Gladiadoras
Capítulo XXIII
Roma, 126 d. C.
Valerio Iucundo atravesó el vestíbulo de la domus de Tito Flavio con determinación y visiblemente enfadado, pisando los mosaicos que Thais había compuesto en dirección a la salida.
—Espera, Valerio, por favor —dijo Flavio deteniéndolo por el brazo—. Lo siento, pero sabes que no puedo hacer nada.
—Esas mujeres no necesitan que alguien pueda, necesitan que alguien quiera —respondió Valerio.
—Sabes que, aunque estuviera de acuerdo y presentásemos una denuncia, no llegaría a ningún sitio. Es una causa imposible. Me buscarás la ruina.
—No hay nada imposible para quien, como yo, persigue a la injusticia.
Tenemos que velar por esas indefensas muchachas, Flavio. Tenemos que impedir que vuelva a suceder. No he pensado en otra cosa desde que vi el cuerpo sin vida de esa chica abandonada en la calle, violada y mutilada, sin nadie que se apiadara de ella, sin nadie que la viera como a una persona.
Simplemente la tiraron a un carro y siguieron con sus vidas.
—Estas cosas suceden todos los días en el Imperio. Me estás pidiendo que acuse a los hijos de importantes senadores. ¿Dónde quedará mi reputación después de esto? Dime, Valerio, por todos los dioses, ¿quién querrá que sus hijos estudien en mi collegium? Hazte un favor, vuelve a casa con tus hijas y olvídate de este asunto.
—¿Las olvidamos porque los culpables son hijos de patricios? ¿O
realmente las abandonamos a la indiferencia porque son prostitutas?
Flavio lo miró serio.
—Son mulieres, Valerio —contestó—. A nadie le importan las mulieres. Si fueran féminae, sería distinto. Nuestras costumbres son ancestrales, no me compete a mí decidir si es o no es justo, pero así ha funcionado desde el inicio de nuestros tiempos y es lo que nos ha llevado a dominar el mundo.
—No son mujeres distintas. Son esas costumbres, son nuestros ojos los que las hacen diferentes. ¿Acaso no tienen sentimientos, no ríen, no lloran, no sienten, su destino hace que no sufran? ¿Acaso esas mujeres, por entregarse a distintos hombres cada noche, no tienen derechos?, ¿qué las hace diferentes? Si se vistieran con mejores ropas y vivieran en una casa como esta, ¿las haría eso distintas? El suelo que pisas y del que tanto presumes ante tus clientes lo hizo una mujer que se dedicó a la prostitución, ¿dirías que es de peor calidad? Las señalamos con el dedo tachándolas de indecentes. Nos escandalizamos de vivir en compañía de estas mujeres tratándolas por el día como perros y nos enojamos tanto que por la noche somos nosotros los que acudimos a su compañía en busca de nuestro hueso,
¿quiénes son entonces los animales? ¿Quiénes son los monstruos?
—¡Son solo prostitutas, Valerio! —dijo Flavio gritando—. A nadie le importa lo que les pase. Por todos los dioses, ¿piensas tirar toda tu carrera por defender a esas infames? Además, destruirás la mía si presentas esa acusación. No lo hagas, te lo suplico por nuestra amistad.
—Ningún hombre o mujer nacido libre o esclavo puede eludir sus actos.
Esto no puede quedar así, Flavio. No puedo permitirlo y tú tampoco deberías. Mañana presentaré la denuncia en el Senado.
—No sabemos si son los chicos del collegium de Hositiliano o los del mío, Valerio, tendrás que acusarnos a los dos. Me arruinarás —dijo Flavio en un tono derrotista.
Valerio asintió con la cabeza mirando fijamente a los ojos de su cliente.
Avanzó para abandonar la domus. Cuando iba a salir, se dio la vuelta dirigiéndose a su amigo:
—¿Podrías dormir sabiendo que tus chicos son unos asesinos?
—No son asesinos. Tan solo eran prostitutas.
—Llegaré hasta el final con o sin tu ayuda. No descansaré hasta que los culpables cumplan su condena, aunque me cueste la vida.
—No tendrás mi apoyo en esto. Si mañana presentas una acusación contra mis chicos, o tan solo insinúas que pudieron ser ellos, te convertirás en mi rival.
—El valor de los hombres se mide por sus ideas y el uso que hacen de ellas.
—Espera —dijo Flavio—, es tarde, se ha hecho de noche, deja que te acompañen mis mejores esclavos, duerme y mañana lo hablamos con más calma.
—No necesito a tus esclavos, Flavio, te necesitaba a ti —dijo abandonando definitivamente la casa.
—¡Valerio!, ¡Valerio!
El abogado no se giró. La noche estaba despejada, la luna iluminaba las calles y el viento corría silbando entre las viviendas. La domus de Flavio se encontraba cerca del templo de Saturno, en la zona capitolina. Su casa estaba a tan solo un paseo placentero por el día e intranquilo de noche.
