Gladiadoras
Capítulo XII
Roma, 124 d. C.
—No puedo creer que no lo supieras —comentó Valeria.
—Lo siento, hija, te doy mi palabra de honor que no lo sabía —dijo avergonzado Valerio.
—¿Es así como pretenden que nos sintamos orgullosas de ser romanas?
—Ya os he dicho que sé la ilusión que os hacía venir y que si queréis nos vamos. Yo tampoco entraré, si es que vosotras no lo hacéis.
—No te preocupes, sabemos que tienes temas importantes que tratar con Flavio. —Valeria miró a su hermana—. Tú decides, Domicia.
—¿Y dices que está muy alto? —le preguntó la pequeña a su padre.
—No sé cómo será la visibilidad, pero obviamente no será como mi asiento cerca del emperador. Nunca he asistido a un anfiteatro, por eso desconocía que las mujeres no pueden sentarse junto al resto de hombres. Solo os dejan sentaros en el tercer anillo, arriba del todo.
—Por mí está bien, Valeria, entremos. Quiero ver a ese tal Probus. Aunque desde arriba solo vea un bulto y padre pueda distinguir hasta los lunares de la espalda.
—No hagas que me sienta peor. Pensé que podríais entrar conmigo junto a las mujeres de los senadores. Sin embargo, ellas solo se dejan ver antes de que dé comienzo, prácticamente ninguna se queda a presenciar el espectáculo —dijo Valerio avergonzado.
—Está bien, padre —comentó Valeria—. Danos las entradas. Ve con Tito, nosotras haremos la cola junto a las otras mujeres y entraremos.
Valerio las miró con pena. Sufrió por Valeria y Domicia, sin dudarlo se habría cambiado por ellas.
—Saurea, dales algo para comer y beber, el día será largo.
Se despidieron de él dándole un abrazo y un beso en la mejilla. Cogieron un pellejo con agua fresca y un trozo de tela que contenía algo de comida que el esclavo les ofreció.
—Disfruta de los juegos, padre —dijo la pequeña.
—Nos veremos aquí cuando el último de los duelos, el de Probus, haya acabado —comentó Valeria.
Su padre asintió sin decir nada. Tenía un nudo en la garganta que le impedía siquiera pronunciar una palabra. Aquella era una de las cosas que cambiaría. Su rostro estaba rojo, sentía una inmensa vergüenza, debía haberlo preguntado antes de acudir. Él disfrutaría de unos asientos de mármol, con cojines y una gran separación entre unos y otros. Los esclavos pasarían constantemente bandejas con comida de todo tipo y ánforas cargadas con buen vino. Sus hijas verían el espectáculo desde arriba, probablemente de pie, aguantando codazos y seguramente apretadas e incómodas, dado que había oído que la mayoría de las veces dejaban entrar a más gente que la permitida por el aforo.
Las vio marcharse hacia la puerta que tenían marcada en la entrada. Otras mujeres hacían fila. A pesar del disgusto, no habían perdido el ánimo.
Domicia, la pequeña, reía junto a su hermana. Al verlas sonreír, se sintió mejor. Estaba muy orgulloso de ellas.
Fue hasta donde se encontraba Tito, que lo estaba esperando apeado de la litera.
—Me alegra verte —comentó su amigo—. Por todos los dioses, conociéndote creí que no vendrías.
—Entremos —dijo Valerio con el tono serio.
Tito Flavio y su abogado accedieron por la puerta destinada a senadores al anfiteatro de los Césares.
El enfado de Valerio, poco a poco, fue calmándose al entrar en semejante estructura. Travertino en el exterior y otro tipo de mármol en las zonas nobles, aquello era un paraíso para los dioses, jamás había visto nada igual.
Salieron a la grada; el sol lucía con brío a esa hora y hacía que la piedra blanca brillara con tanta fuerza que deslumbraba. Entornó sus ojos hasta que se hicieron a la luz. No tuvieron que subir ni un solo escalón, otra de las ventajas de la tribuna de los senadores: los responsables de que el mundo fuera tal y como era no debían de hacer ningún esfuerzo para alcanzar su asiento.
Un esclavo se acercó con una bandeja de fruta fresca.
Valerio observó el inmenso anfiteatro por dentro mientras saboreaba el aperitivo. Se había imaginado muchas veces cómo debía de ser su interior, pero nunca había logrado imaginar la magnitud de ladrillo y piedra de aquel recinto capaz de albergar a miles de personas.
Contempló también la arena, perfectamente peinada para la ocasión. Un esclavo esparcía agua mezclada con azafrán para evitar los malos olores.
Los músicos ya hacían alarde de su don tocando una serie de melodías mientras la gente ocupaba sus asientos. Se percató complacido de que, entre los que tocaban la tuba romana y un par de cornua, una mujer tecleaba el órgano hidráulico.
