Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 51 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XLIX

Roma, 131 d. C.

Domicia se encontraba en la arcada que daba a la arena y no podía creerse, mientras Voreno recibía la palma de la victoria, que Probus hubiera perdido la vida. Ese gladiador que recorría el anfiteatro aclamado por el público acababa de vencer y de dar muerte a su amigo, a quien quería como a un padre. Pensó en Thais, imaginó el tormento tan grande que debía de estar sintiendo su amiga en ese momento. Conocía aquella sensación y deseó estar junto a ella, abrazarla y consolarla mientras el dolor, lejos de desaparecer, se iba haciendo más grande y una inmensa pena iba creciendo en su interior. No podía dar crédito, otro buen hombre se iba demasiado pronto.

Intentó que sus sentimientos no se apoderaran de ella, era su turno; aunque le resultara egoísta, ya tendría tiempo de llorar a Probus. Recordó el consejo que le dio su amigo: «Pase lo que pase en el combate anterior, solo debes centrarte en tu victoria».

Sobre su enorme trenza se colocó el casco que la oprimía más de lo que había imaginado. Dos aberturas a la altura de los ojos, protegidas para que no entrara la punta del arma, eran la única oquedad. Había entrenado constantemente con el yelmo, pero los nervios, la muerte de Probus, los años esperando esa venganza le hicieron sentir que se asfixiaba. Sus piernas temblaban, tenía frío y sin embargo sus manos sudaban. Cerró los ojos para concentrarse como Probus le había enseñado, pero a su mente solo venía el momento en el que su amigo perdía la vida.

Sintió unos pasos detrás de ella.

Allí estaba Amazona, la veía por primera vez desde que murió su hermana.

No le pareció tan imponente como la vez anterior. Todos sus miedos se desvanecieron como la niebla con el sol de la mañana, la sensación de odio volvió a acuciar en su pecho, no había cedido ni un solo ápice su sentimiento hacia esa mujer, la mujer que mató a su hermana.

Amazona se acercó junto al hombre de ojos rasgados, que sujetaba su casco, su escudo y su arma. El hombre la agarró del brazo y la hizo darse la vuelta al ver que su rival la observaba.

—Déjame que te ponga las protecciones, no quiero que vea que apenas puedes mover tu brazo izquierdo —le ordenó Lü en voz baja.

Helena se dejó hacer. El hombre la ayudó a ponerse el casco y le colocó el escudo. La gladiadora intentó moverlo, pero la mano no respondía.

—Pégalo todo lo que puedas a tu cuerpo y procura que no se te caiga o seguramente no puedas recuperarlo.

—Me encuentro bien, no temas —respondió—. Trataré de no tardar mucho.

Espérame aquí, junto a mi libertad —dijo con la voz lenta y apenas sin vocalizar.

Amazona sujetó el gladius corto y golpeó su escudo justo delante de su rival para tratar de meterle miedo. Desde los dos agujeros de su casco, idéntico al de Achilia, pudo ver los ojos de su oponente clavándose fijamente en ella. Giró la cabeza para evitar el contacto visual, sin ignorar que esa mirada destilaba odio.

En ese mismo momento, Flavia Lycia apareció por detrás. Saludó con la cabeza a un sorprendido Lü y con un tono solemne se dirigió a las gladiadoras:

—¿Oís eso? Son los miles de almas que gritan para veros combatir. Salid ahí fuera, pero no luchéis por ellas. Hacedlo por vosotras. Da igual si os mueve la venganza o el anhelo de libertad. Demostradles que habéis combatido contra las mejores gladiadoras, que habéis desafiado las rígidas costumbres de todo un Imperio y aun así no han podido venceros.

Levantaos cada vez que caigáis y no os rindáis cada una de las veces que vuestra mente diga basta, únicamente dejad de luchar cuando la vida os abandone. Puede que el miedo a morir nuble vuestra determinación, desoídlo, vencedlo también a él, porque si la muerte os alcanza nunca moriréis del todo. Vuestro recuerdo será un ejemplo para todas las mujeres y el eco de vuestros nombres resonará con fuerza durante toda la eternidad.

Y ahora salid a la arena con la cabeza bien alta y dadle al pueblo de Roma lo que ha venido a buscar.

