Gladiadoras
Capítulo XL
Roma, 128 d. C.
El público asistente al juicio esperaba expectante cuando los dos legionarios regresaron sin rastro del herrero que debía testificar.
Uno de ellos se acercó a Juvencio Celso y le susurró algo al oído. El magistrado hizo un gesto de asombro. El juez miró al emperador y a los abogados con el rostro serio, antes de anunciar:
—Han encontrado muerto en su taller al herrero.
Tito Flavio se llevó las manos al rostro, desolado. Era un golpe duro. En el foro, el público comenzó a comentar sus impresiones a voz en grito, y el juicio se convirtió en una algarabía.
—¡Magistrado! —dijo Marco levantando la voz para que sonara por encima del bullicio—. Ese hombre era mi principal testigo.
—A menos que creas que tengo la capacidad de ir hasta el reino de los muertos y sacarlo de la barca de Caronte, poco más puedo hacer, abogado
—comentó el juez.
—Esos hombres —dijo Marco señalando a Hostiliano y a sus chicos— son los responsables de su muerte, ¿quién si no iba a asesinar a un testigo principal y al único que podía identificarlos?
Lucio Neracio Prisco se levantó con gestos teatrales.
—¿Quién ha dicho que lo hayan asesinado? Empezamos a estar cansados, al igual que el público, de las graves incriminaciones sin fundamento que dejan en evidencia a la acusación. —Neracio señaló con el dedo de forma intimidatoria a Marco—. ¡La defensa lamenta más que nadie el fallecimiento de ese pobre hombre! Sin duda, el único capaz de demostrar que los acusados nada tuvieron que ver con la muerte de esa prostituta y mucho menos fueron responsables del asesinato de Valerio Iucundo y de la violación de Cornelia Flavia. Estamos consternados ante tal noticia, esperábamos ansiosos el testimonio de ese herrero que pudiera revelar, de
una vez por todas, que esos tres chicos son inocentes y que lo único que mueve a la acusación es la envidia.
Marco estaba abatido.
—¿La acusación o la defensa desean llamar a algún otro testigo? —
preguntó el juez intentando poner orden.
Neracio se adelantó.
—Si, magistrado. Para terminar con esta inicua causa, más propia de una obra teatral de Plauto que de un Estado civilizado como el nuestro, y para demostrar, si acaso no lo está ya, la inocencia de los acusados, quiero llamar a declarar a la víctima, Cornelia Flavia.
Tito Flavio se levantó indignado.
—¡No permitiré que mi hija sea expuesta al escarnio público!
—Su testimonio será crucial para dejar limpia, como una toga blanca puesta al sol, el honor y el prestigio de los injustamente acusados —comentó Neracio—. La defensa no pretende desprestigiar el buen nombre de una ilustre femina, no pretende humillar el gen Flavio vinculado incluso a emperadores en el pasado, ni regocijarse en su tormento. La vida de tres pobres inocentes está en juego y solo buscamos la verdad.
Juvencio Celso se llevó la mano al mentón. En sus juicios nunca permitía que las mujeres subieran a declarar, salvo que fueran quienes realizaran la acusación. A su entender, eran inestables y sus declaraciones estaban movidas más por el sentimentalismo que por la razón. Pero esa mujer era una ilustre femina, solo por ese motivo accedería a la insólita petición.
—Que suba a declarar Cornelia Flavia. Pero te advierto, abogado —dijo refiriéndose a Neracio—, no permitiré que profundice en el dolor de esa pobre mujer y ni por asomo consentiré que se manche su reputación por un acto en el que la joven no ha tenido la más mínima culpa.
—Doy mi palabra, magistrado, al igual que a Tito Flavio, el padre de la pobre víctima.
Cornelia Flavia subió al estrado de la rostra sintiendo los cientos de ojos que se posaban sobre ella. Vestía una stola, una discreta túnica de color verde y, sobre la cabeza, un manto que prácticamente dejaba su rostro oculto.
La hija de Tito Flavio se sentó y se descubrió un poco la cabeza.
Neracio Prisco se dirigió a ella:
—Lamento profundamente los aborrecibles actos que se cometieron contra ti. No pretendo hacerte recordar, más de lo verdaderamente necesario, los hechos que ocurrieron la noche once días antes de las calendas de enero.
