Gladiadoras
Capítulo XX
Roma, 126 d. C.
Thais estaba concentrada colocando distintas teselas de colores que formaban un precioso mosaico en la domus de un cliente.
Estaba tumbada sobre el pavimento, absorta en esa delicada tarea, eligiendo el tono adecuado, siguiendo el trazo en carboncillo que, hábilmente, el pictor había realizado sobre la fina capa de mortero de cal, arena y polvo de ladrillo que otro artesano había extendido con anterioridad, todo ello con la suficiente agilidad y paciencia para impedir que esta fraguara antes de culminar su trabajo.
Era la parte más delicada de la obra. El éxito del resultado dependía, en gran medida, de su habilidad y de elegir adecuadamente las tonalidades de las pequeñas teselas para darle la perspectiva deseada.
Mientras se afanaba en esta tarea, su dominus, que se encontraba muy pendiente del proceso, golpeaba de manera repetitiva con un taco de madera las teselas ya colocadas para nivelarlas y asentarlas en el mortero.
Ni siquiera el ruido provocado por el golpeteo incesante y por el eco del mismo en las paredes recién estucadas de la estancia desconcertaba a una absorta Thais. Cuando trabajaba se aislaba del mundo. Solamente se incorporaba para escrutar las partes ya consolidadas de la obra.
Un momento después, junto a su dominus, se subió a un andamio para comprobar el resultado. Un hermoso mosaico con la lucha entre Aquiles y Pentesilea, reina de las amazonas.
—Es increíble lo que eres capaz de hacer.
—Gracias, domine.
—No me llames así, no soy tu señor, sabes que puedes llamarme Ceciliano.
Thais asintió sin decir nada.
—¿Conoces su historia? —preguntó su dominus mirando el mosaico.
Thais negó con la cabeza.
Ceciliano explicó la historia de cuando Aquiles mató a Héctor durante la guerra de Troya. Y de cómo el rey Príamo empezó a temer por el destino de su ciudad. Pentesilea acudió en su ayuda con su ejército, únicamente compuesto de trece mujeres guerreras, entre las que destacaba ella. Ante las inexpugnables murallas y frente al azul del mar, Aquiles y ella se batieron en un duelo que paró el curso de la guerra. La reina era incapaz de penetrar con su lanza la coraza de oro de Aquiles. Fue entonces cuando comprendió que su final estaba cerca, la vida abandonó el cuerpo de Pentesilea cuando la espada de Aquiles atravesó su mortal pecho. Pero el gran guerrero, al ensartar el hierro, contempló el hermoso rostro de la reina y la morbidez de su mirada. Mientras el corazón de ella se apagaba para siempre, el suyo quedó prendado de amor, y durante horas sujetó el cuerpo de la mujer de quien se había enamorado.
—Qué bonito y qué triste —comentó Thais.
Ceciliano mantenía la mirada fija en el mosaico, observando la escena de la guerra de Troya.
—No es pobre el que posee poco, sino aquellos que no valoran lo poco que poseen.
Thais lo observó hasta que su dominus volvió a tomar la palabra:
—Mientras le echo la última lechada de cal y de arena fina, puedes ir a comprar algo de comida. Trae también, si eres tan amable, un ánfora de vino. Cuando regreses, espero haberlo terminado y que podamos celebrar por la eternidad de Aquiles y Pentesilea.
Ceciliano le dio unas monedas.
Thais bajó del andamio. Ese mismo día entregarían el trabajo al dueño. Se disponía a salir, pero se detuvo en el umbral para observar a Ceciliano.
