Gladiadoras
Capítulo XXXVIII
Roma, 128 d. C.
Marco golpeaba repetidamente con su anillo la madera de la silla curul donde estaba sentado. Tito Flavio, detrás de él, pudo sentir el nerviosismo del abogado y trató de transmitirle tranquilidad palmeando el hombro de su amigo.
Marco suspiró. Aunque era hijo y nieto de abogados y su mentor fuera el mejor abogado de Roma, Valerio Iucundo, era el primer juicio al que se enfrentaba y no era cualquier causa, temía no estar a la altura. Había pedido a Tito Flavio que dejara que otro letrado más cualificado y con más experiencia dirigiera el litigio, pero el magister de Reate confiaba plenamente en él.
El foro de Roma estaba repleto de cientos de personas que deseaban ser testigos de uno de los juicios más importantes de los últimos años. Nadie en la ciudad quería perderse la acusación contra los tres hijos de los senadores más prominentes de la curia. Todos miraban hacia la rostra, lugar del foro donde tendría lugar el juicio, esperando que los protagonistas tomaran la palabra.
Tito Flavio había solicitado, dada la naturaleza de la denuncia, que el propio emperador Adriano dirigiera el proceso, pero el príncipe del Senado delegó en el prefecto de la ciudad, Annio Vero, la responsabilidad del juicio, quien nombró como juez al famoso jurista Juvencio Celso dándole totales poderes para dictaminar una sentencia.
Todo estaba preparado para que diera comienzo la causa.
Marco paseó la mirada inquieto por entre los asistentes. No encontraba al herrero que vio a los tres acusados, el único testigo que podía dar fe de quiénes eran los asesinos, pero había tanta gente que quizá había pasado desapercibido a sus ojos.
Valeria y Domicia respiraban nerviosas. Apenas habían pronunciado una sola palabra desde que esa mañana se habían levantado, ni siquiera se
habían reconocido la una a la otra que no habían pegado ojo en toda la noche. Desde hacía varios días los recuerdos de su padre irrumpían con fuerza en sus cabezas, la voz de Valerio sonaba impetuosa en sus oídos, su anhelada imagen aparecía cada vez que cerraban los ojos. Domicia derramó una lágrima, tenía miedo, miedo de que algún día todos sus recuerdos se desvanecieran como las nubes arrastradas por el viento. Habían dormido en casa de Thais y Probus, quienes se encontraban a su lado. La pareja vivía en concubinato, dado que ella era infame y no se podían unir en matrimonio.
Los cuatro habían acudido juntos hasta el foro para ser testigos del juicio, con el rostro serio y con un pesar en el alma que se notaba en sus gestos, en sus miradas y en cada uno de los pasos que daban. Era un día muy triste para aquellos que conocieron en vida a Valerio Iucundo, pero esperaban que se hiciera justicia.
Todos se apartaron para dejar paso a la guardia pretoriana que custodiaba al emperador Adriano, que tomó asiento como testigo ejemplar de la causa que iba a celebrarse. Se oyó un murmullo entre la gente al ver el rostro del mismísimo césar acudir a un juicio de ese tipo. Detrás de él, con aire de importancia, hizo lo propio Annio Vero, prefecto de la ciudad, y por último, Juvencio Celso, quien ejercería de juez y disponía de plena confianza por parte del emperador. Sería quien elaboraría el edicto que dictaminaría la sentencia.
Todo el foro se quedó en silencio, ni siquiera se oía el eco de las respiraciones. La sobriedad se interrumpió cuando empezaron a subir los escalones de la rostra los tres acusados por la causa, con la cabeza alta y porte altivo, acompañados de los abucheos de quienes los consideraban culpables y vítores de ánimo de aquellos que los veían como inocentes.
Thais agarraba con fuerza el brazo de Probus. Tenía la vista clavada en el suelo y respiraba deprisa y entrecortadamente. Le aterrorizaba levantar la mirada y encontrarse con los hombres que la violaron, la golpearon y le desfiguraron la cara hasta casi darle muerte. Solo quería olvidar, pero los recuerdos de aquel día inexorablemente volvían a su cabeza en forma de imágenes, como si cada uno de los golpes lo viviera de nuevo, con la misma intensidad, dolor y miedo. Tomo airé y levantó la cabeza para encontrarse con la dureza de su pasado.