El fulgor de los cascos brillando por el sol bajo la tarde fue lo primero que el anfiteatro vislumbró. Las dos gladiadoras fueron recibidas con una ensordecedora ovación. Helena pensó lo lejos que quedaban los gritos de odio que le manifestaron en su primer combate, los insultos, los escupitajos

y la cantidad de comida podrida que le lanzaban quienes ahora deseaban verla luchar.

Domicia no podía apartar la mirada de las gradas. Estaba completamente absorta, no se creía que todas esas personas a quienes no conocía gritaran su nombre. Superaba con creces lo que durante tantas noches había imaginado mirando el techo de su alcoba. Respiró y se concentró en su cometido, debía vencer a esa gladiadora como tantas veces había soñado para vengar a Valeria.

Sexto, Décimo y Lucio el Grandullón, desde las gradas, no podían evitar emocionarse al ver a Domicia aparecer por la arcada hacia el centro de la arena. Sus amigos recordaron con una sonrisa cómo defendía a su hermana cuando la conocieron el día de la carrera por las calles de Roma y cuánto había cambiado su relación desde entonces. Marco leyó sus pensamientos y posó una mano sobre el hombro de Sexto.

—Lo hará bien —dijo el abogado—. Es muy valiente.

Sexto observó al patricio afirmando con la cabeza.

—Es la mujer más valiente que he conocido en mi vida —respondió.

Vibia Sabina observó de reojo el rostro del emperador tratando de discernir algún gesto. El césar no imaginaba que una de esas gladiadoras era la joven a quien había arrancado de sus brazos a Antinoo.

Las dos mujeres llegaron hasta el centro del óvalo.

Con la muerte de Probus aún en sus mentes, el público vitoreó la salida de esas luchadoras con rabia, ansiosos por ser testigos de ese momento que se escribiría y sería inmortalizado para siempre en la historia de los gladiadores.

En cada espectador había un sinfín de pensamientos.

El duelo de la venganza.

El combate de la eternidad.

La lucha entre Achilia y Amazona.

El summa rudis colocó la larga vara entre las dos combatientes esperando que Hostiliano, por última vez esa tarde, diera la orden.

El magister observó a las contrincantes. A una la odiaba de una manera irrefutable y a la otra de un modo incuestionable. Tras la muerte de Probus, estaba ansioso de otro golpe de suerte: quería ver a las dos morir.

Justo cuando iba a dar la orden, Domicia hizo un gesto para que esperara y se quitó el casco. El summa rudis la miró sorprendido.

—¿Qué haces? —preguntó.

Helena no daba crédito: «¿Por qué se quita el yelmo?».

Domicia miró fijamente a su rival sin poder evitar que las lágrimas le corrieran por el rostro y con voz gutural se dirigió a Amazona:

—¡Tú mataste a mi hermana! Quiero que veas el rostro de la mujer que acabará con tus días. Así, sin el yelmo, es como la asesinaste, y así es como yo te mandaré al Hades.

Helena la observó. Reconoció a esa joven como la hermana de la patricia a quien mató por accidente. No, no deseaba tener que acabar con su vida, como le había ordenado Hostiliano, pero era quien la separaba de la libertad junto a Lü. Lamentó que fuera con la muerte de esa muchacha como la conseguiría.

Sin dudarlo y sin soltar el escudo, dejó la espada en el suelo y, únicamente con su mano derecha, se deshizo de la correa que sujetaba el casco a su mentón.

El yelmo rodó por el suelo mientras Amazona miraba fijamente a la joven.

—Espero que algún día puedas reparar tu dolor, pero tendrá que ser en otra vida. Perdóname por lo que voy a hacerte, pero ansío mi libertad mucho más que tú la venganza.

Catilio Severo se levantó de su asiento con el rostro sorprendido.

Prácticamente se había quedado sin aliento al ver, cuando Amazona se quitó el casco, que se trataba de la nieta de Helvia, la vieja sierva a quien él mismo sacrificó.

El summa rudis miró a Hostiliano para ver si permitía que el duelo se diera de ese modo. La respuesta del editor, con una enorme sonrisa, fue afirmativa y dio la orden.

La vara volvió a subir para que el combate comenzara. Las dos luchadoras estaban preparadas con la mirada cargada de odio y carente de compasión.

Con el anhelo de la libertad y la vesania de la venganza.

— Pugnate!

