Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 20 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XVIII

Roma, 125 d. C.

Probus se levantó sobresaltado y sudando. Tenía la respiración entrecortada.

Se incorporó en la cama. Miró a ambos lados, no reconocía el lugar dónde se encontraba. Unas hermosas pinturas decoraban las paredes del confortable dormitorio. Observó la fina túnica que vestía, pulcramente limpia. Empezó a recordar. Se levantó la ropa y pudo ver la herida del estómago vendada. Dirigió su mirada a la puerta que daba al peristilo. Dos chicas lo observaban mientras cuchicheaban y enseguida desaparecieron.

Notó que no tenía apenas fuerza y sintió una punzada de dolor en el estómago que hizo que se volviera a tumbar.

—Por fin te has despertado —oyó.

—¿Cuánto tiempo he dormido? —preguntó Probus.

—No hagas esfuerzos. Has estado inconsciente durante cuatro días, lo normal es que te sientas débil. Me llamo Valerio Iucundo, esta es mi domus, aunque supongo que eso ya lo sabías. Has sobrevivido gracias a los dioses.

Tuvimos que darte friegas de agua fría para que bajara la fiebre, durante este tiempo has delirado y hemos temido por tu vida. Perdiste mucha sangre durante el trayecto desde el anfiteatro cargando con esa chica, pudo costarte la vida.

—¿Qué tal se encuentra ella?

—No muy bien. La agresión de esas bestias fue horrible. —Valerio hizo una pausa para respirar profundamente—. Le dieron tres cortes que atravesaron su cara. Ha perdido la visión de un ojo. Por todos los dioses, que no puedo entender cómo alguien puede hacerle algo así a una persona. La pobre chica fue salvajemente golpeada y, además, seguramente violada, pero eso no lo recuerda. Físicamente parece que se puede recuperar, pero me temo que las heridas de su alma jamás sanarán. Desde que despertó, ha velado todas las noches a los pies de tu cama. Ahora descansa por recomendación del médico.

—Gracias por ayudarnos.

—Si no fuera por ti, sin duda habría muerto. Por toda Roma no se habla de otra cosa que de un grupo de hombres que tienen atemorizadas a las prostitutas. Violándolas y atacándolas salvajemente hasta que acaban con su vida. Esta es la primera que ha sobrevivido para contarlo, aunque apenas recuerda nada. Estoy intentando desenmascararlos, pero no encuentro muchos apoyos.

Dos chicas se acercaron a la puerta entre risas y cuchicheos.

—Hijas, no es momento de molestar.

—No importa —contestó el enfermo.

Valerio suspiró.

—Mis hijas quieren saber si eres el famoso Probus.

El gladiador asintió tratando de sonreír.

—Te lo dije, Domicia. Te dije que era él —le comentó Valeria a su hermana

—. Le hemos visto entrenar en el Ludus Magnus de lejos y no distinguíamos bien su rostro, de ahí las dudas. Por Minerva, no puedo creerme que se encuentre en nuestra domus.

—No sabía adónde dirigirme. Todo el mundo ha oído hablar de las prostitutas que son salvajemente atacadas. Aunque a pocos, salvo a vuestro padre, les importe que acaben muertas. Había oído dónde vivía y por eso vine hasta aquí.

—Me temo que poco puedo hacer. A nadie le importa ni le preocupa que los autores sean capturados —contestó Valerio.

Probus lo miró sin saber a qué se refería.

—Esa pobre muchacha es una prostituta, una infame. Aunque recordara quiénes fueron los hombres que la agredieron y presentara una denuncia, no tendría derecho a un juicio, dado que no podría testificar en él. Me temo que su voz solo es un silencio en la Justicia. Nuestros derechos con los estratos más bajos de la sociedad, como las prostitutas, son más crueles que muchos de los crímenes que se cometen contra ellas.

—Pero esos hombres no pueden seguir cometiendo esos delitos.

—En eso estamos de acuerdo. Créeme que, en el supuesto caso de que supiéramos quiénes son los agresores y los atrapáramos, nada me produciría más satisfacción que conseguir que nunca volvieran a ver la luz del sol.

Aunque, como digo, de nada sirve porque nuestras leyes no amparan a las prostitutas.