Delante de sus ojos se encontraba, asintiendo con la cabeza por el buen trabajo realizado, uno de los mosaiquistas más famosos de toda Roma. Su dominus rozaba los sesenta años, era un hombre con el pelo canoso y desaliñado y una tupida barba blanca. Su cuerpo era rechoncho y en ese momento se rascaba la enorme barriga. Pero sobre todas las cosas era un ser bondadoso y muy generoso. Se portaba bien con ella y le hablaba con una ternura como nunca nadie le había hablado. Permitía que durmiera en su casa, en una de las habitaciones, sin descontárselo del sueldo, y a veces le compraba vestidos y alguna joya, únicamente para que se gustara a sí misma. Ceciliano siempre la trataba con cariño. Le apasionaba la filosofía griega y le enseñaba todo aquello que sabía. Al igual que ella, era solitario; nunca había buscado una mujer porque su trabajo había sido su vida. Había
recorrido todos los rincones del Imperio y eso le había impedido dedicarse al amor.
Nunca le había puesto la mano encima ni le había ordenado que se acostara con él. La joven adoraba a ese hombre que tenía delante.
Thais sonrió. La vida había cambiado mucho para ella desde hacía un año.
Por primera vez en su vida era feliz.
Thais abandonó la domus para irse a la caupona a por algo de comida. Sus pasos eran alegres, una extensión de la felicidad que sentía.
Levantó la cabeza para que el aire refrescara su rostro. Recorrió las calles sin miedo y sin vergüenza de sí misma. Había conseguido apagar el ruido de su cabeza, ese martilleo triste que la hacía compadecerse. Se sentía orgullosa y dejó de acusarse y perdonarse por todo lo que un día fue.
Pensó en lo distinta que podía ser una misma vida. Unos meses antes deseaba acabar con todo y ahora celebraba, por las calles de la misma ciudad donde quiso poner fin a sus días, lo bello que era vivir.
En la puerta de la caupona observó a un pintor que estaba recogiendo sus utensilios y que acababa de escribir una inscripción en la pared.
Entró sin pararse a leer y compró polenta, papilla de mijo y la pequeña tinaja de vino que Ceciliano le había encargado. Tras regatear el precio, salió del local.
Varios hombres leían el texto escrito en la pared del establecimiento dándose palmadas y celebrando lo que allí ponía.
—Lucha de gladiadores —dijo uno de ellos—. Lástima que Probus se haya retirado y que nunca volveremos a disfrutar de un combate suyo.
—Ningún gladiador es como él.
Thais se dio la vuelta movida por la curiosidad.
NUMISIO MODESTO, FLAMINE PERPETUO DE ADRIANO CÉSAR, HARÁ COMBATIR XX
PAREJAS DE GLADIADORES Y NUMISIO MODESTO HIJO HARÁ COMBATIR X PAREJAS
DE GLADIADORES EN ROMA, LOS DÍAS IV, III DE LOS IDUS DE MARZO Y LA VÍSPERA DE LOS IDUS DE MARZO. HABRÁ VELUM.
Thais no pudo evitar que su único ojo se llenase de lágrimas. A pesar de su felicidad, sus pensamientos, gran parte del día, los ocupaba aquel hombre que decidió poner en peligro su vida por salvarla a ella. Sintió una enorme nostalgia por alguien a quien nunca tuvo entre sus brazos, pero que le dejó una huella imborrable.
Volvió sobre sus pasos, más seria que cuando se dirigía a la caupona. Pensó en qué habría sucedido si, en aquella despedida, sus temores no la hubieran impedido decir lo que sentía por la única persona que la había tratado como
una mujer. Imaginó qué se debía sentir cada noche abrazada al mismo hombre. Recordó a Probus, y su pecho suspiró con melancolía imaginando, como tantas veces, lo que pudo ser y nunca sucedió.
Cuando estaba a punto de llegar a la domus, el ruido en una calle colindante llamó su atención. Se acercó movida por la curiosidad. Era una vía oscura y poco concurrida, la mugre de los muros le daba un aspecto lúgubre. El grito de una decena de personas había alarmado a vecinos y viandantes, y se formó un corro que le impedía ver lo que sucedía en el centro. Intentó apartar con sus manos a las personas que tenía delante para vislumbrar lo que estaba ocurriendo. Cuando llegó y lo descubrió, soltó un grito desde lo más profundo de su ser.
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