Gladiadoras
Capítulo II
Nicomedia, 1 124 d. C.
Comenzaba un nuevo día en la ciudad cercana a las aguas del Pontus Euxinus. 2 La alborada se desprendía sin prisa de la bruma nocturna y el sol ocultaba las últimas estrellas en el cielo, junto al vuelo de los pájaros.
La placidez contrastaba con el ritmo desaforado en la villa del procónsul Lucio Catilio Severo, donde el ajetreo de cientos de esclavos afanándose en las tareas diarias era frenético. El dominus contaba con cientos de siervos allí donde el Imperio le ordenaba acudir y le gustaba supervisar y ordenar con mano dura. Entre su séquito estaban los mejores sirvientes domésticos traídos desde Cirene y, en todos aquellos lugares donde acudía, se hacía con los esclavos, a su entender más capaces, y de las esclavas, a sus ojos más bellas.
Sin duda, una de ellas era la joven Helena. Sus ojos color avellana, su larga melena castaña y su piel tostada no pasaban nunca desapercibidos entre los invitados de las famosas cenas que Catilio Severo celebraba.
La joven esclava, de quince años, charlaba animadamente con Helvia, su abuela, en la cocina de la villa mientras hacían pan como cada mañana. Ese día debían elaborar mucha más cantidad de la habitual, dado que esperaban la visita del emperador Adriano y, junto al césar, su interminable séquito de principales militares, funcionarios y asesores.
—No dejo de pensar en él —dijo Helena suspirando.
—Ve a por más harina —contestó su abuela con una sonrisa en los labios, acostumbrada a escuchar los sueños de su nieta.
—Es tan guapo, abuela —comentó la joven completamente absorta en sus pensamientos.
—¡Helena!... La harina —dijo de nuevo Helvia levantando la voz.
—Cuando veas su rostro por primera vez, te sorprenderá su belleza.
—¡Niña! —gritó su abuela con un tono que hizo que Helena se asustara—.
Ve al molino a por más harina o el dominus se enfadará si el pan no está
listo a tiempo. Y deja de hablar de ese semental. Los hombres acarician a los caballos solo para poder montarlos.
Helena se encaminó hacia la tarea.
Al salir al patio, pudo observar el extenuante trabajo de los demás esclavos en la villa para que todo estuviera preparado. Había quienes supervisaban los aparejos para salir al campo, algunos atendían a los caballos en las caballerizas y otros se afanaban con la prensa de aceite en uno de los extremos. El olor de la amurca que desprendían las aceitunas amontonadas inundaba el patio y se mezclaba con el de sudor y el del miedo de los esclavos a las represalias de Catilio Severo si algo no era de su agrado.
Helena, acostumbrada a aquel hedor, no se inmutó, pero agradeció el alivio que le procuró la brisa fresca que se desplazaba sigilosa mezclándose entre sus cabellos. La joven esclava se dirigió al almacén, justo al lado de las cocinas, donde se hallaba el molino. Al doblar la esquina se chocó con otro esclavo y se le cayó la cesta. Trató de recomponerse del susto, sin levantar siquiera la cabeza, y se agachó para recogerla. El inconfundible olor del siervo hizo que levantara la vista y sus ojos se encontraron con los del hombre por quien tanto suspiraba.
Se levantaron a la vez. Él miró a un lado y a otro para ver si alguien los observaba, y solo las paredes de la villa fueron testigos del apasionado beso que se dieron.
—No hay un solo momento del día que no piense en ti —le dijo ella al oído.
—Esta noche, cuando todos duerman, nos vemos detrás de la fuente —
respondió él.
—Te echo tanto de menos cuando no estoy contigo.
—Yo también, pero ahora alguien puede vernos.
Se despidieron, aunque sus dedos luchaban por no desenredarse.
Helena se recompuso respirando profundamente. Entró en el almacén, donde varios esclavos hacían girar el eje vertical con esfuerzo. Sin decir nada, cargó su cesta con harina y regresó deprisa a la cocina.
En la entrada se quedó parada unos instantes observando la tierna figura de Helvia. Todos los esclavos adoraban a su abuela. Los huérfanos la querían como a una madre, y quienes contaban con el amor de sus padres la estimaban como a uno de sus seres más queridos. Helena sonrió ante las formas redondas de la anciana. Las piernas estaban hinchadas por los años, con su piel fina y casi transparente. Helvia era tan mayor como mostraban sus manos; estas temblaban en un movimiento incontrolable. Cuando se
ponía nerviosa y sufría alguna crisis, el tembleque se extendía no solo por las extremidades, sino por todo el cuerpo.