—Entonces, ¿el destino de todas estas mujeres está en las manos de unos desalmados?

—He hablado con mi mejor cliente, además de amigo, Tito Flavio, el magister del Collegium Iuvenum de Reate, uno de los más importantes de todo el Imperio. Le he planteado si podía interceder en el Senado y abrir una investigación. Su respuesta fue contundente, me temo. Al no tratarse de una mujer libre, no se puede hacer nada, salvo desear que el miedo de haberse expuesto demasiado y estar a punto de ser descubiertos haya templado el corazón de esos canallas. Aun así, no me cansaré de investigar por mi cuenta, aunque sea lo último que haga, hasta que esos mal nacidos sean encontrados.

—¿Qué se sabe de ellos? —preguntó Probus.

—Eso mismo iba a preguntarte. Eres el único que los ha visto junto a Thais y los dos habéis vivido para contarlo, pero a ella no he querido hacerla pasar por el trauma de revivir lo que sucedió. ¿Qué recuerdas de aquella noche?

Probus se quedó pensativo. Le contó a Valerio lo poco que recordaba. Eran tres jóvenes, de eso estaba seguro, pero no podía aportar mucha más información. La noche caía sobre el anfiteatro y, a pesar de las antorchas, no pudo verlos con claridad, salvo a uno de ellos, a quien probablemente reconocería si volviera a tenerlo enfrente. También recordaba que otro de los agresores era bastante grande. Solo eso.

Valerio Iucundo abandonó, acompañado de sus hijas, la estancia. El gladiador agarró con rabia las sábanas. Odiaba que las clases más bajas no tuvieran los mismos derechos que los hombres que decidían las leyes, y todo por tener, como única culpa, el haber nacido con una condición que ellos mismos imponían como distinta.

Durante varias horas estuvo en la cama tumbado, pensativo. Recordó su último duelo y cómo las dudas, por primera vez, se habían cernido sobre él.

En cuanto se encontrara un poco mejor, se marcharía a su domus; no quería molestar. Además, ya poco más podía hacer por la joven a la que socorrió y, tal y como había dicho el abogado, le salvó la vida.

—Me han avisado de que te habías despertado —dijo la voz de una mujer.

Probus levantó la cabeza. Una joven con una larga melena morena se encontraba junto a la puerta. Tenía media cara cubierta con un aparatoso vendaje. En la mejilla que quedaba libre se veía un enorme tajo, aún cicatrizando, que atravesaba todo el rostro.

—Te he traído esta escudilla con un caldo que he preparado para ti. Te arreglará el cuerpo.

—Gracias.

—Mi nombre es Thais y aún no te he dado las gracias por salvarme la vida.

Aunque viendo el estado en el que he quedado quizá habría sido mejor haberle puesto fin a mis días.

—Una vida siempre es una vida.

—Es curioso que sea un gladiador quien pronuncie esas palabras.

—Solo lo soy cuando lucho en el anfiteatro, el resto del tiempo soy un ciudadano normal —dijo avergonzado.

—Dicen que eres Probus, el famoso gladiador, ¿puedo saber por qué decidiste salvar mi vida?

—No podía dejarte allí tirada como si fueras un perro, aunque las leyes nos traten como tal.

—No sé cómo podría agradecértelo —comentó con voz temblorosa.

—De momento, esa escudilla será suficiente.

Thais le acercó el plato y se sentó a los pies de la cama. Ambos estuvieron, durante el tiempo en que Probus dio cuenta del caldo, en silencio.

—¿Qué harás cuando te mejores? —preguntó Thais.

—En cuanto me encuentre mejor, abandonaré la domus. Creo que ya he abusado suficiente de la amabilidad de esta buena gente. Además, imagino que el viejo de Nepote estará buscándome desesperado por toda la ciudad.

—¿Quién?

—El lanista del Ludus Magnus.

Thais asintió, seria y triste. Cogió la escudilla vacía y se levantó para abandonar la habitación.

—¿Qué harás tú? —preguntó el gladiador.

—No lo sé —dijo desde el umbral la joven—. ¿Quién querrá acostarse con una prostituta tuerta y con la cara desfigurada?

Probus no contestó, Thais salió y el silencio volvió a inundar la estancia.