Las dos corrieron una hacia la otra para atacar. El ruido de sus espadas retumbó por todo el anfiteatro. Ni un alma respiraba en las gradas, solo se oían los gritos de ira que lanzaban con ímpetu las luchadoras en cada acometida.

En los primeros momentos, la ansiedad fue la protagonista del duelo. Las dos mujeres golpeaban y se movían sin ningún tipo de estrategia, sin intentar hallar los puntos débiles de su oponente, movidas por el distinto destino que las había llevado hasta ahí. Golpeaban, una de ellas contra los años de sufrimiento y una libertad que acariciaba con los dedos, la otra contra la fatídica mañana que perdió a su hermana y los años esperando su

venganza. Una oleada de embestidas se repetía sin control encontrando la rápida defensa y el contrataque de la otra. Por sus cabezas cientos de imágenes acompañaban cada golpe, con el único fin de acabar con la vida de su rival.

Amazona quiso comprobar la destreza de su contrincante y lanzó varios ataques bien dirigidos; sin embargo, Achilia no solo los defendió con pericia sino que respondió con inteligencia. El ritmo del combate era vertiginoso.

Amazona fue la primera en sucumbir. No aguantaría sin que su enfermedad apareciera si no bajaba la intensidad. Disimuladamente, colocó el escudo en su mermado brazo izquierdo con ayuda de la otra mano. «No será tan fácil como deseaba», pensó.

El pecho de Achilia también subía y bajaba con gran viveza. Golpeó el escudo con su gladius para darse ánimos. «Puedes vencerla, hazlo por Valeria», se dijo.

Las dos empezaron a moverse en círculo. Una vez superado el arrollador comienzo, se dedicaron a analizar y estudiar a su rival sin apartarse la mirada ni pestañear mientras recuperaban el aliento y la exaltada multitud seguía alentándolas a continuar.

Achilia buscó encontrar a su rival desprevenida y lanzó un ataque alto.

Amazona, debido a la rapidez de la embestida y a la rigidez en ese brazo, levantó el escudo tarde. Achilia combinó el ataque buscando los muslos, y la hoja de su gladius rozó la pierna derecha de su contrincante. El grito al desgarrarse la piel heló el corazón de todos los que deseaban que Amazona se hiciera con la victoria.

Las dos se apartaron mientras el público volvía a vitorear el lance.

Achilia sonrió, motivada, al encontrar la recompensa de la carne.

Amazona respiró para mitigar el dolor de la herida y asintió reconociendo el buen movimiento mientras volvía a recuperar el control de su cuerpo.

Nunca había estado tan cerca de la libertad, sus días no podían acabar de ese modo. Tenía que vencer, se lo debía a Lü, pero su principal deuda era con ella misma.

Animada por sus pensamientos, se lanzó a un ataque rápido. El primer movimiento buscó intencionadamente el escudo de Achilia, quien contuvo el embate como Probus le había enseñado cientos de veces. De nuevo golpeó con una patada la defensa y a continuación saltó en un golpe muy espectacular buscando, con la hoja de su gladius, un golpe de arriba abajo.

La hoja encontró el pecho y rasgó la tela del mamillare de la patricia.

Achilia lanzó un grito mientras se echaba hacia atrás y caía perseguida por su atacante, que clavaba la punta de su espada en la arena mientras ella rodaba por el suelo.

El s umma rudis intervino poniendo la vara delante de Amazona cuando esta se disponía a golpear con furia el cuerpo de su adversaria para terminar el duelo.

Achilia se levantó con la arena pegada a su cuerpo en las zonas donde el sudor había aparecido. La herida sangraba y empapaba el jirón de tela que cubría su pecho. Maldijo por el enorme dolor físico al que no estaba acostumbrada. Pensó en su padre y sobre todo en su hermana, en el motivo que la había llevado hasta ahí. Ninguna herida era tan lacerante como la que sentía en su alma por la pérdida de Valeria. La responsable se encontraba delante de ella.

Sexto y sus amigos se taparon la cara con la mano al ver caer a su amiga, ante los gritos de quienes pensaban que ese marcial combate acabaría ahí.

Cuando miró de nuevo, las dos gladiadoras volvían a encontrarse una delante de la otra.

Ambas mostraban el resultado de los primeros ataques y de sus respectivas destrezas. Respiraban sofocadas. Helena sintió su brazo izquierdo completamente rígido, notó los síntomas previos a cada brote. O terminaba pronto el duelo o no podría acabarlo.