El abogado hizo un gesto para que seis chicos subieran al estrado y se colocaran delante de los acusados.
—¿Puedes decirme si alguno de estos chicos que acaban de subir fue alguno de los que abusaron de tu cuerpo esa noche?
Cornelia levantó la cabeza y observó a los jóvenes para negar con la cabeza.
—¿No puedes decir si alguno de estos seis hombres fue quien te violó?
—¡Por todos los dioses! —dijo Tito Flavio con el rostro colorado por la cólera.
—Mis disculpas —contestó el abogado—. ¿Puedes reconocer entre estos seis hombres a quienes cometieron un acto tan abyecto?
—No.
—Vaya. ¿Y puedes decirme por qué?
—Porque no les vi el rostro. Todo estaba a oscuras, siempre duermo con una lucerna, pero la habían apagado.
El abogado hizo un gesto a los seis jóvenes para que bajaran.
—Y no puedes entonces, por la misma razón, señalar a ninguno de los hombres que están hoy acusados.
Cornelia negó con la cabeza.
—¿Y puedes dar fe si fueron estos? —dijo señalando al azar al público—.
¿O decirme si quizá fueran esos? ¿Por qué no? Yo te responderé: no puedes identificarlos simplemente porque no fueron estos hombres, no los viste, por tanto es imposible saberlo. Estaba oscuro y en la oscuridad de la noche todos los hombres somos iguales. No hay ninguna forma de que puedas identificar a los agresores que cometieron el abominable y condenable acto contra tu persona.
—Tan solo oí sus voces. Eran dos hombres, decían que habían prometido a Valerio Iucundo, antes de asesinarlo, cuidar de sus hijas y que estuviera tranquila, no dejarían las marcas de las prostitutas en mi rostro. Creían que yo era Valeria Iucunda o su hermana.
—¿Dos? La acusación ha denunciado a tres hombres.
—Solo fueron dos.
—¿Y podrías reconocerlos por las voces, teniendo en cuenta que estabas asustada y que te despertaste sobresaltada?
—No —dijo Cornelia a punto de echarse a llorar.
Neracio miró las clepsidras, a ambos les quedaban tan solo una.
Aprovechando el testimonio de Cornelia, levantó la voz para lanzar su alegato final dirigiéndose al magistrado y al público del foro.
—Todos conocéis mi honestidad, no habría aceptado este caso de no creer en la inocencia de estos jóvenes. Son hijos de los mejores senadores, cuya gen, a lo largo de los años, ha contribuido a que las fronteras de Roma sean más extensas de lo que han sido nunca. —Neracio hizo una pausa esperando que su introducción calase—. A estos chicos les espera un futuro tan brillante como ellos mismos. Magistrado, a la única conclusión cierta a la que hemos llegado hoy aquí es que esta causa no debería haberse celebrado. Nada ni nadie ha podido presentar ninguna prueba, ninguna, contra estos pobres jóvenes simplemente porque ellos no fueron. Lo único que podemos reprocharles es que el año pasado dejaran en evidencia al collegium de Tito Flavio. Ese es el verdadero motivo por el que están ahí sentados, la envidia del magister de Reate. Desde el comienzo del juicio los han acusado sin pruebas. Pero no han sido los únicos. También han inculpado a la defensa, solo con sospechas, de haber sobornado a nuestro admirado juez, reconocido por su trayectoria impoluta. Una acusación que no debería haber quedado impune. Y también, sin pruebas, se nos ha acusado de la muerte del herrero, el único testigo que podía reconocer a los asesinos. Nos señalan a nosotros, que estamos consternados y abatidos por la muerte de un hombre que podría haber puesto fin a esta pantomima, confirmando que esos tres brillantes jóvenes no se encontraban en aquel lugar y que no son quienes deberían estar hoy aquí sentados. —Neracio levantó la voz—. ¡Por la buena disposición de los dioses! Nos hemos visto obligados a hacer subir al estrado a Cornelia Flavia, una mujer cuya presencia aquí arriba nos conmueve a todos, que, además, en su desgarrador testimonio, asegura que fueron dos hombres y la acusación denuncia que fueron tres. Que no puede reconocer a las viles almas que le causaron un dolor inimaginable, simplemente porque no sabe quiénes fueron. Pero ¿ella es la única víctima que está hoy aquí sentada? No, magistrado, estos tres acusados son también víctimas. Y yo le pregunto al pueblo de Roma:
¿vamos a privar a nuestro Imperio de tres jóvenes cuyas virtudes nos diferencian del resto de pueblos? Piense, magistrado que dirige esta causa,
¿qué mensaje daremos a las juventudes venideras si condenamos sin pruebas? Les diremos que la virtud, que durante sus vidas debería ser su compañera para alcanzar la gloria, se convertirá en su muerte. Y que la envidia, aquella propia de los pueblos bárbaros, triunfará por encima de todas las virtudes romanas, porque si es así, si esa es la Roma que queremos, yo, Lucio Neracio Prisco, me avergüenzo de ser romano.
