Gladiadoras
Capítulo XV
Nicomedia, 125 d. C.
Había pasado ya el plazo que el emperador le dio a Catilio Severo para acudir a África. Cada día su mal humor iba en aumento y sus esclavos eran el blanco de su ira.
Helena no hablaba prácticamente con nadie desde que fue testigo, dos meses antes, de cómo el procónsul mandaba matar a su abuela. A la dolorosa pérdida de Helvia, el único familiar que le quedaba con vida y a quien adoraba, se sumaba la marcha de su amado. Echaba de menos a su abuela y a Antinoo especialmente cuando caía la noche y cerraba los ojos.
No podía parar de llorar. Sentía una inmensa soledad sin su abuela, la recordaba en todas las tareas que realizaba y en cada rincón de la villa.
Añoraba sus consejos y sus abrazos. No podía creerse que nunca volvería a verla. El resto de la noche sus pensamientos iban para Antinoo, soñaba con él lo poco que dormía. No existía cura cada vez que su recuerdo la atormentaba, sobre todo cuando tomaba conciencia de que había perdido para siempre a las únicas dos personas que significaban algo para ella.
Sentía tanto terror a que llegara la noche que el sufrimiento se anticipaba a la tarde. Su cuerpo empezaba a temblar cuando veía cómo la luz del sol se perdía en el horizonte y el pánico comenzaba a atosigarla por otra inminente noche en vela llena de tortura. Los primeros rayos del día la encontraban siempre despierta, envuelta en lágrimas y hecha un ovillo. Los gallos le anunciaban el final de su martirio y le daban una tregua hasta la siguiente noche. Las tareas diarias conseguían que su mente descansara al menos mientras la luz continuaba iluminando un mundo que para ella se había vuelto solitario y oscuro. Estaba sola, de un día para otro se dio cuenta de su fragilidad y de cómo los dioses podían dártelo todo o cubrirte de desdicha.
Le costó días levantarse de su jergón. Aulo y Elia, dos esclavos que sentían su pena como si la vivieran en sus propias carnes y que querían a Helvia
como si fuera su propia abuela, se apiadaron de ella y consiguieron hacer que comiera y que se levantara. Sabían que, de no hacerlo, la ira del dominus caería sobre ellos.
Helena, cada día, recordaba a su abuela diciéndole que cuando ella se fuera no tenía que sentirlo, que estamos aquí de paso y que el mundo es demasiado bonito para sentir la pérdida de alguien. Al principio es normal que duela, le decía, pero no mantengas el dolor, deja que fluya y agradece a los dioses todo lo que hemos pasado juntas.
Siempre le venía una y otra vez la misma frase: «Solo se muere lo que se olvida».
Catilio Severo había ordenado preparar una gran cena para despedirse de las personas más eminentes de la ciudad. Al día siguiente se marcharía a África.
Algunos esclavos, entre los que se encontraba Helena junto a Aulo y Elia, recogían frutos y hongos para el banquete.
—Ahora que no nos ve nadie, ¿os he dicho lo que será de nosotros tres a partir de mañana? —dijo Aulo mientras recogía unos higos de una higuera.
Helena y Elia lo observaban desde abajo expectantes. Aulo se bajó de la higuera.
—Veréis —dijo serio—. Ayer serví el vino al dominus y a ese malnacido de Polieno, su abogado, y pude escuchar una conversación que callaron mientras llenaba sus copas. Por cierto, debía de ser un buen caldo, porque los dos se relamían como dos zorros cuando dan cuenta de su presa...
—Sigue, Aulo —dijo desesperada Elia.
—Perdona, palomita. Decía que hablaban sobre el futuro de algunos esclavos de la villa una vez que él abandonara esta..., ¿cómo dijo...? ¡Ah!, sí: «inhóspita tierra». No tengo ni idea de qué significa pero debe de ser una palabra de esas que usan los amos para referirse a algo muy importante cuando no quieren que alguien como yo se entere.
Helena se puso tensa.