Achilia empezaba a sufrir el cansancio de un verdadero combate de gladiadores. Aun así, no sucumbiría fácilmente, vendería cara hasta la última gota de sudor.

Continuaron ofreciendo un duelo espléndido a ojos de los romanos. Los ataques se repetían hacia un lado y a otro. En muchas de las impetuosas acometidas, las dos gladiadoras acababan entrelazadas, buscando golpearse con la cabeza, con los codos, con cualquier parte de su cuerpo, hasta que eran separadas por el summa rudis para de nuevo buscar el modo de vencer.

Las dos mujeres se entregaban con determinación a la causa que las había llevado hasta ahí. Nadie en todo el anfiteatro podía apartar la mirada de un combate con un brío como nunca antes habían visto.

Achilia buscó, con la parte inferior de su escudo, el rostro desprotegido de Amazona. La gladiadora, incapaz de levantar el brazo para protegerse, se defendió de un modo aparatoso y poco vistoso. Para evitar que su rival pudiera percatarse del estado en el que se encontraba, atacó, más como un modo de distracción que como una finalidad. Achilia intuyó que algo le ocurría a su contrincante y buscó pinchar por los costados, cambiando

constantemente la dirección de su gladius. Amazona movía su cuerpo intentando intuir por dónde vendrían los ataques, completamente mermada por la inmovilidad de su brazo. Achilia, con la parte inferior de su escudo, golpeó una y otra vez el de su rival. La defensa crujía por las acometidas y, detrás, la gladiadora sentía cómo miles de cuchillas afiladas se clavaban en su extremidad. Amazona pensó que estaba perdida si esa mujer descubría su punto débil. Trató de zafarse de una enorme patada contra su escudo. La protección se abrió por debajo. Achilia introdujo el suyo entre el de su rival y su cuerpo y tiró con toda la fuerza que pudo, acompañando el gesto con un rugido. El escudo de Amazona golpeó varias veces el suelo antes de detenerse en la arena del anfiteatro.

Las dos gladiadoras se miraron a los ojos.

Amazona lo intentó, pero era incapaz de agacharse a recoger su escudo.

Achilia, desconcertada por que no pudiera mover el brazo izquierdo, y a su vez perpleja, pues no quería atacar a una mujer desprotegida, lanzó su escudo al suelo. Quería vencer en igualdad de condiciones.

Amazona la miró sorprendida y asintió con la cabeza admitiendo su nobleza. Tan solo un momento antes creía que todo había acabado.

El público se miraba incrédulo, vitoreaba y daba las gracias a los dioses por concederles un combate como ese.

Las dos gladiadoras volvieron a medirse. Amazona lo hacía en una postura muy poco atractiva. Con el brazo izquierdo tullido, se colocó completamente de lado, evitando ofrecer el costado débil. Achilia giraba en círculos y, ladina, buscaba el modo de atacar el lado impedido de su rival.

El ruido de los gladius golpeándose una y otra vez con rabia alentó los corazones de muchos espectadores, incluida Vibia Sabina, que imaginó que detrás de ese combate había algo más que la sed de la victoria y la voluntad de vencer.

El increíble duelo empezaba a ser mucho más largo de lo habitual.

La joven Domicia golpeó una y otra vez intentando encontrar un hueco, amagó y atacó el brazo mermado de su enemiga, encontrando la piel y abriendo un enorme tajo por donde rápidamente empezó a brotar la sangre.

Amazona lanzó un grito de dolor y sucumbió de rodillas en el suelo, pero antes de caer sacó el brazo y su gladius rasgó los músculos del muslo de Achilia.

Las dos gladiadoras se encontraban en la arena del anfiteatro más grande del Imperio exhaustas y heridas. Demasiado cerca para atacar con sus espadas, Amazona golpeó con el codo sano la nariz de su rival; el ruido del

hueso resquebrajándose se oyó hasta en el último de los asientos. La sangre luchaba con más ahínco incluso que las gladiadoras por manar del rostro de Achilia, quien, a pesar del dolor, se lanzó contra Amazona golpeándola con el hombro en el estómago. Las dos armas se desprendieron de sus manos y ambas empezaron a golpearse con los puños y con el alma, rodando por la arena. Un puñetazo y otro eran recibidos por sus rostros amoratados y cubiertos de sangre. El summa rudis era incapaz de separar a esas dos mujeres que se golpeaban con un inusitado odio. Con ayuda del secunda rudis, consiguieron apartarlas, no sin esfuerzo.

