Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 31 de 60

Páginas del PDF

Gladiadoras

Capítulo XXIX

Roma, 126 d. C.

Ceciliano discutía con el conductor del carro que iba a llevarlos al puerto de Ostia e iniciar el largo viaje para abandonar Roma por un largo periodo.

El famoso mosaiquista había aceptado en la ciudad de Lucus Augusti, 1 al norte de Hispania, un encargo de un rico comerciante que quería adornar su lujosa villa con sus famosos mosaicos.

Thais cerró los ojos antes de subir al carro, respiró profundamente y sintió algo de nostalgia. Notó el gélido aire entrando por las hendiduras de las cicatrices de su rostro. Nunca había salido de la capital y ahora se marchaba de la ciudad que la había visto nacer, aquella que la convirtió en un estrago de las calles y donde, desde hacía un año, a pesar de la miserable vida que había tenido que sufrir, por fin era feliz.

Todo había cambiado drásticamente desde la fatídica noche que la atacaron.

Todo había sido distinto desde que Probus a punto estuvo de morir por salvarla y desde que Valerio Iucundo le dio una nueva oportunidad. Le costaba creer que el abogado, a quien tanto le debía, hubiera fallecido hacía tan solo unas semanas a manos de quienes intentaron también segar su vida.

Cuando oyó que el abogado lucía las mismas marcas en el rostro se estremeció. No podía dejar de pensar en la cantidad de gente que fue a llorar al hombre más generoso de Roma el día del sepelio, ni jamás olvidaría el inmenso dolor que sentían sus dos hijas por la pérdida de su padre.

Se estremeció al pensar que esas muchachas, a las que tanto quería, habían perdido a su progenitor porque unos cobardes habían decidido matar a la única persona que defendía a las prostitutas.

Ceciliano, quien no paraba de discutir con el conductor del transporte, le había permitido posponer el viaje para cuidar de las huérfanas, pero ese

mismo día debían partir sin más demora o darían el trabajo a otro taller musivario.

—Tiene que dejar uno de los sacos. —Las palabras del cochero la devolvieron a la realidad.

—Le pagaré más —propuso el mosaiquista.

El conductor de la raeda2 se desprendió del gorro y se limpió el sudor de la calva con un pañuelo mientras mordisqueaba una espiga de paja que había arrancado de la comida de los caballos. Tenía el rostro curtido por el sol y la túnica llena de lamparones.

—La ley de las calzadas es clara —comentó mientras escupía la pasta en la que había quedado el tallo—. No quiero que me multen por exceder el peso.

—Pagaré la multa, pero necesito todos mis utensilios.

El hombre mordisqueó de nuevo el tallo e hizo un gesto para indicarle que subieran.

—Si nos paran, la multa correrá por su cuenta —añadió.

Thais subió y, junto a otro de los pasajeros, ayudaron a Ceciliano para que pudiera ascender al carro.

El vehículo emprendió el viaje en dirección a Ostia, desde donde un barco los llevaría hasta el puerto de Olissipo. 3 Thais miró la ciudad que dejaba a su espalda sin decir una sola palabra. Tenía la sensación de que su lugar estaba ahí, entre tanto dolor y alegría, entre tanto sufrimiento y a la vez tanto amor, y cuanto más se alejaba mayor era su pesadumbre.

Ceciliano miró a la joven, ausente y con la mirada perdida, mientras soltaba un suspiro lastimoso.

—¿Qué sentimiento nos embarga más fuerte, amar o perder a quien amamos? —preguntó el anciano.

—Supongo que los dos —contestó Thais.

—La pasión siempre dura mucho menos que el olvido, pero la peor de las angustias, la más dolorosa, es echar de menos un amor que nunca sucedió.

Thais se quedó pensativa, conocía perfectamente ese sentimiento.

—Te he querido como a una hija, sin duda has llenado mi vacío corazón durante el tiempo que me has acompañado —continuó el anciano.

La joven lo miró extrañada.

—Puede que tus huesos estén debilitados, pero son muchas las teselas que aún tienen que pasar por esas tiernas manos.

—No me refiero a mí.

—¿A quién si no?

—No sé lo que nos deparará el futuro, pero si sé quién tiene tu presente en sus manos.

—Ceciliano, no has de temer nada, mi futuro está ligado al tuyo, te quiero como si fueras mi padre, aunque a veces seas un cascarrabias.

El anciano rio la broma.

—Si hubiera tenido cuarenta años menos, jamás te habría dejado marchar.