Valerio pensó en sus hijas al observar a varias mujeres de senadores. Estas abandonarían el anfiteatro en cuanto empezara el espectáculo, pero gustaban de mezclarse con la alta sociedad romana mientras se paseaban por las gradas con sus mejores joyas y sus vestidos más espectaculares.
Varios senadores y sus esposas se acercaron a él.
—Valerio Iucundo —dijo Livia—. Es un placer ver aquí al abogado de las mujeres.
—Ten cuidado —dijo Cneo Hosidio Geta acercándose—. Si sigues con esa defensa tan a ultranza de las féminas, estas te limpiarán hasta el último de tus sestercios.
Varios rieron el comentario.
—No hagas caso a mi esposo, querido Valerio.
—La mujer reúne todos los vicios, y el principal de todos ellos es dejar la fortuna familiar tan limpia como una toga blanca recién lavada puesta al sol. Como diría mi padre: «Mis palabras son tan ciertas como que el día precede a la noche».
—¿Se sabe algo de esa banda que ataca a prostitutas? —preguntó la mujer.
—Nada —contestó Valerio—. Sigo investigando, aunque no cuento con mucha ayuda. Todas acaban del mismo modo, con el rostro completamente desfigurado y, lo que es peor aún, sin vida.
Las mujeres ahogaron un grito.
—Bueno, tan solo son prostitutas, nadie llora a las infames —contestó Tito Flavio.
Cneo Hosidio Geta rio el comentario.
La conversación cambió de rumbo, pero Valerio era ajeno a la charla. Miró hacia las gradas más altas en busca de sus hijas. Probablemente aún no habrían entrado. Sería difícil imaginar qué sitio ocuparían.
Valeria y su hermana esperaban para entrar en el anfiteatro. Enseñaron su tessera 1 con toda la información del vomitorio y la grada. Los mozos que se encargaban de distribuir a los espectadores las miraron extrañados al ver la calidad de sus vestidos. Una vez que les indicaron por dónde debían acceder, subieron un montón de peldaños de piedra excesivamente
empinados. Pararon para tomar aire. Aquello era duro hasta para ellas, que estaban en perfecta forma. Continuaron subiendo; habían perdido la cuenta de los escalones cuando vieron la claridad que entraba por el arco por el que accedieron a la grada. Ambas apretaron el paso entre risas. Todo para ellas era una competición y siempre se intentaban ganar la una a la otra.
Valeria llegó antes, pero se dio la vuelta y esperó a su hermana para salir las dos a la vez y compartir ese momento tan especial juntas.
Cerraron los ojos, se agarraron las manos y dieron un par de pasos.
Sintieron las voces y el ruido propio de un día de fiesta en el anfiteatro. Una gran algarabía que retumbaba en sus oídos.
—¿Lista? —preguntó Valeria.
—Lista —contestó Domicia.
Ambas abrieron los ojos y contemplaron, con la boca abierta, todo lo que su mirada era capaz de absorber, llevándolos sin prácticamente consciencia de un lado a otro, a cada rincón de las gradas, y de estas, a la arena. Todo era increíble.
—¡Por todos los dioses! —acertó a decir Valeria.
La pequeña de las Iucunda no alcanzó a decir ni una sola palabra. Se limitaba a señalar a su hermana aquello que llamaba su atención.
Aquella elipse era majestuosa. Las gradas empezaban a llenarse mientras los arcos de entrada vomitaban centenares de personas.
—Debajo de toda esa arena están las fieras —dijo Valeria—. Aquella debe de ser la puerta Triumphalis, por donde entran los gladiadores a la arena y salen los que vencen. No me gustaría salir por aquella de enfrente, la puerta Libitinaria, por donde salen los que mueren. Fíjate, padre debe de estar sentado ahí abajo. ¿Puedes verlo? —preguntó Valeria.
—¿Desde aquí? Me temo que es imposible distinguirlo.
—Mira abajo, aquellas columnas de mármol blanco que tienen un dosel son el pulvinar, donde se sienta el emperador.
—El espectáculo se debe de ver igual que desde aquí —dijo la pequeña con ironía.
Ambas se dirigieron a sus asientos, pero seguían sin pestañear escudriñando todos los detalles.
—¡Al lado del pulvinar, Domicia! —dijo Valeria señalando con el dedo—.
¡Hay músicos! Pero entre el ruido de las gentes y la distancia es imposible oír nada desde aquí.
Tuvieron que sortear a muchas mujeres y algún que otro hombre, probablemente algún visitante sin entrada o algún esclavo recién liberado.
Se miraron con el gesto torcido: el olor a sudor y a suciedad empezaba a ser un poco nauseabundo en contraste con el olor a perfume que ellas llevaban.
