Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 52 de 60

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Gladiadoras

Capítulo L

Roma, 131 d. C.

Habían pasado varios días desde el combate de Achilia y Amazona, y por las calles y las cauponae de toda Roma presumían aquellos que habían sido testigos del épico duelo y lo lamentaban quienes no pudieron disfrutarlo en las gradas.

Hostiliano se levantó de buen humor, a pesar de que seguía colérico por tener que haber presenciado cómo le daban la libertad a Amazona y pagarle por todos los combates que había ganado; también se lamentaba de que la pequeña de las Iucunda no perdiera la vida. Aun así, ese día presentaría su candidatura al cargo de pretor en el Senado.

Rápidamente, su buen humor se vio truncado cuando Estrico, su atriense, como cada mañana, lo ayudó a ponerse la toga e, inconscientemente, le rozó la piel. Hostiliano era una persona muy celosa de su cuerpo y se sentía muy incómodo si alguien lo tocaba, mucho más si, además, se trataba de un esclavo. El siervo, consciente y preocupado por las represalias que podía ocasionarle tal desliz, rápidamente le informó de las novedades de la mañana. Los primeros clientes esperaban en el vestíbulo para acompañarlo a presentar su candidatura. Hostiliano respiró para intentar calmarse, era un día excelso y no quería que nada lo estropeara. Estaría atento a cada detalle para que los auspicios le fueran favorables. Vio su reflejo en un espejo de bronce y se sintió orgulloso de sí mismo. Abrió un pequeño cofre y sacó un anillo que heredó de su padre, también magister de Ostia, Hostiliano. Un camafeo con una piedra preciosa adornó su mano derecha. Una vez más, sus ojos se posaron orgullosos en el espejo, con creces en esa jornada superaría todo lo que su progenitor había logrado.

Su infancia no había sido fácil, siempre hostigado por su padre, que de pequeño lo trataba de un modo cruel y le imponía severos castigos por todo lo que no consideraba propio de su clase. Hostiliano creció sin disfrutar de su infancia, y la carencia de afectos provocó un carácter hosco. Sin

embargo, dejaría de estar a su sombra, por fin, una vez que alcanzara el cargo de pretor, dejarían de recordarle que fue su padre el primero en llevar luchas de mujeres a un anfiteatro, junto a todos los éxitos que habían engrandecido su persona y su brillante carrera.

A pesar de que no estaba satisfecho con el resultado del combate femenino, todo el mundo hablaba de los excelentes juegos que había patrocinado y eso le daba muchas posibilidades de alcanzar su objetivo. Tenía la edad que correspondía para ocupar todos los puestos en el cursus honorum, y dentro de unos años convertirse en cónsul, el mayor honor y la más alta responsabilidad que podía alcanzar un romano. Aunque, para él, tan solo una cosa sobrepasaba todo eso: superar a su padre.

Salió de su dormitorio. Un esclavo que iba despistado chocó con su orondo cuerpo cuando se dirigía al comedor.

—¡Por todos los dioses! ¿Es que no ves por dónde caminas? —gritó.

El esclavo continuó andando con la cabeza agachada y el miedo por la fama de su dominus.

El magister, molesto por la segunda señal negativa que recibía nada más levantarse, se dirigió a Estico.

—Quiero que ese esclavo reciba veinte latigazos para sosegar a los dioses

—ordenó a su atriense.

—Sí, mi domine —contestó el esclavo.

Hostiliano, a diferencia de lo habitual en él, fue incapaz de probar bocado en la primera comida del día. Estaba nervioso. A pesar de estar acostumbrado a cruciales jornadas, esa mañana no era como cualquier otra.

Cuando se disponía a levantarse de su silla, su toga se quedó enganchada impidiéndole levantarse. El magister era un hombre tremendamente religioso y achacó esa circunstancia, junto al esclavo tropezando con él y su atriense rozándole la piel, a un mal augurio. Se quedó sentado y empezó a preocuparse por que aquel día, tan importante para su carrera, no saliera del modo que deseaba. Cuando finalmente se puso en pie, un par de gotas de vino cayeron en un pliegue de la túnica y eso fue definitivo. Un ataque de ira empezó a dominarlo.

—¡Rápido! Ordena que me llenen la terma. He de purificarme. Y ve inmediatamente a buscar a un sacerdote —ordenó.

—Pero, domine, todos los clientes lo esperan para acompañarlo al foro —

contestó su atriense.

—Si tengo que volver a repetirlo, te cortaré la lengua para que jamás vuelvas a cuestionar una de mis órdenes.

El siervo tragó saliva y obedeció presuroso.

—Que dos esclavos me acompañen a los baños y procurad que, hasta que el sacerdote venga, nadie toque nada, o juro por todos los dioses que si por culpa de alguno de vosotros recibo otro augurio negativo acabaré con su vida del modo más cruel que pueda imaginar.

Hostiliano se hizo acompañar de los esclavos, visiblemente preocupado; habría pospuesto presentar su candidatura a otra jornada, pero ese era considerado uno de los días fastos del calendario. Además, todos los ciudadanos tenían frescos en la memoria los juegos que había ofrecido, por lo que no quería postergarlo.

El sacerdote llegó hostigado por los esclavos que fueron a buscarlo, acompañado de varios clientes cuando les expusieron la situación.