Neracio terminó su discurso señalando con el dedo al foro mientras su clepsidra llegaba a su fin. Los acusados sonreían viendo su libertad cada vez más cerca.
El público estalló en clamores. La falta de pruebas y sobre todo el alegato del abogado defensor habían terminado de convencerlos.
—Tu turno, abogado —dijo Juvencio Celso.
Marco no se levantó. Seguía pensativo y con aspecto fracasado. Pensó en Valerio Iucundo y en cómo habría él dado la vuelta a un juicio que se presentaba complicado. Solo había una opción, ser valiente.
—¿Abogado? —preguntó el juez ante la atenta mirada de los acusados, del emperador y de todo el foro.
—Quisiera llamar a declarar a la víctima —dijo finalmente Marco.
Todo el foro y la defensa se echaron a reír.
—Abogado, tiene a la víctima en el estrado —dijo el juez paciente.
—No me refiero a esa víctima. Quisiera llamar a declarar a Thais, una mujer que se halla en el público y que también sufrió la violación de esos tres hombres.
Neracio Prisco, atónito, miró con ira a Hostiliano, que se encogió de hombros mientras los tres acusados agachaban la cabeza.
—Estamos aquí para aclarar la causa del asesinato de Valerio Iucundo y la violación de Cornelia Flavia, por tanto, ¿quién es esa mujer? —preguntó Juvencio.
—Es la única prostituta que pudo sobrevivir a la violación de estos tres hombres.
—¡Magistrado! No permitirá que una mulier, una prostituta, suba a declarar.
Nuestras leyes lo impiden —dijo completamente fuera de sí Neracio Prisco.
—Conozco perfectamente las leyes, abogado, y ahora que todo el mundo guarde silencio o proseguiremos la causa en el basílica Emilia a puerta cerrada —dijo enojado Juvencio Celso.
Marco miraba al juez impaciente, delante de sus ojos se encontraba su única opción para demostrar la culpabilidad de los acusados.
—¿Dónde crees que estamos? —dijo el juez mirando a Marco—. ¿Crees que voy a permitir en mi juicio la presencia de una infame, de una mujer cuya reputación y modo de vida disoluta degrada la moral romana?
—Ya han oído a la anterior testigo. Los hombres que mancillaron su cuerpo fueron los mismos que violaban y asesinaban a las prostitutas, y aquí tenemos a una que ha sobrevivido para contarlo y puede dar fe de que ellos
son los culpables. ¿Es únicamente la infamia el motivo por el que prohibimos a esa mujer subir al estrado?
—¿Le parece poco motivo, abogado? No permitiré a esas denigrantes mujeres ensuciar mi estrado, son paradigmas del deshonor que atentan contra la dignidad de la alta ciudadanía, contra la moral que debe adornar a un romano.
—Le repetiré la pregunta, magistrado. ¿El único motivo por el que niega que suba es por ser una infame?
—¡Por supuesto que sí! —dijo el juez perdiendo la paciencia.
—Si el único motivo por el que nos privamos de escuchar el testimonio de esa mujer es la infamia, quisiera entonces llamar a declarar a Probus, el exgladiador.
Juvencio Celso se volvió rojo de la ira.
—¿¡Acaso pretende, abogado, reírse de este tribunal!?
—El juez ha indicado que el único motivo es la infamia. Clodio Elio, que es el verdadero nombre de Probus, es un rudiarius, liberado por el emperador, aquí presente, hace cuatro años en el anfiteatro de los Césares. ¿Va a negar la ciudadanía a un hombre que ha sido manumitido por el mismísimo césar?