Llegaron hasta su asiento, afortunadamente tenían un pequeño banco de madera que, a pesar de estar roto, no suponía un peligro. Estaban muy apretadas pero se hallaban en primera fila, por lo que ninguna cabeza las molestaba. A pesar de que las circunstancias no eran las que ellas habían deseado, se miraron y sonrieron. Estaban eufóricas, rebosantes de alegría.
—¿De dónde crees que es la tela blanca de las sacerdotisas vestales? —
preguntó una mujer con un niño en brazos a la joven que tenía al lado.
—Yo creo... —contestó pensativa su acompañante con voz estridente—, que están cosidas en Canusa.
—¿En Canusa? No te lo crees ni tú. Esas telas son de Miceno por lo menos.
Las hermanas Iucunda se miraron.
—Mira —dijo de nuevo la mujer señalando la grada de los senadores—.
Aquella del vestido azul, la que viene del brazo de la esclava. Yo creo que es Cornelia Emilia.
—Esa no es Cornelia —dijo la de voz estridente—, esa es Paula Hosidea.
Dicen que cuando acaba la lucha de los gladiadores se va a las termas y fornica hasta con los que están en la puerta.
—No te creo —dijo la que tenía al niño en brazos.
—Me lo ha dicho mi Luciano, que se entera de todo. Si fuera más espabilado y los dioses le hubieran otorgado el don de la iluminación, yo estaría paseando por ahí abajo con Paula y Cornelia hablando de vestidos, y no aquí, que apenas se distingue nada. Con perdón —dijo mirando a Valeria, quien negó sin darle importancia—. Por cierto, ¿de dónde son estos vestidos que lleváis? ¡Son preciosos!
—Mira aquella que acaba de entrar —dijo de nuevo la mujer del niño dándole con el codo a Valeria—. La de la túnica verde es Flaminia, la llaman la Devorafortunas. No tiene ni treinta años y ya lleva tres maridos, seguro que tiene todavía energía para seguir acumulando más hombres. Al último lo envenenó con una mezcla de hierbas compradas a un egipcio.
—Lleva un copete en el pelo, ¿no? —le preguntó la de la voz estridente a Domicia.
—No..., no lo sé —dijo la pequeña.
—Pues sí no lo ves tú, que de las cuatro eres la más moza...
El niño se puso a llorar.
—¿Me lo sujetas? —le preguntó a Valeria mientras se lo pasaba sin esperar una respuesta y, a la vez, se sacaba un pecho.
Un hombre que se encontraba al otro lado y que solo tenía un ojo les ofreció un pellejo de vino.
—¿Queréis? Es peleón y está tan avinagrado que te rasca la garganta como si masticaras un puñado de tierra seca pero, al menos, cuando corra por nuestras venas nos divertiremos —dijo riéndose, enseñando una colección de dientes negros.
La pequeña de las hermanas, viendo el panorama, no lo dudó y echó un buen trago.
—¡Domicia! —dijo Valeria sujetándola la mano.
—¡Déjame! Esto va a ser más duro de lo que pensaba.
El sonido de las tubas y las trompetas anunció la inminente salida de los gladiadores a hacer la pompa: el desfile para presentar al público a los que iban a luchar en la arena.
Debajo de la misma, en el hipogeo, la vida era frenética para que todo estuviera preparado.
La luz que desprendían los cientos de antorchas era tenue. La humedad podía masticarse y una corriente de aire frío recorría los pasillos. Cientos de animales se repartían en las innumerables celdas. Desde fieras salvajes como leones, leopardos y tigres, hasta elefantes, osos y jabalíes. Cada bestiarius se afanaba provocando a los animales para que salieran a la arena nerviosos. Los doctores gritaban y alentaban a sus grupos de gladiadores.
Los esclavos y operarios corrían exaltados de un lado a otro cumpliendo las órdenes que les daban los lanistae.
Todo tenía que estar preparado y, por supuesto, perfecto.
El anfiteatro de los Césares dejaba poco a la improvisación y nada al azar.
La vida en las entrañas del recinto era incesante.
Los gladiadores entraron por el pasadizo que venía directamente del Ludus Magnus. Todos estaban concentrados, ese podía ser el último recorrido que hicieran en su vida y aquellos sus últimos pasos, y sus mentes lo sabían. En ese momento sobraban las palabras. Solo debían preocuparse del duelo que los enfrentaría esa jornada a la gloria o a un sueño eterno. Todos se detuvieron a examinar sus armas, infundiéndose aliento y rezando al ara en honor a Némesis, la diosa de la justicia y patrona de los gladiadores.
El último en entrar fue Probus, con su porte espectacular y cargado con una enorme confianza en sí mismo.
Se acercó a varios de los gladiadores que se encontraban en ese momento con la rodilla en el suelo mientras dedicaban una plegaria a sus dioses.