El augur, con ayuda de una pequeña pátera y tras hacer una serie de ruegos a los dioses, purificó y lustró la toga manchada, el suelo y la silla que habían sufrido lo que Hostiliano entendió como un mal presagio.

—¿Debo considerar un mal augurio lo ocurrido? —preguntó el magister.

—Sin duda podría haber signos de ello. En cualquier caso, he purificado todo lo que haya podido ser tocado por la toga, por lo que creo que, en caso de haber enfurecido a los dioses, hemos calmado su ira.

Varias horas después de lo previsto, y más calmado tras haber recibido la visita del sacerdote y su visto bueno, Hostiliano salió en compañía de un buen número de clientes que lo acompañarían hasta el foro con intención de ofrecer una buena imagen al pueblo de Roma.

Más cordial de lo habitual, saludó y entabló conversación con todos aquellos que lo pararon por la calle para desearle fortuna y, muy a su pesar, tuvo que dejar que palmearan su espalda, le estrecharan la mano o, incluso, lo abrazaran. Debía mostrar una imagen afable si quería ocupar el cargo al que se presentaba, a pesar de lo incómodo que se sentía cada vez que alguien lo tocaba.

Se encontraba cerca del foro cuando un grupo de senadores salió a su encuentro.

—Hemos de felicitarte, Hostiliano, hacía años que no disfrutábamos de una lucha de gladiadores como la que nos brindaste con la generosidad de tu bolsillo —comentó uno de los senadores.

Hostiliano suspiró tratando de controlar la ira que le producía pensar en las gladiadoras. Si al menos una de las dos hubiera muerto, sentiría una inmensa alegría, pero el resultado no había sido, ni mucho menos, el esperado.

—Desde el combate del otro día, al parecer un buen número de mujeres se han presentado en diversos ludi con intención de emular a esas dos gladiadoras —comentó otro senador.

—Aun así, jamás mis ojos verán luchar a dos mujeres del modo que lo hicieron Achilia y Amazona, un combate así se da solo una vez en la vida

—contestó el primero.

—Espero que lo recordéis cuando tengáis que decidir a quién votar —

comentó Hostiliano.

Los senadores rieron.

Un mendigo con aspecto sucio, con una túnica que le cubría los hombros y le tapaba completamente el rostro, se acercó a Hostiliano. Tras una genuflexión, alargó una mano solicitándole una limosna por caridad. El magister, con un gesto de repugnancia, lo apartó con buenos modales, le dio varias monedas para que todos vieran que no trataba de un modo avaro a los que menos tenían e hizo una señal acordada a dos de sus clientes para que quitaran de en medio al incómodo visitante, que no dejaba de palparlo.

Hostiliano comenzó a notar una extraña sensación de frío en la espalda.

Decidió no darle importancia y siguió charlando tranquilo con los senadores. Sin embargo, antes de entrar en el foro y dirigirse a la curia Julia, sintió que su malestar iba a más. Le costaba respirar, apenas tenía ningún dolor, pero la piel estaba fría y su frente sudaba profusamente. Cada paso le costaba más que el anterior y apenas podía seguir el ritmo de los otros senadores. Hacía ya un rato que había perdido el hilo de la conversación, únicamente estaba preocupado por controlar el malestar. El ruido de un caballo pasando cerca de él hizo que se mareara. Las nubes ya encapotaban el cielo. El tronar de unos rayos le hicieron despejarse, pero mucho más por entender ese signo como un indicio definitivo de su mala fortuna. La lluvia empezó a descargar con fuerza cuando entraban en el foro. Varios esclavos con mantas fueron raudos a socorrer a sus domini para que no se mojaran. Hostiliano, antes de que Estico llegara hasta él, se resbaló en una piedra y cayó al suelo. El golpe le provocó una gran contusión en la nuca; sin embargo, no sintió dolor. Hacía ya un rato que había dejado de sentir nada. Su atriense le dio la vuelta y lo llamó a gritos, pero el magister no oía su voz, ni la de los esclavos y otros senadores que fueron a socorrerlo. Únicamente se lamentó al pensar en los augurios que esa mañana le anunciaron que esa jornada no era propicia. Entre varios hombres lo cogieron y trataron de conducirlo hasta la basílica Emilia para ponerlo a salvo. Hostiliano abrió los ojos aturdido y pudo ver cómo lo

llevaban en volandas mientras la lluvia caía sobre su rostro. Oía las voces que aseguraban que el golpe al caer había sido el motivo de su inconsciencia, pero él sabía que había sido de camino al foro. Varios esclavos corrieron en busca de un médico. Hostiliano sabía que sería inútil.

El magister no tuvo el menor recelo, por primera vez en su vida, a que lo tocaran. Había sido culpa de que alguien, en ese momento no acertaba a saber quién, lo había envenenado durante el recorrido. Poco a poco fue sintiendo que sus fuerzas sucumbían. Justo antes de cerrar los ojos por última vez, recordó a su progenitor. Una punzada de rabia, acompañada de una inmensa impotencia, volvió a acuciarlo cuando por su mente apareció un pensamiento. Justo en el momento en el que expiraba su último aliento y con el rostro serio, se despidió de este mundo para siempre sabiendo que no superaría los éxitos de su padre.

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