Probus estaba convencido de que uno de ellos, el que tenía el pelo rubio, era sin duda el hombre que vio aquel fatídico día. Pero era de noche, además se encontraba mal herido y tenía miedo a equivocarse. Sintió la mano de la mujer que amaba agarrándose con más fuerza a su brazo. Notó cómo los
dedos de Thais se clavaban en su piel con rabia. Giró la cabeza y la miró.
La boca le temblaba mientras observaba a esos tres hombres, su mirada era oscura, sin brillo y llena de terror. Las lágrimas corrían sin rumbo por sus mejillas. Las dudas que pudo tener de que hubieran sido esos chicos desaparecieron al ver cómo las manos de la pobre muchacha, a la que tanto amaba, sudaban y cómo su cuerpo temblaba. No necesitó más pruebas para saber que eran los culpables de su violación.
Se giró para acariciar sus brazos, para decirle al oído palabras de amor que solo ellos entendían. Probus la hablaba con ternura; mientras él estuviera allí nadie le haría daño, no corría el más mínimo peligro. Valeria y Domicia también se dieron cuenta del momento que estaba atravesando Thais y la abrazaron con fuerza. Las hermanas agarraron sus manos hasta que vieron cómo poco a poco recobraba la calma.
Hostiliano se encontraba sentado muy cerca de los chicos acusados y junto a los progenitores de estos. A pesar de tener el rostro serio, una leve sonrisa asomaba a sus labios. Había hecho todo lo que debía hacer, no tenía la más mínima duda de que ganaría ese proceso y estaba concentrado en su mayor preocupación: que su imagen saliera reforzada.
Juvencio Celso tomó la palabra para hacer las libaciones correspondientes a Jano, dios de los comienzos, y a Júpiter, por ser el juez principal de entre los dioses, dedicando una oración a los mismos para que el juicio comenzara y se diera de un modo justo.
—Ilustre césar, padres conscriptos y pueblo de Roma. Bajo el poder que nos han concedido los dioses y al amparo de las leyes que nos rigen, nos encontramos aquí para atender y solucionar la causa que denuncia el senador Tito Flavio contra Cneo Servilio, Cayo Sabino y Julio Apio Agrícola, acusados del asesinato de Valerio Iucundo y de la violación de Cornelia Flavia.
Juvencio Celso se dirigió a su asiento y tomó de nuevo la palabra:
—¿Quién actúa como abogado de la acusación?
—Yo, Marco Albinus.
—¿Quién lo hace en nombre de la defensa?
—Yo, Lucio Neracio Prisco.
—Cada uno de los abogados —continuó el magistrado— dispondrá de seis tiempos, marcados por clepsidras, que podrán consumir en el tiempo y forma que estimen oportunos hasta la finalización de estos, presentando tantos testigos como consideren y tantas pruebas como sean necesarias.
Antes de comenzar, cedo la palabra al emperador.
—El motivo de mi presencia aquí hoy es por una súplica que ha presentado por escrito la acusación al prefecto de la ciudad y que Annio Vero ha elevado a mí, pidiendo el cambio de juez por un presunto soborno al mismo, además de solicitar mi asistencia para garantizar la objetividad del proceso —comentó el emperador mirando con desconfianza al abogado—.
Es una acusación muy grave, ¿qué pruebas tienes para tal petición?
—La acusación desea retirar la súplica, mi césar, por no poder presentar dichas pruebas —dijo Marco nervioso.
El foro clamó en comentarios y en voces incrédulas.
Adriano levantó la mano para que todo el mundo guardara silencio.
—¿Por qué motivo presentó entonces el escrito?
—Pensábamos que podía haber, además de los graves hechos que hoy se van a dar cita, intereses políticos que requerían la intervención del emperador. Fue un error del que pedimos disculpas al césar y al juez.
Adriano se mostró pensativo. No le convencían los argumentos del abogado. Una acusación así y la retirada de la súplica no era habitual, pero decidió, dada la repercusión que estaba teniendo la causa, quedarse para presenciar el juicio.
—¿Deseas continuar con esta causa tras la acusación? —preguntó el césar al juez.