Toda mi vida ansié encontrar una mujer como tú, pero los dioses no conceden al mismo hombre todos sus dones.

Thais le acarició el pelo.

—Habría sido la mujer más dichosa del mundo.

—Nacemos y morimos solos, no hay nada malo en la soledad, te acabas acostumbrando, e incluso, en ocasiones, no ansías otra cosa. Lo peor es cuando llega alguien que llena tu vida de luz; cuando se marcha, la más amarga de las penumbras te acompaña el resto de tus días.

—No entiendo. ¿Qué es lo que tanto te preocupa?

—Tú, Thais, me preocupa tu felicidad desde que los dioses te enviaron a mí de la mano de mi querido Valerio Iucundo, que la tierra le sea leve. Si pudiera cambiar el pasado, iría a buscarte a esa triste casa en el Subura y cambiaría el daño que te causaron, pero eso te habría impedido encontrarte con tu destino.

La joven miró al anciano con pena. Él siguió hablando:

—¿Cuánto tiempo más quieres que continúe el cochero? Estaremos una larga temporada en Hispania, así que no sé si alguna vez regresaremos a Roma, y no quiero que toda tu vida te arrepientas de no haber hecho lo que debías por amor.

Los otros dos viajeros asistían a la escena atónitos.

—Yo... iré contigo a donde tú vayas. Soy feliz a tu lado —dijo Thais con la voz cortada.

—No te engañes. Sé que anhelas a ese gladiador desde la misma noche en que vuestros caminos se encontraron. Desde que te anuncié que nos iríamos de Roma, cada uno de tus suspiros clama por él. Date la oportunidad que yo nunca tuve. Ve y lucha para evitar que tu vida sea tan amarga y solitaria como la mía.

—¿Y si ya no me espera?

—Es mejor morir de una vez que temer siempre a la vida. Por Júpiter,

¿quién en su sano juicio no iba a esperarte?

—¿Y si su corazón pertenece a otra persona?

—Entonces sabrás dónde encontrarme. Estaré en el puerto de Ostia hasta un día antes de las calendas. Si ese gladiador ha perdido el juicio tanto como para dejarte marchar, te estaré esperando.

—Pero no quiero dejarte solo.

—Me quedaré vacío, pero inmensamente feliz.

Los ojos de Ceciliano refulgían con un brillo especial.

—¡Cochero! —dijo el anciano golpeando la madera del carro—. ¡Para, ya no tendrás que preocuparte por la multa! Vamos, no esperes más, solo hemos recorrido unas millas.

Thais abrazó con fuerza a ese bondadoso hombre que anteponía su felicidad a la suya propia. Sentía una amalgama de sentimientos: por un lado, abandonaba a su suerte a ese anciano que tan bien la quería; por otro, las palabras de Ceciliano habían calado hondo en su corazón.

El cochero paró el carro sin entender nada.

Thais agarró el pequeño saco con sus pertenencias y se bajó, sin querer pensar en lo que hacía para evitar arrepentirse. Cada instante que pasaba dudaba con más fuerza si abandonar a Ceciliano.

El cochero se quitó el gorro con una mano mientras con la otra despegaba de sus labios la espiga de paja.

—¡Por todos los dioses, no puedes bajarte! Tendrás que pagarme el trayecto completo —ordenó.

—Lo pagaré —dijo Ceciliano hastiado—. Solo hay una cosa que el dinero no puede comprar, el corazón, porque solo se regala a quien lo merece. Tú, Thais, te has ganado el mío para siempre, ahora ve y conquista el de ese hombre.

El cochero se limpió el sudor con el pañuelo, se caló el gorro y volvió a colocarse en su puesto mientras arengaba a los caballos.

Thais se quedó inmóvil observando cómo se marchaba el hombre más generoso que había conocido en su vida. La lluvia empezó a caer tímidamente sobre ella mientras emprendía el camino de regreso a Roma.

A la altura de la Via Ostiensis, que unía las ciudades de Roma y Ostia, un mar de gente corría de un lado a otro para escapar de la tormenta. Solo Thais andaba como si un aguacero no cayera sobre ella, como si enfrentarse a su destino fuera una batalla como la que Probus libraba en el anfiteatro.

Se paró y se giró. El carro que conducía a Ceciliano se había perdido entre la cortina de agua y el horizonte.

Thais pensaba en que solo tres hombres, a lo largo de su vida, se habían preocupado por ella. Uno, Valerio Iucundo, yacía muerto; el otro, Ceciliano,

recorría el mismo camino que ella desandaba en sentido contrario, y el último era el destino que ansiaba encontrar.