De nuevo agarraron sus armas, se pusieron de pie y, sin esperar a que les dieran la orden de continuar, volvieron a atacar. El aspecto era el de una sangrienta batalla. En las gradas no daban crédito a lo que se estaba viviendo. Algunas voces empezaron a solicitar al emperador que parara el combate, estaba siendo demasiado belicoso.

Adriano desoía las voces y el duelo continuó, a pesar de que su duración ya excedía con creces el de cualquier otro. Hostiliano no lo detendría hasta que una cayera sin vida en la arena.

Sexto y sus amigos miraban al suelo, desde hacía rato habían decidido no seguir contemplando lo que para ellos era un suplicio.

Lü observaba el enfrentamiento desde la arcada con el rostro serio, preocupado por que ese último combate estuviera resultando tan duro.

Amazona pronto no podría mantenerse en pie.

Las dos gladiadoras siguieron el combate exhaustas, con el cuerpo cubierto de sangre y el polvo de la arena, pero con el espíritu inquebrantable.

El pecho de Achilia subía y bajaba con celeridad.

Amazona sabía que no podría dar muchos golpes antes de que su cuerpo sucumbiera a su enfermedad. Notaba algunos pinchazos en el cuello y en la columna. Veía a su rival doble y apenas sentía el tacto del gladius en su mano.

Achilia levantó su arma y la bajó con fuerza hacia el cuerpo de su rival.

Amazona esquivó el ataque, sin apenas fuerzas para contenerlo. Cuando su adversaria la rebasó, buscó, aprovechando el hueco, el costado de su rival, pero el arma de Achilia se interpuso antes de que alcanzara su cuerpo. Las espadas volvieron a encontrarse, esta vez encima de sus cabezas. Sus ojos se hallaban a escasa distancia. Sus miradas se atravesaban luchando, al igual que sus armas, por derrotar a su rival. Mientras empujaban hacia abajo con sus espadas, intentando doblegar a la otra, Amazona sintió que ya no podía contener esa arma que se acercaba a su rostro. La experimentada

gladiadora golpeó con la rodilla el estómago de Achilia, que lanzó el brazo dirigido al rostro pero alcanzó el cuello de su rival. En ese momento Amazona cayó al suelo, sin apenas poder moverse. La pierna empezó a sufrir calambres y la espalda, a la altura del cuello, volvía a ponerse rígida.

Se acabó, pensó, no podía seguir.

Achilia hincó una rodilla en el suelo sin aliento y cayó de espaldas. No podía respirar debido al golpe que su rival le había propinado.

El público estaba puesto en pie. Si una de las dos gladiadoras se levantaba, podía ser la vencedora. Los espectadores contenían la respiración y empezaban a desear que vencieran las dos.

Lü sabía que el combate estaba casi perdido, Amazona apenas podía moverse.

Flavia bebía de su copa de vino deseando que esa esclava, a quien ella convirtió en gladiadora, se alzara con la victoria, mientras que Vibia Sabina se llevaba las manos al rostro al pensar en cuáles eran las causas que habían llevado a esas mujeres a luchar de ese modo.

Achilia estaba tumbada mirando el cielo naranja de Roma. Su pecho se movía intentando desesperadamente encontrar aire. Lo había intentado todo, había hecho cuanto le habían enseñado para vencer a esa mujer invencible. Esperaba haber estado a la altura de su hermana, esperaba haber defendido su apellido con orgullo. Con un grito de dolor, debido a las heridas del pecho, del muslo y la destrozada nariz, por la que no podía respirar, se incorporó apoyando una rodilla en el suelo, ante el grito de los miles de personas al ver que una de las dos gladiadoras reaccionaba.

Amazona sentía que los espasmos recorrían su cuerpo. Con los dientes apretados, esperó a que sus músculos dejaran de estremecerse. Su cuello estaba completamente rígido, su brazo contraído había quedado por detrás de su espalda al caer y era incapaz de sacarlo.

Intentó ponerse en pie, pero fue incapaz. No podía creérselo, había estado tan cerca de la libertad que no podía imaginar que todo acabara ahí.