El emperador, Publio Elio Adriano, entendió que esa era la causa por la que habían solicitado su presencia. Una acción, a su entender, brillante. Ningún juez, senador o miembro de la sociedad podría negar que un hombre liberado por él mismo y que había adoptado su segundo nombre era un ciudadano romano.
Juvencio Celso no tuvo más opción que aceptar, a pesar de no estar de acuerdo.
—Sea —dijo delatando su disgusto.
Probus se bajó la capucha de la capa, ante la sorpresa de las personas que tenía a su lado y que no lo habían reconocido, y se dirigió al estrado.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Marco.
—Mi nombre es Clodio Elio.
—¿Fuiste un gladiador liberado por el emperador aquí presente?
—Así es.
—Cuéntanos lo que ocurrió el mismo día que el emperador te concedió la espada de la libertad.
—El combate había sido duro. Tenía un corte bastante feo en el estómago y preferí pasar esa noche en mi domus antes que en la enfermería del anfiteatro de los Césares, donde los lamentos de decenas de gladiadores me
impedirían descansar. Salí a las calles de Roma y oí lo que parecían los gritos de auxilio de una mujer...
—¿Cómo estabas tan seguro? Era de noche y has dicho que estabas herido
—interrumpió Neracio visiblemente nervioso.
—Magistrado, el abogado defensor ha terminado su tiempo, ruego permita al testigo hablar sin ninguna interrupción —solicitó Marco.
—Continúa con tu testimonio —ordenó el juez.
Neracio Prisco se movió incómodo y miró molesto a Hostiliano por no conocer la presencia de más personas implicadas.
Clodio continuó hablando:
—Me acerqué al lugar donde me pareció oír esas quejas y entonces la vi tirada en el suelo, parecía que estaba muerta. Pude ver a tres hombres que huían. Pensé hacer el esfuerzo de alcanzarlos, pero habría sido inútil.
Además, la pobre chica necesitaba ayuda. Estaba malherida, inconsciente, respiraba con dificultad y temí por su vida. Sin pensarlo dos veces, cargué con ella y me dirigí al único lugar donde entendí que podrían atenderla.
—¿Cuál era ese lugar?
—La casa de Valerio Iucundo, era conocido por ser el abogado de las mujeres. Todos sabemos que las calles de Roma son peligrosas de noche.
Tenía que pensar rápido y entendí que ningún médico me abriría la puerta y que la única opción era ir a ver al abogado. No me equivoqué, Valerio y sus hijas nos recibieron con una enorme hospitalidad. —Probus decidió omitir el suplicio del trayecto—. Hoy puedo decir con orgullo que ayudar a esa mujer ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Puede que para los ojos de Roma solo sea una prostituta, una infame de la clase y la condición más baja. Una mulier cuyo despreciable medio para subsistir era vender su cuerpo, pero para mí es la mujer más maravillosa que puede existir. Yo les pido que piensen qué ocurriría si cerráramos los ojos y la hiciéramos subir para escuchar su testimonio, su suplicio. ¿Distinguiremos sus lamentos de los de una femina? ¿Acaso si la oyéramos reírse notaríamos alguna diferencia con una dama de alta alcurnia? Entonces por qué no la vemos como a una mujer, por qué desoímos sus palabras y nos mostramos ciegos ante su dolor.
»He visto el miedo en los ojos de los hombres en cientos de ocasiones cuando se disponían a salir a la arena del anfiteatro. Hombres que serían capaces de luchar con sus propias manos contra el mismísimo dios Marte y cuyas piernas temblaban cuando les tocaba combatir. Sé reconocerlo, sé perfectamente a qué huele el miedo, y hoy lo he visto en esa mujer a la que
no consideramos digna de subir aquí cuando se ha encontrado con sus atacantes. Podemos arrebatarle su dignidad, pero nunca podremos arrancar de sus entrañas el pánico que ha recorrido su cuerpo en cuanto ha visto a los cobardes que le provocaron un dolor del que nunca se recuperará. Ni el pavor que siente cuando se despierta de noche atormentada por las pesadillas, rememorando la angustia que vivió aquel día. Ni podremos quitar jamás el temor que la hace mirar atrás constantemente cuando paseamos por las calles de Roma.
