punto de desfallecer.
—¿Y qué te ha hecho pensar que yo sí lo haría?
—No lo sabía. Pero suponía que podía ayudarme. En Roma todo el mundo ha oído hablar del abogado de las mujeres...
Probus se desmayó nada más pronunciar la frase.
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