Gladiadoras
Capítulo XLVII
Roma, 131 d. C.
El alba comenzó a iluminar las calles de Roma. Sus habitantes llevaban tiempo despiertos, impacientes por que diera comienzo, en el anfiteatro de los Césares, uno de esos días que se recordarían durante siglos. Incluso los dioses habían atendido a las plegarias dotando a la jornada de un sol que brillaba de un modo especial.
Probus volvía a la arena, y el duelo entre dos mujeres, Achilia y Amazona estaba en boca de todo un Imperio.
Días antes los jornaleros, patricios o caballeros que no habían conseguido una entrada intercambiaban toda clase de productos a quienes habían tenido la suerte de hacerse con una preciada tessera de hueso para acudir al anfiteatro. Desde vajillas de terracota hasta joyas y toda clase de lustrosos vestidos o túnicas se trocaban con tal de presenciar ese combate.
Por el anfiteatro, los patricios paseaban con sus mejores togas, muchos de ellos acompañados de sus mujeres, quienes únicamente iban a empaparse del entorno, a comparar sus vestidos con los de otras damas linajudas y sus trabajados peinados con los de otras feminae.
Marco caminaba en silencio, absorto en sus pensamientos. Se había levantado nervioso y cansado, dado que apenas había dormido en toda la noche. Durante varios meses había recibido todo tipo de amenazas para impedir el combate; muchos patricios, como Tito Flavio, no querían permitir que una femina luchara en el anfiteatro. Pero eso no le impidió seguir adelante, tal y como le había prometido a Domicia.
Llegó hasta las inmediaciones del anfiteatro. No le gustaban las luchas de gladiadoras, pero le había prometido a Domicia que iría. Sus ojos se abrieron, sorprendidos, ante la impresionante afluencia.
Pasó por los puestos. La mezcolanza de personas entre las que se movía era asfixiante. Podían adquirirse toda clase de objetos y recuerdos que
inmortalizaban el fastuoso día. Lucernas, vasos, vajillas y hasta juguetes para los más pequeños.
Unos actores con máscaras escenificaban la muerte de Pentesilea a manos de Aquiles. En el escenario estaban pintados los nombres de Achilia y Amazona.
Vendedores que lo agarraban del brazo para llevarlo a sus puestos anunciándole que tenían los productos más baratos de toda Roma, las lucernas de Amazona que más luz emitían o puñales con el nombre de Achilia para acabar con la vida de algún enemigo.
La comida rápida pasaba de mano en mano junto a los sestercios. El vino se trasladaba con rapidez de las ánforas a los estómagos.
Con esfuerzo, Marco consiguió llegar hasta las arcadas del anfiteatro. Allí, al lado del Coloso mandado construir por Nerón para decorar el vestíbulo de la Domus Aurea, se había citado con los amigos de Domicia: Sexto, Décimo y Lucio el Grandullón.
Sexto tenía el rostro serio. Por un lado, estaba feliz por la pequeña de las Iucunda, aunque no podía evitar la preocupación por el hecho de que se enfrentaría a la mejor gladiadora del Imperio. Sin embargo, también la tristeza se había apoderado de él por el recuerdo de Valeria. Miró al cielo y se imaginó, allí donde estuviera, lo orgullosa que estaría de su hermana.
Sonrió al pensar en lo mucho que la detestaba al principio de conocerla y cómo poco a poco prendió una llama en su corazón que nunca se extinguiría. La echaba tanto de menos. La vida era mucho más oscura desde que su luz se apagó. Desde que la perdió, ni siquiera él se había encontrado.
Marco se acercó a donde estaban los jóvenes.
—Domicia decía que no vendrías por nada del mundo —comentó Décimo.
—Media Roma discute con la otra media si se debe permitir a una femina luchar en el anfiteatro. Mi reputación quedaría en entredicho si el abogado que lo ha hecho posible no acudiera a ver el duelo.
—¿Esperamos a Thais? —preguntó Sexto tratando de recomponerse.
—Sería inútil, no podrá sentarse con nosotros dado que es una mujer, deberá hacerlo arriba, en el tercer anillo —contestó Décimo.
—Pues vayamos, entonces —comentó Marco.
Al girarse para dirigirse a la entrada del anfiteatro, chocó con un hombre y el golpe provocó que el zurrón que portaba el desconocido cayera al suelo.
—Lo lamento —dijo Marco mientras se agachaba para recoger la bolsa.
—No tiene importancia —comentó el hombre consciente de que el encontronazo había sido fortuito—. Vaya con sus amigos, yo lo recogeré.
