Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 44 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XLII

Tibur, 130 d. C.

Antinoo recorría nervioso los pasillos de la domus imperial en dirección a la habitación de Vibia Sabina. El deseo de contarle a su amiga que días antes había visto a Helena superaba el miedo a ser descubierto por Adriano. Entró en la habitación ante una sorprendida emperatriz, que no entendía qué estaba ocurriendo y veía cómo el joven ahogaba su angustia vaciando una copa de vino, una y otra vez, hasta que la jarra llegó a su fin.

—¿Qué ocurre, Antinoo? ¿Qué hace que estés tan afligido?

—La he visto... Era ella.

—¿Quién?... Me estás preocupando —dijo angustiada la emperatriz.

—A Helena. La esclava de Nicomedia que te conté que fue mi gran amor.

¿Y si ha venido por mí?

Vibia se dio la vuelta y pensó con rapidez mientras trataba de recomponerse bebiendo agua.

—Tranquilo —contestó nerviosa—, intentaré averiguar todo lo que pueda sobre ella. No te preocupes, mi querido Antinoo, te ayudaré.

—¡Gracias! —dijo el joven exultante—. Sabía que solo tú podías hacer algo por mí. Necesito verla, necesito hablar con ella.

Varios días después Vibia le contó todo lo que había podido descubrir sobre la chica. Le dijo que se había convertido en gladiadora y que vino de Asia en compañía de un hombre, que todo hacía pensar que era algo más que su entrenador. Antinoo llevaba mucho tiempo sin saber de Helena, habían pasado seis años desde que abandonó la provincia de Bitinia y hacía tiempo que la había olvidado, pero una pequeña llama se volvió a prender al imaginar que fuera él la causa de que ella se encontrara en Roma. Sin embargo, la emperatriz le dijo que el verdadero motivo era el desorbitado precio que Hostiliano había pagado por ella. Vibia le contó con pesar a Antinoo lo que le habían dicho sus fuentes: ese amor no era flor de un día,

sino el que lleva años superando tempestades, el que nace del corazón, y le aconsejó que se olvidara rápidamente de ella.

Antinoo no albergó ninguna duda, estaba convencido de que Helena se había olvidado de él al poco de partir de Nicomedia.

La emperatriz trató de prevenirle de que la presencia de Helena podía ser un mal augurio, y que si el emperador notaba algo raro, podía tener consecuencias fatales para él.

Días después Antinoo estaba compungido una vez más. Adriano le había anunciado que volvería a viajar sin él, por Egipto, durante semanas. Ese podía ser el mal augurio al que se refería la emperatriz y necesitaba contárselo. Antinoo temía que llegara el día en el que el emperador se cansara de su presencia. ¿Y si ya no era el dueño de su corazón? Tenía que hacer todo lo que estuviera en su mano por mantener la llama de su amor viva.

No paraba de pensar en las palabras del emperador. Adriano le había explicado que sería un viaje donde no tendría tiempo para atender a sus caricias. Donde la obligación primaría por encima de la devoción y lamentaría enormemente hacerle viajar sin poder atenderlo durante el periplo como se merecía. ¿Acaso el emperador ya no lo veía con los mismos ojos que cuando viajó con él seis años antes desde Bitinia? Antinoo se martirizaba con esa y otras miles de preguntas. Se había sentido el hombre más dichoso de la tierra, el ojo derecho y la tentación del dueño y señor del mundo, y ahora temía perderlo todo. Helena se había olvidado rápidamente de él, ¿y si el emperador también se había cansado de su presencia? En sus frecuentes encuentros, la emperatriz le había enseñado a ver los peligros que se cernían a su alrededor y el modo en que debía dominarse cuando llegara el momento. En el amor ella sabía ver mucho más allá de donde ven el resto de los mortales.