—Continuaré dirigiendo la misma, pero no voy a permitir que se ponga en duda mi honestidad —dijo visiblemente enfadado y envalentonado Juvencio Celso, el magistrado, por el apoyo del emperador—. No es a mí a quien se juzga y no toleraré más insultos como ese. Estoy aquí para dictar sentencia de un modo justo, no volveré a permitir la más mínima duda sobre mi integridad. ¿He sido suficientemente claro?
—No pretendía ofenderte, magistrado, un desagradable malentendido por el que reiteramos nuestras disculpas. Nos tranquiliza saber que la naturaleza del juicio será justa para ambas partes.
—Prosigamos, pero espero, por tu bien, que puedas acusar con algo más que sospechas si deseas ganar esta causa —zanjó Adriano.
Tito Flavio respiró aliviado, había salido tal y como buscaba. Si bien era muy grave acusar a un magistrado de cohecho, conocía lo suficiente a Juvencio Celso para saber que era tan arrogante y se sentía tan orgulloso de llevar personalmente este juicio que ni siquiera una acusación lo privaría de su momento de gloria. Marco y él habían convenido que esa estrategia era arriesgada, pero consideraban imprescindible la presencia del césar en el juicio.
—Puede comenzar la acusación —comentó de nuevo el juez haciendo un gesto al encargado de las clepsidras de hacer girar la primera de ellas.
Marco respiró profundamente. Se levantó de su silla con decisión y, con el paso firme, se dirigió hasta el centro de la rostra, consciente de que todas las miradas estaban puestas en él. Cualquier duda, cualquier tropiezo, cualquier indecisión serían considerados como un mal augurio.
—Mi césar, magistrado, padres conscriptos y pueblo de Roma. Nos encontramos hoy aquí para tratar de demostrar que esos tres hombres —dijo señalando con el dedo a los chicos acusados— violaron y dieron muerte a decenas de prostitutas...
—No estamos aquí para juzgarlos por la muerte de esas infames —comentó molesto Lucio Neracio Prisco, el abogado defensor, levantándose.
—Magistrado, pretendo demostrar que los hombres que dieron muerte a las prostitutas fueron los mismos que asesinaron a Valerio Iucundo y violaron a Cornelia Flavia —argumentó Marco.
—Continúe —dijo el juez.
—Decía que estos tres hombres violaron, asesinaron y mutilaron a decenas de prostitutas por las calles de Roma con total impunidad. La condición social de las víctimas las impide defenderse y obtener justicia, pero la valentía de un hombre quiso que esas muertes no quedaran impunes.
Nosotros lo desoímos. Su voz no sonó lo bastante alta para que le prestáramos la debida atención, pero eso no fue suficiente para que cejara en su empeño de demostrar que son más infames esos tres salvajes que hoy se sientan ante nosotros que las pobres víctimas que nada podían hacer para defenderse. Ese hombre, asesinado vilmente por los acusados, ese respetado miembro de nuestra sociedad a quien todo el mundo admiraba era Valerio Iucundo, que la tierra le sea leve. —Marco hizo una pausa para que sus palabras calasen—. Todos lo conocían como el abogado que defendía a las mujeres. Un hombre justo, que encontró el mismo destino que las víctimas para quienes pedía justicia. Hallaron su cuerpo torturado. Probablemente había padecido un dolor indescriptible antes de morir. Su rostro... —Marco tuvo que respirar compungido ante el recuerdo de su mentor— apareció con tres profundos cortes que los asesinos hicieron para dejar su seña, como si de una marca personal se tratara, como la cera de un pergamino que se firma con un anillo. La misma seña de identidad que lucían las prostitutas a las que los acusados dieron muerte. El motivo es que se acercaba
peligrosamente a la verdad y había descubierto que estos tres hombres, que se sientan hoy ante nosotros, eran los culpables. Lo asesinaron. Pero no satisfechos con este execrable crimen, y viendo que sus actos seguían indemnes, los acusados quisieron dar muerte a Tito Flavio, senador y magister del Collegium Iuvenum de Reate, y amigo íntimo de Valerio Iucundo, quizá por el mismo motivo que los condujo a acabar con su abogado; las pistas conducían siempre a ellos. Once días antes de las calendas de enero, 1 mientras la ciudad de Roma disfrutaba de las Saturnales, los tres acusados irrumpieron en su domicilio en el silencio de la noche para dar muerte, ante sus familiares y sus esclavos, a este buen ciudadano romano. —Marco fue levantando la voz—. Los dioses quisieron que esa noche Tito Flavio no se encontrara en su domicilio, pero eso no fue óbice para que esas bestias acudieran a la habitación de una de sus hijas y violaran salvajemente a Cornelia Flavia. Estos tres hombres lo hacían creyendo que violaban a una de las hijas de Valerio Iucundo, como si darle muerte de un modo tan atroz no fuera suficiente. Como si quisieran regodearse con el abogado incluso después de muerto. —Marco tomó aire visiblemente afectado—. Roma se fundó bajo el mandato de siete reyes y, tras la violación de Lucrecia a manos de la tiranía del hijo de Tarquino el Soberbio, rey de Roma, el destino de nuestra ciudad cambió para siempre.