»Hasta que no condenemos a esos hombres, nadie acabará con la vergüenza que recorre su cuerpo, no por haber sido algo que tanto detestan, una prostituta, sino cada vez que alguien posa sus ojos en los tres enormes cortes que luce en la cara y que esos hombres le produjeron. Por todo ello, solo cuando la justicia caiga sobre esos hombres brillantes que cometen actos horribles contra los más débiles, solo entonces estaremos orgullosos de ser romanos. Porque la mayor desgracia no es ser un infame, es merecerlo.
Marco miraba la clepsidra, quedaba muy poco.
—¿Puedes señalar si esos tres hombres se encuentran aquí?
—Por supuesto. Recuerdo perfectamente sus caras y Thais los reconocería a una milla de distancia. Son esos tres chicos —dijo señalando a Cneo, a Cayo y a Julio, los acusados—. Y si no me levanto y yo mismo les doy muerte por haber asesinado a Valerio Iucundo, por haber violado a Cornelia Flavia y a todas las prostitutas con las que se cebaron, es porque soy un ciudadano romano y no un infame con un futuro brillante.
El público estaba mudo, nadie parecía respirar. Hasta que estalló en vítores y clamó en abucheos hacia los culpables. Habían permanecido en un respetuoso silencio mientras Probus dio su versión de los hechos y habían creído cada una de las palabras que había pronunciado el exgladiador. Los legionarios tuvieron que subir al estrado para proteger a los acusados de la cantidad de fruta y verdura podrida que les lanzaban desde el foro, incluso la guardia pretoriana tuvo que salir a custodiar al emperador.
Un pequeño grito empezó en uno de los laterales y se fue extendiendo poco a poco por los cientos de gargantas hasta convertirse en un clamor que podía percibirse en varias calles a la redonda. Todo el foro al unísono voceaba la misma petición, como si estuvieran en un anfiteatro:
— Iugula!, iugula!, iugula!
Juvencio Celso, una vez que los ánimos se calmaron, decidió retirarse a deliberar junto al emperador y el prefecto de la ciudad, quienes fueron
custodiados y alejados del tumulto que se había organizado.
Todo el mundo esperaba con tensión el dictamen del juez.
Tito Flavio se encontraba calmando a su hija. Seguía enfurecido porque hubieran mandado declarar a Cornelia Flavia. Marco se acercó a él y ambos respiraron, el plan había salido bien, ahora solo cabía esperar una sentencia favorable.
Probus bajó de la rostra mientras el público hacía un pasillo a su paso, para encontrarse con Thais, quien lo esperaba con los ojos inundados de lágrimas. Valeria y Domicia lo miraron con ternura y acariciaron su hombro cuando pasó a su altura, infundiéndole ánimos y reconociendo su testimonio. Todos los que se encontraban alrededor fueron testigos del beso de pasión que se dieron el gladiador y la prostituta. Desde ese momento todas las miradas se clavaron en Thais, que levantó la cabeza sin miedo alguno, con la valentía de no importarle lo que pensaran de ella. Sentía una enorme gratitud por Probus, por cómo había hablado de ella mientras testificaba pero, sobre todo, en su mirada, por primera vez en su vida, había un inmenso orgullo por sí misma.
Los tres acusados miraban a sus padres, convencidos de que estos harían todo lo que estuviera en sus manos para salvarlos.
Lucio Neracio Prisco hablaba con Hostiliano en voz baja, pero con el rostro colérico por desconocer la existencia del testigo que acababa de testificar.
—¡Por Júpiter! ¿Puede saberse cuál ha sido el motivo por el que desconocíamos la existencia de una prostituta viva? —le preguntó el abogado a Hostiliano.
—Estoy tan sorprendido como tú. De haberlo sabido, me habría encargado de ella —respondió el magister de Ostia.
—Esto nos puede costar el juicio. Agoté mi tiempo con Cornelia y perdí demasiado con el ayudante del pretor porque desconocía que la acusación tenía un testigo reservado. Me dijisteis que solo existía el herrero.
—¿Cuáles son las opciones? —preguntó el padre de uno de los chicos.
—El testimonio de ese gladiador puede ser determinante —dijo Neracio preocupado—. Lo más lógico es pensar que serán puestos en libertad. Si los declaran culpables, solicitaré una relegatio temporal. Un exilio sin pérdida de bienes, mantendrían la ciudadanía y en unos años podrán volver a Roma.
