Gladiadoras
Capítulo XLVIII
Roma, 131 d. C.
La tarde empezaba a asomarse. Probus se encontraba ejercitándose en el Ludus Magnus cuando un esclavo se acercó a anunciarle que debía prepararse para volver al anfiteatro.
Tras una jornada ejemplar, donde el pueblo de Roma disfrutó de un día espléndido de espectáculos, llegaba el momento de los gladiadores más esperados.
Domicia anduvo de nuevo el túnel que separaba ambos recintos junto a él.
Cuando acabara el combate de Probus, sería su turno. Los dos amigos recorrieron la galería en silencio, concentrados y con el único pensamiento de la victoria en sus mentes. Los nervios irrumpían en sus cuerpos y la tensión se notaba en sus rostros.
—Te espero aquí cuando venzamos —dijo Probus antes de colocarse el yelmo.
Domicia lo miró suspirando y asintió. Su turno se acercaba y la presión producida por la excitación se instauró en su pecho.
El gladiador se acercó a la arcada. Observó a su rival, Voreno, un hombre alto que, con la rodilla hincada en el suelo y la mano en el pecho, ofrecía una plegaria a la pequeña estatua de Némesis.
Paulus, el lanista, se acercó a su gladiador y le dijo unas palabras que no pasaron desapercibidas para Probus:
—No es un combate, es tu vida. No es el dolor, es el sufrimiento. No eres tú, son miles de almas. No es el enfrentamiento, es el respeto. No es la posteridad, es el momento. No es una victoria, es ser eterno.
Voreno se abrazó a su lanista, mientras este lo ayudaba a colocarse el casco, pues ese día no lucharía como un retiarius sino como un murmillo.
Probus se concentró. Volvía a revivir ese momento que tanto anhelaba. Su respiración golpeaba contra el casco, el sudor le corría por la espalda y un hormigueo le subía por las piernas. Miró sus pies descalzos y los apretó
contra la arena, sintió los granos clavándose en sus plantas. Movió los músculos de brazos y piernas para ver si respondían mientras expulsaba de golpe el aire de sus pulmones.
El sonido de las tubas y los corni anunció su salida.
Probus y Voreno se miraron a través de las hendiduras de sus yelmos, asintieron con la cabeza en señal de respeto y comenzaron a andar hasta la arena del anfiteatro.
Los gritos de miles de almas ensordecieron el cielo de Roma. El público, que durante todo el día solo pensaba en ese combate y en el siguiente, saltó como un resorte gritando con fuerza los nombres de los dos gladiadores.
Thais se agarró las manos cuando anunciaron la salida de Probus. Se puso de pie para verlo.
—¿Quién de los dos es Probus? —preguntó Claudio a su lado—. ¿El thraex o el murmillo?
—El del corazón más grande —contestó Thais—. Aquel que hace que mi vida tenga sentido. El hombre responsable de todo lo bueno que me pasa. El que en cada paso que da demuestra la grandeza de su espíritu.
—¿Quién? —preguntó Claudio mirándola sorprendido.
—El thraex, el del escudo negro con el ave fénix —contestó el hombre de al lado.
Los dos gladiadores llegaron hasta el centro de la arena. Saludaron al público con la mano y se colocaron en posición para empezar el duelo. El silencio para ambos se volvió denso, solo oían el sonido de sus latidos, solo les importaba lo que veían frente a ellos. En las gradas se bramaban las últimas apuestas, aún había tiempo hasta que se diera el comienzo. En aquel momento, para la ciudad que dominaba el orbe, nada había más importante que lo que sucedía en la arena del anfiteatro.
El summa rudis miró a Hostiliano para que diera la orden. El magister levantó la cabeza, consciente de que miles de ojos lo observaban ansiosos.
Bebió de su copa de vino mientras el público empezaba a impacientarse, se levantó con altanería y con un gesto estudiado de su mano dio la orden.
La vara del summa rudis se levantó entre ambos gladiadores al grito de:
— Pugnate!
Los dos hombres se movieron en círculos midiéndose, estudiando cada paso, cada movimiento.
Voreno era alto, su postura encorvada, para que el largo scutum protegiera gran parte de su cuerpo. Únicamente dejaba a la vista la protección de su
pierna izquierda y el casco por encima de sus ojos, con el gladius escondido para atacar.
Probus tenía la pose de quien lleva años acostumbrado a luchar. Sus movimientos eran precisos, elegantes, y cada paso que daba lo hacía con un estilo que no había olvidado en los años que había estado sin competir. Su escudo era más pequeño, las dos protecciones que llevaba en las piernas brillaban tras haber sido creadas únicamente para este duelo. Su sica, afilada como el miedo, zigzagueaba el aire a la espera de un ataque.