Aquello llevó a la joven a darse muerte por la vergüenza que recorría su piel. ¿Acaso es necesario recordar lo que ocurrió entonces? El ultraje hizo resquebrajar los pilares de nuestra historia y nos trajo nuestra conocida república. Si permitimos que la ley no caiga sobre los acusados, si permite el magistrado que esos hombres salgan indemnes de estos graves delitos, corremos el riesgo de repetir nuestra historia y pondremos en peligro nuestro Imperio. Yo le imploro que condene a esos hombres, magistrado.
Solicitamos que se les sentencie a la pena capital.
Marco tomó asiento observando a Tito Flavio, quien le devolvió la mirada asintiendo con la cabeza. Había sido un buen discurso preliminar, pero no le pareció excesivamente contundente.
El reputado abogado, miembro del Senado y excónsul, Lucio Neracio Prisco se levantó. Era un hombre acostumbrado a ser escuchado y avezado en todo tipo de causas. Con un tono de voz solemne se dirigió a los concurrentes.
—Mi césar, magistrado, padres conscriptos y pueblo de Roma. ¿Por qué estamos hoy aquí? Las palabras de mi colega sobre nuestro tristemente desaparecido Valerio Iucundo sin duda nos han conmovido a todos. Los delitos que ha detallado el abogado acusador son excesivamente graves, pero ¿por qué no estamos buscando a los verdaderos culpables? Lo preguntaré de otro modo, magistrado, ¿por qué se juzga a tres de los hombres cuyo gen y estirpe es de los más ilustres de Roma y cuyo futuro es el más esplendoroso de todos los jóvenes patricios? —Quinto hizo una más que meditada pausa—. Yo le responderé, magistrado: por la envidia.
Un rumor de voces empezó a sonar entre el público que acudía al foro.
—La envidia. —Neracio Prisco continuó levantando la voz y acercándose hasta donde estaba Hostiliano, colocándose detrás de él—. De un hombre que creemos honorable y a quien, además, muchos de los senadores que aquí nos hallamos en el pasado le confiábamos a nuestros hijos para que los educara en unos valores que consideramos indispensables en aquellos que están llamados a dirigirnos en el futuro. —Neracio colocó las manos encima de los hombros de Hostiliano, que se mostraba visiblemente abatido
—. La envidia y el rencor de Tito Flavio a este honrado y venerable hombre es el verdadero motivo que nos ha traído hoy hasta aquí. Todos conocemos a Hostiliano, tengo la suerte de contarlo entre mis amigos. ¿Es así como Roma paga a los hombres que diariamente se dejan hasta la última gota de sudor, hasta su último aliento, por este Imperio, acusándolo junto a sus chicos de actos tan viles? Y lo más importante, ¿se merece un hombre de su talla semejante difamación en su reputada honradez? Y todo ¿por qué? —
Neracio se dirigió ahora adonde estaban sentados los tres acusados—.
¿Quizá porque estos tres brillantes jóvenes el año pasado consiguieron vencer en todas las categorías a los hombres de Tito Flavio? ¿Qué pensarían antepasados como Julio César, que afirmaba que prefería ser primero en una aldea que segundo en Roma? ¿En qué tiempos vivimos para que el precio que han de pagar nuestros jóvenes, por destacar en nuestra sociedad, sea la muerte? Magistrado, este será un juicio sin pruebas porque no las hay.
