Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 55 de 60

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Gladiadoras

Epílogo

Halicarnaso, 141 d. C.

El amanecer encontró a Lü despierto sobre el jergón de su habitación, como cada mañana en los últimos años. Se incorporó y se sentó en la cama.

Respiró profundamente cuando pensó en el acto excepcional que ocurriría ese día. En toda Asia Menor no se hablaba de otra cosa. Se cumplían diez años del espléndido combate que enfrentó a Achilia y Amazona, y nadie en toda la provincia quería perderse la pieza que Lü había mandado levantar para conmemorar el acto.

Se incorporó para empezar a vestirse con el atuendo especial que vestiría para la ocasión. Cuando prácticamente había terminado de ataviarse, con las extrañas ropas procedentes de su país que él mismo había encargado, un golpe tímido y débil sonó en su puerta.

Lü sonrió al imaginarse de quién se trataba.

Abrió y una preciosa niña de ocho años esperaba al otro lado.

—Hoy es el gran día —dijo la pequeña a modo de saludo.

—Así es, Helena —respondió Lü sin añadir nada más.

Juntos se dirigieron como cada mañana a tomar la primera comida del día.

La pequeña Helena no paraba de hablar sobre la ilusión que le hacía que por fin llegara el día que durante meses habían preparado.

Flavia Lycia había organizado una serie de eventos, además de una opulenta comida a la que no faltarían las personalidades más destacadas para conmemorar esa jornada. Combates de gladiadores y especialmente de mujeres gladiadoras acompañarían a los muchos actos que se brindarían en honor de la mujer que cambió el rumbo del Ludus de Halicarnaso.

Lü era consciente de que Flavia era una mujer pragmática, sabía jugar los dados que el destino le daba. Desde el día en que Helena luchó en el anfiteatro de los Césares, la lanista aprovechó aquel combate para dar un impulso a su ludus. Desde entonces, mujeres y hombres de toda la provincia acudían voluntariamente a enrolarse en el lugar donde Amazona había

obtenido aquella fama. Todo el mundo quería luchar bajo las órdenes de la lanista que había convertido a una simple esclava en la gladiadora más famosa de todos los tiempos. Flavia tenía la esperanza de que, tras esa jornada y, sobre todo, tras la pieza que instalarían a la entrada del anfiteatro, no faltarían nunca voluntarios que quisieran emular la hazaña de Helena.

Lü, que agarraba con fuerza la mano de la pequeña Helena, junto con Flavia y todas las personalidades más destacadas de la provincia, se dirigió hasta el anfiteatro, donde los actos empezarían en breve. El día era soleado y una ligera brisa hacía que la mañana fuera espléndida.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Flavia.

Lü asintió sin añadir nada.

Flavia sabía que los recuerdos atormentarían al hombre de ojos rasgados durante toda la jornada, así que decidió no atosigarlo.

Durante el trayecto Lü recordó todo lo que ocurrió cuando Helena consiguió la libertad.

Cuando, por primera vez en su vida, Helena pisó el suelo de Roma como una mujer libre, estallaron en gritos de alegría por la vida que les esperaba juntos y que tanto se les había resistido. La felicidad continuó dos días después, al enrolarse en una nave de vuelta a Halicarnaso y, al igual que en el viaje de ida, durante toda la travesía dejaron que sus cuerpos se encomendaran al amor.

Con el dinero que Hostiliano le abonó como pago por cada combate, Helena adquirió una pequeña casa cerca del mar. Aquellas primeras semanas fueron las mejores que la pareja había conocido, tratando de recuperar todo el tiempo que la voluntad de los hombres les había negado.

Helena, por fin, obtuvo lo que había ansiado, una sencilla casa donde llevar una vida en la que lo único que necesitaba para ser feliz eran los brazos y los besos de aquella persona que tanto había hecho por ella. Por su parte, él se sentía dichoso por estar por fin con la mujer que amaba por encima de todas las cosas.

Sin embargo, Helena, tras superar todas las dificultades que se habían interpuesto en su camino desde que salió de la villa de Catilio Severo, tras recorrer medio mundo por un hombre que no la merecía y que le permitió conocer a su verdadero amor, y tras obtener la libertad en el anfiteatro más importante del Imperio, no había podido vencer el combate que libraba contra su propio cuerpo. Varios meses después de llegar de Roma, tras uno de los lacerantes ataques, Helena dejó de hablar y poco tiempo después ni siquiera podía caminar. Sus músculos se volvían cada día más rígidos,

apenas tenían movilidad, y comenzó a perder la visión. Helena se apagaba poco a poco y ni siquiera las hierbas que al principio tanto bien le hacían conseguían frenar su ya avanzada enfermedad. Lü fabricó una silla de madera, en la que colgó unas tiras en la parte trasera y todas las tardes cargaba con ella para sentarse juntos a contemplar aquel mar que su amada tanto adoraba.