Lanzó un grito por la impotencia de luchar no solo contra una excelente rival, ni contra todo un Imperio, sino por no vencer a su propio cuerpo. Los estremecedores alaridos que daba helaron el anfiteatro y el eco retumbando en sus paredes hizo que las lágrimas aparecieran en el rostro de Lü. Con un dolor inimaginable, Amazona se intentó incorporar, giró la cabeza y vio a su rival de pie, enfrente de ella con el arma esperando para seguir luchando.

Con el rostro cubierto de sudor y bramando por la ira que sentía, Amazona apoyó la mano en el suelo y apretó con los dedos para intentar levantarse,

mientras la arena se introducía en sus uñas. Poco a poco consiguió que una rodilla, tambaleante, la obedeciera. Cuando se disponía a levantar la otra pierna, su cuerpo claudicó y volvió a caer el suelo. Las lágrimas y los gritos de impotencia emergieron con fuerza, no podía seguir con ese combate.

Una sombra apagó el escaso sol que quedaba a la altura de sus ojos. Achilia estaba delante de ella, de pie, observándola. Amazona no daba crédito cuando sintió que su rival introducía su brazo izquierdo por detrás de su cuello y a la vez agarraba su antebrazo con la mano derecha, tirando de ella para ayudarla a levantarse.

Las dos gladiadoras luchaban contra el cuerpo derrengado de Amazona.

Achilia gritaba para levantarla y su rival lo hacía por el dolor y la impotencia de no poder alzarse. Amazona apoyó el pie en el suelo y el impulso fue determinante para que finalmente pudiera incorporarse.

Los aplausos del público irrumpieron con fuerza, eso era más que un duelo, más que un combate. Cientos de personas aplaudían el gesto que acababan de contemplar y se giraron hacia Hostiliano para que lo parara. Para que pusiera fin a esa lucha que transgredía los límites de lo racional.

El magister no hizo ni un solo gesto que denotara que había llegado el final.

Las dos gladiadoras se encontraban de nuevo en pie, enfrente una de la otra.

Amazona no podía imaginar que la única persona capaz de ayudarla era esa que tanto odio sentía hacia ella. Esa mujer era la mejor luchadora con la que se había enfrentado. Se acercó a su espada arrastrando la pierna izquierda, incapaz de moverla. Se giró para tratar de agarrar el arma con la mano derecha. Su brazo temblaba mientras pretendía alcanzar el gladius.

Amazona se volvió a incorporar debido al dolor que le provocó intentar agacharse. No podía, era incapaz de recoger el arma. Los gritos de impotencia estremecieron el corazón de todos los testigos del duelo.

Achilia observó las gradas, la gente ya no animaba a las luchadoras, en sus rostros podía leerse que habían presenciado un duelo majestuoso pero que no debía continuar.

Observó de nuevo a su rival, quien hacía esfuerzos desmesurados por intentar seguir luchando. «¿Por qué no se ha rendido ya? —pensó—. ¿Por qué ninguna de las dos hemos decidido acabar ya con ese combate?»

Imaginó la clase de vida que había debido llevar esa mujer, el dolor tan imaginable que debía de estar sufriendo. Levantó la cabeza al cielo, respiró hondo mientras cerraba los ojos. La imagen de su hermana apareció nítida, prácticamente real. Fue la primera vez que sintió que parte del dolor que anidaba en su pecho se había liberado y, como si Valeria le indicara el

camino, entendió lo que debía hacer. Sin dudarlo, extendió el brazo y dejo caer su gladius a la arena. El combate había terminado. No podía matarla, no de ese modo.

Amazona levantó la cabeza al oír el ruido del acero golpeando el suelo.

Miró fijamente los ojos de esa mujer, ya no había tanto odio en su mirada.

Se incorporó con dolor y asintió con la cabeza accediendo también a dejar de luchar.

El público las contemplaba perplejo. Los gritos y las ovaciones volvieron a irrumpir con fuerza en las gradas. Cientos de aficionados se abrazaban por haber sido testigos de un combate que estaría durante años en boca de toda Roma.

Sexto, Décimo y Lucio el Grandullón suspiraban con una enorme sonrisa, orgullosos de su amiga.

Marco, el abogado, lo hacía satisfecho por ser el letrado que había permitido tal combate. Eso le otorgaría una enorme fama.