—Satur —llamó a uno de los murmillos—, recuerda no bajar la guardia cuando ataques. —Este asintió mientras Probus le golpeaba el hombro para infundirle ánimos antes de dirigirse a otro de los gladiadores—: Bassus —el hombre, al oír su nombre, se levantó—, lucha como sabes y ni Hércules podrá vencerte.
El veterano gladiador arengó a otros luchadores hasta que finalmente se detuvo para dirigirse a sus compañeros. Todos guardaban silencio. Desde los gladiadores novatos hasta los más experimentados, los primi pali, los condenados a morir, los doctores y los magistri que entrenaban a los luchadores, los esclavos, los operarios que se dedicaban a subir las trampillas, hasta los animales guardaron silencio cuando Probus tomó la palabra:
—¡Gladiadores! Negad los lamentos infinitos y el dolor que sentiréis cuando vuestra piel se vea sorprendida por el acero de vuestro rival.
Olvidad los túmulos que, mañana al alba, caerán sobre vuestras tumbas cuando el sol ya no caliente vuestro rostro. Simplemente preocupaos por levantaros y poneros de pie cada vez que caigáis, no desfallezcáis cuando vuestra sangre riegue la arena. No hay piedad para aquel que no lucha con valor. No hay recompensa para quien clava la rodilla en la arena solicitando clemencia. ¡Cerrad los ojos! Sentid el viento en vuestro rostro cuando salgáis ahí arriba. Imaginad vuestro nombre en boca de miles de gargantas, en los aplausos que van dirigidos a vosotros y en los gritos de aquellos que desean que os alcéis con la palma de la victoria. Sentidla, sentid la gloria en vuestro cuerpo como si ya hubierais vencido. Miles de personas están ahí arriba deseando veros a vosotros, los mejores gladiadores del Imperio. Lo peor que os puede pasar no es que perdáis, sino que no sepáis cómo vencer.
Sentid el pomo del gladius como si fuera una extensión de vuestro brazo.
Habéis venido a luchar, así que no dudéis de vuestro valor, no malgastéis vuestra fuerza y no escatiméis en vuestro arrojo. No hay dolor para quien no teme a la muerte. Vuestro destino os espera. ¡Enfrentaos a él!, ¿acaso queréis encontraros hoy con Caronte?
—¡No!
—¿Acaso queréis que este sea el último día de vuestra miserable vida?
—¡No!
—¿Qué somos?
—¡Gladiadores!
—¿Y qué ansiamos?
—¡La gloria!
—Pues vayamos a buscarla. Salgamos ahí afuera y démosle a Roma lo que ha venido a buscar.
Todos los gladiadores, contagiados por las palabras de Probus, gritaron enardecidos y golpearon sus armas contra los escudos haciendo un ruido ensordecedor. Los animales se encontraban nerviosos y asustados.
El ambiente se rompió por el sonido de las tubas que anunciaban la salida a la arena. Una plataforma se abrió sobre el techo que cubría sus cabezas y la luz y las voces de los miles de aficionados entraron como un torrente. El ruido fue atronador cuando, uno a uno, fueron saliendo a encontrarse con el pueblo de Roma.
El espectáculo comenzó con las venationes. Cazadores y hombres a caballo dieron muerte a cientos de animales, como si de una cacería se tratara. Los mejores venatores del Imperio dieron caza a pie, tan solo ataviados con una lanza, entre escenarios y decorados que imitaban la selva de África, a bestias traídas desde todos los rincones del orbe. A continuación una exhibición de animales exóticos y fieras salvajes se enfrentaron entre ellos.
A la hora del mediodía varios senadores se levantaron para ir a almorzar, era la hora de las ejecuciones y, de ese modo, podrían descansar hasta que llegara el momento que todos ansiaban: la lucha de los gladiadores.
En las gradas más altas ninguna alma se movía por miedo a perder su asiento.
En nombre del emperador Adriano, que acudiría solo a la lucha de los gladiadores, se lanzaron regalos al público. Bolas de madera eran arrojadas entre las gentes. En ellas, grabada, una inscripción indicaba el premio que recibiría el portador de esta. Había desde aves de todas las especies, vales de grano, piedras preciosas, esclavos, incluso ínsulas y tierras.
La lucha por alcanzar cualquiera de estos premios fue cruenta. La sangre no tardó en llegar entre quienes recibieron golpes, empujones y heridas por hacerse con una de las bolas que contenía algún premio. La gran mayoría de ellas cayeron en las gradas de los senadores. En el segundo anillo cayeron otras muchas; algunos se acercaron hasta allí para probar suerte, pero el tropel de personas ansiosas era tal que algún ciudadano murió aplastado.
