Gladiadoras
Capítulo IV
Norte de Roma, 124 d. C.
—El primero que llegue gana.
—Será la bolsa de sestercios más rápida que obtendré en mi vida —
comentó Décimo, el más rápido y el favorito para ganar la carrera.
—Tú, enséñanos la bolsa —ordenó Sexto.
—¿Por qué? —preguntó la víctima de la acusación con incredulidad.
—Ya sabes por qué —dijo Décimo.
Su oponente se la enseñó negando con la cabeza; la duda sobre su honestidad no le había gustado.
Los rivales se colocaron en posición.
—¿Estáis seguros? —preguntó un joven a los tres corredores que iban a enfrentarse—. Hoy es día de mercado. Las calles están llenas de gente.
—¡Da la salida y cierra el pico! —gritó Sexto.
—Allá vosotros. Sois responsables de aquello que rompáis si os pillan. Y
nada de iros de la lengua. Si alguien os atrapa, buscaos la vida.
—¡Vamos! —dijo desesperado Décimo.
—Hasta que no oigáis mi grito, no podéis empezar a correr, ¿entendido? —
preguntó el chico.
Los tres corredores asintieron con la cabeza.
—Pie con pie —ordenó.
Los jóvenes adelantaron un pie. Los tres colocaron las piernas ligeramente flexionadas, con el torso adelantado y los brazos extendidos al frente.
—Vencerá el primero que llegue a la puerta de la Via Salaria, al otro extremo de la ciudad.
Los corredores no se dirigieron ni una sola mirada, concentrados como estaban en la carrera. Había más que dinero en juego.
—¡¿Listos?! —dijo el muchacho que hacía de juez, con las manos en alto
—. ¡Ya! —gritó mientras bajaba los brazos.
Los tres corredores salieron disparados como flechas lanzadas por expertos arqueros.
El primero que se puso en cabeza fue Décimo, tomando la delantera con su gran zancada.
Sexto lo siguió de cerca, pero nada pudo hacer ante la rápida salida de su oponente. Encararon una de las calles principales, en dirección al Mausoleo de Augusto.
El sol despuntaba en lo alto, aunque a espaldas de los corredores asomaba y se acercaba rápidamente una tormenta. Aquello no distrajo a ninguno de los tres, que, con el único pensamiento de ganar, siguieron corriendo.
Décimo seguía en primera posición. Se pegó al lado izquierdo dirigiéndose hacia varios perros que daban cuenta, en una zona de la calle, de los restos de comida que les habían lanzado sus dueños. Cuando llegó a su altura, golpeó a uno de ellos en el lomo y eso hizo que el animal, asustado, corriera en sentido opuesto.
Décimo se giró con una sonrisa para mirar a sus rivales, a quienes no les quedó más remedio que saltar por encima del animal para esquivarlo. Los ladridos de los otros perros no se hicieron esperar asustando a los jóvenes y haciéndoles reducir la marcha.
Décimo apretó el puño celebrando su fantástica maniobra, pero aquello le impidió ver cómo se interponía en su camino un hombre que se dirigía al mercado con su viejo esclavo. Con violencia, chocó con la espalda del individuo, que, asustado por la impresión del golpe, cayó al suelo gritando.
Décimo acabó rodando por el suelo, sorprendido, y desollándose una rodilla con la piedra de la calzada.
El esclavo, asustado, intentaba auxiliar y levantar a su amo.
— Domine!, domine!
El hombre, mientras taponaba la sangre que le empezaba a manar de la frente, gritó con ira a Décimo:
—¡Maldito, me las pagarás!
El chico miró sorprendido al hombre e intentó levantarse para huir haciendo gestos de dolor por la rodilla raspada y cubierta de polvo y sangre.
—Agárralo y no dejes que se escape —ordenó el hombre a su esclavo.
Décimo se levantó y, haciendo una finta, sorteó fácilmente las manos extendidas del anciano esclavo que buscaban sujetarlo. El hombre quedó abrazando el aire sin poder acercarse siquiera al muchacho.
—Maldito esclavo inútil. Esta noche te atizaré con el látigo hasta que se te caiga la piel a tiras —gritó el hombre taponando la herida de la frente con
una mano, mientras con la otra intentaba golpear al esclavo, quien, con esfuerzo, consiguió esquivar a su señor.
Los otros dos corredores, que seguían a Décimo, pasaron a su altura observando la escena.
—Agarra a uno de esos —ordenó el herido y enojado individuo a su esclavo
—. Seguro que son amigos del primero.
El siervo nada pudo hacer ante los dos jóvenes que pasaron rápidos como un rayo por su lado.