Aquello desesperaba al dominus.
La anciana terminaba de mezclar una masa de harina en forma de pan.
Helvia no pudo sujetar el cuenco donde había posado la mezcla y se cayó haciéndose añicos.
Helena dejó con cuidado el cesto de harina y acudió con rapidez a recoger los pedazos de terracota esparcidos por el suelo.
—No pasa nada, yo lo recojo —dijo.
—Mis manos intentan decirme que ya son pocas las cosas que esta anciana puede hacer —comentó su abuela abatida, y se sentó.
—Tonterías.
Helena abrazó el cuerpo rechoncho de su abuela. Helvia cerró los ojos y apretó a su nieta contra sí relajándose ante la muestra de cariño.
En ese momento, Lucio Catilio Severo entró en la cocina.
—¿Se puede saber por qué no estáis trabajando?, ¿acaso queréis que os azote? —dijo en un tono alto y autoritario.
—Perdón, domine —contestó Helena, y soltó a su abuela, como si una enorme fuerza las hubiera separado de golpe, para volver a la tarea.
La bella esclava se dio la vuelta para coger el cesto de harina. Con la cabeza agachada, observó la figura imponente del dominus. El peso de los años empezaba a hacer mella en él. Su túnica estaba impoluta y, a pesar de ser muy amplia, no conseguía disimular la enorme barriga. La cabeza resultaba pequeña en comparación con el cuerpo. La prominente calvicie, que tanto lo atormentaba, otorgaba a su pálido rostro un aire austero y serio. Sus cejas grises, peinadas hacia arriba, le conferían un aspecto que intimidaba. En la mano, una pequeña fusta anunciaba un doloroso castigo si era desobedecido, si algo le desagradaba o, en ocasiones, simplemente por capricho.
Helena, a pesar de que en sus quince años Catilio aún no le había puesto la mano encima, sentía pánico ante él.
—A lo largo del día recibiremos la visita del emperador Adriano, quiero que todo esté perfecto, ¿entendido? Espero que no me des problemas —dijo mirando a Helvia.
Ambas asintieron.
—Mi domine —respondió Helena con la voz temblorosa cuando Catilio se disponía a darse la vuelta.
—Habla —dijo el procónsul.
—Mi abuela no tiene las manos en buen estado. Quizá debería ocuparse de alguna labor que no se realice a la vista.
—¿Acaso eres tú quien decide ahora las tareas? —contestó interrumpiendo a la joven y apretando la fusta—. Los imperios como el mío no se mantienen con gente débil. Seguirá en las cocinas y, si no es capaz de controlar ese insoportable temblor, mi paciencia se acabará y me desharé de ella.
—Estoy bien, domine —contestó Helvia molesta porque su nieta hubiera intercedido por ella.
—¿Serás capaz de trabajar?
—Haré lo que se me ordene, como siempre he hecho; al menos, hasta que Plutón decida poner fin a mis días.
—Más te vale. Y ahora seguid trabajando y no me hagáis perder más el tiempo —concluyó Catilio y abandonó la cocina.
—Un día se envenenará con su propia saliva —dijo Helvia.
—Deberías de medir tus palabras sobre él. Tengo miedo por ti, miedo de que alguien te oiga y se lo cuente. Tú, que puedes leer en los ojos de los hombres, sabes que su crueldad no tiene fin —respondió Helena.
—Lo único que veo es que cada día su barriga es más abultada —continuó Helvia—. El día que muera Caronte tendrá que llevar la barca a nado o ambos se hundirán.
—No empieces. —Su nieta empezó a reírse.
—Me da miedo que hables por mí, Helena, el dominus puede considerarlo una debilidad y nada atormentaría más mis noches que el hecho de que te pasara algo por mi culpa.
La joven la miró con ternura.
—Y ahora será mejor que sigamos —continuó Helvia—. Si vuelve lo lamentaremos. ¿Por dónde íbamos?
—Estaba hablándote de mi amado —dijo Helena apretando las manos y mirando al techo.
—¡¿Otra vez?! —preguntó su abuela suspirando.
—Ojalá algún día podamos tener una casa con vistas al mar, donde cada mañana me despierten sus besos y donde el batir de las olas sea lo primero que mis oídos perciban cada mañana.