—Por todos los dioses, ¿quieres seguir, Aulo? —lo interrumpió Elia.
—Bueno, el caso, palomita, es que dijo que nosotros, los encargados de la cocina, iríamos a...
—¡Vosotros! —La voz de Anacrites sonó interrumpiendo a Aulo—. Si estáis holgazaneando, se lo diré al dominus para que os azote antes de irse.
—No debes preocuparte, Anacrites —dijo Elia—. Solo comprobamos la calidad de los higos. Queremos que la cena del dominus sea perfecta.
—Hacedlo rápido y continuad —concluyó el vigilante dándose la vuelta.
—Sigue —dijo Helena nerviosa por saber su futuro.
—El muy..., ese maldito chivato debe de tenerte entre ceja y ceja, Helena, porque tampoco te pierde de vista. Seguro que el dominus le ha ordenado que te vigile con algún premio como recompensa. Si pudiera, le arrancaría los ojos, hay que ser muy ruin para ir a delatar a otros esclavos...
—¡Juro que si no sigues te hago tragar la higuera! —dijo Elia enojada.
—Me encanta cuando te enfadas, palomita, se te pone una arruga aquí en la frente que te hace irresistible. Bueno, el caso es que quiere mandarnos nada más y nada menos que a...
—Aulo —la voz de otro esclavo sonó interrumpiendo, una vez más, al siervo—, ven a ayudarme, necesitamos más manos.
—Voy —dijo este.
El esclavo se dirigió presuroso a la higuera donde lo reclamaban ante la mirada desesperada de las dos esclavas.
—¡Un día le arrancaré la lengua! —exclamó Elia.
—¿Cuál crees que será nuestro próximo destino? —preguntó Helena.
—No lo sé, aunque imagino que nada puede ser peor que Catilio Severo.
Pero ahora sigamos, luego le preguntaremos, hemos de buscar champiñones.
Continuaron andando.
—Cuidado, no toques esas —dijo Elia—. Son amanitas, se parecen al champiñón, pero que su aspecto no te confunda. Es una seta muy venenosa.
Se dice que fue la especie de hongo con la que Agripina, la madre de Nerón, asesinó a su esposo, el emperador Claudio. El dominus no come setas por miedo a ser envenenado. Solo los champiñones, porque adora su sabor y, siempre y cuando algún esclavo los haya probado antes. Hacer pan no es tan peligroso, ¿verdad?
—¿Cómo los diferencias? —preguntó Helena.
—Los champiñones crecen en corros y su aspecto, por arriba, es rugoso.
Además, si le quitamos el tallo, son rosáceos, mientras que las amanitas siempre son blancas y crecen solas.
Helena escuchaba pensativa mientras Elia le indicaba cuáles eran los champiñones que debían coger. No podía evitar que unos pensamientos, completamente nuevos, nacieran en su mente. Nunca había deseado la muerte de alguien, pero desde hacía varias semanas, desde que el amo acabó con la vida de su abuela, por primera vez en toda su vida, en las tristes noches que tanto la atormentaban, había deseado ver morir a Catilio Severo.
—Todavía no hay muchos champiñones. —Elia interrumpió los pensamientos de Helena—. Aún el otoño no ha entrado con fuerza. Iremos un poco más adentro, pediré permiso a Anacrites. Espera aquí.
La joven esclava observaba la seta venenosa que le había enseñado Elia.
Pensó cogerla y mezclarla entre el resto de los champiñones. Las dudas la atraían y la dominaban a la vez que la aterrorizaban. Era una oportunidad que no podía dejar escapar, pero si algo salía mal podrían culpar a Elia y no quería que su amiga, quien tanto la había ayudado a superar la pérdida de su abuela, sufriera ningún daño.
—Vamos. Continuemos un poco más adentro —dijo Elia sin advertir que la seta venenosa que un momento antes lucía por encima de las hojas de la tierra había sido arrancada.