Prepárense para una causa sin ninguna evidencia, simplemente porque no existe nada contra los hombres a los que defiendo, salvo la envidia. La envidia de Tito Flavio a Hostiliano por recuperar una hegemonía que ya no posee. No debería sorprendernos, pues, que la acusación haya comenzado su alegato difamando al magistrado sin ninguna otra evidencia, salvo la sospecha, y eso es lo único que veremos hoy aquí, sospechas infundadas.
Lucio Neracio Prisco se sentó, satisfecho, mientras el rumor sobre su excelente intervención corría de boca en boca por el foro.
—Tu turno de nuevo, abogado —dijo el magister.
—Deseo llamar como testigo a Tiberio Trebio, ayudante del prefecto de la ciudad —dijo Marco.
Tiberio subió al estrado con su característico cálamo de pluma con el que hurgaba sus dientes y que guardó entre los pliegues de su toga mientras tomaba asiento.
—¿Puedes indicarnos cuál era tu ocupación hace aproximadamente dos años? —preguntó Marco.
—Era el ayudante del pretor.
—¿Y puedes decirnos qué fue lo que encontraste en las calendas de septiembre de ese año?
—Dímelo tú, abogado. Como ayudante del pretor urbano en una ciudad como Roma, son muchas los accidentes y las circunstancias a las que debía acudir, ¿a cuál de ellas te refieres?
Un pequeño murmullo de regocijo y risas corrió entre parte del público.
Marco vio que ese hombre no se lo iba a poner fácil.
—Imagino que no todos los días se da el asesinato de una gladiadora.
—Supongo que se refiere a la mujer negra que encontramos. No sabía que fuera una gladiadora. ¿De verdad lo era?
—¡Aquí las preguntas las hago yo! —gritó Marco empezando a perder la paciencia—. Supones bien, sabes perfectamente a quién me refiero. ¿Qué recuerdas de aquel día?
—No mucho. Estaba muerta cuando llegamos, no pudimos hacer nada por ella. Era una infame, nadie reclamó su cadáver, así que la enterramos en una fosa.
—¿Cómo la encontraron?
—Ya se lo he dicho, muerta.
De nuevo el murmullo de risas corrió entre el público.
—¿Recuerdas que tuviera signos de haber sido salvajemente violada, golpeada y asesinada? —preguntó Marco levantando la voz.
—Puede ser, pero apenas lo recuerdo.
—¿Recuerdas que su rostro estuviera cercenado por tres enormes cortes?
—No.
—¿Tampoco recuerdas que hubieran arrancado la piel de su muslo?
—No me fijé en los detalles.
—¿Hubo algún testigo del asesinato?
—Creo recordar que un herrero.
—¿Lo interrogaron?
—Uno de mis legionarios lo hizo.
—¿Qué recuerdas de aquella declaración?
—Nada, yo no lo interrogué.
—¿No recuerdas que viera a tres jóvenes dejar el cuerpo y que esos tres jóvenes vestían una capa propia de los collegia?
—No, no lo recuerdo, ya le he dicho que no pudimos hacer mucho por ella.
—¿No pudisteis o no quisisteis?
—¡Por todos los dioses, está presionando al testigo! —grito Lucio Neracio Prisco.
—No hay más preguntas, magistrado —interrumpió Marco.
—Su turno —dijo el juez.
Hostiliano sonrió para sus adentros. Tiberio había hecho justo lo que le habían pedido, contestar con evasivas, decir que apenas recordaba nada y confundir a Marco. Había invertido bien los sestercios con los que compró su declaración. Neracio Prisco se levantó de nuevo triunfante.
—¿Puede señalar el testigo a los asesinos de tal despreciable homicidio? —
preguntó el abogado.
—No puedo, no tengo la más mínima idea —contestó Tiberio.
—¡Vaya!..., pero ¿no estabas allí?
—Yo tan solo acudí para llevarme el cuerpo a la fosa.
—Y ¿entonces puedes decirme quién o quiénes pudieron ser los asesinos?