—Ya tienes edad para entender que ese mundo que ansías, al lado de ese esclavo, para alguien de nuestra condición es casi imposible —comentó Helvia.
—¿Por qué, abuela? —dijo Helena extrañada—. ¿Acaso no puedo soñar con tener una vida como la de cualquier mujer libre? Solo deseo hacer pan cada mañana, preparar el fuego para que, cuando mi amado llegue cansado de trabajar, se reconforte al calor de nuestro hogar. Cuidar de mis hijos, vivir la clase de vida que se espera de una mujer romana.
—¿Como una mujer romana? Si tu madre te oyera, se arrancaría las orejas.
Odiaba a los romanos. La rebeldía corría por sus venas como si de un caballo desbocado se tratara. El abuelo de tu abuelo fue uno de los principales generales de Nicomedes, el último rey de Bitinia. Aliarse con los romanos fue la perdición de esta familia y de tantas otras. Siempre los hemos odiado ¿y tú ansías ser como ellos? Ninguno habría querido esa clase de vida que tanto deseas.
—Hace más de cien años que somos romanos. Tú me enseñaste que del pasado solo se puede aprender. ¿Acaso esta esclavitud es mejor? ¿Acaso esa descendencia y esa rebeldía de las que siempre me hablas nos han dado una vida llena de riquezas? Mira a tu alrededor, no tenemos nada, salvo un dominus que nos trata como si fuéramos animales. Si mis padres no se hubieran comportado del modo que lo hicieron, tú y yo no estaríamos aquí ahora. Yo tendría el hogar que siempre he soñado, junto a mi amado, así que no me hables de la rebeldía de una familia a la que no conocí y que no me ha dado esa vida que suspiro por tener —dijo Helena con un tono de voz más alto de lo esperado.
Su abuela se quedó seria.
—Lo siento —comentó arrepentida la muchacha.
—No..., llevas razón. Solo soy una vieja que no piensa lo que dice o que añora un mundo que nunca volverá. Tu madre y tu padre murieron hace años por intentar recuperar un tiempo que ya nadie recuerda. —La anciana observó las paredes de la cocina con añoranza—. Esto es lo que nos queda.
Aunque ahora seas una esclava, te has criado como una romana, es normal que quieras ser como ellos. Quizá ese sea nuestro destino y, si yo no me he reunido ya con los nuestros, es por el miedo que tengo a dejarte sola con ese corazón tan bondadoso que tienes en un mundo gobernado por hombres. En un lugar donde solo encontrarás dolor. Lo veo en tu alma.
—Tú no te vas a ninguna parte. Todavía tienes que enseñarme muchas cosas —concluyó Helena abrazándola de nuevo—. ¿Cómo era mi madre?
A Helvia se le iluminaron los ojos mientras volvía a amasar la harina.
—Eres su viva imagen; te miro y es a ella a quien veo, pero tu corazón late de diferente manera. Tú eres cariñosa y sumisa, tu madre era rebelde e
ingobernable. —Helvia hizo una pausa—. Por eso me la arrebataron, siempre consideró unos invasores a quienes ahora nos gobiernan.
—Abuela, nunca has querido hablar de por qué los mataron. Creo que ya ha llegado el momento de que me lo cuentes, necesito saber...
A Helvia se le ensombreció la mirada.
—Es doloroso. Me resulta difícil hablar de ello, pero tienes razón, debes saberlo todo. —Helvia cogió suavemente la mano de su nieta y comenzó a hablar en susurros—: Intentaron envenenar al anterior procónsul con belladona, una planta que crece por estas tierras. Como represalia, los mataron a todos salvo a ti y a mí, que nos hicieron esclavas.
—¿Y mi madre participó en esa conjura?
—Tu madre tenía más valor que la mayoría de los hombres que habitan estas tierras. Era una mujer valiente, prefería morir libre a vivir toda su vida arrastrándose como una cobarde. Tú y yo siempre hemos sido diferentes.
Más sumisas.
—¿Me estás diciendo que mi madre sabía luchar como los hombres?
—Ya lo creo. —A Helvia le brillaron los ojos de orgullo—. Tu abuelo la enseñó.
—¿Y era buena?
—¿Buena? Era como esa raza de mujeres guerreras de las que los griegos hablan. Era una auténtica amazona.