Continuaron charlando y recogiendo más champiñones. Empezaba a hacerse tarde, las cestas de Elia y de Helena estaban prácticamente llenas.
—Creo que tenemos suficientes —dijo Elia—. Será mejor que volvamos y empecemos con los preparativos.
En el camino de vuelta, Elia señaló con el dedo una planta.
—Hacía mucho que no veía una de esas —dijo sorprendida.
Su amiga la observó sin entender.
—Es una planta mortífera. La llaman belladona.
Helena se quedó petrificada. Sintió, al oír aquel nombre, una especie de revelación y recordó cómo le había contado su abuela que aquella era la planta con la que su madre había intentado envenenar al anterior procónsul.
Procuró que su actitud no resultara extraña para su amiga e intentó disimular la impresión que le había dado oír, de nuevo, el nombre de aquella planta.
—Si es tan peligrosa, ¿porque la llaman así? —preguntó la joven esclava sin poder evitar un pequeño temblor en la voz.
—Las patricias romanas usan sus hojas para embellecer su cutis —dijo Elia
—. Dicen que una sola gota de su jugo, en cada ojo, puede hacer que luzcan una mirada tan sumamente bella que resulta irresistible para los hombres.
Sin embargo, una sola de esas bayas puede matar a un niño y un puñado de ellas puede acabar con la vida de un hombre.
Helena observó la planta y las bayas en forma de cereza y, sin que Elia se percatara, dejó una de sus cestas en el suelo.
Cuando estaban a punto de entrar en la villa, Helena detuvo sus pasos agarrando el brazo de Elia.
—¡Mi cesta! —dijo—. Debí de olvidar una de ellas cuando nos detuvimos.
Entra, iré corriendo a por ella.
—No te entretengas, o Anacrites se enfadará —contestó su amiga.
—No temas.
Helena regresó corriendo hasta el lugar donde había dejado a propósito la cesta. Removió los champiñones que estaban en la parte de arriba y sacó uno de los que se encontraban abajo, al cual le había atado una pequeña brizna de hierba para reconocerlo. Era la seta venenosa. La observó y la ocultó entre un puñado de tierra para que ningún animal pudiera comerla.
Miró con detenimiento la planta que, según su amiga Elia, era tan mortífera.
Recordó la historia que su abuela le había contado sobre su madre y el modo en que fue descubierta al intentar envenenar también a su dominus.
Aun así, no dudó cuando, con cuidado, cortó varias de las bayas a la altura del tallo y las introdujo en un pañuelo. Después regresó tan rápido como sus piernas le respondieron a la villa, donde la esperaba su víctima, Catilio Severo. Antes de entrar se detuvo y levantó la cabeza mientras el viento agitaba sus cabellos. Observó un cielo cargado de pequeñas nubes con extrañas formas. Sintió en ellas tan repentinamente la mirada de su abuela que hasta el vello de los brazos se le erizó. ¿Y si Helvia trataba de prevenirla? ¿Y si, desde donde estuviera, pretendía advertirla del peligro que corría? Cerró los ojos y recordó sus manos acariciando su piel, como le gustaba hacer siempre que algo la preocupaba. El áspero tacto de sus dedos surcando su pelo calmándola, como únicamente ella conseguía. Suspiró para expulsar el miedo que se apoderaba de su pecho a la vez que pensó:
«Tengo que hacerlo y lo haré por ti». Helena dejó en la puerta las dudas y el nerviosismo que se intentaban apoderar de ella y se encaminó hacia la entrada de la villa con firmeza y sin un ápice de miedo.
Los preparativos para el banquete fueron más extenuantes que de costumbre. Catilio Severo quería que su última cena en aquella inhóspita tierra, que tanto odiaba y a la que nunca volvería, fuera recordada durante años. Los más ilustres personajes de la provincia se encontraban entre los invitados.
Helena se afanaba junto al resto de los esclavos en la organización de la cena. Las ánforas de vino se vaciaban y se rellenaban constantemente.