Antinoo estaba confuso, no quería disgustar al emperador, no porque fuera el hombre más importante de Roma sino porque por fin se daba cuenta de lo enamorado que estaba del césar. Adriano se deshacía en detalles que le permitían sentirse el hombre más dichoso del mundo. Como la mañana que salieron juntos de caza: para conmemorar ese día, el emperador mandó pintar un fresco con la imagen de ambos. Nunca nadie le había hecho sentir único. Sin embargo, estos eran capítulos esporádicos y no habituales. No entendía por qué los senadores y la más alta sociedad del Imperio desaprobaban su relación. Por qué a alguien podía ofenderle tanto que dos hombres se amaran como lo hacían ellos. Por qué nadie entendía que el

amor solo entiende de pasión, sin comprender el género. No soportaba imaginar que el emperador pudiera compartir sus besos con otros labios que no fueran los suyos. No quería que su cuerpo se estremeciera con otra piel distinta y que su sudor se mezclara con el de otra persona que no fuera él.

Llegó la noche y Antinoo seguía atormentándose, pensando en quién de su entorno podía haber robado su corazón. Se tumbaba en la cama y se volvía rápidamente a levantar, se miraba nervioso en el espejo. ¿Y si al emperador no le gustaba su aspecto? Había decidido probar a vestirse y maquillarse como una femina, por si era del gusto del emperador, aunque ahora dudaba de haber hecho lo correcto.

Al amante del césar le costaba dominar su impaciencia, a esa hora la mayoría de las noches Adriano ya estaba en la alcoba con él. ¿Por qué hoy tardaba tanto? No paraba de pensar en qué causa, o mejor dicho, quién era la causa que hacía que se retrasara tanto.

La puerta del dormitorio se abrió y Adriano entró en la alcoba.

Se quedó inmóvil y con gesto de asombro al ver a su amante vestido y maquillado de ese modo. Antinoo se levantó de la cama y, con el dedo índice, jugó con los bucles de pelo como sabía que le gustaba al emperador.

Adriano se dirigió hasta la pequeña mesa y se sirvió una copa de vino que bebió de un trago.

Antinoo se acercó por detrás. Acarició sus hombros y apoyó su rostro contra la espalda del emperador.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

—¿Por qué te has vestido así? —contestó el césar sin darse la vuelta.

—Quería sorprendente. Pensé que te gustaría.

Adriano se giró hacia él.

—Me gustas tal y como eres. Sin vestirte ni pintarte de algo que nunca serás. Antinoo, quítate esas ropas y límpiate toda esa pintura que enturbia tu rostro.

El joven se dio la vuelta con tristeza.

—¿Qué es lo que he hecho mal? —dijo ahogando un llanto que a punto estaba de brotar mientras se tumbaba en la cama.

Adriano se acercó a él y acarició su rostro.

—Nada, ¿por qué estás tan disgustado?

—Tengo miedo.

—¿Miedo de qué, amor mío?

—De que ya no me ames. De que mis besos ya no sean suficientes y que tu mirada brille por otro rostro que no sea el mío.

—Mi corazón solo te pertenece a ti, ¿qué te hace pensar eso?

—¿Por qué no quieres que vaya contigo? Siempre te has hecho acompañar por mí en los viajes. Me siento solo y me ahogo en esta habitación cada día, pensando que me abandonas porque es otro el cuerpo que deseas amar.

—¿Y por eso vengo cada noche a tu alcoba? No te pedí que me acompañaras porque es un viaje agotador. Iré a Egipto, donde el calor es incómodo, y viajaremos durante semanas. Navegaremos en barco y no quiero ponerte en peligro.

—¿Acaso corro menos riesgos si me quedo aquí sin ti? Si te pasara algo, tus enemigos me arrastrarían por las calles de Roma como si fuera un botín, como si fuera un perro. No me importa que me arranquen hasta la piel a tiras si es por ti, moriré con tu nombre en mi boca, pero quiero estar cerca de tu olor, donde al menos, si te pasara algo, pudiera quitarme la vida por ti.

—No digas eso, es solo pensar en tu muerte y siento que me falta hasta el aliento. El poder conlleva enemigos, pero siempre he procurado apartarlos de tu presencia.

—¿Qué harías si ya no estuviera?