A pesar de la terrible enfermedad que cada día la apagaba un poco más, aquellos fueron los mejores años de su vida. Ver el rostro de alegría en Helena cada vez que la brisa marina se mezclaba con sus cabellos, cada vez que le agarraba la mano, le hacía sentirse el hombre más afortunado del mundo. A pesar de que no podían vivir en condiciones normales, para él era mucho mejor que cualquier otra vida. Lü le hablaba en griego, en la lengua que tanto le gustaba a Helena, le leía poemas que él mismo escribía y le contaba historias de su país. Su amada lo escuchaba con la mirada llena de felicidad, pero con la pena reflejada en sus ojos por no poder devolverle todo el amor que él le brindaba. Al atardecer regresaban a su pequeño hogar y todas las noches Lü masajeaba su cuerpo para tratar de retrasar los ataques y que los dolores en sus articulaciones remitieran.

Helena se fue una fría mañana de abril, sin hacer ruido y mientras el hombre que la había cuidado sin descanso dormía ajeno a sus últimos latidos. Lü se despertó y los ojos de la mujer a quien tanto había amado miraban fijamente hacia él. Desde entonces se martirizaba preguntándose si aquella noche habría sufrido. Sin embargo, le consoló que en la mirada sin vida de Helena podía descubrirse un rostro feliz, carente del sufrimiento que durante años la había perseguido. Además de la gratitud de los dos años que habían pasado juntos y que no cambiaría por nada del mundo.

Desde el día en que Helena se fue, Lü era incapaz de dormir, no había una noche que pudiera conciliar el sueño, culpándose por no haber acompañado a Helena en ese viaje entre el mundo de los vivos y de los muertos. Por no poder agarrarle la mano y despedirse de la mujer más maravillosa y luchadora que había conocido. Desde aquella mañana en que Helena se marchó, hacía ya ocho años, no había un solo día que no se acordara de ella, que no recordara cada minuto que habían pasado en libertad.

Lü volvió de sus pensamientos cuando se encontraban delante de la puerta del anfiteatro de Halicarnaso. Una pequeña tela cubría una pieza de mármol oculta. Aún le quedaba algo pendiente y disimuladamente, con el pie, hizo un pequeño agujero en el suelo. Dado que todo el mundo miraba hacia arriba, nadie se percató del pequeño objeto que Lü dejo caer de su mano.

Antes de taparlo con la arena, el hombre de ojos rasgados bajó la mirada para contemplarlo por última vez. Un pequeño punzón con una hoja fina y alargada descansaba en el fondo del agujero. Cumplía de ese modo lo que había prometido a Helena antes del último combate, cuando ella le pidió que si moría cumpliera esa promesa. A pesar de que Helena había sobrevivido al duelo, Lü hizo realidad su deseo. Antes de partir a Halicarnaso cubrió aquella arma con un veneno que impedía a la herida de la víctima sangrar y, haciéndose pasar por un mendigo, se acercó hasta Hostiliano para acabar con su vida clavándole el punzón en el pulmón. Lü sabía el lugar exacto donde debía introducirlo para que el magister se desangrara por dentro y muriera en poco tiempo. Aquel fue el último deseo de su amada y él se encargó de ejecutarlo.

La pequeña Helena se acercó hasta él y le agarró una mano. El hombre de ojos rasgados la estrechó con fuerza mientras tapaba con la arena el agujero.

Todo el mundo se encontraba expectante deseando conocer el relieve que Lü había pagado con todo el dinero que había conseguido ahorrar. La niña apretaba su mano y comenzó a sentirse seguro. Solo la pequeña hija de Flavia Lycia, que nació el mismo día que su amada murió, le infundía ánimos.

La pequeña, que lo quería como si fuera su padre, se dirigió a él:

—¿Crees que algún día yo también haré algo que merezca ser recordado?

—No me cabe la menor duda —contestó Lü.

—¿Me ayudarás?

—Siempre estaré a tu lado para lo que me necesites, pero no te hará falta mi ayuda, tú sola, como Amazona y Achilia, con la fuerza de tu propia voluntad, podrás ser todo lo que te propongas.

La lanista hizo los honores y descubrió el relieve que decoraría durante siglos el anfiteatro de Halicarnaso.

Todos aplaudieron al contemplar la pieza, todos menos Lü, que no pudo evitar estremecerse. Delante de sus ojos, dos mujeres se enfrentaban frente a frente con actitud combativa y con los cascos en el suelo. En la parte superior, la palabra «liberadas» en griego, el idioma que tanto adoraba Helena. Debajo del relieve de las dos gladiadoras, los nombres de Amazona y Achilia decoraban el hermoso mármol y enseñarían a todos los ojos que se detuvieran sobre ellas que aquellas dos mujeres libraron el mejor combate de todos los tiempos.

El duelo de la eternidad.

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