Voreno dio varios pasos y atacó con su gladius. El sonido de los hierros al chocar martilleó el cielo del anfiteatro.
Los dos gladiadores se tomaron un respiro entre tanta tensión y se separaron buscando el poco aire que entraba en sus cascos.
Probus protegió su cuerpo con el escudo mientras la espada curva buscaba la espalda de su rival. Voreno levantó el escudo y neutralizó el ataque. Sus movimientos eran muy ágiles para alguien de su altura. Retrocedió unos pasos y, con la parte inferior de su escudo, golpeó contra el casco del thraex. El impacto contra el metal resquebrajó el aire.
Probus sintió el olor de la sangre dentro de su casco. Por su nariz brotó un hilo del líquido rojo hasta sus labios dejándole un poco aturdido. Se echó hacia atrás y movió el cuello intentando espabilarse de nuevo.
En las gradas, Thais se llevaba las manos a la boca en cada golpe, en cada gesto, cada vez que el peligro se cernía sobre el hombre a quien tanto amaba.
Voreno, con respeto, esperó a que su rival se recuperara.
El duelo continuó. Ambos gladiadores estaban ofreciendo el combate más vistoso del día. Luchaban con gran maestría y mostraban su mutuo respeto y admiración.
El combate siguió con la misma intensidad. Probus empezaba a estar exhausto, ni siquiera había conseguido estar cerca de alcanzar a Voreno. Su rival era un excelente luchador que apenas dejaba un resquicio por donde introducir su sica. Intentó mostrarse más agresivo antes de que la fatiga, implacable, acudiera.
Probus amagó a la izquierda, Voreno colocó su escudo en ese lado y el thraex introdujo su arma entre el escudo y el pecho del gladiador, quien sintió cómo el filo de la espada rozaba su piel. Voreno contraatacó para desembarazarse de su rival, que había vuelto a colocarse en posición. Había faltado poco, pensó, no debía confiarse, se encontraba bien y percibió que Probus estaba más cansado y empezaría a atacar con menos determinación.
Voreno buscó con la espada la parte baja de Probus, que bajó demasiado su defensa y, con la parte inferior del escudo, el murmillo volvió a golpear el casco del thraex. El golpe fue mucho más contundente que el anterior y el ruido heló el corazón de Thais, sintiendo en su propia alma el dolor de ese golpe.
Tras el ataque, Probus estaba mareado, no había visto venir ese golpe por segunda vez. De nuevo sintió el sabor de la sangre.
Ambos gladiadores se movieron en círculos. Voreno no atacó, esperando a que su rival recuperara el aire. Así era como le habían enseñado a vencer, respetando a su rival.
Los movimientos de Probus ya no eran tan elegantes como al principio, sino más bien desesperados e impotentes, y a Voreno no le costaba contener sus golpes. Ya no recogía el brazo al atacar, y quedaba al descubierto dejándolo prácticamente inerte. El thraex buscó algún resquicio con su sica. A su rival le sorprendió que no se protegiera antes de atacar y vio el enorme hueco que dejó en su costado. Sin dudarlo, introdujo por ahí su espada. Probus intentó enmendar su error demasiado tarde y, si bien su defensa llevaba una buena trayectoria, fue frenada por el dolor que sintió cuando el arma de su rival desgarró parte de su piel.
Su espada cayó al suelo junto al escudo, y su rodilla, protegida por la greba, se hincó en la arena. Intentó recuperar el aire, se miró la mano, la sangre cubría su palma.
El árbitro preguntó al gladiador si podía seguir luchando.
Thais lanzó un grito al ver a Probus de rodillas y deseó que no se levantara, que ese duelo llegara de una vez por todas a su fin.
Probus se levantó y asintió con la cabeza. Quería seguir luchando.
Se movía renqueante mientras recuperaba sus armas. El público se puso de pie para agradecer esa muestra de valor.
Probus y Voreno se volvieron a colocar uno enfrente del otro.
El combate se reanudó.
El thraex intentó combinar una serie de golpes para sorprender a Voreno, que los contenía como un muro. Paraba todos los ataques y se defendía apenas sin dificultad. Eso terminó de mermar la voluntad de Probus, quien nunca se había encontrado a un rival tan completo.
Voreno atacó de nuevo con la parte inferior de su escudo, sus golpes ya no encontraban defensa y golpeó sin resistencia en el casco de su rival. Probus estaba aturdido. Por su cabeza pasaron miles de pensamientos, como si
fueran alucinaciones. En vez de a Voreno, vio a los jóvenes que tanto dolor le causaron a Thais y atacó sin dudarlo.