Marco observó el extraño rostro del desconocido, tenía los ojos rasgados.
El hombre se levantó una vez que había recogido todas las hierbas y se volvió a dirigir a Marco:
—Disfrutad del espectáculo.
—No creo que lo haga —contestó Marco.
—Yo tampoco —respondió el hombre de ojos rasgados a modo de despedida.
Los tres amigos de Domicia se dirigieron con Marco a la puerta que marcaba su entrada; al ser patricios, era una de las mejores.
Lü se giró para comprobar que ninguna hierba se hubiera quedado en el suelo. Había ido a comprar algunos ingredientes. Quería hacer una mezcla que ayudara a Helena a aguantar el dolor sin que la adormeciera demasiado.
Sabía que poco podía hacer ya por ella, pero que al menos le diese energía para luchar un combate más.
Continuó sorteando a la gente hasta llegar a una de las puertas de acceso.
Un legionario le impidió el paso. Lü le enseñó su tessera y el hombre apartó su lanza para que el hombre de ojos rasgados pudiera entrar.
El ritmo en las entrañas del anfiteatro era frenético. Cientos de personas se afanaban para que todo estuviera listo bajo la luz de las antorchas que iluminaban los enormes túneles. Los látigos de los bestiarios resonaban mientras silbaban hasta encontrarse con los lomos de los animales. Las voces a los esclavos, para que tuvieran preparadas las escenografías a tiempo, y los gritos de ánimo y las plegarias de los gladiadores se oían por todo el hipogeo.
Lü llegó hasta donde se encontraba Helena, que estaba haciendo esfuerzos tratando de mover el brazo izquierdo.
—Hoy estoy especialmente fatigada, creo que no tardará en darme uno de los ataques.
—Será mejor que te prepare una mezcla de hierbas. Te daré una ración mayor, necesitamos que aguantes tu último combate.
—Antes prométemelo.
Lü la miró sin contestar.
—Prométeme que, si hoy muero, cumplirás lo que te he pedido —repitió Helena.
—No será necesario. No vas a morir.
—Prométemelo, Lü —interrumpió sujetándole el brazo.
El hombre de ojos rasgados asintió con la cabeza.
—Dilo.
—Te lo prometo. Lo haré.
Helena se quedó en silencio, contemplando a ese hombre mientras mezclaba la amalgama de hierbas. Gracias a él se encontraba mucho mejor, aunque el brazo izquierdo seguía rígido. En esos dos meses había cuidado de ella como llevaba haciendo durante años. Imaginó cómo habría sido su vida junto a quien mostraba ese amor desinteresado. Qué distintos y qué lejanos le parecían aquellos sueños, cuando tan solo era una cría y lo único que deseaba en su vida era tener una vida como la de cualquier mujer romana. Qué diferente habría sido junto a Lü, capaz de dar tanto amor para recibir tan solo una ínfima parte a cambio. Un fugaz pensamiento se le cruzó por la cabeza: tener un hijo con ese hombre que tanto la amaba.
Lucharía por esa idea. Ese día combatiría con toda su alma por conseguir esa libertad que siempre había ansiado y vivir la vida que tanto anhelaba junto a él.
Un ruido alertó a Helena y a quienes se encontraban entre esos muros.
Todos miraron en dirección al pasillo que unía el anfiteatro con el Ludus Magnus. Cientos de pisadas sonando al unísono retumbaban por el túnel haciendo que del techo se desprendieran polvo y arena. Eran los pies de decenas de gladiadores que recorrían el camino para hacer la pompa y ser presentados al pueblo de Roma para salir al lugar donde los esperaba su destino. Esos serían los últimos pasos en la vida de algunos luchadores, pero para otros tan solo era la senda que los separaba de alcanzar un día de gloria.
Helena miró la oscura galería, iluminada únicamente por la tenue luz de las antorchas. Imaginó que su rival, la mujer que la separaba de ese destino que anhelaba, se sumaba a esas pisadas, en ese ruido que cortaba el aliento y helaba el corazón, en medio de esa algarabía que, a cada paso, sonaba con más intensidad. Muchos otros se concentraban en el duelo y algún pusilánime se miccionaba encima. Era el olor, el ruido y la tensión de lo que ocurría debajo de las gradas.
Entre ese bullicioso ruido, Achilia caminaba junto a Probus. A veces también se unía a los gritos para soltar los nervios que acumulaba, mientras su voz era repetida por las paredes. Estaba nerviosa, por fin su día había llegado, por fin podría resarcirse y vengar la muerte de su hermana. Pensó en Valeria y en su padre, y en que seguramente no estarían de acuerdo con su decisión, pero aun así quería hacerlo.