Una vez que los ánimos se calmaron y las revueltas cesaron, se continuó con el espectáculo.
—Tito, ¿cómo es tu vida en Reate ahora que diriges su collegium iuvenum?
—preguntó Valerio Iucundo.
—Tengo todo aquello que deseo. Roma siempre es peligrosa para hombres de mi posición y de mi riqueza, estar a tan solo dos jornadas de aquí me
permite vivir sin miedo a esas alimañas del Senado y, de ese modo, puedo visitar la capital del Imperio siempre que lo deseo —respondió Tito Flavio.
—Celebro que te vaya bien —musitó Valerio pensativo.
—Y ahora bien, querido amigo, ¿vas a contarme el motivo de que hayas aceptado, por primera vez, venir conmigo al anfiteatro?
—¿Acaso no te alegras solo con mi presencia? —replicó el abogado.
Ambos rieron.
—¡Por todos los dioses! Dudo mucho que uno de los mejores abogados de Roma haya venido al anfiteatro para que disfrute de su presencia cuando ha rechazado acompañarme en cientos de ocasiones —dijo sonriendo—.
Cuéntame, querido amigo, ¿qué es lo que puedo hacer por ti?
—Reconozco que he venido por mis hijas, adoran las luchas de gladiadores, especialmente Valeria. Quería que vieran el anfiteatro por primera vez.
—Deben de estar ya en edad de desposarse. Venid a cenar un día a mi domus, Claudia se alegrará de verlas y trataremos el asunto.
—Hace años que nos conocemos, Tito. Desde entonces he sido tu abogado y te he considerado más que un cliente, más que un amigo, te he estimado siempre como a un hermano. He defendido siempre tus causas como si de las mías propias se trataran. He ganado todos los pleitos en los que he tenido que interceder por ti y, si bien es cierto que me has pagado en consecuencia, lo he hecho no por el dinero, sino por la gran amistad que nos une.
—No pongo en duda ni una sola de tus palabras. Yo también profeso por ti el mismo respeto, mi querido amigo. Pero no has contestado a mi pregunta.
¿Qué es lo que te preocupa y por qué has venido a verme? Haré por ti lo que necesites. Solo has de pedirlo.
Valerio estaba nervioso. Decidió no dar más rodeos y soltarlo sin más.
—Me gustaría pedirte que acogieras a mis dos hijas, como alumnas, en tu collegium iuvenum.
Tito Flavio se giró con la mirada cargada de sorpresa. Su tez de repente se tornó pálida.
—¿Acaso te has vuelto loco, Valerio?, ¿cómo puedes plantearme una cosa así?
El abogado suspiró.
—Sabes que no puedo hacer tal cosa —dijo Tito atónito—. Además, el collegium de Hostiliano, en Ostia, está alcanzando una fama majestuosa. Si acepto a tus hijas, todos sacarán de aquí a mis alumnos para llevar allí a sus hijos.
—¿Por qué no puedes hacerlo? No entiendo por qué dos mujeres de clase alta, dos feminae, no pueden entrar en tu collegium... —dijo Valerio levantando la voz.
—Llévalas al collegium de Tusculum, 2 allí sí aceptan mujeres. Las instruyen en tareas encaminadas a los ritos y prácticas relacionadas con las divinidades propiamente femeninas. Además, también las forman en competiciones atléticas.
—No es lo que quiero. Deseo que vayan a tu collegium y que se formen como los hombres.
—Nunca aceptaré mujeres en mi collegium, Valerio —interrumpió Tito—.
El papel de la mujer es ocuparse de sus hijos, de su marido y de su hogar.
Haz que reciban una educación propia de una buena matrona romana. Que aprendan a tejer para sus futuros maridos, pues esas son las funciones que han de hacer. Que aprendan a organizar y a mandar con mano dura las tareas que han de realizar las esclavas mientras nosotros instruimos a los hijos de las clases altas de Roma. En mi collegium educamos a los hombres en religión, deben conocer y respetar todas las divinidades que pueblan el Olimpo romano. ¿Qué lugar ocupa la mujer en todo eso? Adoctrinamos a nuestros futuros dirigentes en política y para ser buenos administradores.
¿Para qué necesita una mujer aprender política y oratoria? La élite social del Imperio nos confía a sus hijos para que el día de mañana las ciudades itálicas y las provincias imperiales sean gobernadas por los jóvenes de los collegia. Una mujer no puede ser votada en los comicios porque, como bien sabes, Valerio, no tienen derecho a presentarse. ¡No tienen influencia política en la sociedad del Estado romano!, ¿qué es lo que harían tus hijas en mi collegium?
—Todo eso podría cambiar, Tito. Las mujeres son igual de capaces que nosotros.