Durante los días posteriores, desde el alba, Thais trataba de colaborar en todas las labores del hogar. Pero Valerio Iucundo insistía en que era su invitada y no la dejaba participar en ninguna tarea, por lo que la joven solo tenía una cosa que hacer, cuidar de Probus.

Thais entró con una palangana y un ánfora con agua templada en la habitación del gladiador, justo cuando este se estaba desperezando.

—¿Necesitas que te ayude a limpiarte? —preguntó avergonzada.

—Creo que puedo hacerlo solo —contestó Probus—. Aunque me vendría bien que me ayudaras con el vendaje. Siempre he detestado las heridas.

—¡Por todos los dioses!, ¿un gladiador que le teme a la sangre?

Los dos comenzaron a reírse.

Con suavidad y despacio, para no lastimarlo, Thais desprendió la venda del cuerpo de Probus.

—Creo que tiene buen aspecto —dijo ella—. Parece que empieza a cicatrizar.

—Me alegra oír eso, y tú ¿cómo te encuentras?

Thais no respondió. Su gesto pasó a ser serio y la sonrisa que un momento antes lucía se fue apagando y oscureciéndose. Aquel cambio no pasó desapercibido para Probus.

—¿He dicho algo que no debía?

—No, no es eso, has preguntado lo que correspondía.

—¿Entonces?

—Ese es el problema. Nunca nadie me había hecho esa pregunta.

Thais cogió un trozo de tela y lo empapó en el agua. Limpió la herida con delicadeza y ternura. Acercó la bandeja que contenía el desayuno y se dispuso a darle un trozo de pan recién horneado. El pequeño mendrugo cayó de sus manos y ambos hicieron el amago de cogerlo. Sus dedos se rozaron un instante, lo suficiente para que en su mente, y para siempre, la joven guardara la aspereza de su tacto y él la suavidad de su piel.

Thais notó los ojos de Probus clavándose en ella. Desde hacía varios días se había quitado el vendaje de la cabeza por recomendación del médico. Aún no había sido capaz de mirarse en un espejo y la vergüenza de que ese hombre, amable y atento, la viera como un monstruo hizo que se diera la vuelta.

Los días fueron pasando y Thais pasaba gran parte de su tiempo junto al gladiador. La joven le contaba todo lo que le habría gustado ser en la vida y cómo desde que tan solo era una niña sus sueños fueron rompiéndose por un destino que la había tratado sin piedad.

Una de las noches Probus se despertó sobresaltado. Con la respiración agitada y empapado en un sudor frío. Había soñado que se encontraba en el anfiteatro de los Césares luchando, como tantas otras veces, con los mejores gladiadores del Imperio. Sin embargo, ese día era distinto. Se sentía inmóvil, sus movimientos eran lentos, intentaba correr y sus pies no respondían. El público lo señalaba con el dedo hasta que su rival lo atravesó con su gladius.

Cuando sus ojos se hicieron a la realidad, Thais se encontraba a su lado con una lámpara de aceite. La joven limpió, con un paño húmedo, su sudor y consiguió calmarlo. Probus observó su rostro, anaranjado por la luz. La

lámpara mostraba el lado más desfigurado de la joven, mucho más frágil y débil que la tenue luz que iluminaba la estancia.

Probus se tumbó y entendió que Thais era su luz entre las sombras.

Días después, Valerio Iucundo entró en la habitación de su invitado. El gladiador se encontraba mucho mejor, estaba de pie y acababa de ataviarse con una túnica limpia.

—Cuando llegue a mi domus haré que te traigan una nueva —dijo.

—No será necesario —contestó Valerio.

—Ha llegado la hora de irme.

—Me sorprende lo rápido que te has recuperado.

—No es la primera vez que mi cuerpo recibe la herida de un gladius.

Gracias por tu hospitalidad.

—¿Cuál es tu verdadero nombre?

—Todo el mundo me conoce por Probus. No acostumbro a recordar mi pasado.

—Yo nací en Pompeya —dijo Valerio sirviendo dos copas de vino y ofreciendo una a su invitado—, pero mis padres se mudaron a Roma cuando era pequeño y con buen criterio, el Vesubio nos habría arrastrado con su lengua de fuego como hizo con gran parte de mi familia y toda la ciudad.

—Mis padres también eran de Pompeya.