Sintió que una mano se posaba en su hombro. Era la de Probus, quien casi podía leer lo que pasaba por la cabeza de la joven.
—Lo harás bien. Llevas años soñando con este momento, sé tú misma y no te rindas —dijo el gladiador infundiéndole ánimos.
Domicia lo miró y apretó los dientes para contener las lágrimas de emoción que pugnaban por brotar. Todo superaba lo que tantas veces había imaginado.
Probus respiró con fuerza mientras caminaban por la galería. Ya se veía la luz al otro lado del túnel. Exaltado, a pesar de haber recorrido esa distancia en decenas de ocasiones, expiró profundamente. Una vez más volvería a luchar.
Cuando llegaron al sistema de túneles del anfiteatro, todos los gladiadores lo rodearon y lo miraron esperando la arenga que solía dedicarles años atrás.
Probus observó los rostros de esos hombres que lo idolatraban. En sus miradas pudo ver miedo, nerviosismo, emoción, toda clase de sentimientos corría por las mentes de los cientos de ojos que lo observaban. Sin embargo, había algo que era común a todos, tan real como las historias personales, atroces o fascinantes, que escondía cada uno de ellos: la supervivencia.
Ninguno, independientemente de la clase de vida que llevase, del sufrimiento que hubiera soportado para estar ahí, ninguno quería que su vida terminara ante los miles de almas que abarrotaban el anfiteatro como testigos. Todos deseaban volver por la puerta de la vida y harían lo que fuera por conseguirlo.
—Gladiadores, ¿oís esas voces de ahí arriba?, ¿oís esos gritos anhelando que salgáis a luchar? Somos nosotros quienes enardecemos sus corazones y, cuando vencemos, es a nosotros a quienes miran con envidia. Porque solo aquellos valerosos hombres que se enfrentan con coraje a un combate, sin importarles si viven o mueren, alcanzan la gloria. Estamos bendecidos por los dioses y, si no somos dignos de ellos, si no luchamos con hambre, si no nos enfrentamos al dolor y si nuestro mayor anhelo, únicamente, es volver de una pieza, entonces lo mejor que podéis hacer con vuestra vida es perderla. Desoíd las infinitas veces que vuestro cuerpo dirá basta, no escuchéis las innumerables ocasiones en que deseéis morir y seguid luchando. Y si, tras haberos enfrentado a vuestro rival con valor, con honor, con orgullo, con dignidad, abrís los ojos y estáis a punto de sucumbir, no penséis en el dolor, estad orgullosos porque habéis vencido a la muerte.
Cuando vuestro escudo pese por la fatiga, cuando vuestro brazo no golpee con fuerza por el cansancio, cuando la sangre de vuestras heridas corra por vuestra piel, manteneos firmes. Apretad los dientes y seguid luchando,
porque ahí ya no combatís contra otro gladiador, no es la muerte vuestro mayor rival, en ese momento os enfrentáis a vosotros mismos. Pensad en vuestra vida y salid ahí, imaginad mientras os dirigís al centro de la arena si hay algún otro lugar mejor donde morir. Recordad que los gladiadores que caen sin vida entre los muros de un anfiteatro nunca mueren del todo, pues son recordados durante toda la eternidad. ¿Qué somos?
—¡Gladiadores!
—¿Y qué ansiamos?
—¡La gloria!
—Pues vayamos a buscarla. Salgamos ahí afuera y démosle a Roma lo que ha venido a buscar.
Todos los luchadores vitorearon y gritaron con una renovada fuerza por las palabras de aliento y la arenga del gladiador.
Probus pensó en sus palabras y en el amor de su vida, que, seguramente, estaría ocupando una de las gradas más altas, la de las mujeres.
Thais llegó hasta el anfiteatro y se fijó en las prostitutas que lucían llamativos vestidos y pelucas de colores intentando buscar clientes. La vista desde el tercer anillo le pareció increíble, jamás había presenciado nada igual. Intentó alcanzar su asiento en el reducido pasillo que se encontraba ya ocupado por decenas de personas. Llegó hasta un banco de madera y se sentó entre dos mujeres y un hombre.
Levantó la mirada y observó a su alrededor. Nunca había estado en un anfiteatro y esa visión imponía.
