Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 43 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XLI

Roma, 128 d. C.

Los primeros rayos de sol zarandearon la noche. Valeria se despertó sobresaltada por los empujones de su hermana Domicia, que estaba más nerviosa que ella. Era el día que tanto habían esperado, la jornada en la que se enfrentaría a otra joven patricia en los Ludi Iuvenales.

—Vamos, despierta, tienes que prepararte —oyó decir a su hermana.

Valeria se levantó aún somnolienta, suspiró y se espabiló rápidamente al tomar conciencia del día tan importante que era.

Domicia estaba eufórica y prácticamente tiraba de ella, no había pegado ojo en toda la noche. Su hermana mayor la dejó hacer, era la primera vez que la veía reírse desde la muerte de su padre. Rememorarlo le recordó el juicio.

Había pasado tan solo una semana desde que se hizo justicia.

—Vamos, Valeria, tienes que desayunar, ya está todo preparado. —El entusiasmo de Domicia, de nuevo, la devolvió a la realidad.

Mientras esperaban a Tito Flavio, las dos hermanas desayunaban entre risas analizando el día que tenían por delante. El anfiteatro de madera, en el campo de Marte, seria testigo de su primer duelo, de su primer combate.

Domicia, de repente, se puso seria; estaba tan entusiasmada que había olvidado que habría dado todo cuanto tenía para que su padre estuviera allí con ellas. Para que pudiera presenciar el duelo que protagonizaría Valeria.

Su hermana pareció leerle la mente y se levantó para darle un abrazo.

—Gana por él, Valeria, prométeme que le dedicarás la victoria.

—Te lo prometo.

Tito Flavio apareció en ese momento, traía el rostro serio y desencajado.

—Ya estamos listas, cuando quieras podemos marcharnos —comentó Valeria.

El magister se sirvió un poco de agua de una de las jarras y la bebió de un trago intentando ahogar la desazón que traía.

—¿Qué ocurre, Tito? —preguntó Valeria preocupada.

—Hay algo que quiero decirte.

El tono inquietó a las hermanas, que se sentaron preocupadas.

—Habla, nos tienes en vilo.

—Mis hombres han descubierto algo —dijo Tito visiblemente enfadado—.

Debía haberlo imaginado. Viniendo de Hostiliano, sabía que trataría de vengarse de algún modo.

—¿Vengarse de qué? —preguntó de nuevo Valeria, que empezaba a impacientarse.

—La mujer con la que te deberías enfrentar. Creemos que no es una patricia sino una gladiadora traída desde Asia Menor. No puedo permitir que luches contra ella, no me perdonaría que te pasara algo.

Valeria y Domicia se miraron.

—He entrenado duro, Tito. Sé que no es lo mismo que luchar contra una patricia, pero no temo enfrentarme a ella, las armas no tienen filo y no pueden cortar, no es una lucha a muerte.

—El medio de vida de esa mujer es la arena, ¿y si te hace daño?

—Eso será si antes no se lo hago yo.

Los tres rieron.

—Lucharé contra ella, saber que es una gladiadora hará que me esfuerce más aún.

Tito la miró pensativo.

—Está bien. Pero sí antes de salir a luchar piensas que algo no va bien y, por el motivo que sea, decides no combatir, no sientas vergüenza alguna.

Todo el mundo lo entenderá y dejaremos en evidencia a Hostiliano.

Valeria asintió y los tres se dirigieron al campo de Marte a los Ludi Iuvenales.

Hostiliano se encontraba con los chicos de su collegium en el anfiteatro donde se estaban realizando los juegos. Estaba colérico, desde que sentenciaron a sus chicos se encontraba irascible, y nadie, desde hacía una semana, podía dirigirle ni una palabra que no recibiera un bramido como respuesta. Había conseguido salir indemne del juicio, pero su collegium había quedado muy mermado. Su honestidad estaba en tela de juicio ante los otros senadores, algunos incluso ya habían retirado a sus hijos de su institución por considerar que no era el clima adecuado para que se formaran. Para colmo sus muchachos estaban recibiendo una paliza a manos del collegium de Tito Flavio, quien, sin duda, estaba destacando ese año como el mejor del Imperio. Sin Cneo, Cayo y Julio, sabía que no tenía opciones de vencer.

Mientras su mundo se desmoronaba, lo único que quería era al menos una victoria donde más le doliera a Tito Flavio, y esa solo podía venir si vencía a la hija de Valerio Iucundo.