Probus buscaba estocadas sin saber dónde impactaban, sus golpes únicamente rasgaban el aire. Voreno lo esquivaba sin dificultad, se acercó y con el escudo empujó al veterano gladiador, que cayó una vez más al suelo.
Su pecho subía y bajaba rápidamente a un ritmo que demostraba que el cansancio lo vencía.
—¡No te levantes! —gritó Thais desde la grada intentando que su voz se abriera paso por entre las de los miles de aficionados que lo animaban a que siguiera luchando.
Probus se levantó una vez más. Quería seguir combatiendo, quería vencer a ese hombre. Le costó arrodillarse a recoger sus armas, había perdido mucha sangre por la herida del costado.
El combate se reanudó. Lanzó un par de golpes buenos intentando demostrar que aún era el gladiador del que todo el mundo hablaba, aquel que el público soñaba con volver a ver luchar.
A pesar del cansancio.
A pesar de la sangre.
A pesar de su gran rival.
Probus luchó con toda su alma, imprimiendo hasta el último aliento en cada golpe, hasta la última gota de sudor. Cuando ya estaba exhausto y buscaba al murmillo más por la inercia que por la intención, su rival lo alcanzó en el otro costado. Voreno podía haber terminado mucho antes ese suplicio, pero respetaba tanto al hombre que tenía enfrente que trataba de hacer que brillara ante su público.
El grito de los miles de almas enmudeció de repente cuando Probus clavó las dos rodillas en la arena y cayó al suelo.
Thais no quiso verlo, cerró su único ojo sano. No quería sufrir de ese modo, deseaba que todo acabara. Quería estar junto a él, en la domus, y curar sus heridas y sobre todo su alma.
Probus se sintió exhausto, la sangre salía sin piedad de sus heridas, pero lo que más le dolía era sentir por primera vez el sabor de la derrota.
Reconociendo la valía de su rival, lo miró y levantó el dedo índice al cielo indicando que se rendía.
El público no daba crédito, Probus sufría una contundente derrota contra un desconocido pero hábil gladiador.
El grito fue unánime.
— Missio!, missio!, missio!
Probus había luchado bien y sentía el respeto del público, que reconocía las veces que se había levantado para seguir luchando y valoraba la entrega del gladiador que tantas grandiosas tardes les había dado, levantándolos de sus asientos en innumerables ocasiones.
Hostiliano bebió de su copa de vino para tratar de disimular una leve sonrisa. Llevaba todo el combate deseando ese desenlace, rezando para que Probus perdiera. En todos los combates anteriores había dejado que la decisión sobre la vida de aquellos que perdían la tomara el emperador, pero esta ocasión fue distinta. A su mente acudió con total nitidez el juicio en el que Probus declaró. El modo en que, por su testimonio, sus chicos fueron exiliados lejos de Roma. La manera en la que un infame lo dejó en evidencia. Todas las miradas estaban puestas en él. Hostiliano se levantó y, sin dudarlo, con seguridad en sus movimientos y con determinación en su gesto levantó el pulgar y se lo llevó al cuello, indicando que su decisión era iugula. La muerte.
La indignación recorrió cada rincón del anfiteatro. La gente lanzó un grito cuyo eco retumbó en el travertino de sus muros.
El público gritaba indignado.
—¡Está loco! —dijo Claudio.
Thais se levantó sin asumir la realidad.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Claudio la miró sorprendido.
—Algo indignante —contestó—. Acaba de sentenciar a muerte a Probus.
El día se hizo de noche para Thais. De repente, el ruido de miles de personas gritando se silenció en la cabeza de la joven. Se quedó inmóvil, sin poder articular una sola palabra, un golpe helado la mortificó en lo más profundo de su ser. Abatida y complemente desolada, se dejó caer en su asiento.
El summa rudis dio la orden a Voreno.
El gladiador se acercó a su rival, que no mostró el más mínimo atisbo de miedo. Probus hizo un gesto y se quitó el casco, quería respirar profundamente antes de recibir a la muerte. Miró el cielo despejado que empezaba a tornarse anaranjado, recordó a Ronet, su padre, y a Nailah, su madre, pensó en su hijo y las lágrimas a punto estuvieron de brotar cuando Thais acudió a su mente. Sin embargo, contuvo el dolor por el recuerdo de su amada, era un gladiador y debía abandonar este mundo de un modo estoico.
Voreno colocó la punta de su pugio en el hueco de la clavícula y Probus agarró el mango. No había sido digno del combate y él mismo se quitaría la vida. El gladiador levantó la cabeza por el extraño rumor que empezó a surgir entre las gradas. Miró hacia la puerta de la vida, todos los gladiadores salían a la arena del anfiteatro. El murmullo empezó a ser más audible, nadie recordaba un hecho parecido. Los gladiadores rodearon a Probus en una enorme elipse y, con un profundo respeto, clavaron la rodilla en la arena para despedir a quien tanto estimaban y al que todos admiraban.