Lü respiró aliviado. Asintió con la cabeza reconociendo el espíritu combativo y la capacidad de sufrimiento de la mujer a quien había acompañado por medio mundo.

En una de las arcadas en las gradas, atenta durante todo el combate, a pesar de que su corazón estaba despedazado y en las cuencas de sus ojos no quedaba una sola lágrima, Thais miraba orgullosa a su amiga: ese gesto era, sin duda, el que su hermana y su padre, habrían querido que hiciera.

—¡Por todos los dioses! Nadie me va a creer en Las Tres Garzas cuando cuente lo que hemos vivido esta tarde —dijo Claudio a quienes tenía alrededor.

Un murmullo apareció poco a poco por distintos rincones, hasta que empezó a repetirse por todas las gargantas convirtiéndose en un grito unánime:

— Rudis! Rudis! Rudis!

Todo el júbilo de los miles de espectadores contrastaba con la ira interna, disfrazada detrás de una sonrisa, que sentía Hostiliano. Por nada del mundo daría la libertad a su gladiadora; sin embargo, no podía condenarla a morir.

Ese combate no era un empate, no habían tenido que parar el duelo porque aburrieran al público, como se solía hacer en los enfrentamientos donde no se veía claro un ganador. No, eso era muy distinto. Habían vencido las dos gladiadoras y, tras ordenar la muerte de Probus, el público no aceptaría un desenlace distinto al que solicitaban. Con la cólera de no haber presenciado la muerte de ninguna de las dos, se giró hacia el emperador.

Adriano observaba un anfiteatro que se dirigía a él, esas exaltadas almas no solicitaban la rudis, la exigían. Sin embargo, su odio hacia las mujeres había crecido en su pecho en los últimos años, especialmente tras la muerte de Antinoo, y no estaba dispuesto a concederles ese premio. No era ajeno a que sería impopular a los ojos de Roma, más aún cuando llegara la noticia del retiro al que iba a someter a la emperatriz, así que no lo dudó.

—Te concedo a ti la decisión —dijo mirando a su esposa.

Vibia Sabina, perpleja tras esa orden, se levantó conmovida por las dos mujeres. Le habría gustado saber cuál era la causa por la que habían arriesgado sus vidas de ese modo y si el amor era protagonista del duelo. El pueblo de Roma la observaba mientras seguía repitiendo esa palabra, mientras le exigían, ahora a ella, la espada de madera que para Amazona suponía la libertad. La emperatriz no lo dudó y la algarabía se hizo ensordecedora cuando todo el anfiteatro vio cómo su emperatriz concedía la rudis a las dos luchadoras.

Helena, sin apenas poder mantenerse de pie, cerró los ojos. Por fin todo había acabado. Por primera vez en su vida podía gritar que era libre. Todos los años de sufrimiento brotaron desde lo más profundo de su pecho, por sus ojos anegados de unas lágrimas que llevaban el sabor de la rabia, del miedo, del dolor y del enorme sufrimiento que había padecido durante años, pero sobre todo, del amor, del increíble amor que sentía por Lü y que era lo que la había mantenido con vida.

Domicia observó a esa luchadora que lloraba amargamente su libertad. Ella tampoco podía evitar las lágrimas, su venganza había llegado a su fin, no del modo que había deseado, pero con la misma sensación de redención en el alma.

Se acercó a ella. Hasta hacía tan solo un momento había sido su enemiga.

El último rostro en quien pensaba cada noche y el primero que aparecía cada mañana durante años. Visiblemente cojeando se acercó a esa mujer.

Helena la observó y se dirigió a ella con la voz renqueante:

—Aquel día, sin dudarlo, habría cambiado mi vida por la de tu hermana.

Ahora, cada paso que dé como una mujer libre será gracias a ti. Espero que, cuando tu herida deje de sangrar, puedas perdonarme.

Una mezcla de sentimientos atravesaba la mente y el corazón de Domicia, que aún no sabía qué era exactamente lo que sentía.

—No dejaré de odiarte ni uno solo de mis días, no pienses que sentiré por ti la más mínima compasión. Dudo mucho que mi pecho pueda silenciar tu recuerdo, aunque te concedo mi perdón.

Incapaces de dar una vuelta al anfiteatro con las palmas de la victoria, las dos gladiadoras se miraron por última vez en sus vidas antes de abandonar la arena.

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