Se acercó hasta donde estaba Amazona, entre las arcadas de madera del anfiteatro. El ruido de los jóvenes calentando y animándose unos a otros le produjo cierto desagrado que no disimuló. Para los muchachos era parte de su formación, poder hablar con compañeros de otros collegia y estrechar lazos, dado que en el futuro sus caminos se volverían a encontrar.

Helena estaba calentando junto a otro joven. Las luchas individuales habían dado comienzo y no faltaba mucho para que le tocara a ella. Una joven guapa y atractiva llamó su atención.

—Salve —oyó que le decía.

Helena se giró.

—Creo que somos rivales, te deseo mucha suerte —comentó Valeria Iucunda.

Helena estaba sorprendida, en sus años de gladiadora jamás una rival se había acercado a desearle suerte, pero entendió que esa competición era distinta. No solo servía para que los alumnos midieran sus fuerzas, el verdadero objetivo era otro.

Hostiliano se acercó, vio cómo Valeria Iucunda charlaba con Amazona y aligeró el paso para interrumpir la conversación.

—Basta —dijo de un modo brusco—. Márchate de aquí.

Valeria se quedó sorprendida, no esperaba una reacción tan desagradable.

—Solo estábamos hablando —dijo Helena.

—No quiero que hables con ella —comentó Hostiliano antes de dirigirse de nuevo a Valeria—: Y ahora lárgate y no se te ocurra volver a hablar con mi... alumna.

Valeria se fue avergonzada mientras Helena trataba de disimular la ira que sentía hacia Hostiliano.

—Quiero que no tengas piedad con ella. Aunque no sea un combate de gladiadoras de verdad, dale una lección, algún golpe perdido que haga que sufra. Si la vences sin más, te lo haré pagar con sangre, ¿me has entendido?

Helena hizo amago de quitarse el mamillare1 para prepararse. Hostiliano la disuadió mirando hacia todos los lados.

—Estás loca. Aquí no eres una infame, debes comportarte como una patricia. Una femina. Una mujer de clase alta jamás enseñaría los pechos en público. Lucharás con esa tela, y por todos los dioses, no me dejes en evidencia o juro que te mataré.

La competición continuó.

Helena se acercó a una de las arcadas que daba a la arena y se preparó para salir. Mientras esperaba, vio uno de los combates. Los chicos que estaban al lado trataban de animar a sus compañeros.

—¡Vamos, Sexto! —oyó decir a la chica que se había acercado a darle ánimos.

Sexto estaba luchando contra uno de los muchachos de otro collegium. El combate iba por buen camino y Helena pudo observar que, si bien no tenían la destreza de los hombres del Ludus de Halicarnaso, se movían con pericia.

Con un poco más de entrenamiento, podían ser grandes luchadores.

El joven terminó venciendo para alborozo de Valeria, que celebró la victoria como si fuera la suya propia.

—Es vuestro turno —dijo un operario a las mujeres.

Helena asintió mientras observaba a su rival y cómo sus compañeros le daban palmadas en la espalda, acompañadas de palabras de ánimo. Ninguno de los chicos del collegium de Hostiliano fue a animarla a ella ni a desearle suerte. La gladiadora se dio la vuelta y pudo sentir la mirada penetrante e intimidatoria de Hostiliano, instigándola a vencer del modo que le había dicho.

Las dos chicas se prepararon para salir, se miraron y asintieron con la cabeza en un gesto de respeto. Sus rostros ya estaban concentrados esperando que les llegará el turno de competir.

Cuando salieron a la arena, Helena cerró los ojos y tomó aire mientras se dirigían al centro de la elipse; le resultaba muy liberador no combatir con el casco. Las dos combatientes vestían un subligaculum y la tela que cubría sus pechos, protecciones en piernas y en el brazo que portaba el pugio, además de un escudo cuadrado. A pesar de la concentración, se giró al oír, en las gradas, a una chica más joven que su rival animando a esta de un modo entusiasta. Tenían un gran parecido y entendió que debía de ser su hermana. Helena siguió paseando la mirada por entre el público, era asombrosa la cantidad de personas que habían acudido a presenciar la competición. Le sorprendió que los abucheos y los insultos con los que solían recibirla habían cambiado por aplausos y vítores. Las gradas del anfiteatro estaban repletas de gente con ganas de contemplar a los futuros dirigentes y generales que llevarían el nombre de Roma por el mundo.