—Ya he dicho que no tengo la menor idea.
—Pero ¿no sabes quién mató a Valerio Iucundo o quién violó a Cornelia Flavia?
—No.
—¿Y eras el ayudante del pretor el día que asesinaron a Valerio Iucundo?
—No.
—¿Y tienes alguna pista que pueda esclarecer su muerte?
—Ninguna.
—¿Fuiste a casa de Tito Flavio cuando violaron a su hija?
—Ya no era ayudante del pretor; por lo tanto, no, no fui.
—No lo entiendo, si no tienes ninguna respuesta sobre ninguno de los hechos que hoy se juzgan, ¿qué estás haciendo aquí?
—No lo sé, pregúntaselo al otro abogado.
Las risas ya eran descontroladas entre el público. Valeria miraba con el rostro serio entre el gentío, el juicio no iba por buen camino.
Lucio Neracio Prisco siguió durante bastante tiempo con la estrategia de ridiculizar y desprestigiar al abogado acusador a través del testigo.
Tito Flavio se acariciaba el puente de la nariz. A pesar de que el juicio no iba por buen camino, aún quedaba el herrero, el testigo más importante.
Hostiliano miraba satisfecho a uno y a otro lado. Estaba resultando más sencillo incluso de lo que había pensado. De momento, la acusación no había presentado ninguna prueba contundente que situara a sus chicos en ninguno de los crímenes. No había nada contra ellos. Solo un testigo que podía ponerles en un serio aprieto, pero de nuevo sonrió al pensar cómo se había ocupado de él.
—Lamento profundamente, Tiberio, haberte hecho venir aquí para perder el tiempo —continuó Neracio Prisco—. Puedes marcharte si, tal y como has referido, no tienes ninguna pista que esclarezca quién pudo asesinar a Valerio Iucundo y violar a Cornelia Flavia.
Juvencio Celso tomó la palabra:
—¿Quieren llamar a algún otro testigo?
—Deseo llamar a declarar al herrero que puede dar fe de que esos hombres son los culpables —respondió Marco.
Nadie entre el público se movió. Las cabezas giraban a uno y otro lado sin encontrar al hombre que, supuestamente, podía reconocer a los asesinos.
Marco miró a Flavio inquieto, ese testigo era crucial. Hostiliano interpretaba con aire apenado la ausencia de noticias sobre el herrero.
El rumor de voces empezó a inquietar tanto al juez como al emperador.
El magistrado hizo un gesto para que se guardara silencio.
—Que dos legionarios acudan a su taller para traer a ese hombre y que pueda dar testimonio. Mientras tanto, haremos una pausa para que los abogados preparen sus discursos.
Juvencio Celso se levantó y se dirigió hacia el emperador y el prefecto de la ciudad. Marco hizo lo propio con Tito Flavio, y los acusados también se reunieron junto a su abogado y Hostiliano. Cada grupo conversaba en voz baja y analizaba las sensaciones del juicio, las declaraciones y todos los detalles. Nadie albergaba la más mínima duda, la causa no pintaba bien para la acusación. No se había presentado ninguna prueba contundente que involucrara a los detenidos en la muerte de Valerio Iucundo y la violación de Cornelia Flavia. No había nada a lo que aferrarse, ni siquiera la duda.
—Por todos los dioses, ¿dónde está ese hombre? —preguntó Marco.
Tito Flavio no contestó, concentrado en ver de qué manera podían dar la vuelta a la situación.
En el público Valeria, Domicia, Probus y Thais se observaban en silencio.
Sus miradas eran pesimistas. La causa no iba como ellos esperaban, pero ninguno quiso verbalizarlo. Tampoco eran ajenos a los comentarios del público y a aquellos que, incluso, se mostraban enojados por permitir que tres brillantes hombres se sentaran acusados sin mayor prueba que la sospecha.
La impaciencia empezaba a hacer mella en unos y otros y el juicio corría el riesgo de aplazarse cuando los dos legionarios que partieron en busca del herrero regresaron.
Hostiliano miro a los chicos, quienes le devolvieron la mirada con complicidad. Marco cerró los ojos y maldijo por dentro al ver que los dos hombres regresaban solos.
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