Catilio Severo seguía comprobando los trabajos que realizaban sus esclavos. Como si de un ritual se tratara, cerraba los ojos intentando percibir los miles de sandalias de las dos legiones que custodiaban al emperador. Miraba impaciente hacia las montañas buscando el polvo que delatara a la comitiva. Escudriñaba excitado la puerta de acceso a la villa para comprobar si se aproximaba una avanzada de la guardia pretoriana.
A pesar de que tenía una buena relación con el emperador Adriano, estaba extremadamente nervioso debido a su visita.
Catilio era natural de Apamea, en la provincia de Bitinia, pero tenía claro que su futuro estaba lejos de Asia Menor. Había desempeñado en Roma todos los cargos del cursus honorum, 3 quizá algo más tarde de lo habitual, y tenía una carrera ejemplar y envidiable. El anterior emperador, Marco Ulpio Trajano, lo había nombrado cónsul, el cargo más alto y honorable que un romano podía alcanzar por debajo del césar. De Adriano obtuvo un segundo consulado diez años después, algo que lo llenaba de orgullo. Pero el precio de ver cumplidos sus sueños fue demasiado caro. Al terminar su mandato,
tenía que ser enviado como procónsul a una provincia y, de todas las del Imperio, se vio obligado a volver a su odiada tierra natal. Todo lo obtenido, en gran parte, se lo debía a su ventajoso matrimonio con la viuda y rica Curtilia Mancia, cuyos contactos elevaron su posición. Su esposa se encontraba en la capital del Imperio, dado que no soportaba estar fuera de Roma, y él se sentía solo y hastiado en ese inhóspito lugar que tanto detestaba.
Sin embargo, gracias a la intervención de la diosa Fortuna, se le había presentado la oportunidad de abandonar esas tierras. Tan solo unos meses antes un terremoto había arruinado los principales monumentos y templos de la provincia, y a eso se debía la inminente visita del césar para comprobar el estado de las ciudades. Catilio Severo sabía que la inspección de Adriano era una ocasión inmejorable para convencerlo de que su verdadero sitio estaba en Roma. Haría lo que fuera por volver a la capital del Imperio. Mataría incluso a todos sus esclavos y haría desaparecer toda la provincia de Bitinia para que se cumplieran sus deseos de vivir junto a su familia.
Absorto en sus pensamientos, se acercó a la herrería para comprobar que las armas con las que saldría a cazar con el emperador se encontraban afiladas y a punto.
Al entrar, el calor que emanaba la fragua lo golpeó en la cara junto al olor metálico del fuego y al sudor que desprendían sus esclavos. El ruido del herrero al golpear los hierros con los martillos retumbó de un modo insoportable en sus oídos.
Todos se afanaban en su tarea. Las túnicas estaban negras debido al polvo y a la ceniza que se pegaba a los cuerpos empapados por el esfuerzo. Uno de los esclavos, encargado de mantener y soplar la llama de la fragua, bebía agua de una pequeña tinaja y se limpiaba el hollín del rostro tomándose un descanso.
Bien por el nerviosismo que recorría su cuerpo, bien por la irascibilidad que sentía debido al calor sofocante de la herrería, o bien por su carácter apático con los esclavos, Catilio Severo golpeó con la fusta el hombro del esclavo.
El golpe hizo que la tinaja se cayera al suelo.
—¿Acaso crees que en un día como este puedes siquiera parar a beber agua? ¿Acaso crees que voy a renunciar a mi destino porque alguno de vosotros no hace lo que debe? Sigue atizando el fuego o te golpearé hasta matarte.
El muchacho, frontándose el hombro para calmar la carne enrojecida, hizo lo que se le ordenó.
—Mi domine —dijo desde la puerta Maro, el atriense 4 de la villa—, varios jinetes con uniforme de pretorianos se acercan por la colina.
Catilio Severo se dio la vuelta con el rostro sobrecogido.
—Vayamos a la puerta, deprisa —contestó—. Espera...
El atriense detuvo sus pasos. Los herreros y los ayudantes miraban nerviosos a su señor, que reflejaba en la cara el miedo de no tenerlo todo controlado.
—Ordena a todos los esclavos que trabajen con más ahínco... Espera...
Mejor no. Que se pongan una túnica limpia, apestan como la letrina de un mendigo, y que esperen en el patio de la villa en señal de respeto... Eso es..., hazlo... ¡Vamos! No me hagas repetirlo. Si algo no es de mi agrado o algún miserable de vosotros me deja en evidencia delante del césar, juro por los dioses que lo pagaréis con vuestra vida.