Durante la tarde, mientras cuidaba de que el pan no se quemara, había machacado las bayas para extraer su jugo y con sumo cuidado lo guardó en un pequeño frasco de cristal que escondía en un bolsillo interior de su túnica esperando la oportunidad de verterlo en el ánfora de su víctima.
Estico, el nuevo cocinero, era bastante más respetado que su predecesor, pero ese día estaba mucho más nervioso de lo habitual, especialmente al recordar el modo en que el dominus acabó con la vida de Pelias tras una cena como la que iba a celebrarse esa misma noche.
Ordenó a Helena que ayudara a servir el vino. Ella salió al comedor con un ánfora en las manos y el frasco con el veneno escondido entre sus ropas.
Notó el cristal en su vientre, sintió el vaivén del mortal líquido bailando en el interior del recipiente. Buscó con la mirada a Catilio Severo. Lo encontró en el lado contrario del comedor. Tuvo que controlar sus náuseas al verle disfrutar de la cena. Se quedó de pie observándolo a distancia. Todos sus movimientos le causaban repugnancia especialmente cuando lo veía reírse junto a los lisonjeros amigos que lo acompañaban. Odiaba a ese hombre que había acabado con la vida de su abuela. Sabía que no dudaría cuando tuviera la oportunidad de verter el veneno en la copa de su dominus. Y no se arrepentiría ni un solo día de su vida.
—¡Esclava! —oyó por encima del ruido de la música y la algazara.
Helena meneó la cabeza volviendo de sus pensamientos.
—¿Acaso he de llamarte cien veces? —dijo Polieno, el abogado de Catilio, que se incorporó para reprenderla.
—Perdón, domine —contestó ella.
—Sírveme vino —dijo de malhumor.
Helena se acercaba a escanciar el caldo en su copa cuando sintió la mano del abogado subiendo por encima de su rodilla. Se separó de inmediato.
—¿Acaso desprecias el tacto de mis manos? —dijo Polieno observando con lascivia las formas de Helena mientras limpiaba con el extremo de su toga la salsa de marisco que le caía por la barbilla—. Deberías aprender a ser servil. ¿No te ha enseñado modales ese viejo de Catilio Severo?
Helena permaneció con la cabeza agachada ante la atenta mirada del resto de los invitados que asistían divertidos a la escena.
—Si no me complaces, convenceré al dominus para que, en vez de llevarte a ese lugar que ha elegido para vosotros, siga mi consejo y te lleve al lupanar más próximo.
Polieno tiró de la cintura de la esclava colocándola en sus piernas mientras su mano derecha apretaba con fuerza uno de sus pechos.
Helena intentó escabullirse y luchó por zafarse.
—Si sigues comportándote como un animal, tendré que azotarte —dijo mientras los invitados estallaban en sonoras carcajadas—. Veamos si tu sabor es más jugoso que el de estas enormes langostas.
El abogado apretó la mandíbula de Helena atrayéndola hacia sí y comenzó a lamer su cara.
La esclava se revolvió con asco deshaciéndose del abogado.
Polieno protestó y, a la vez, empujó contra el suelo a la sierva con tal violencia que cayó encima del ánfora de vino haciéndola añicos.
—¡Maldita perra! Juro que, si no me complaces, convenceré a Catilio Severo de que mañana cuando venga el magistrado para vuestra venta te envíe al lupanar más lúgubre de Nicomedia, donde tu belleza despertará en los viejos lo que el tiempo se encargó de que no volviera a levantarse. Y
ahora lárgate de mi vista y limpia todo este desastre que has organizado.
Helena se levantó con trozos de terracota bajo su cuerpo y vino esparcido sobre su túnica. Se dirigió a las cocinas con la vergüenza reflejada en su rostro y las risas de los amigos del abogado a su espalda.
Su corazón bombeaba con fuerza temiendo que el frasco del veneno podría haberse hecho pedazos.
Con cuidado, buscó entre los pliegues de su ropa el recipiente. Respiró aliviada al sentir el cristal intacto.