—Mira a tu alrededor, ¿pretendes que sea yo quien cambie toda nuestra forma de gobernar?, ¿toda nuestra historia?, ¿todo aquello que nos ha llevado a ser el Imperio que somos? Las mujeres nunca han gobernado porque son inestables. Ellas han de encargarse de la casa, y los hombres de los asuntos públicos, de los negocios y de las actividades legales y militares, de la vida fuera del hogar. Una mujer no puede arrojar una lanza o disparar una flecha, pero en cambio puede hilar telas mucho mejor que cualquier hombre y encargarse del resto de tareas domésticas espléndidamente.
Valerio endureció el tono.
—Durante más de ochocientos años Roma ha sido gobernada por hombres y mira dónde nos ha llevado. Imagina lo lejos que llegaríamos si además las mujeres tomaran parte en nuestra política, seríamos mucho más fuertes.
Mucho más poderosos.
—¿Acaso ves a una mujer dirigiendo ejércitos? ¿De verdad quieres hacerme creer que los hombres pueden respetar las órdenes de las mujeres en el campo de batalla? ¿Que lucharán con la misma determinación y que tendrán el mismo valor y arrojo que cualquiera de nuestros legionarios si fuera una mujer la que los dirigiera y liderara?
—Nos abrazamos a un mar de prejuicios si no damos nunca el primer paso a la hora de dudar. Si no les concedemos, aunque sea solo por una vez, la oportunidad de demostrar su valía. Mis hijas han sido educadas y entrenadas para, si no ganar, sí plantar cara en cualquier actividad o disciplina en la que desees enfrentarlas contra alguno de tus chicos. Pueden recitar de memoria cualquier verso de la Eneida de Virgilio y saben traducir cualquier texto del griego.
—Ya basta, Valerio. En Roma empiezan a hablar sobre ti. Las calles tienen oídos. Nadie ve con buenos ojos la defensa, tan a ultranza, que haces de las mujeres. Vas a echar a perder tu fama por defender una causa perdida. Lo siento, tus hijas no tienen cabida en mi collegium, no aceptaré a una mujer por mucho que te respete y te admire, querido amigo. Pídeme cualquier otra cosa, lo que necesites, pero eso no.
El abogado se quedó pensativo en su asiento. La respuesta había sido muy contundente. Suficiente por ese día.
—Sé que lo haces por honrar la memoria de Domicia —continuó Tito Flavio con el tono más relajado—. Que la tierra le sea leve a tu difunta esposa, pero has de reaccionar y dejar que las cosas sigan como están. Y
ahora será mejor que vayamos a almorzar.
Valerio Iucundo asintió con la cabeza. Cuando ambos se pusieron en pie, el abogado se giró para mirar fijamente a Tito Flavio.
—Es el vientre de una mujer el que durante meses nos acoge y nos convierte en lo que somos. Son ellas las que guían nuestros primeros pasos, las que sufren cuando nos caemos y las que se estremecen cuando algo nos perturba. Las mismas que nos acunan cuando no podemos dormir y los mismos ojos los que se emocionan cuando la risa asoma, por primera vez, a nuestro rostro. Cuando se convierten en nuestras esposas, deseamos volver al hogar, al calor de sus brazos, y en la alcoba son sus palabras, susurradas en nuestros oídos, las que nos hacen perder la cabeza. Pocos placeres nos
producen más deleite que cuando levantamos a nuestras hijas, recién nacidas, del frío mármol reconociéndolas como nuestras. Y nada nos complace más que verlas crecer felices. Son ellas, Tito, ellas, las que nos convierten en lo que somos y nosotros no somos nada cuando las condenamos al abandono del hogar y les damos la espalda sin querer escuchar lo que piensan. Cuando, poco a poco, las apartamos de nuestra vida y renegamos de ellas hasta hacerlas infelices. Desaprovechamos su valía, su capacidad, su cariño, sus consejos. Cuando las olvidamos al ocaso de los días y al abandono del tiempo.
Tito Favio lo miró en silencio, sopesando cada una de las palabras que se habían clavado en su pecho como un afilado puñal.
—Lo pensaré, Valerio, pero no te hagas ilusiones.
El abogado asintió con la cabeza y ambos abandonaron sus asientos para dirigirse a almorzar a la cercana casa de Tito Flavio. Valerio observó, antes de irse, la grada superior donde se encontraban sus hijas, maldiciendo una vez más.
Arriba Valeria y Domicia disfrutaban de un increíble día de espectáculos.
La gente gritaba enfervorecida. Se desgañitaba cuando alguno de los hombres que estaba en la arena era ajusticiado.
La pequeña de las Iucunda se llevó las manos al rostro.
—Son violadores, asesinos y ladrones —le dijo el hombre de un solo ojo—.
No debes sentirte mal. Roma se limpia así de los despojos humanos.