Buscó entre todas las miradas la de Lü, pero fue imposible localizarlo. Miró hacia el palco, ese era el lugar donde acostumbraba a sentarse en Halicarnaso, cerca de Flavia, pero obviamente allí no se encontraba. Un

escalofrío recorrió su cuerpo, su corazón empezó a bombear con fuerza y sus manos comenzaron a sudar al ver sentado en el lugar de preferencia al hombre que cambió su vida, el emperador Adriano.

Valeria salió a la arena con decisión para disimular los nervios que recorrían sus piernas y cada uno de sus pasos. Temblaba, pero no era de frío, sino fruto de la ansiedad. Para una mujer era lo más parecido a experimentar lo que un hombre sentía cuando se enfrentaba a sus enemigos en el campo de batalla. Había soñado tantas veces con ese momento que quería deleitarse con cada detalle. La voz de su hermana dándole ánimos le hizo esbozar una sonrisa. Estaba más entusiasmada que ella. Caminaba al lado de su rival y no pudo evitar fijarse bien en ella. Tenía unos músculos muy definidos, especialmente los de las piernas, probablemente debido a las horas de entrenamiento, así que no tuvo dudas de que aquella joven era una gladiadora. Eso, lejos de asustarla, le infundió ánimos. Se enfrentaría a una mujer experimentada, acostumbrada a combatir, nada podía ser mejor.

El árbitro les explicó las normas, cualquiera de las dos luchadoras podía abandonar cuando lo deseara. El combate podía llegar hasta donde sus fuerzas les permitieran, pero en cuanto se produjera algún corte o si había sangre, el duelo terminaría.

Helena tenía el gesto diferente desde que había visto al emperador. Se encontraba de espaldas al palco y hacía grandes esfuerzos por no girarse y mirarlo. La ira había nacido dentro de su pecho, pensó incluso dirigirse a donde estaba el césar para atacarlo, pero sería imposible hacerlo sin que su guardia se le echara encima. Además, le costaría la vida. Pensó que tenía que concentrarse y olvidarse de la presencia del hombre que había cambiado su destino.

El árbitro dio la orden de empezar.

Valeria lanzó un ataque alto que Amazona defendió sin dificultades. Estaba exaltada y quería demostrar a la gladiadora que no se lo iba a poner fácil.

De nuevo buscó la parte baja y de nuevo encontró con mucha rapidez la defensa de su rival.

Amazona aguantó, sin dificultad, los primeros embistes de su oponente, que había lanzado dos ataques muy predecibles pero que no estaban del todo mal. Decidió dejarse llevar un poco, estaba convencida de que no le costaría vencerla, así que pensó, a pesar de las palabras de Hostiliano, hacer que disfrutara. Durante la breve conversación que había mantenido con ella le pareció una buena persona; dejaría que brillara en el que, probablemente, fuera un día importante para ella.

Valeria de nuevo atacó y lanzó una combinación de golpes junto a una patada en el escudo de su oponente para intentar introducir la espada por el hueco, pero la gladiadora estaba acostumbrada a ese tipo de ataques y lo repelió sin problema.

Amazona giró alrededor de Valeria, había notado que tenía el escudo demasiado bajo. Lanzó un ataque sin mucha fuerza, más con la intención de mostrarle el error que cometía. De nuevo volvió a buscar ese punto y Valeria pareció entenderlo.

El público no se percataba. Nadie sabía leer cómo Amazona jugaba con su rival, salvo un espectador que, desde que empezó el combate, sabía que podría haber acabado al poco tiempo. Ese hombre no era otro que Lü.

El combate siguió. Valeria se empleaba con fuerza mientras Amazona atacaba procurando que sus golpes pudieran ser interceptados. Frenaba sus ataques cuando buscaba los huecos que dejaba su rival, pero tenía la habilidad suficiente para que el público no pensara que lo estaba haciendo intencionadamente.