—¿De veras?, ¿a qué se dedicaban?

—Eran esclavos. Se enamoraron en la domus donde vivían. Mi padre fue un gran gladiador que consiguió la libertad, dicen que luchó contra Spiculus.

—Vaya, tuvo que ser bueno para enfrentarse a Spiculus, sí. Era el favorito de Nerón, ¿verdad?

Probus asintió. Bebió de la copa e hizo una pausa para coger aire.

—Aunque no fue un gladiador ni el Vesubio quien acabó con su vida.

Ocurrió en mi ciudad natal en Asturica Augusta, en la caupona que regentaban. Durante un incendio consiguió ponerme a salvo, pero cuando regresó a por mi madre y el resto de la familia, el techo se les vino abajo y el fuego se cobró la vida de todos. Nunca me lo perdonaré —dijo con la voz rota.

—Lamento oír eso. ¿Por qué decidiste hacerte gladiador?

—No tuve muchas más opciones. Mi padre me enseñó a luchar desde pequeño, decía que solo era para que aprendiera a defenderme. Cuando ocurrió el incendio, mi vida se vino abajo por completo, perdí todo cuanto tenía. Supongo que hacerme gladiador fue mi única opción, aunque creo que ya soy un poco viejo para esto.

—No pienso lo mismo después del combate que nos brindaste. En mi familia también hubo un gladiador, mi tío. Aunque estaba prohibido siquiera hablar de él. Mi abuelo podía matarte con la mirada si pronunciabas su nombre. Por eso nunca me han gustado los combates.

—Un buen vino —dijo el gladiador.

—Era de mi abuelo. Murió años antes de que la ira de Vulcano arrasara la ciudad de Pompeya.

—¿Cuál era su nombre? —dijo Probus mientras llevaba la copa a sus labios.

—Publio Valerio. Debo mi nombre a él.

Probus se atragantó mientras bebía y empezó a toser. Su rostro se tornó súbitamente pálido.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, será mejor que me vaya. He abusado demasiado de vuestra hospitalidad.

El gladiador le extendió la mano y ambos se despidieron agarrándose el antebrazo.

Probus se dio la vuelta confuso. El nombre de aquel hombre, Publio Valerio, el famoso comerciante de vinos, fue el que le había hecho atragantarse. Era el dominus de la domus donde sus padres, Ronet y Nailah, habían servido.

—Clodio —dijo el gladiador dándose la vuelta.

—¿Cómo dices? —preguntó el abogado.

—Mi verdadero nombre es Clodio.

Valeria y su hermana hacían compañía a Thais en uno de los asientos del peristilo, junto al ruido de los pájaros y el agua de las fuentes y acompañadas del frescor que desprendían las plantas del jardín.

—Puedes quedarte más tiempo si quieres, padre dice que hasta que no estés del todo recuperada no irás a ninguna parte —dijo Valeria.

—Hay heridas que sanan por fuera, pero hay otras que tiñen para siempre nuestro corazón, y esas me temo que pesarán en mi vida eternamente.

Habéis sido muy amables conmigo. pero debo seguir mi camino, no tardaré en irme.

—¿Y a qué vas a dedicarte? —preguntó la pequeña de las hermanas.

—¡Domicia!, no seas grosera —dijo Valeria.

—No importa... —dijo Thais—. No lo sé, no sé qué será de mí.

—Díselo —dijo la pequeña.

—Padre dijo que no habláramos de ello hasta que no tuviera la certeza.

—¿Decirme el qué? —preguntó la prostituta extrañada.

Valeria hizo un gesto de desaprobación.

—Padre está intentando que uno de sus clientes, un famoso mosaiquista, te dé trabajo —dijo de nuevo la pequeña.

Thais se levantó tapándose la boca con las manos.

—Eso sería algo maravilloso —acertó a decir.

—Domicia, no deberías habérselo dicho, padre se enfadará si se entera y si su cliente no accede a contratarla.

—Seguro que sí lo hace —dijo su hermana.

La figura de Probus interrumpió la conversación.

Las dos hermanas se miraron cómplices y se marcharon dejando solos a Thais y al gladiador.

—He venido a despedirme —dijo Probus.

—Te veo bien —contestó ella.