—No me gusta llenar mi mente de pensamientos infaustos. —Adriano vio que Antinoo necesitaba palabras que reconfortaran su alma—. Pero si tuviera la desdicha de que la diosa Fortuna te arrancara de mi lado, mandaría erigir una ciudad, únicamente, en tu nombre. También en tu nombre haría levantar cientos de estatuas con tu viva imagen, para que en los siglos venideros aprecien tu belleza, aquella que un día fue mía. Elegiría la efigie que más se te pareciera para que me acompañara en todos mis viajes y, al observarla, dejaría que las lágrimas que llevan tu nombre corrieran hasta alcanzar mi pecho y que tu recuerdo se clavara con fuerza en mi piel. Mandaría alzar un templo custodiado por un pórtico de columnas donde levantaría un mausoleo para que tu cuerpo descansara eternamente.

Cambiaría el Imperio, si fuera necesario, únicamente, en tu nombre.

Antinoo parecía más calmado.

—¿Me llevarás contigo? —preguntó.

—Te llevaré conmigo si es lo que tanto ansías. ¿Has estado todo el día preocupado solo por eso?

—No tengo mayor distracción que pensar en ti.

Adriano cogió un paño de tela, lo mojó en un aguamanil y limpió el rostro de su amado despojándole del maquillaje.

—¿Estás enfadado por cómo me he vestido y maquillado? —preguntó de nuevo el efebo.

—¿Por qué iba a estarlo? Te quiero demasiado para enojarme contigo.

Con ayuda de Antinoo, Adriano se deshizo de sus ropas y, apasionadamente, durante toda la noche, se entregaron a la pasión del único idioma que se habla sin palabras, dejándose llevar por el lenguaje del amor.

Semanas después de abandonar Roma, Antinoo, junto a Adriano, viajaba en un trirreme que surcaba el Nilo. Durante varios años seguidos la crecida del río no había sido todo lo abundante que debería y, en consecuencia, por la escasez que padecía la provincia, habían solicitado la intervención del césar.

Se dirigían a Hermópolis Magna1 para visitar la ciudad y el templo de Thot.

Mientras el trirreme hendía el río, Antinoo, agarrado con fuerza en el acrostolio del barco, un adorno donde le gustaba apoyar la cabeza, pudo sentir cómo el sol se agarraba a su piel, percibiendo un calor en el cuello que le resultó apacible. Observó decenas de pequeñas barcas que sorteaban al gran buque romano con los pescadores asustados por el ruido que hacían los remos al golpear el agua. Incluso cuando se acercaba a tierra, podía ver los ojos de los agricultores abriéndose de par en par admirados por la grandeza de Roma a través de sus imponentes naves. Antinoo contemplaba, desde la cubierta, la vida que se desarrollaba en el Nilo. El aire provocado por la velocidad de la nave se mezclaba entre los bucles de sus cabellos, y la frescura de un manto húmedo le otorgó un breve momento de paz. Si bien disfrutaba de la travesía, maravillándose de todo cuanto sus ojos veían durante el día y de todos los placeres que Adriano le proporcionaba de noche, no podía arrancar de sus pensamientos la extraña sensación de no ser suficiente para el emperador. Los celos, que tanto lo atormentaban, le martirizaban el pecho y le impedían disfrutar de un viaje que en otro tiempo habría considerado maravilloso. Su mirada se volvió fría cuando percibió una de las señales que Vibia Sabina le había enseñado a ver. Se enfureció al notar cómo intentaban agasajar al césar, cómo procuraban apartarlo de su presencia. Probablemente buscaban no solo la aprobación del emperador, a través de toda clase de presentes, seguramente también ansiaban conquistarlo a través de su cuerpo.

La actitud de Antinoo no pasó desapercibida para Adriano, quien pensó que acercándose más a su amado, ofreciéndole más su presencia, sin preguntarle por sus preocupaciones, conseguiría no angustiarlo más de lo necesario.

Aunque en su interior deseaba saber qué estaba ocurriendo en el corazón del joven a quien tanto amaba.