Cuando quedaban tan solo unos pocos condenados sobre la arena, la mujer que sostenía al niño sacó de una bolsa de tela un recipiente con comida; su acompañante hizo lo propio.
—He traído salchichas con salsa de vino —dijo.
—Yo he traído carne de cerdo cocinada con verduras. También varios mendrugos de pan.
Valeria y su hermana desanudaron el trozo de tela que les había dado Saurea y sacaron un poco de pan empapado en aceite de oliva. El hombre de un solo ojo observaba toda aquella comida relamiéndose.
—¿Solo habéis traído eso? —preguntó la mujer del bebé.
Valeria asintió con la cabeza.
—¡Por todos los dioses!, ¿cómo queréis que os crezcan los pechos? Mirad, estáis escuálidas. A los hombres les gustan las mujeres con curvas donde poder agarrarse. Tomad, anda, tomad y comed para que podáis encontrar un marido.
Las mujeres compartieron su comida y el hombre de un solo ojo hizo lo propio con el pellejo. Los cinco, entre risas y alegría, dieron cuenta de toda la comida y el vino.
Cuando terminaron las ejecuciones, empezaron los duelos de los gladiadores.
Tito Flavio y Valerio Iucundo volvieron a tomar sus asientos, al igual que muchos hombres que habían cerrado ya sus negocios para poder ver el espectáculo.
La tarde empezó, para que el público entrara en calor, con un gregatim, combate en grupo donde varias decenas de gladiadores sin experiencia lucharon hasta que todos salvo uno alcanzaron la muerte.
Varias parejas de gladiadores tunicati 3 abrieron los enfrentamientos individuales ante el abucheo del público e insultos y los lanzamientos de fruta podrida. Justo ese fue el momento en el cual el emperador Adriano entró en el pulvinar ante el aplauso y los vivas de toda la grada del anfiteatro.
—Curioso, ¿no es cierto? —preguntó Tito Flavio—. Cuando salen a combatir los gladiadores homosexuales, justo hace entrada el emperador.
—No lo acompaña Vibia —dijo Valerio.
—Parece que la emperatriz se ha vuelto completamente loca —contestó Tito—. Desde que el emperador se ha enamorado perdidamente de un efebo de Bitinia, Vibia Sabina ha entrado en una oscuridad que, dicen, le costará la vida.
—Pobre mujer —contestó Valerio.
—No me preocupa lo más mínimo ella pero, por todos los dioses, ¿qué será lo próximo que verán mis ojos? Si el primer hombre de Roma, el más ilustre de entre los habitantes del vasto Imperio, tiene la moralidad propia de los que visitan las termas en busca de placeres degradantes, la funesta ira de los dioses caerá sobre nosotros.
—Cada uno es libre de entregar su cuerpo a quien estime.
—¿Acaso te has vuelto loco? Cada día te entiendo menos, ¿ya no solo te parece suficiente defender a las mujeres, sino que vas a hacer lo propio con los sodomitas?
Valerio se encogió de hombros y Tito alargó la mano para coger su copa de vino y dar cuenta de todo su contenido, visiblemente indignado.
Las luchas individuales empezaron cuando el anfiteatro estaba lleno a rebosar.
Los combates se sucedieron uno tras otro. El público, extasiado por los duelos, decidía el destino de los luchadores solicitando la missio a quienes luchaban con valor o la iugula a quienes consideraban que no habían luchado con coraje. Todo tipo de gladiadores se dieron cita en la arena.
Desde essediarius, gladiadores que luchaban en carros, pasando por los típicos — thraeces, murmillones y oplomachi—, hasta los menos frecuentes, como los andábatas, luchadores con casco cegado que provocaron las risas del público.
Un enfrentamiento entre un retiarius y un scissor levantó los mayores aplausos.
Tito se lamentó al ver a su tipo de gladiador favorito.
—Ya no hay retiarii como los de antes —dijo este apesadumbrado—. ¿Has visto cómo huía cuando su rival atacaba con la cuchilla?
—Valeria dice que estos gladiadores siempre han sido los infames entre los infames —contestó el abogado.
—Sí, pero es el único que tiene el valor de mostrar su rostro. El único cuya defensa, en la mayoría de los casos, es su inteligencia. Como Aracintho, el gran retiarius hispano a quien Trajano otorgó la rudis. Ese hombre era tan diestro con la red y el tridente que no había rival que quisiera enfrentarse a él.
En ese momento dos mujeres hicieron entrada en la arena del anfiteatro.
Vestían una greba alta en la pierna izquierda y un subligaculum. 4 En el brazo derecho una manica protegía toda su extremidad. Esa misma mano esgrimía un pugio y la izquierda un escudo alargado como el de los provocatores. El pecho estaba descubierto y en la cabeza un casco con dos enormes plumas apuntaba al cielo de Roma.