Valeria volvió a embestir y Amazona giró para defenderse, colocándose de frente al palco. Sin poder evitarlo, levantó la vista para observar al emperador, que se encontraba charlando con alguien que tenía a su espalda, ajenos al combate. Al igual que al principio del duelo, los músculos de Helena se tensaron, un sudor frío recorrió su cuerpo, y su respiración de nuevo se volvió agitada. Delante de sus ojos se encontraba Antinoo hablando con el emperador. Su mente pareció abstraerse del combate para centrarse en el hombre a quien tanto había amado. Defendía los golpes de Valeria de un modo distinto, sin brío y sin apenas ser consciente, mirando más la escena que se producía en el palco que la que ella estaba viviendo con su rival. Lo que más la inquietó no fue ver al hombre con quien había imaginado un futuro muy distinto al que tenía. Ni siquiera le sorprendió que Antinoo no se hubiera percatado de su presencia, que hubiera pasado desapercibida a sus ojos, que no la reconociera. Era imposible que imaginara que la joven que estaba luchando abajo fuera ella. Lo que de verdad la angustió, por sus ropas y su manera de expresarse, es que parecía feliz. Mientras contenía los ataques de Valeria, vio cómo se reía junto al emperador. Ambos no parecían disimular su amor y eso fue lo que más dolió, lo que más la atormentó. Miles de pensamientos rondaron su cabeza.

Si las armas hubieran tenido filo y hubiera estado en un combate de verdad, se habría dejado vencer, en ese momento deseaba más que nunca la muerte.

Durante años había pensado en el tormento que debía estar sufriendo su

amado. Verlo tan alegre le suscitó un irrefrenable deseo de morir. Después de esa imagen no quería seguir viviendo. Había recorrido medio mundo.

Había luchado contra la propia vida. Todo su sufrimiento, todo cuanto había tenido que padecer, sin las comodidades de las que habría gozado Antinoo.

Había tenido que sobreponerse a todas las dificultades desde que el emperador los separó para siempre, únicamente por salvarlo, por rescatarlo de los brazos de un hombre con el que en ese momento se fundía en caricias. Había sido violada, golpeada y sometida a cientos de humillaciones, y había tenido que luchar por llegar hasta ahí, sobreviviendo únicamente por intentar estar cerca de él y por, de un modo que ni ella misma sabía, la promesa de salvarlo. Pero el hombre por el que había dado su vida, por el que había perdido toda dignidad, se había olvidado de ella hacía mucho tiempo, seguramente en cuanto salieron de Nicomedia.

Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Solo un hombre se había preocupado por ella desde que se conocieron. Un hombre que daría su vida entera por tenerla entre sus brazos. Por primera vez estaba arrepentida de viajar a Roma, pero ya no podía deshacer sus decisiones, ya no podía volver a Halicarnaso y devolver a esa persona todo el amor que estaba dispuesto a darle y que ella no supo ver. No podía regresar a su tierra junto a Lü.

Helena se echó hacia atrás simulando que cogía aíre, que se tomaba un respiro, buscando al hombre de ojos rasgados. A la única persona que sabía ver lo realmente frágil que era, y el único que solo con la mirada podía hacer que se calmara. Lo necesitaba más que nunca.

Todos aquellos pensamientos se volvieron contra ella en forma de ira, que nacía de lo más profundo de su alma. Se odiaba a sí misma por haber estado tan ciega, y una enorme cólera se apoderó de su ser. Tanto que sus golpes ya no fueron para hacer que su rival brillara sino para descargar su frustración.

La adrenalina que recorría su cuerpo ya no frenaba su brazo sino que lo empujaba con más brío a atacar con contundencia.

El cambio de actitud no pasó desapercibido para Valeria, que notó cómo le costaba frenar el ímpetu renovado que había nacido en su rival.

Incluso Lü, sentado en la grada, notó que algo nuevo y desconcertante había surgido en su amada. Domicia, que durante todo el combate había albergado la esperanza de que su hermana venciera, también vio que el combate daba un giro.

Valeria no pensó en rendirse, lucharía con fuerza hasta el final. Atacaba, pero sus golpes eran rápidamente inmovilizados y contrarrestados. Sin embargo, no pensaba abandonar.