Entró en las cocinas. Su mirada no buscó con qué limpiar los restos de terracota del ánfora, sino a Aulo. Sin embargo, era incapaz de distinguirlo entre el gran número de siervos.
Sus ojos encontraron a Elia. Se dirigió hacia ella.
—¿Has visto a Aulo? —preguntó con la voz agitada.
—¿Estás bien? —preguntó su amiga sorprendida al ver a Helena con la túnica manchada completamente de vino.
—Sí, solo necesito hablar con Aulo. Necesito saber dónde tiene pensado mandarnos el dominus.
—Fue a las bodegas a por más vino, enseguida vendrá, pero ¿a qué vienen esas prisas?
Estico interrumpió la conversación:
—Helena, ¿qué ha pasado ahí fuera?
—Polieno me empujó y no pude evitar que el ánfora cayera al suelo —dijo la esclava.
—Ve a limpiarlo todo inmediatamente y cámbiate esa túnica, o el dominus se enojará.
Helena asintió y salió a recoger los trozos de terracota y a limpiar el vino, ante la atenta mirada del abogado, que no le quitaba ojo.
Cuando terminó, Polieno dejó caer a propósito su copa y el suelo volvió a teñirse del rojo líquido y de trozos de terracota.
—¡Vaya! Mira lo que acabas de conseguir —dijo haciendo gestos teatrales mientras sus compañeros seguían riéndole las gracias.
Helena no dijo nada mientras se agachaba a recoger los restos.
—Será mejor que lo limpies lo mejor que puedas —dijo Polieno—. No querrás que ninguno de nosotros se corte —comentó mientras tendía sus pies sobre la espalda de Helena, que se encontraba agachada.
La esclava aguantó pacientemente la humillación y, al terminar, se levantó cargando en la palangana los restos de barro, cristal y vino.
—Ve y trae una copa para mí, y procura que esta vez no se te caiga —
ordenó con desprecio el abogado.
Helena, con lágrimas en los ojos, entró de nuevo en la cocina. En ese momento Aulo hizo acto de presencia cargando varias ánforas junto a otros esclavos.
—Necesito hacerte una pregunta —le dijo Helena.
—Ahora no puedo entretenerme, Helena. ¿Podemos hablar luego? —dijo asustado.
—Solo quiero que me digas dónde tiene pensado enviarnos el dominus.
—Mañana lo hablamos, Helena. Ese cabrón de Estico no hace otra cosa que controlar todo lo que hago. Si me ve parado, sin hacer nada, se va a enojar.
No sé por qué la tiene tomada conmigo, dice que me entretengo a hablar hasta con las piedras, cuando yo en realidad solo quiero...
—¡Aulo! —interrumpió Helena—. ¿Dónde nos va a mandar el dominus?
—Bueno, no a todos nos enviarán al mismo destino. Pero sí pude oír dónde te mandarán a ti, a Elia y a mí.
—¿Y cuál es ese lugar?
El esclavo miró fijamente a Helena a los ojos y, sin dudarlo, le dijo el sitio que había oído la noche anterior y que sería su próximo hogar.
Pasaron varias horas más. Helena era víctima de sus pensamientos y de todos los miedos que irrumpían violentamente en su mente. Polieno, durante el resto de la noche, la había asegurado que a partir del día siguiente sería la prenda más preciada del lupanar de Nicomedia.
La bella esclava era un mar de dudas. Hasta esa misma tarde tenía claro que quería acabar con la vida de Catilio Severo; sin embargo, la noche había dado un giro en los acontecimientos. Su próximo destino no era precisamente el Olimpo de los dioses; incluso le entraba pánico solo con pronunciar su nombre, pero era mucho mejor que el lupanar donde Polieno quería mandarla. Tenía que decidirse pronto, la cena estaba a punto de concluir y en breve todos se marcharían a sus habitaciones o a sus domus y
entonces su suerte dependería de Polieno. Tenía dos opciones y ninguna era sencilla. O acababa con Catilio Severo o vaciaba el veneno en la copa del abogado. Ambos estaban reclinados en sus triclinios. Debía decidirse por uno de los dos.