—¿Hay alguna opción peor? —preguntó uno de los senadores.
—Podrían condenarlos a la pena de muerte o a ser apaleados, pero dado que son hijos de senadores, no veo posible esa opción.
—Haz lo que sea, Lucio, pero por todos los dioses evita la pena capital.
Hostiliano temió que ese juicio pudiera ser su perdición. El magister pensaba con rapidez. Junto con otros senadores pertenecía a la sección de los optimates. Su organización, unos pocos hombres mucho más radicales, buscaban recuperar el pasado glorioso de Roma junto a las costumbres y las tradiciones que los habían llevado a conquistar el mundo conocido. No conseguían convencer al resto de los senadores y al emperador de abandonar las provincias menos prósperas y más costosas y recuperar el esplendor de la ciudad. Habían decidido tomarse la justicia por su mano.
La misión que le habían encomendado a él era sencilla: dar muerte a las prostitutas para limpiar Roma de toda la inmundicia que empezaba a habitar sus calles y marcarlas el rostro con el símbolo de la organización. Tres cortes en nombre de la triada capitolina: Júpiter, Minerva y Juno. Él mismo había llenado las cabezas de Cneo, Cayo y Julio con sus propias ideas para convertirlos en los brazos ejecutores. Todo iba bien hasta que ese Valerio Iucundo se entrometió. Aquella mujer que encontró era una de sus gladiadoras. Había perdido varios combates y mandó a los chicos que la mataran como si fuera una prostituta más, para que todos vieran lo que les ocurría cuando fracasaban, no pensaría que traería consecuencias.
Además de la confesión del herrero, quien vio a tres jóvenes con el uniforme de un collegium, Valerio los descubrió por el trozo de piel que faltaba en el muslo de la joven, la H de Hostiliano, sin duda ató cabos y descubrió quién estaba detrás. La organización ordenó asesinarlo, estaba demasiado cerca. Debía parecer un robo como tantos en Roma con un triste desenlace, pero los jóvenes cometieron el error de marcar su cara, con el símbolo de la triada, una acción desacertada que Hostiliano achacó a la juventud y la inmadurez. No pensó que le traería mayores problemas si seguían ciñéndose al plan. El único error era no haber acabado con las hijas de Valerio.
Cuando mandó asesinar a Tito Flavio, fue muy claro, debía parecer una muerte natural. Los chicos le dijeron que no estaba en su dormitorio y que se marcharon, pero obviaron decirle que habían violado a una de sus hijas.
De nuevo las mujeres habían puesto en peligro todo el plan. Aun así, se había asegurado de abonar una generosa cantidad a Juvencio Celso para salir impune. Ahora lo más importante era actuar con normalidad.
El silencio se apoderó del foro cuando Juvencio Celso volvió a ocupar su puesto acompañado de varios pretorianos para que lo custodiaran una vez declarara la sentencia.
Neracio Prisco y Hostiliano se miraron con el rostro sosegado, ese gesto del juez era una buena señal, probablemente quisiera protegerse del público cuando fallara a favor de los acusados. Los senadores miraron al abogado, quien hizo un gesto afirmativo con la cabeza para tranquilizarlos.
Marco respiraba soplando con fuerza. Valeria, Domicia, Probus y Thais tenían las manos enlazadas.
Juvencio Celso miró todos los rostros antes de tomar la palabra. Todo el foro aguantaba la respiración esperando su decisión. El juez hizo un gesto a los pretorianos que le custodiaban, tenía muy claro su veredicto y no quería postergar más su decisión:
—Pónganse en pie los acusados.
Los tres jóvenes lo hicieron con altanería. Estaban seguros de que sus padres se habían ocupado de que nada malo les ocurriera.
—Por el poder que me ha otorgado el emperador Publio Elio Adriano, este tribunal declara a los acusados... —Juvencio hizo una pausa mirando fijamente a los jóvenes, que aún se mostraban arrogantes. El público contenía la respiración, algunos incluso tenían los ojos cerrados y rogaban a los dioses— declaro a los acusados culpables de la muerte de Valerio Iucundo y de la violación de Cornelia Flavia.
—¡No hay ninguna prueba contra estos tres hombres! —gritó Lucio Nereacio Prisco.
