Gladiadoras
Capítulo XXV
Roma, 126 d. C.
Valerio Iucundo abrió los ojos.
Estaba oscuro, la imagen que percibía era borrosa, sus ojos tardaron en hacerse a la tenue luz de varias lámparas de aceite. Un fuerte dolor en la nuca terminó de devolverlo a la realidad. Intentó llevarse las manos a la cabeza pero las tenía atadas.
—El abogado de las mujeres —oyó a su espalda.
Trató de darse la vuelta pero fue incapaz debido a que también tenía las piernas atadas.
Unos brazos fuertes giraron la silla donde estaba sentado.
Valerio pudo ver a tres jóvenes delante de él, no le hizo falta pensar mucho para imaginarse quiénes eran.
Intentó adivinar dónde se encontraba, era una habitación oscura pero parecía lujosa por las pinturas que adornaban las paredes y por el mosaico que tenía bajo sus pies.
—Mi padre se encuentra de viaje y no regresará hasta dentro de unos meses. Así que tenemos la domus para nosotros. Podemos hacer contigo lo que queramos.
Valerio escuchó sin decir nada. Observó a los tres chicos. El que le había dado la vuelta era grande y se encontraba a su lado. El que hablaba parecía el líder del grupo, detrás de él otro chico lo miraba con las manos a la espalda.
—¿Por qué? —preguntó Valerio.
El joven grandullón que se encontraba a su lado le dio un puñetazo.
—Aquí las preguntas las hago yo —dijo el que se erigió como líder—.
¿Entendido?
Valerio asintió sin decir nada con el sabor que le devolvía su labio partido.
El chico se levantó.
—Así que tenías que investigar hasta dar con nosotros. El abogado de las mujeres tenía que hacer su propia justicia y buscar a quienes estaban limpiando esa inmundicia que vaga por nuestras calles. Hacemos un favor a Roma y mira cómo nos lo quieren hacer pagar.
Los otros chicos se rieron.
—¿Quién más sabe que fuimos nosotros? —preguntó.
—Nadie, solo yo —contestó Valerio.
El joven grandullón volvió a golpearlo.
—Podemos hacerlo fácil o difícil, Valerio, depende de ti.
—Antes dime, ¿por qué lo hacéis, por qué hacéis sufrir a esas mujeres?
El Grandullón fue a golpearlo, pero su amigo lo frenó con un gesto de la mano.
—Espera, ahora nos divertiremos con él. ¿De verdad no lo sabes? Desde que Roma se fundó, los patricios hemos gobernado hasta convertirla en un Imperio. Durante siglos nosotros hemos ordenado a quién declaramos la guerra y a quién perdonamos la vida. Los plebeyos se quejaban de sus derechos pero, mientras hubiera dinero para sobornarlos, todo seguía funcionando. No hay nada más ruin que un palurdo con ansias de poder, pero la gente se enorgullecía de ser romana, de ser ciudadanos del Imperio.
En las últimas décadas nuestras calles se han llenado de miserables y rameras, y cada vez son menos los que se sienten orgullosos de nuestro pasado. Los agricultores se han convertido en cicateros que abandonan sus tierras para venir a la ciudad a que el Gobierno les regale el alimento sin esforzarse en ganárselo. Nosotros limpiaremos la ciudad de toda esa inmundicia, conseguiremos que la gente vuelva a sentirse orgullosa de lo que nos ha llevado a dominar el mundo. Perderemos la prosperidad de nuestro Imperio si no hacemos que la gente recupere los valores y la moral.
—¿Y pensáis que las prostitutas son las culpables?
—Por algo se empieza.
—Ese gran plan, ¿vais a conseguirlo vosotros? Roma es tan solo un espejo de su sociedad, perseguís un imposible.
—Por Júpiter, ¿acaso crees que esto lo hemos organizado nosotros tres?