Esa tensión preocupaba en exceso al prefecto del pretorio, Quinto Marcio Turbón, quien en otros tiempos, aparte de ostentar el título más importante

para el emperador, gozaba además de una amistad que se había ido enfriando. Adriano ya contaba con cincuenta y cuatro años. No confiaba en nadie. Todos los que estaban a su alrededor temían lo poco que le temblaba el pulso al emperador en los últimos tiempos. Se había vuelto desconfiado e irascible y ordenaba a quien no le correspondía como él consideraba quitarse la vida. Apolodoro de Damasco, el gran constructor de confianza de Trajano, había desaparecido misteriosamente tras llevarle la contraria al discrepar por la ubicación de las estatuas del templo de Venus y Roma.

Platorio Nepote, cuya relación se remontaba a más de cuarenta años, había sido considerado de la noche a la mañana su enemigo, y él mismo, el prefecto del pretorio, mano derecha del emperador, por motivos que nadie conocía, había ido desapareciendo del consejo del césar.

Quinto no veía con buenos ojos la relación con el joven pues, a su entender, el césar estaba tan enamorado del efebo que ejercía un efecto negativo en él y por ende en el Imperio.

Llegaron a Hermópolis Magna, donde les ofrecieron una magnífica recepción con el gobernador de la provincia, Flavio Triciano, en primera fila para acoger la visita imperial.

Un gran número de esclavos acudieron con bandejas llenas de comida y con ánforas rebosando bebida. Adriano buscaba no alejarse demasiado de su amado, pero las obligaciones hacían que cada vez se distanciara más. El emperador apartó de su cabeza la preocupación por Antinoo y se dedicó a contemplar la maravillosa ciudadela con su enorme muralla bajo el yugo del Imperio que gobernaba.

Acudieron al templo de Thot y un sacerdote les explicó que allí veneraban al dios de la sabiduría y de la escritura, inventor de todas las palabras. Esa visita marcó el corazón de Antinoo, quien no encontraba las que definieran cómo se sentía.

Cuando embarcaron de nuevo en el trirreme, el césar se acercó a Antinoo.

—¿Has disfrutado de la visita?

Antinoo asintió intentando disimular que estaba enojado porque el emperador no se había acercado a él durante todo el día.

Adriano continuó hablando:

—Esta provincia necesita de la ayuda de Roma. El Nilo no ha crecido lo que debería, a pesar de que en años pasados no solo alcanzó el pleno nivel sino que creció más aún, haciendo que la tierra produjera cosechas abundantes. Probablemente hayan hecho algo que ha provocado la ira de los

dioses y ahora se acerca un periodo de hambruna. ¿Crees que deberíamos concederles una exención tributaria?

Antinoo, que no entendía lo más mínimo de política, asintió con la cabeza.

Esas palabras le habían dejado de nuevo pensativo. Probablemente él también había provocado la ira de los dioses.

—Esta tarde no podré cenar contigo —continuó diciendo Adriano—. Me reuniré con mis asesores para buscar el modo de solucionar los problemas de la provincia. Pondré a tu disposición todos los esclavos que necesites para que hagan tu espera más apacible.

Antinoo miró desconcertado al emperador, con ojos de quien descubre algo por primera vez. Esa, según Vibia, era la última señal a la que debía estar atento.

El emperador percibió cómo el rostro de su amado se había tornado pálido y le agarró la mano.

—¿Estás bien, querido mío? —preguntó Adriano.

Antinoo respiraba sofocado, intentando contener las lágrimas. Sin atreverse a expresar sus sentimientos.

Quinto Marcio se aproximó.

—Mi césar, un asunto urgente requiere tu presencia y consejo.

—Encargarte tú, Quinto, o que lo haga Caninio Céler, por algo le he nombrado mi secretario imperial.

Quinto tomó aire tratando de no desconcertar al emperador.

—Mi césar..., él mismo es quien me manda en tu busca.

Adriano no quitaba los ojos de Antinoo, preocupado por esa mirada brillante como el mar iluminado por el sol que en ese momento se encontraba nublada y vacía. No lo postergaría más, esa misma noche, después de la cena, hablaría con él y trataría de descubrir qué le ocurría a la persona por la que sentía tanta debilidad y el porqué de sus miedos.

Sin decir una sola palabra, siguió a Quinto para atender los asuntos que tanta urgencia corrían. Desde la posición de mando, al otro lado de la nave, observó cómo Antinoo se acercaba al acrostolio del barco y, por algún extraño presentimiento, no despegó los ojos de él.