—Es evidente que los jóvenes que violaron a Cornelia Flavia y asesinaron a un hombre tan respetable como Valerio Iucundo fueron los mismos que mataron a esas prostitutas, por tanto a este magistrado no le cabe ninguna duda de que fueron los hombres que defiende... —argumentó el juez.
—¡Tú nos metiste en esto! —gritó Cneo señalando a Hostiliano.
—¡¿Cómo te atreves?! De haberlo sabido, jamás habríais entrado en mi collegium. ¡Malditos asesinos! —respondió el magister de Ostia.
—No estamos aquí para juzgar a un hombre tan respetable como Hostiliano
—exclamó el juez—, sino los delitos de estos tres jóvenes. Hostiliano no es responsable de los despreciables actos a los que son condenados los acusados.
El clamor de voces en el público le impidió seguir hablando. Los tres acusados miraban perplejos a sus padres. Valeria y su hermana se abrazaron junto a Thais y Probus.
—Por ese motivo —continuó Juvencio levantando la voz para ser oído—
este tribunal los condena a la pena capital.
Por primera vez los tres chicos se pusieron de rodillas, incrédulos, llorando y suplicando perdón.
—Solicitamos voluntariamente el derecho de exilio temporal, sin privación de ciudadanía y sin pérdida de bienes —dijo intentando mantener la calma Lucio Neracio Prisco.
—Sea, pero no será temporal, el propio emperador Adriano, aquí presente, prohibió esa pena, debería saberlo, abogado. Por lo tanto se les condena al exilio permanente, a una isla o desierto donde prácticamente carezcan de medios para sobrevivir. Además, se les privará de la ciudadanía romana desde este momento. Este tribunal les prohíbe regresar, bajo amenaza de muerte, a cualquier ciudad del Imperio. Dado que son dependientes de sus padres, serán estos los que tengan que pagar por los delitos de sus hijos.
Todo su dinero, todas sus domus, todas sus tierras y todos sus bienes serán cedidos a las víctimas; por tanto, se entregarán a Tito Flavio, dado que es el pater familias de Cornelia Flavia y posee su patria potestas y también por ser tutor de las hijas de Valerio Iucundo.
—¡Esto es inaudito, son hijos de senadores, por todos los dioses! ¡Son miembros de la alta sociedad! —dijo Hostiliano lleno de ira.
—Y sin embargo con sus delitos distan mucho de mostrarse como tales. El único sitio donde nunca podrán volver a hacer daño a una ciudadana romana es lejos de nosotros —respondió el juez.
Marco tomó la palabra:
—Magistrado, solicito que la otra víctima, Thais, sea admitida como beneficiaria.
Juvencio miró serio al abogado.
—¿Una infame? De ninguna manera. Que esta sentencia se cumpla en el plazo de cinco días. Se levanta la sesión.
El público, eufórico, fue abandonando el foro. Varios legionarios se llevaron a los acusados, quienes seguían rogando y llorando la condena.
Valeria y Domicia estaban felices, se había hecho justicia por su padre y por Cornelia, pero no podían evitar sentir lástima por su amiga.
—Lo lamento, Thais —dijo Valeria.
—¿Qué es lo que lamentas? —dijo extrañada la exprostituta.
—Lamento que no se haya hecho justicia contigo, pero sabes que nunca dejaremos que te falte de nada.
Thais pensó que sí se había hecho justicia. Por primera vez en su vida tenía algo más grande que el dinero, tenía el amor de Probus y de esas dos jóvenes. La condena no devolvería a Valerio Iucundo a la vida, pero la
muerte de los agresores tampoco. La antigua prostituta suspiró al pensar en todas aquellas víctimas que habían sufrido, o en el futuro padecerían, algo tan horrible como una violación. Lamentaba que la justicia no pudiera despojar a todos los agresores de todo cuanto poseían y verlos exiliados allí donde nunca pudieran volver a cometer sus actos. Puede que por haber sido una infame no tuviera derechos, pero si todos los agresores sexuales estuvieran lejos de Roma, ninguna mujer pasaría por lo que ella había pasado. Thais asintió satisfecha. Había recibido algo mucho más importante que bienes, había ganado su dignidad y la libertad de andar por las calles de Roma sin tener que agachar la cabeza y, sobre todo, sin el miedo que recorría su cuerpo en cada paso que daba.
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