—¡Por Baco! ¡Maldito esclavo criado en un lupanar! —gritó el hombre persiguiéndolo con ira y torpeza—. ¿Acaso no eres capaz de defender a tu dominus? ¡Te golpearé hasta que me sangre la mano!
La carrera continuó, aunque Décimo había perdido ventaja y la herida de la rodilla le impedía correr con la rapidez habitual.
Los tres estaban casi a la misma altura cuando la calle empezó a llenarse de personas que se dirigían al mercado.
A pesar de la habilidad que tenían para sortear a la gente, la carrera se complicó cuando los primeros puestos se anunciaban en la concurrida calle.
Empujones y algún que otro golpe, además de los gritos y las voces que les empezaron a dirigir los mercaderes y los clientes y que sonaban por encima, incluso, del jaleo propio del mercado.
Sexto y Décimo, los dos corredores favoritos, se pusieron a la misma altura y con los codos intentaron empujarse y entorpecer sus ritmos. La lucha entre ambos era despiadada. En uno de los lances, Décimo empujó con más fuerza de la esperada a Sexto, que fue a parar encima de un puesto de manzanas, muchas de las cuales rodaron por el suelo.
El enojado vendedor agarró un palo que tenía escondido para defenderse de ladrones y otros peligros, y se dirigió a Sexto:
—¡Malditos niñatos, os arrepentiréis!
Décimo no hizo el más mínimo gesto de ayudar a su oponente y, sin apenas pestañear, reanudó la carrera sonriendo por haberse librado del rival más duro.
—¡Condenado cabrón! Me has arruinado mi mercancía, te voy a dar un escarmiento que no olvidarás... —dijo el tendero levantando el brazo para golpear a Sexto, que ya se cubría la cabeza para protegerse del mamporro.
En ese preciso momento el frutero recibió un fuerte empellón en la espalda de quien iba en último lugar en la carrera. El empujón hizo que el comerciante cayera hacia un lado, quejándose del golpe.
Sexto abrió los ojos y vio la mano que le tendían para ayudarlo a levantarse.
Los dos, con enorme rapidez, retomaron la carrera, dejando atrás al frutero, que ya se había levantado.
—¡Me las pagaréis! —gritaba—. ¡Sé quién eres! ¡Hablaré con tu padre! —
dijo señalando a uno de los chicos.
Ajenos al lío que se estaba organizando en el mercado, la carrera continuó con Décimo en primera posición, pero mermado por la dolorida rodilla y perseguido, muy de cerca, por sus dos rivales, cargados de rabia por la vileza que había mostrado.
Afortunadamente para ellos, pero especialmente para los ciudadanos que se encontraban en el mercado, los tres corredores dejaron a su espalda el concurrido foro y encararon la calle que daba al puente de la ciudad, que se encontraba muy cerca de la meta.
Las nubes que antes se asomaban tímidamente en el cielo ahora cubrían todo y amenazaban lluvia.
El cansancio empezaba a hacer mella en los tres corredores, que prácticamente competían igualados, justo cuando estaban a punto de cruzar el río Tíber. En ese punto, la calle se estrechaba. Llegar el primero al puente era primordial para encarar la última curva y, tras ella, la recta final con posibilidades de ganar la carrera. Estaban en el tramo decisivo.
Décimo abrió la boca sofocado; el dolor de la rodilla y la fatiga no le iban a impedir ganar unos sestercios que, antes de comenzar la carrera, veía en su bolsillo con mucha más facilidad.
Sin embargo, Sexto lo alcanzó y se colocó muy cerca de él, a su derecha.
Los dos corredores estaban a punto de atravesar el puente de Nerón.
Décimo no se iba a dar por vencido y aceleró aprovechando la bajada del puente. La inercia y la rapidez con la que encaró la recta hicieron que no controlara el movimiento de sus piernas y acabó tropezando con una piedra que sobresalía un poco para caer de bruces contra la calzada. El golpe fue bastante doloroso para el chico, que cayó sobre el codo y la rodilla lastimada. Mientras rodaba por la calzada, levantó las piernas y consiguió zancadillear a Sexto, que trató de saltar pero trastabilló y rodó por el suelo.
El último adversario pasó por delante de ellos. Al fondo, donde la calle se ensanchaba, se distinguían las figuras de una docena de jóvenes esperando a ver quién asomaba primero. La sorpresa se dibujó en sus rostros cuando identificaron al corredor que tomó la curva en primer lugar.
Justo cuando el futuro vencedor encaraba la recta final, cerca de la famosa caupona de Vetusto, algo llamó su atención entre dos callejones, le había
parecido ver algo tendido en el suelo.
Sin dudarlo un instante, volvió sobre sus pasos.