—Aquella de la stolae matronae de color verde, la del pelo moreno, la que tiene pinta de haber salido de un lupanar, yo creo que es Cornelia Emilia —
dijo la mujer que estaba a su lado a su compañera.
—Desde aquí no se distingue, pero yo diría que la tela es de lino de Egipto
—respondió su acompañante con una voz estridente.
—Bonito vestido —comentó refiriéndose a Thais.
—Gracias... —respondió esta avergonzada.
—¿De dónde es la tela, de Miseno?
—No lo sé, me regaló el vestido mi marido.
—¿Tu marido? Qué suerte tienen algunas. Mi marido no me compraría un vestido así ni aunque tuviera todo el oro del mundo. Solo piensa en fornicar a todas horas. O me voy a vivir a casa de mi madre o me tiene pariendo hasta que me muera.
Thais sonrió.
—¿Quiere un poco de vino? —le ofreció el hombre de al lado.
Thais negó con la cabeza.
—Un amigo me ha conseguido estas entradas, nunca había estado en el anfiteatro de los Césares. Si tenemos tiempo, le contaré la historia de cómo lo conocí. Seguro que ve menos por esos ojos rasgados que tiene que tú por el único que te queda.
—¿Cómo? —preguntó Thais molesta.
—Nada, cosas mías. Tengo ganas de ver a Probus, hace años que no lucha, yo creo que ya no debe de estar muy en forma. Pero si algo estoy deseando ver es el enfrentamiento de esas dos mujeres. Conocí a Amazona, ¿saben?
—dijo dirigiéndose a todos—. Fui yo, personalmente, quien la trajo desde Asia Menor. Me llamo Claudio, y si alguna vez quieren que los lleve en barco a algún lugar, cuenten conmigo y Agripina, mi vieja nave. Pueden encontrarme en Ostia, pregunten por mí en Las Tres Garzas.
—Ayer en la caupona comentaban que en la tierra que la vio nacer la alimentaban cada día con carne humana —comentó un hombre que estaba detrás de ella con la boca llena de pan.
—A mí me han contado que ha matado a más hombres que la Legión X
Gemina en las Galias.
—Yo creo que estáis exagerando —interrumpió Claudio—. Amazona le debe su amor solamente a un hombre que habla menos que un mudo durmiendo. Achilia lucha únicamente por venganza, al parecer Amazona mató a su hermana. Conozco a un hombre que me contó la historia. Hay que tener mucho valor para enfrentarse a la mejor gladiadora de todo el Imperio. Por todos los dioses, esa Achilia tiene más agallas que todos nosotros juntos.
—No lo sabes tú bien —respondió Thais.
—Ya empiezan a llegar los senadores —dijo el hombre del pellejo de vino.
Hostiliano se movió por los pasillos rebosante de orgullo. Era el editor de los juegos y jamás, en años, había visto un ambiente como el de ese día. Se apoyó en la balaustrada de mármol. Miró las gradas, que ya estaban prácticamente llenas. Inspiró para sentir el olor de la arena húmeda recién rastrillada. Un hombre, muy cerca de él, también disfrutaba de la vista. El magister lo reconoció enseguida y se acercó.
—Lucio Catilio Severo, ¿por fin el emperador ha decidido poner fin a tus días en Asia Menor?
—Hostiliano, celebro saludarte. Así es, no ha habido ni un solo día que no deseara volver a presenciar esta increíble vista.
—Parece que los años te han tratado bien —dijo haciendo referencia a la enorme barriga de Catilio Severo.
—Si no fuera por los placeres culinarios, nada nos diferenciaría de esos pobres desgraciados que se sientan a partir de la segunda grada.
Hostiliano rio ante el comentario.
—Dicen —continuó Catilio—, además, que una de las luchadoras de tu ludus es de la tierra de donde vengo.
—Compro aquello que se me antoja sin la necesidad de saber cuánto me va a costar y luego decido si realmente lo necesito. Otra de las cosas que nos diferencia de los que se sientan a partir de la segunda grada. A veces, como es el caso, uno tiene suerte con esa calaña.
—No puedo estar más de acuerdo. Por el Senado se oye que tienes muchas posibilidades de convertirte en pretor. Como editor de los juegos, has conseguido que no se hable de otra cosa en Roma que de los enfrentamientos de hoy, así que no albergo la menor duda de que conseguirás los votos que necesitas. Te felicito.
Hostiliano no puedo evitar una leve sonrisa de satisfacción.
Una voz interrumpió sus pensamientos:
—Supongo que debes estar orgulloso.
El magister se dio la vuelta y pudo ver a una extraña que se dirigía a él.