Solo somos brazos ejecutores de una organización que extiende sus raíces hasta el mismísimo Senado. Muchos ciudadanos no solo piensan así, sino que aceptan nuestros métodos. Tito Livio decía que el ansia de poder es el que mueve a los hombres a empuñar las armas, pero nuestra organización piensa que el miedo es quien las guía y, a veces, es más convincente que la propia sangre. Empezaremos por prostitutas, proxenetas e indigentes, y
luego continuaremos por todos aquellos que, como tú, se interpongan en nuestro camino. Y ahora se acabó la conversación, volveré a preguntártelo:
¿quién más sabe que hemos sido nosotros?
—Nadie, solo yo, ya te lo he dicho.
El Grandullón volvió a golpearlo.
—Tus hijas a lo mejor te ayudan a recordar. Valeria es una mujer con carácter, he visto a pocas como a ella. Además es atractiva, tiene que ser una delicia tenerla entre las sábanas.
—Si tocas a alguna de mis hijas...
—A veces hay que anteponer la patria a la propia sangre, Valerio. ¿Qué me dices de la pequeña Domicia? Tiene la lengua afilada como el pugio de un legionario, pero seguro que por dentro es muy sensible. Sería una lástima que alguien destroce toda esa ternura.
Valerio apretaba los puños con furia.
—Te lo preguntaré una tercera vez. ¿Quién más sabe que fuimos nosotros?
—Te doy mi palabra, nadie más lo sabe.
El joven le hizo un gesto a su amigo. Este salió y volvió enseguida con una jarra de barro que traía agarrada con un trozo de tela para no quemarse.
—El agua hirviendo a veces ayuda a recordar.
El chico vació el contenido en los pies desnudos de Valerio.
El abogado dio un grito desgarrador que retumbó por las paredes.
La piel se arrugó dejando a la vista un tono mucho más rosado, inundado de pequeños puntos de sangre.
—¿Oléis eso? —preguntó el chico que había vaciado el contenido de la jarra mientras los otros dos amigos se reían—. Huele a carne cocida.
Valerio estuvo a punto de perder el conocimiento. Resoplaba desesperadamente y su frente estaba empapada en sudor. Jamás en su vida había sentido un dolor tan inmenso.
—Te vimos salir de casa de Flavio, ¿qué fue lo que hablasteis? Vamos, cuéntanos todo lo que sabes y esto acabará. Si no lo haces, te causaremos un dolor mayor y te aseguro que hasta tus hijas lo pagaran.
Valerio seguía jadeando por el dolor.
—Le dije que quería presentar una acusación, pero no le di vuestros nombres. Solo quería saber si iba colaborar, pero Flavio no está dispuesto a manchar su reputación.
—Eso ya lo veremos.
—¿Cómo supiste que fuimos nosotros?
Valerio estaba a punto de desmayarse, no sin antes añadir:
—Cuando juntas a muchos cobardes, se creen tan valientes que tarde o temprano cometen algún error.
—Acabemos con esto. Pero antes quiero que, cuando estés en el Hades, te atormente saber que nos encargaremos personalmente del cuidado de tus hijas. —El chico hizo un gesto con la cabeza al grandullón—. No te olvides de las marcas en la cara.
El joven obedeció riéndose y saco un pugio. Empezó a marcar la cara del abogado entre los gritos de dolor de Valerio Iucundo.
En el inmenso suplicio que sus homicidas le estaban causando, pensó en Domicia, su mujer. Caronte facilitaría el encuentro que tanto ansiaba desde el momento en que el corazón de su amada dejó de latir y su voz se apagó para siempre. Pronto volvería a abrazarla, de nuevo volvería a besarla. El último pensamiento que tuvo en su vida fue para sus hijas. Todo dejó de doler en el momento en que su corazón se despidió de ellas. Se iba demasiado pronto, sin embargo él las había educado para que fueran independientes. Era inmenso el amor y el orgullo que sentía por ellas.
Aquella fue la última imagen que pasó por su mente, sus hijas. Su pecho exhaló un último aliento envuelto en miedo, no por morir, sino por todo lo que dejaba y el desconocido lugar a donde iría. Aun así, los tres responsables de su temprana muerte no pudieron apagar la sonrisa con la que Valerio Iucundo abandonó este mundo para siempre.
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