Al acercarse, descubrió el cuerpo de una mujer cubierto de sangre. Tenía el pelo azul y un vestido rojo completamente desgarrado.
Los rostros de los jóvenes que esperaban en la línea de meta pasaron de la sorpresa a la incredulidad y hacían gestos de no entender nada.
Sexto y Décimo pasaron por el lugar y se miraron alarmados al ver a quien suponían ya en la meta inspeccionando aquel callejón. Sin dudarlo un momento, apretaron el paso.
—¡Chicos! ¡Esta mujer necesita nuestra ayuda! —gritó su rival.
Sin embargo, no se detuvieron y aceleraron para proclamarse campeones.
Décimo se sentía lastrado por la caída y Sexto aceleró el ritmo colocándose en primera posición, tan solo lo separaban unos pies de su destino. «¡Ya está!, ¡vas a ganar!», se repetía.
Podía sentir el grito de las personas que animaban, oía el ruido de sus manos dando palmas, alentándolo a un último esfuerzo.
Levantó los brazos en señal de victoria justo cuando atravesó la línea de meta tan solo uno o dos pasos por delante de Décimo.
—¡Ha vencido Sexto! —comentó Lucio el Grandullón, que tenía un enorme prognatismo.
Los gritos de quien debería haber ganado la carrera cortaron las celebraciones de victoria.
—¡¿Estáis locos?! Hay una mujer que necesita nuestra ayuda, creo que aún respira y no os habéis detenido. Rápido, Domicia, dijo llamando a su hermana, ve a buscar a padre, él sabrá qué hacer.
Una niña pequeña salió de entre los espectadores.
—¿Qué ocurre?
—Al tomar la curva me pareció distinguir unas piernas. Por sus ropas creo que es una prostituta. Tiene el rostro desfigurado. Sus piernas están llenas de sangre seca. Domicia, debes ir en busca de padre, no sé si aún sigue con vida. Rápido, que nada te detenga.
—No tan deprisa —dijo Sexto—. De aquí no se mueve nadie hasta que me pagues lo que me debes.
—¿Cómo puedes ser tan miserable? Una mujer necesita de nuestra ayuda y solo te interesa una estúpida bolsa de dinero. Domicia, ve.
La pequeña trató de salir corriendo, pero varios de los allí presentes se pusieron delante de ella impidiéndole el paso.
—Si alguien le pone la mano encima, juro que lo lamentareis.
—Soy el vencedor. Si quieres que tu hermana se marche, dame tu bolsa de monedas.
—Ahora mismo estarías tirado en el mercado con la cabeza abierta si no te hubiera salvado del frutero.
—No sé de qué me hablas, estaba a punto de zafarme de él antes de que llegaras. No te debo nada, dame lo que me debes.
—Eres un tramposo. Te habría vencido si no fuera por esa pobre mujer.
—¡He dicho que me pagues lo que me debes!
Su rival se acercó despacio quedándose a escasa distancia de Sexto. Con la respiración aún agitada por el esfuerzo de la carrera, se dirigió con cara de asco a él y extrajo del interior de su túnica la bolsa de monedas.
—¿Quieres tu asqueroso dinero o prefieres un doble o nada?
—Te escucho.
—Antes deja que mi hermana se marche.
—Espero que valga la pena o te arrepentirás.
Sexto hizo un gesto y el grupo se apartó dejando un pasillo por donde la pequeña abandonó la plaza.
—Habla —continuó Sexto.
—Mañana. Te espero en la palestra de las termas del templo de Agripa a la octava hora.1 Te reto a un combate de gladiadores.
Todos se echaron a reír. Sexto tenía fama de ser un excelente luchador.
—Allí te espero. Por tu bien, espero que acudas, o te juro que te encontraré y te arrepentirás.
Las nubes empezaron a deshacerse con intensidad de toda el agua que albergaban.
—Sea, ahora venid y ayudadme a socorrer a esa pobre mujer.
Décimo miró discretamente a Sexto negando con la cabeza.
—Ve tú, como has dicho, puede que no siga con vida. Vámonos antes de que nos empapemos —ordenó Sexto satisfecho.
Su contrincante observó cómo se alejaban mientras el agua empapaba sus túnicas.
—¡Sexto! —gritó por encima del ruido de la lluvia.
Todos se dieron la vuelta.
—Puede que pienses que eres mejor, pero recuerda el día de hoy. Nunca lo olvides. Recuérdalo siempre que te levantes cada mañana y a la noche antes de que el sueño se apodere de ti. Memoriza este día y mi nombre porque seré como una sombra el resto de tu vida. Me encargaré de que nunca
olvides cómo en una ocasión, una mujer, yo, Valeria Iucunda, te habría vencido si no fueras tan miserable. Mañana te lo haré pagar.
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