Una de ellas tenía la piel negra y lucía un cuerpo bastante esbelto. La otra gladiadora, con la piel muy blanca, era mucho más ancha, rozando la obesidad.
Valerio las observó sin decir nada, fijándose en todos los detalles.
Desde donde se encontraba, pudo ver que la luchadora de piel blanca lucía una enorme quemadura con la letra H en la pierna, a la altura del muslo.
Imaginó que la otra gladiadora, a pesar de que en su piel no se distinguía, también llevaba el mismo signo.
—Pertenecen a Hostiliano —comentó Flavio—. Obsérvalo, está cerca del césar. Ese maldito magister de Ostia se está haciendo popular. Los senadores empiezan a preferir su collegium al mío. Además, presume de ser el primero en presentar en Ostia a quince mujeres gladiadoras en un solo
día. No solo entrena a sus esclavas, sino que empieza a traer luchadoras de todos los rincones del Imperio.
—Espero que estas gladiadoras nos den un buen espectáculo —contestó Valerio.
—¿A quién le importa? Solo quiero ver cómo se bambolean sus pechos.
¿Para qué son las mujeres gladiadoras si no? Un día iré al lupanar de Domicia y solicitaré fornicar con una de sus chicas ataviada con esta panoplia. ¿Acaso no te gustaría tenerlas debajo de las sábanas con ropas que son propias de hombres?
Valerio no contestó.
Desde su entrada en la arena, los gritos y las barbaridades de los miles de gargantas masculinas no se hicieron esperar, arrojándoles todo tipo de insultos y obscenidades.
Valeria y su hermana se miraban perplejas.
El duelo comenzó entre los abucheos y las burlas del público. Nadie prestaba atención a sus movimientos ni a la destreza en su lucha. Nadie observaba sus golpes ni valoraba su arrojo. Solo les pedían que saltaran para ver cómo sus pechos se movían o solicitaban que se agacharan para comentar el tamaño de sus muslos.
—¿Por qué les gritan todas esas barbaridades? —preguntó en la grada alta Valeria a la mujer que sostenía al bebé.
—Todos los hombres tienen fantasías sexuales con ellas —respondió.
—Pero... ninguno presta atención al duelo, y están compitiendo con mucho valor —dijo Valeria.
—A los hombres no les interesan las luchas de gladiadoras. Solo quieren excitarse antes del duelo de Probus.
Valeria no comentó nada más, se quedó pensativa tratando de entender todo aquello.
El combate acabó en empate y las dos luchadoras abandonaron la arena acompañadas de las mismas vejaciones con las que habían hecho su entrada.
Los músicos tocaron sus instrumentos para anunciar que el duelo más esperado de la tarde, el de Probus, iba a comenzar.
Los dos gladiadores hicieron su triunfal entrada.
Probus era de la familia de los thraeces, por tanto, lucía un yelmo con un grifo y un extravagante penacho de plumas. Las grebas por encima de la rodilla, la manica en el brazo derecho, el pequeño escudo negro que
mostraba un ave fénix y la sica, la espada curva, formaban toda su panoplia y su increíble puesta en escena.
Lo recibieron con un ensordecedor vocerío.
—Sabe cómo ganarse al público —dijo el hombre de un solo ojo—.
Maldigo no poder disfrutarlo con los dos.
Valeria y su hermana no pestañeaban. Se pusieron de pie para ovacionar al hombre al que Roma aclamaba, contagiadas por el júbilo que mostraban el resto de los asistentes al duelo.
—Si a ese lo coge mi esposo, le dura menos que un rayo atravesando el cuerpo de un hombre —dijo la mujer del niño—. Menudo es cuando me agacho en la cocina. Se pone como un caballo desbocado, no lo frena ni toda la familia de gladiadores que han luchado hoy. Este es el décimo hijo que me hace.
—¿Qué le has dejado de comer? —preguntó su amiga.
—Caracoles. Que se le vaya calentando la lengua para cuando llegue yo.
Ambas rieron a carcajadas. Valeria y su hermana se miraron suspirando.
El duelo entre Probus y su rival, el murmillo Amandus, estaba a punto de comenzar.
El sol ya no penetraba por entre las telas del velarium, el día llegaba a su ocaso, pero quedaba suficiente luz para que el duelo pudiera celebrarse. Las apuestas ya estaban hechas, los puños cerrados y la enorme mole de piedra, mármol y ladrillo guardaba un respetuoso silencio.
La vara del summa rudis era lo único que separaba a los dos luchadores.
El árbitro sintió los miles de miradas que estaban clavadas en él esperando a que diera la orden.
No lo demoró más. Dirigió una última mirada a los dos luchadores levantando la vara por encima de su cabeza para gritar con fuerza:
— Pugnate!
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