La cena se encontraba en la comissatio. 1 Helena entró en la cocina medio vacía. Todos los esclavos estaban afanados en limpiar y empezar a recoger mientras los primeros invitados abandonaban, por última vez, la domus que durante tantos años había pertenecido a Catilio Severo. Echarían de menos el dispendio y las fastuosas veladas. Solo esperaban que su sustituto fuera igual de generoso.
Helena miró a ambos lados. Entró en la despensa donde estaban las ánforas de vino y empezó a llenar una pequeña jarra. Con disimulo, sacó el pequeño frasco del bolsillo. El miedo hacía que sus manos sudaran. Respiró hondo, sus nervios eran tan fuertes que provocaban que todo su cuerpo temblara.
Ese era el momento que tanto había deseado y ahora se maldecía por sentirse tan torpe. Empezó a vaciar el veneno, que se mezcló entre el rojo purpúreo del vino.
—¿Qué haces aquí? —dijo a su espalda la voz de Estico.
Con disimulo, Helena escondió el frasco en la palma de la mano mientras se daba la vuelta con la jarra de vino.
—Solo rellenaba esta pequeña ánfora. El dominus quiere más vino. —
Helena pasó por el lado del encargado de la cena con la cabeza agachada y sin levantar la mirada.
—Espera —dijo este sujetando su brazo.
La esclava levantó despacio su mirada hasta encontrarse con la de Estico temiendo que la hubiera visto verter el frasco.
El esclavo la miró de arriba abajo; había algo en esa joven que se le escapaba, pero no entendía qué era. Su instinto le decía que algo no iba bien. Con un gesto de la cabeza, y sin perderla de vista, la invitó a que continuara andando.
Helena suspiró al dejar atrás a Estico. Había faltado poco, pero lo peor estaba aún por llegar. Los invitados cada vez eran menos numerosos. Ya solo quedaban los de más confianza del dominus. La sierva esperó de pie y en silencio a que su víctima vaciara el contenido de su copa. Observó fijamente a los dos hombres. Ya no dudaba entre si vengar la muerte de su abuela o matar al hombre que tenía su destino en sus manos. Sabía sobre qué copa vertería el veneno mezclado con el vino. Pensó en su madre y entendió qué debió de pasar por su cabeza cuando años atrás intentó hacer
lo mismo. Mientras el recuerdo de una mujer a quien no conocía inundaba su mente, se dio cuenta de que no sabía cómo actuaba el veneno.
Desconocía si era instantáneo y sus efectos empezarían tan pronto como el vino alcanzara el estómago, o pasarían horas hasta que la ponzoña se mezclara con su sangre y acabara con la vida del hombre que deseaba ver muerto. Pronto lo descubriría. No había vuelta atrás.
La copa del hombre elegido se vació. Con el paso firme y decidido, Helena se acercó a él. Sus ojos se encontraron durante un eterno instante mientras vaciaba su jarra, y un mohín de desprecio asomó a la comisura de los labios de su víctima.
Helena, silenciosa y sumisa, se apartó a una esquina oscura. Suspiró al tomar conciencia de lo que acababa de hacer. Tan solo unos meses antes era una esclava con un puñado de sueños y, en ese momento, sus manos eran culpables de escanciar veneno en una copa para acabar con la vida de un ser humano. No se sentía orgullosa, pero sí se sentía mejor. En la sombra que le ofrecían las aristas de aquellas paredes sería testigo del final de ese despreciable hombre sin que nadie pudiera discernir en su rostro la mezcla de satisfacción y miedo que sentía.
Alguien alzó la copa y deseó a Catilio Severo que los dioses le fueran propicios y que la fortuna le sonriera en su nuevo destino.
Las copas chocaron en lo alto de la estancia y, a continuación, el vino, junto con el veneno, recorrió la garganta de la víctima.
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