Helena lanzó un ataque al escudo de su rival y este rebotó con fuerza en el rostro de su oponente haciéndola caer al suelo. El golpe hizo que el labio de Valeria se partiera por dentro. El sabor de la sangre le insufló algo de energía. Hizo un gesto con la cabeza al árbitro para indicarle que todo iba bien, dobló la rodilla derecha y con fuerza levantó la parte inferior del escudo buscando la cabeza de Amazona. El movimiento fue perfecto, un ataque directo que con otra oponente le habría hecho ganar el combate, pero no con Helena, que se encontraba poseída por la furia que recorría sus entrañas. La gladiadora neutralizó la embestida colocando su escudo delante y sujetándolo con fuerza para que no le golpeara el rostro. El movimiento hizo que diera la espalda al árbitro, quien no se percató de que la parte del escudo que había recibido el contundente golpe se había partido, astillándose en una de las esquinas. Helena devolvió con la misma violencia el mismo ataque, sabiendo que su rival estaba desprotegida y sin ser consciente tampoco de que el escudo se había roto. Valeria no tuvo tiempo de recuperar la posición de defensa y le resultó imposible parar el golpe. La esquina astillada encontró el cuello de Valeria y un gran número de esquirlas de madera se clavaron en su garganta.

Helena, sorprendida, retiró el escudo y la sangre salió disparada de la herida con tanta fuerza que salpicó el rostro del árbitro, que se encontraba muy cerca.

Valeria sintió, mientras caía al suelo, que las fuerzas de su cuerpo la abandonaban, que el ruido de los cientos de almas que la animaban se apagaban y que el azul del cielo se volvía gris. Helena corrió hacia ella; a pesar de que había sido un accidente, estaba arrepentida por lo que acababa de hacer, había atacado movida por la ira, con demasiada fuerza. Cuando llegó hasta su rival, quiso taponar la herida con sus manos, pero estaba llena de astillas de madera y temió que se clavaran y le provocaran un daño mayor. Aun así, taponó la herida con la palma mientras la sangre se escapaba por sus dedos. Gritó al árbitro, que estaba conmocionado mirando incrédulo el rojo de la sangre por toda su túnica.

El público se levantó sobresaltado con las manos tapándose la boca.

El emperador interrumpió su conversación y también se puso de pie al oír los gritos de la gente. Antinoo, asustado, quiso ver a la mujer por la que se había montado tanto revuelo y no dio crédito cuando la reconoció. Al principio pensó que era imposible y que el parecido era asombroso, pero tras frotarse los ojos una y otra vez, no albergó ninguna duda de que la mujer que había clavado el escudo en la garganta a su rival era Helena.

Tito Flavio abandonó el palco con el rostro pálido para dirigirse a donde se encontraba Valeria.

Varios legionarios corrían por la arena, junto a Marco y otros chicos del collegium de Reate, para socorrer a la patricia.

Domicia bajaba los escalones de dos en dos, con el miedo recorriendo su cuerpo y sin poder creerse que la persona que había caído al suelo con una herida tan grave en el cuello fuera su hermana.

Solo Hostiliano se cubría la boca para disimular la enorme sonrisa que lucía en el rostro, satisfecho por lo que acababa de ocurrir.

Valeria abrió los ojos, sintió que flotaba mientras varios brazos cargaban con ella para llevarla urgentemente al médico. Lo único que vio fue el rostro de Amazona, su rival, a la que veía mover los labios pero cuyas palabras eran inaudibles. Sus párpados volvieron a cerrarse.

—¡Aguanta, aguanta! —gritaba Helena, que no podía creerse lo que estaba ocurriendo.

Cuando Valeria abrió los ojos de nuevo, vio a un hombre que gritaba dando órdenes mientras le tapaba la herida del cuello, de la que no paraba de salir sangre. El rostro del médico se convirtió en el de Valerio. Allí estaba él, parecía tan real que sonrió al volver a verlo. En ese momento Valeria dejó de sentir dolor, una sensación agradable se apoderó de ella en cuanto vio a su padre.

Domicia llegó corriendo a la enfermería sin intención de detenerse. Solo quería abrazar a su hermana.

Varios legionarios trataron en vano de impedirle el paso.

Tito Flavio se acercó a ella intentando que se calmara y asegurándole que su hermana se pondría bien. Sexto y Décimo no pudieron sujetarla, solo Lucio el Grandullón consiguió detenerla agarrándola por la espalda y levantándola, mientras la pequeña daba patadas y gritaba tratando de zafarse.

Helena la observaba sin saber qué hacer, con el cuerpo empapado de una sangre que no era suya.

Todos se quedaron inmóviles aguantando la respiración, incluso Domicia dejó de patalear y Lucio se deshizo de su abrazo cuando el médico se acercó negando con la cabeza para anunciar que Valeria Iucunda había muerto.