El atriense hizo un gesto a quienes se encontraban en la fragua para que salieran al patio. A continuación se marchó rápidamente para ordenar al centenar de esclavos que trabajaban en la villa que salieran tal y como le había dictaminado el dominus.
Catilio Severo se dirigió a recibir a los guardias pretorianos con decisión en su caminar, pero con el corazón bombeando en el pecho con la misma fuerza con la que, unos instantes antes, los herreros golpeaban el hierro candente. En el aire retumbaba el batir del estrépito de los centenares de sandalias sonando al unísono.
Aquel marcial ruido, que durante siglos había atormentado a miles de personas en todos los rincones del Imperio, lo hacía ahora en la mente de Catilio Severo.
Una avanzadilla de dos guardias con el negro uniforme cubierto por el polvo del camino se apeó de los caballos, tan fatigados que mostraban en sus crines el sudor.
—Salve, procónsul —dijo uno de ellos haciendo el saludo correspondiente.
—Salve, pretoriano —contestó Catilio Severo.
—El augusto emperador, Adriano, se encuentra a tan solo unas millas de aquí.
—Aquí todo está preparado para recibir a nuestro magnánimo príncipe, junto a todos los mandos y el personal de servicio, para que su estancia sea digna del césar. Las legiones pueden acampar al oeste, donde el terreno es más llano.
—Sea —dijo el pretoriano cuadrándose.
Una hora después todos los esclavos propiedad de Catilio Severo se encontraban en el patio esperando la entrada del emperador. Una litera, custodiada por ambos lados, hizo entrada en el patio de la villa, seguida de sus principales asesores y el prefecto del pretorio.
El césar, Publio Elio Adriano, se apeó y se dirigió con los brazos extendidos hacia su anfitrión. Por detrás de él, su inseparable jefe de la guardia pretoriana, Quinto Marcio, y su secretario imperial, Julio V estino.
—Querido Lucio —dijo de modo muy efusivo el emperador.
—Salve, mi querido césar —contestó con la voz nerviosa y la cabeza inclinada Catilio Severo.
—¡Por todos los dioses! No es necesario que te inclines. Tú no, Catilio. Tú me conoces desde que ambos éramos compañeros de armas. El que no sabe valorar a sus viejos amigos como la riqueza más grande que existe será siempre desdichado aunque sea el dueño del mundo. Te veo bien. —El césar palpó la prominente barriga del procónsul—. ¿Acaso has decidido comerte hasta la tierra de esta provincia?
Catilio rio el comentario relajando un poco el tono de voz:
—Y tú sigues luciendo esa barba al estilo griego que tan bien te sienta, mi césar.
—Soy el primer emperador que luce barba porque ser diferente en un mundo que está constantemente tratando de hacerte igual que el resto es el mayor logro que puedo alcanzar.
Todos los esclavos contemplaban la escena.
Helena se encontraba junto a su abuela, a quien le costaba mantenerse en pie. Sus manos no paraban de temblar.
—¿Aguantas? —preguntó la joven disimuladamente.
—Sí, mejor que el dominus. Aunque creo que lo será por poco tiempo. Algo me dice que pronto su enorme barriga dejará de taparnos el sol.
—Siempre me preguntaré por qué sabes ese tipo de cosas.
Helvia no contestó.
El emperador seguía conversando con Catilio Severo.
—Imagino, mi césar, que te encontrarás agotado y sediento —dijo el anfitrión.
—Tanto que la boca me abrasa. El viaje ha sido largo.
—Si es del agrado del césar, he preparado unas jarras del vino que tanto te gusta.
El césar, complacido, asintió con la cabeza.
—Celebremos, por tanto, nuestra vieja amistad. He quedado gratamente satisfecho con lo que he visto hasta ahora en la provincia. Mañana visitaremos la ciudad. Sin duda, una vez más, has hecho un trabajo excelente, no esperaba menos de ti, pero hablaremos de ello más tarde.
Catilio Severo se sintió satisfecho, la visita empezaba con buen pie.
—¿Quizá, cuando el césar haya descansado, le gustaría salir a cazar? —
preguntó el procónsul—. En ese cercano bosque encontraremos el rastro de decenas de jabalís.