Valerio pensó en las opciones. Se sentía frustrado, no quería tener a su socio y amigo de rival, la conversación no había salido como él esperaba. A la mañana siguiente presentaría una acusación, estaba convencido de que era lo que debía hacer. Había investigado por su cuenta, desde hacía tiempo sabía perfectamente quiénes eran los asesinos, pero no se lo había dicho a Flavio porque quería saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Necesitaba saber si tendría en sus collegia a asesinos. La respuesta le había dolido en el alma.
Se sentía solo, no le quedaban apoyos. Seguramente al día siguiente se ganaría cientos de rivales, tenía fama de ser el abogado que defendía a las mujeres. Era conocido por todos los rincones de Roma por ser el único en defender los derechos de las feminae, algo que sus conciudadanos veían hasta ese momento con benevolencia. Sin embargo, ser el abogado de las prostitutas le granjearía más odio que respeto. Era consciente de ello, pero no cejaría en su empeño hasta que se hiciera justicia con esas pobres mujeres, aunque hubiera que crear leyes nuevas.
Estaba absorto en sus pensamientos, concentrado en discernir por dónde debía llevar la acusación, cuando llegó hasta la zona de las cauponae. La algarabía de sus embriagados clientes sonaba de fondo en la noche y lo devolvió a la realidad. Notó unos pasos a su espalda, muy cerca de él, se giró y le pareció ver una cabeza esconderse. Había estado tan concentrado en la causa de las prostitutas asesinadas que no había reparado en si lo seguían. La tensión se apoderó de él, era un hombre cuya mayor arma, cuya mayor destreza, eran las palabras, no la fuerza bruta. Hasta ese momento no había imaginado que alguien pudiera seguirlo y mucho menos saber con qué intenciones. Continuó caminando, pero no con tanta determinación.
Prestó atención por si oía de nuevo las pisadas. Una sensación de angustia se apoderó de su pecho. No debía tener miedo, era lo que siempre les decía a sus hijas: «El miedo es la ausencia de valor», pero no podía evitar los nervios. Actuaría con rapidez. Giró una esquina y esperó en la oscuridad, su respiración era agitada y sus manos sudaban. Apretó los puños, sentía sus músculos atenazados.
Permaneció así durante un breve tiempo, que para él fue eterno, pero nadie dobló la calle.
Valerio cerró los ojos, respiró y apoyó su espalda contra la pared. Pensó que se estaba volviendo loco. Todavía no había presentado ninguna acusación.
Era imposible que alguien pudiera conocer sus propósitos y mucho menos lo siguiera.
Solo Flavio conocía sus intenciones.
El abogado continuó andando, estaba cerca de su casa, aceleraría el paso porque no quería más sobresaltos.
Tenía un mal presentimiento, estaba convencido de que algo no iba bien.
Continuaba con la extraña sensación de que lo perseguían, sentía unos ojos clavados en su nuca mirándolo desde las sombras. De nuevo, un extraño sonido. Se paró y comenzó a caminar de espaldas. No había ni rastro de un alma por las calles, pero eso no lo tranquilizó. Cruzó con cuidado una de las vías principales para no ser arrollado por los carros que atravesaban la ciudad de noche. Quedaba poco para llegar a su vivienda cuando volvió a sentir unas pisadas corriendo a su espalda. Se detuvo y alzó la vista; tan solo se oía el invisible viento golpeando puertas y ventanas. Volvió a apretar el paso. Se encontraba al lado de la curia de Pompeyo, de ahí a su domus la distancia era muy corta.
Giró la siguiente calle, su hogar se encontraba cerca, muy cerca, casi podía oler y notar el calor de su familia. Tenía ganas de llegar y abrazar a sus hijas. Continuó hasta la calle donde se hallaba su domus y empezó a relajarse sintiéndose más seguro.
Se encontraba a tan solo unos pasos, llamaría esperando que Saurea le abriera. Respiró tranquilo, agradeció a los dioses encontrarse a salvo, seguramente todo había sido fruto de su imaginación. Observó el relieve de mármol que le dedicó a su mujer, «Te amé como si nunca fueras a marcharte y te fuiste como si nunca te hubiera amado», iluminado por el fuego de las antorchas que crepitaban con fuerza. Pensó en ella. Cuánto la echaba de menos. Ya estaba en el umbral de su puerta, levantó el brazo para golpear la aldaba.
En ese preciso instante notó algo en la cabeza. Sin darse la vuelta, se tocó la nuca, algo corría rápido por su cuello. Se miró la punta de los dedos, iluminados por la luz de las antorchas, un líquido oscuro brillaba sobre ellos. Era sangre. Se giró. Tres hombres se encontraban detrás de él. El más grande le tapó la boca con fuerza. Impotente, solo pudo observar cómo otro
lo golpeaba de nuevo en el rostro y cómo la luz que iluminaba el mármol se fundió en una negra y absoluta oscuridad.
OceanofPDF.com