Nadie dijo nada. El silencio se apoderó de todos los que allí se encontraban.

Tito Flavio intentó abrazar a Domicia, pero esta, llorando desconsoladamente, corrió hacia Helena y la golpeó una y otra vez. Ella no

se defendió, ni trató de impedir ni uno solo de los golpes que recibió de la pequeña de las hermanas.

Sexto y sus amigos trataron de detenerla, pero Domicia se zafó de los fuertes brazos de Lucio el Grandullón y abandonó la enfermería a gran velocidad. La pequeña de las Iucunda corría por las arcadas limpiándose con el dorso de las manos los cientos de lágrimas que inundaban sus ojos.

Lucio trató en vano de alcanzarla. Cuando llegó a la arcada que daba a la calle, miró a un lado y a otro y no pudo ver, entre todas las personas que entraban y salían, hacia dónde se había dirigido su amiga.

Domicia recorría las calles de Roma buscando a la única persona con quien quería estar, sin que su corazón pudiera creer lo que acababa de ocurrir. La gente la dejaba pasar atemorizada al verla correr de ese modo. La joven gritaba y chillaba de rabia, de dolor y de tristeza. El día que estaba llamado a ser el más importante de su vida se había convertido en su mayor pesadilla. No podía ser, se negaba a creer que su hermana hubiera muerto.

Había recorrido varias millas cuando llegó a su destino.

Domicia llamó a la puerta trasera de la domus por donde siempre entraban para evitar la principal.

Thais, al verla tan desencajada, la abrazó llorando junto a ella sin saber aún por qué lo hacía.

Pasaron varias horas hasta que consiguieron que se calmara.

Probus y Thais la habían tumbado en una cama y se encontraban velando cada lado de la misma. Habían escuchado su relato y no habían podido evitar sentir un dolor inmenso por la mayor de las Iucunda. Probus intentó explicarle que había sido un accidente. Thais trataba de controlar sus propias lágrimas para evitar agrandar el dolor de la pequeña, pero no podía creerse que Valeria hubiera fallecido.

Una esclava trajo una infusión de extracto de sauce para que se calmara.

Probus y Thais se levantaron para que descansara.

—No te vayas, Thais —dijo Domicia con un hilo de voz.

—Me quedaré aquí todo el tiempo que quieras —respondió su amiga. Thais despidió con la cabeza a Probus para que las dejara solas.

—No puedo creer que se haya ido, Thais, no puedo creer que ya no tenga a mi hermana. Ya no me queda nadie.

—No digas eso. Nunca estarás sola. Nos tienes a Clodio y a mí.

—Lo sé, pero voy a echarla tanto de menos —dijo Domicia sollozando de nuevo.

—No pienses en eso ahora.

—Quiero que Clodio me entrene, quiero vengar a mi hermana. Retaré a esa gladiadora, quiero enfrentarme a ella.

—Vamos, duerme, seguro que cuando descanses te sentirás mejor. Nada puede hacernos recuperar a Valeria. La venganza únicamente sirve para cubrirnos de odio, un odio que jamás nos abandona ni aun habiéndonos resarcido.

Domicia fue relajándose. Las hierbas que le habían dado empezaban a surtir efecto.

—Nunca te lo he preguntado, ¿tienes familia, Thais? —preguntó la pequeña mientras se dejaba vencer.

—Mi única familia sois Ceciliano, Clodio y tú.

—¿Y antes?

—No, nunca conocí a mis padres.

—¿Y quién te puso el nombre de Thais?

—Thais y Laís son los nombres que suelen darle a las prostitutas en los lupanares. Hace tanto que me llaman así que ya me he acostumbrado.

Domicia fue cerrando los ojos.

—Y tú estarás orgullosa de llevar el nombre de tu madre.

—Mi nombre es horroroso. Lo detesto. Mis padres adoraban todo lo que tuviera que ver con Grecia, especialmente mi madre. —Domicia iba hablando cada vez más despacio dejándose vencer por el sueño y el efecto del extracto de sauce—. Las patricias romanas debemos heredar los nombres de nuestros padres, así que nunca pudieron llamarme como verdaderamente querían.

—¿Y cuál era ese nombre que deseaban ponerte? —preguntó Thais.

Domicia contestó junto antes de quedarse dormida:

—El que usaré para vengar la muerte de mi hermana. Ese nombre es...

Achilia.

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