Antinoo sintió que el dolor se amontonaba en su pecho, que su rostro se embadurnaba con la sal de sus lágrimas y que su alma pendía de un hilo que a punto estaba de resquebrajarse. No soportaba ese sentimiento que tanto lo atormentaba, ese sabor era como bilis subiendo por su estómago.

Se agarró al mástil de madera que encabezaba la nave, entendió la dureza del sentimiento al que Thot, el dios de las palabras que había descubierto

ese mismo día, había llamado amor. Tan pétreo en el dolor como inquebrantable en el placer. Sintió cómo el corazón puede latir, por la misma persona, de formas tan distintas y lamentó no haberse quedado en Roma, donde sus ojos, sus oídos y su alma no tuvieran que martirizarse de ese modo.

A su mente acudió el recuerdo de Helena. Había oído que era una excelente gladiadora y seguramente obtendría pronto la libertad para disfrutar de una vida sencilla, como habían soñado juntos, pero no sería unida a él, sino al abrigo de ese entrenador a quien tanto amaba. Recordó también a Helvia, su abuela. Durante un instante intentó acordarse de su augurio antes de salir de la villa de Catilio, hasta que dio con ellas: «Los dioses te guardan un futuro lleno de riquezas, pero la oscuridad brillará en tu alma hasta el final de tus días». Cuánta razón llevaba la anciana. Empezaba a entenderlo todo.

Antinoo asomó la cabeza por la borda. El espolón cortaba el agua con la misma virulencia con la que las palabras de Adriano habían penetrado en sus entrañas. Miró el cielo. ¿Qué lugar concedía Thot a las almas que, como la suya, sufrían incomprensiblemente? Pensó, una vez más, en la emperatriz, la única persona que se preocupaba por él. Estaba convencido de que ni siquiera sus palabras servirían para sosegarlo y, entonces, lo vio todo con tanta claridad que se sorprendió de no haberlo visto antes. No quería convertirse en Vibia Sabina, condenado a la mejor y la peor de las torturas. Sin el amor del emperador, ¿qué clase de futuro lo esperaba? Él no era la emperatriz. No tendría ningún lugar a donde ir ni nadie que lo acogiera. Todos los enemigos de Adriano lo arrastrarían por las calles de Roma como si fuera un trofeo. Todos renegaban de él. Helena lo había olvidado tan pronto como se fue de Nicomedia y el emperador no tardaría en hacerlo, ese pensamiento lo angustió. Por primera vez sentía una inmensa soledad. Se volvió para cruzarse con la mirada de Adriano, quien, a pesar de que los separaba todo el trirreme, pudo sentir que algo no iba bien. Antinoo, mientras se subía a la madera que protegía la cubierta de la nave, no pudo ver cómo Adriano soltaba los papiros que atendía, ni cómo se deshacía de quienes lo acompañaban, apartándolos a empellones. Antinoo se giró para ver, por última vez, al hombre a quien tanto amaba y el modo en que corría por la cubierta con el rostro desencajado y la mirada dominada por el pánico, gritando algo ininteligible.

Antinoo se despidió de Adriano gritando la promesa que el emperador le había hecho antes de salir de Roma:

—¡Únicamente, en tu nombre!

Antinoo cerró los ojos y se dejó caer de espaldas. Antes de hundirse en el agua, su cabeza golpeó con violencia contra el espolón partiéndose el cuello en dos con un ruido que quedó ahogado bajo el ruido de los remos batiéndose contra el río. La orden de detener el trirreme llegó demasiado tarde para impedir que su casco pasara por encima del joven.

Adriano llegó hasta el lugar que Antinoo había pisado por última vez en vida. Se asomó para buscar algún rastro del cuerpo de su amado, tentado en seguir sus pasos, hasta que Quinto Marcio lo sujetó. Adriano lloraba amargamente gritando el nombre de Antinoo, impotente por no haber podido salvarlo de la muerte por segunda vez. No podía creerse que el joven a quien tanto quería, su razón de ser, el amor de su vida, lentamente, estuviera hundiéndose en el fondo del río.

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