Sintió en su propio cuerpo los mismos instintos primitivos de muchos de sus clientes. Imaginó los besos de Probus en su cuello mientras acariciaba su rostro. Percibió, como si fuera real, tener entre sus manos las del hombre que tanto amaba. Soñó con las caricias de sus dedos recorriendo con lentitud sus muslos, mimando con ternura su piel a la vez que las palabras se confundían en su oído con alientos de placer.

Sin embargo, el miedo y las dudas irrumpieron de nuevo en esos deseos. ¿Y

si la boca que tanto deseaba besar obedecía a otros labios? ¿Y si los ojos que tanto ansiaba contemplar pertenecían a otros en los que mirarse? ¿Y si las manos que tanto anhelaba acariciar tenían otras que sostener? Durante todo el tiempo que estuvo con Ceciliano, había ido varias veces hasta la domus donde le dijeron que vivía el hombre a quien amaba. La puerta de la vivienda siempre estaba atestada de gente que quería conocer al gladiador más importante de Roma. Decenas de mujeres soñaban con su cuerpo y gritaban con intención de que las oyera, pero la puerta nunca se abría. Ella siempre se marchaba con la sensación de ser una más entre todas aquellas que veneraban a aquel hombre.

Pensó en el momento en el que llegaría a la domus y llamaría a la aldaba, imaginó que la entrada tampoco se abriría para ella.

A lo lejos empezaba a vislumbrarse la puerta Ostiensis. El camino estaba vacío. La gente, a gran velocidad, se había resguardado del chaparrón.

Thais llevaba una paenula que la protegía de la lluvia. Había untado con grasa la suya y la de Ceciliano consiguiendo de ese modo que el agua resbalara y no se calara.

Entró por la puerta de acceso a Roma. Las calles, habitualmente abarrotadas de gente, estaban desiertas, una extensión de su vida. De nuevo volvía a estar sola. A medida que se acercaba a la domus de Probus el miedo y los nervios se apoderaron con más ímpetu de ella. El vaho que exhalaba de su garganta salía agitado y entendía que era por las dudas que se apoderaban de su pecho. Llegó hasta la calle que llevaba a la vivienda de Probus. Su futuro se encontraba al final de esta. Se acercó con pasos aún más vacilantes. Deseó estar al calor del fuego junto a Ceciliano, escuchando los sabios consejos que el anciano siempre le regalaba, o leyéndole algún pasaje de la Ilíada. Llegó hasta la puerta, no había ni rastro de las numerosas personas que se arremolinaban cada día. La tormenta había alejado a todas las almas que querían conocer al gladiador.

A todas menos a ella.

Se desprendió de la capucha y dejó que el agua empapara su rostro y sus cabellos. Cerró los ojos y respiró profundamente. Su mano dubitativa sostuvo la aldaba y golpeó la puerta débilmente. En sus oídos, el eco del golpe sonaba por encima del estruendo de la tormenta y el ruido de la lluvia golpeando contra las vías.

La puerta no se abrió.

Volvió a llamar con más fuerza. De nuevo el mutismo dentro de la domus.

Se apoyó contra la madera empapada. Sus lágrimas se mezclaban con las gotas que caían por sus mejillas recorriendo las hendiduras de sus cicatrices.

Llamó desesperadamente una y otra vez, como las olas del mar golpeando contra las rocas. Nadie abría al otro lado.

Una vez más las sombras volvieron a ceñirse sobre ella. Suspiró como si fuera el último aliento que salía de sus labios.

Se puso la capucha para marcharse. Dio un primer paso que fue el más duro de su vida, el que más le costó.

Comenzó a andar, desolada y cabizbaja, sin mirar atrás. Cuando giró la esquina la presencia de un hombre le impidió continuar. Levantó la cabeza.

Delante de ella se encontraba Probus.

El gladiador dio un par de pasos hacia la joven.

No hizo falta hablar, porque hay palabras que no dicen nada y silencios que lo dicen todo. Esta vez no dudarían como la última vez que se vieron. Los dos se miraron a escasa distancia. El agua empapaba los dos cuerpos, pero nada podía contenerlos en ese momento. Probus se acercó y, sin pensarlo, ambos se fundieron en el beso que tantas veces habían soñado. Era tal el ansia que tenían el uno del otro que ni siquiera fueron conscientes de que, en el instante en que sus cuerpos se mezclaron, la lluvia cesó.

OceanofPDF.com