—¿Qué quieres? —preguntó molesto por que una mujer interrumpiera su conversación.
—He venido desde muy lejos únicamente para ver a una de tus gladiadoras.
—¿Y tú eres?
—Mi nombre es Flavia Lycia y soy la mujer que entrenó y convirtió en gladiadora a Amazona —dijo mientras bebía de su copa de vino.
—Así que fuiste tú quien me la vendió sabiendo que tenía esa rara enfermedad. Tendría que exigirte que me devolvieras cada uno de los sestercios que pague por ella.
—Deberías estarme agradecido. A diferencia tuya, vendo aquello que ya no necesito sin pensar en las consecuencias, es lo que nos diferencia a los de la segunda grada. Aunque, por lo que veo, no te ha ido muy mal, hasta Halicarnaso ha llegado la fama de Amazona y el duelo que hoy se va a celebrar.
—Y ¿cómo has conseguido entrar?
—Es mi acompañante —respondió Catilio Severo—. En el pasado nos han unido grandes negocios. Antes de que salgan los gladiadores abandonará las gradas.
La presencia del emperador interrumpió la conversación.
—Iré a saludar al césar y bajaré a la arena para ser aclamado en la pompa
—dijo Hostiliano despidiéndose únicamente de Catilio Severo.
—¿Esa mujer que va detrás del emperador es Vibia Sabina? —preguntó Flavia.
—Así es. Desde que murió Antinoo, el amante del césar, a quien no sé si sabes tuve en mi nómina de esclavos, la emperatriz acompaña en todos los actos al emperador.
—Vaya, es todo un detalle de afecto por parte de la emperatriz. ¿Por qué crees que su amante se quitó la vida? Dicen que estaban muy enamorados.
Catilio Severo negó con la cabeza.
—Media Roma cree que se sacrificó para asegurarle al emperador una vida larga y exenta de infortunios.
—Y ¿qué piensas tú?
—A mí lo único que me interesa es disfrutar de los placeres de Roma y no volver a esa execrable tierra que me vio nacer. Por lo que respecta a ese esclavo, no me inquietaba lo más mínimo lo que le ocurriera cuando me pertenecía, así que mucho menos me preocupa ahora.
—He oído que esa tal Achilia lucha por vengar a su hermana —dijo Flavia cambiando el tema de conversación.
—Así es, tu gladiadora puso fin a sus días y esa joven ha sacudido el polvo de todas las leyes de nuestro Imperio, únicamente para resarcirse de la muerte de su hermana.
Flavia Lycia asintió con una sonrisa.
El emperador Adriano recibió los saludos de todos los senadores, de Hostiliano y de todos aquellos que deseaban vanagloriarse de estar con él.
A su lado, Vibia Sabina cumplía también con sus obligaciones.
Cuando tomaron asiento, el emperador se dirigió a Quinto Marcio, el prefecto.
—Mañana quiero que dispongas todo para trasladar la residencia imperial de la emperatriz aquí a Roma.
Vibia lo miró sorprendida.
—¿A qué esperabas para comunicármelo?
Adriano sonrió.
—No hay nada que comunicarte, soy el emperador, no tengo que darte explicaciones de las decisiones que tomo. Este juego que te traes de acompañarme a cada sitio terminará. No soporto tu presencia ni un instante más. No viajarás conmigo y desde mañana no saldrás de tu nueva
residencia, salvo cuando yo lo ordene. No volveré a verte disfrutar de los jardines y la paz de mi villa ni un día más. ¿He sido suficientemente claro?
Vibia Sabina no contestó.
Adriano se giró hacia el lugar donde se solía sentar su amante, el asiento se encontraba vacío por orden expresa suya. Recordó aquella mirada que tanto echaba de menos y sintió, una vez más, una indescriptible amargura. Daría lo que fuera por cambiar la vida de la mujer que tenía a su lado y que aborrecía, por la de su amante, a quien aún amaba. Se sentía tan huérfano del cariño de Antinoo que incluso por su mente pasó la idea de imitarlo y quitarse la vida. No soportaba ver el rostro de su amado en la piedra de las estatuas con la mirada sin vida, ni abrazarlas con el frío del mármol en vez del calor de su cuerpo. Cuánto sentía no poder volver a mirarlo, cuánto echaba de menos besar sus labios y cuánto se arrepentía de esconder su amor por aquel tímido joven que conquistó de un modo irracional su corazón.
El ruido de las tubas y los corni le devolvieron a la realidad.
El espectáculo estaba a punto de comenzar.
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