—Tú también estás mejor.

—Gracias... de nuevo por salvarme aquella noche. No todo el mundo pone en riesgo su vida por salvar la de una simple prostituta.

—Mi madre también fue violada. Supongo que, de no haberte ayudado, nunca me dejaría entrar allá donde vayan las almas una vez que abandonan este mundo.

—No me lo habías contado.

—Hoy he hablado dos veces de mi pasado y no acostumbro a hablar de él.

Los dos se quedaron en silencio observándose sin decir nada. O al menos, sin decir lo que querían escuchar sus corazones. Ninguno de los dos se atrevió a decir lo que pensaban. Desde la noche en que vivieron el tormento de ir desde el anfiteatro a la domus de Valerio Iucundo, algo había nacido entre ellos. Algo invisible que no sabían explicar.

Quizá a Thais el miedo a ser rechazada le impidió hablar. El miedo a que ese hombre no quisiera besar sus labios atravesados sin piedad por una enorme cicatriz. No podía contener la pena de tener un único ojo sano con el que mirar bien al único hombre que, a lo largo de su vida, había hecho algo heroico por ella. Tenía pánico de que esa persona, a la que no le temblaba el pulso a la hora de acabar con la vida de otros hombres, la rechazara por haber entregado su cuerpo durante toda su vida a tantos como él. Miedo de que la persona que tenía delante, al observar su rostro mutilado, viera el de un monstruo, aunque por dentro fuera solo una pobre chica débil y frágil. Sus pensamientos la atormentaban si, al acercarse, sintiera que la rechazaba y, sobre todo, encontrase en la mirada del hombre

de quien se había enamorado más asco que el que podía sentir por las bestias inimaginables con las que luchaba en la arena de un anfiteatro.

A Probus fue la duda la que le impidió hablar. Durante días, tumbado en su jergón, pensaba en ella cuando se encontraba descansando solo, y, cuando la joven aparecía, simplemente enmudecía. No entendía qué le ocurría. Las heridas físicas sanaban y ahora era su alma la que enfermaba. Nunca había sentido por ninguna mujer lo que estaba sintiendo por esa joven, que cuando entraba en su cuarto conseguía que su pecho se agitara con fuerza y que su corazón bombeara con pasión al abandonarlo. No fue capaz de que sus labios pronunciaran aquellas palabras que tanto había meditado: convencerla de que se fuera con él a su domus. Pero las dudas de que viera en él una bestia que sembraba el miedo entre los hombres le hicieron callar.

La indecisión le impidió decirle a Thais que sus lágrimas nunca más serían de dolor y que sus mejillas jamás volverían a mostrar una huella que dejara un rastro de amargura. Fue incapaz de jurar que, a partir de aquella fatídica noche, en la que los únicos monstruos de aquella historia destrozaron su rostro y su alma, nunca más nadie le pondría la mano encima mientras él viviera. Que jamás le faltaría de nada. La duda enmudeció sus sentimientos, aquellos que le gritaban que se había enamorado de ella y que le empujaban a hacerle ver que con él lo único que tendría sería un inmenso amor.

Querían decirse tantas cosas que al final no se dijeron nada. El miedo de ella y las dudas de él sellaron sus labios y el silencio de sus voces les impidió gritar su amor.

Probus, con un nudo en la garganta, se dio la vuelta y se marchó.

Thais observó irse a ese hombre mientras una única lagrima, solitaria y triste como ella, corría sin rumbo por su mejilla.

Esa misma noche Valerio llegó agitado y gritando a la domus. Valeria, su hermana y Thais acudieron a su encuentro, en el atrium del hogar, donde ya se hallaba Saurea, el atriense, atendiendo a su dominus.

El abogado estaba tumbado en el frío suelo de la entrada, con su toga sucia y rasgada, agarrando la mano de su esclavo y con los ojos arrasados de lágrimas. Soltando insultos y maldiciendo a los dioses.

Sus hijas tan solo le habían visto así cuando su madre falleció.

—¡Padre!, ¡padre!, ¿qué te ocurre? —gritaron asustadas.

Valerio las miró sin ser capaz de pronunciar una palabra.

Thais sintió el olor a vino que desprendía, acostumbrada, como estaba, a que fuera el olor típico de los hombres con los que solía acostarse. Valerio había bebido, y mucho.