Probus bajó la cabeza agradecido al ver aquel acto de reconocimiento. Miró a Voreno para indicarle que había llegado el momento. El gladiador obedeció y volvió a colocar el pugio. El silencio del anfiteatro era sepulcral, únicamente cortado por la música luctuosa que se batía en el aire. Muchos espectadores lloraban, no podían creerse que el hombre que tanto los había emocionado y a quien adoraban fuera a perder la vida. Probus agarró el mango, cogió aire por última vez, cerró los ojos y, con pulso firme, dejó que el puñal atravesara su carne abriéndose paso y segando todo lo que encontró hasta llegar al corazón. El último pensamiento de su vida fue para Thais:
«Hasta siempre, amor mío».
La joven lanzó un grito al ver el cuerpo de Probus caer sin vida en la arena.
Se abrió paso por entre todos los que estaban allí sentados, quienes la miraron desconcertados, antes de bajar las escaleras sin saber hacia dónde dirigirse. El dolor anidaba en su pecho, en su costado y en cada paso que daba. Trastabilló y a punto estuvo de caer, se movió por los pasillos desorientada, completamente perdida, transitaba una y otra vez las mismas galerías y desandaba las que ya había recorrido. Se encontró con un esclavo y, haciendo un gran esfuerzo por articular varias palabras seguidas, le preguntó por el lugar al que llevaban a los gladiadores que acababan de morir. El operario, sorprendido por la desesperación de la joven, le indicó cómo llegar al spoliarium. Thais corrió movida por la convicción de que Probus seguía con vida, que llegaría y su amado estaría esperándola para juntos volver a su hogar. Que aquello era una dolorosa pesadilla.
Llegó hasta la entrada flanqueada por dos legionarios.
—Por favor, dejadme entrar. Soy la mujer de Probus.
—Tendrás que esperar a que le despojen de la sangre y de las ropas antes de reclamar su cuerpo —contestó uno de ellos con frialdad.
Thais era incapaz de contener las lágrimas, cada una de esas palabras golpearon con fuerza en su pecho.
—Por favor, te lo suplico.
El otro legionario la miró con compasión.
—Espera un momento —dijo.
—¿Adónde vas? —preguntó el primero sin encontrar respuesta.
Thais esperaba desesperada. Jamás en su vida había sentido un dolor tan desgarrador removiendo sus entrañas, como si un rayo la hubiera partido en dos.
El legionario regresó.
—¿Estás segura de que quieres entrar? Le han golpeado la cabeza varias veces con un martillo para comprobar que estaba muerto y tiene un enorme corte en el cuello del que están extrayendo su sangre.
Thais asintió sin ser capaz de decir nada.
—Acompáñame —dijo el legionario haciendo un gesto de resignación.
La joven siguió a ese hombre por la galería inundada por un olor nauseabundo.
El legionario llegó hasta una sala y dio una orden para que los esclavos que se ocupaban del cuerpo de Probus salieran.
—Date prisa, no tienes mucho tiempo.
Thais se asomó y lo vio.
El cuerpo del gladiador se encontraba desnudo encima de una litera. Varias palanganas recogían la sangre que aún manaba de la enorme incisión que le habían hecho en el cuello y en las muñecas.
Thais se acercó despacio.
Lanzó un grito sordo cuando vio el rostro desfigurado del hombre de su vida. Agarró sus manos cubiertas de sangre y arena. Notó que estaban frías, que no tenían la calidez con la que tantas veces esos mismos dedos habían recorrido su cuerpo. Aún no podía creerse que Probus no pudiera volver a abrazarla, volver a besar sus labios, volver a amarla, y esa revelación fue la más dolorosa que había sentido en toda su vida.
Acarició las heridas de su costado, atusó con delicadeza sus cabellos, sus manos se detuvieron en su rostro desfigurado. Thais no podía soportar ese dolor tan desgarrador que le quemaba en el pecho. No podía imaginar el resto de su vida sin ese hombre por quien sentía algo que no podía describir con palabras. Por su cabeza asomó la idea de quitarse la vida y junto a su amado recorrer el camino a la muerte.
El legionario entró y carraspeó indicando a Thais que debía salir ya para que siguieran encargándose del cadáver.
La joven apoyó su cabeza contra el pecho de Probus mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Se acercó a su oreja y, con la intención de que su
amado pudiera oírla por última vez, susurró del modo más desgarrador:
—Hasta siempre, amor mío.
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