—Ahora entiendo el tamaño de tu barriga. Seguro que tus esclavos te llenan la panza con la carne de esas bestias —dijo Adriano con sorna ante la risa de los que estaban cerca—. Si fueran especies de jabalí de Calidón no lo dudaría, pero prefiero ir en busca de venados.
—Sea, mi césar.
Catilio Severo se dirigió junto al emperador al interior de la villa seguido de los mandos más importantes.
Los esclavos volvieron a sus trabajos, especialmente los del servicio, quienes entraron en la domus5 apresurados para satisfacer los deseos del dominus y del emperador Adriano.
Helena alcanzó a su amado agarrándolo del brazo.
—¡Ah!..., eres tú —exclamó el joven asustado.
—¿Qué te ha ocurrido? —preguntó la esclava con preocupación.
—El dominus me golpeó en el hombro por beber agua.
—Maldito... No soporto que te haga daño —dijo Helena apretando los dientes.
—Ojalá pudiéramos abandonar este lugar —comentó el joven avergonzado
—. No lo soporto más. Siempre me está golpeando aunque no haya hecho nada malo.
—Ten paciencia, será por poco tiempo. —Helena miró hacia ambos lados para ver si alguien los observaba—. Mi abuela dice que el dominus pronto abandonará este lugar.
—Espero que así sea, lo odio —dijo el esclavo escupiendo las palabras, apretando los dientes y los puños.
—Debo ir dentro, o también se enfadará conmigo. Sigues siendo bello incluso disgustado, pero me gustas más cuando ríes —dijo Helena en voz baja.
El muchacho respondió con una sonrisa y sus pómulos se tiñeron de rojo.
—Estoy deseando abrazarte esta noche —repitió Helena para terminar la conversación con el esclavo.
—Tengo más ganas que nunca.
Helena se fue charlando junto a Aulo y Elia, dos esclavos de las cocinas. Su joven amado se dirigía a preparar los aparejos de caza cuando oyó una anciana voz a su espalda.
—Así que tú eres la llama que tiene prendido el corazón de mi nieta —dijo Helvia. El joven se ruborizó nuevamente, sin saber qué decir y mirando al suelo—. Sin duda, eres tan bello como Helena repite a todas horas. Levanta la cabeza. —Helvia le alzó con suavidad el mentón con su mano temblorosa
—. Deja que estos viejos ojos lean en los tuyos.
El esclavo obedeció.
La anciana observó su mirada detenidamente. La sonrisa inicial poco a poco se fue borrando. Sus ojos fueron perdiendo el brillo y se tornaron en preocupación, el rostro palideció. Las manos, de nuevo, comenzaron a temblar con más intensidad.
Sin decir nada, se dio la vuelta para marcharse.
El esclavo se quedó sorprendido; no le pasó desapercibido el repentino cambio de actitud de la anciana. Dudó.
—Espera —dijo agarrando con más fuerza de la deseada el brazo de Helvia
—. ¿Qué es lo que has visto?
Helvia observó primero la mano que sujetaba vigorosamente su trémula extremidad y levantó la mirada hacia el esclavo.
—Deja que sea el destino quien conteste a tus preguntas.
—Espera, por favor, te lo suplico, dime qué has visto y si saldré de este lugar —suplicó el esclavo.
—Solo son tonterías de una anciana que ve lo que se esconde a los ojos de los demás.
—Por favor, dime si alguna vez saldré de aquí.
Helvia lo miró fijamente.
—¿Es eso lo único que te importa? ¿Salir de este lugar? Es un deseo sencillo. Ahí tienes la puerta, puedes salir por tu propio pie.
—Sabes que no puedo hacer eso. Dime qué has visto —dijo apretando su brazo.
—Los dioses te guardan un futuro lleno de riquezas, pero la oscuridad brillará en tu alma hasta el final de tus días. —La anciana miró de nuevo la mano que sujetaba su brazo—. Será mejor que me devuelvas lo que es mío si no quieres contagiarte y derramar el vino constantemente el resto de tu vida.
Ambos se dispusieron a regresar a sus obligaciones. Helvia se giró.
—¿Cuál es tu nombre? Mi nieta nunca lo menciona —preguntó.
El esclavo se dio la vuelta despacio, más atormentado de lo que estaba un momento antes, pensando en las palabras de la anciana. La miró durante un instante sin responder, hasta que finalmente contestó:
—Mi nombre es... Antinoo.
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