Las hijas se abrazaron a su padre llorando junto a él.

Valerio hizo un gesto para que Thais también se acercara.

La joven no dudó y abrazó, junto a sus hijas, al hombre más bondadoso que había conocido en su vida.

—Lo siento, lo siento mucho —dijo Valerio roto por las lágrimas.

—¿Qué sientes, padre?, ¿qué ocurre? —preguntó Valeria.

—Lo he intentado..., he hecho todo cuanto estaba en mi mano..., pero ha sido en vano. De todas las criaturas que respiran y se mueven sobre la tierra, no hay ninguna que sea más cruel que el hombre.

—¡Padre, nos estás asustando! ¿Qué es lo que tanto te angustia?

—Esta tarde... —dijo entre lágrimas Valerio— han encontrado el cuerpo de otra pobre chica, por la ropa se cree que era otra prostituta. Se han cebado con ella. Su cuerpo... se encontraba... lleno de cortes y de golpes. —Publio tuvo que hacer una pausa—. Y había sido salvajemente violada.

Las chicas ahogaron un grito. Thais se llevó las manos a la boca; de no ser por Probus, ella habría acabado de ese modo.

—Tres enormes cortes cruzaban su rostro.

Valerio volvió a hundirse en un mar de lágrimas mientras se abrazaba con fuerza a sus hijas.

—Lo he intentado todo. He ido a la curia, a la salida del Senado, he rogado, he suplicado que hicieran algo por esas pobres mujeres que están perdiendo la vida. Varios lictores me apartaron a empujones y patadas. Impotente, fui hasta la rostra a gritar al pueblo de Roma que debemos interceder por esas pobres indefensas, pero nadie se paró a escuchar mis súplicas. ¿Qué clase de Imperio somos si las prostitutas, las actrices, las mujeres infames solo son una luz para que los cobardes se sientan valientes al caer el día, cuando se entregan a ellas sin condiciones, sin entender de clases sociales ni de derechos? Y, sin embargo, a la mañana siguiente esos mismos hombres no reconocen a las almas a las que se entregaban con pasión la noche anterior, mientras suspiraban y sus cuerpos mezclados sucumbían como uno solo. Su silencio grita demasiado y revela más que mil palabras..., son igual de asesinos que las bestias que decidieron cebarse con ellas.

—Será mejor que lo llevemos a su lecho —dijo Saurea.

Valerio miraba con los ojos fuera de sí, como si se hubiera vuelto completamente loco. No paraba de gritar y de insultar. Sus palabras estaban llenas de hiel.

—Estamos condenados..., ¿me oís?..., condenados si no hacemos nada por salvarlas.

Con dificultad llevaron a Valerio hasta su dormitorio y consiguieron calmarlo hasta que se durmió.

—Ya está más tranquilo —les dijo Thais a las dos hermanas.

—Hacía mucho tiempo que no lo veíamos tan alterado —dijo Valeria.

—Vuestro padre es un gran hombre. Nunca había visto a ninguna persona defender así a una mujer, y menos a una prostituta.

—Antes no era así —dijo Valeria—. Siempre fue un hombre que defendía las virtudes romanas y las costumbres que habían llevado al Imperio a ser lo que es hoy en día.

—Hasta hace un par de años, cuando madre murió —dijo la pequeña—.

Una extraña enfermedad se apoderó de ella y... —le costó continuar— en menos de lo que tarda un ave en surcar el cielo se fue para siempre.

—Mi padre prometió en su lecho de muerte velar por nosotras y educarnos como si no fuéramos mujeres. Juró que seríamos libres de elegir nuestro destino en un mundo dominado por los hombres —continuó Valeria.

»Desde entonces no solo intercede por nosotras, sino por todas las mujeres que habitan en Roma. A veces sé que aún llora a madre en silencio.

—Una vez le pregunté que por qué se había convertido en el abogado de las mujeres —explicó Domicia—. Me contestó que el mismo día que mi madre murió tomó conciencia de los frágiles e insignificantes que son los hombres sin nosotras.

Un enorme pesar se instaló en el ambiente de la domus y, durante la larga noche, sus paredes emitían el eco de la pesadumbre y la tristeza de su dominus.

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