Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 13 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XI

Roma, 124 d. C.

Thais se despertó en el minúsculo cuartucho de su ínsula.

Miró el techo de la habitación mientras se desperezaba en el sucio jergón.

Observó las telarañas que adornaban la madera corrompida, ya las retiraría, pensó, esa era la menor de las preocupaciones que se aturrullaban en su mente.

Thais suspiró al recordar que aún no había pagado el alquiler de la vivienda ese mes. Si el casero la echaba, no tendría donde ir. Solo tenía un mendrugo que llevarse a la boca. Cada mañana se enfrentaba al mismo dilema: si se alimentaba, no tenía con que abonar la renta, y si saldaba el alquiler, no podía comer. A pesar de la sensación de vacío en el estómago, decidió guardar el trozo de pan.

La joven se levantó y pasó por encima del gran agujero que había en la madera del suelo y por donde se veía la habitación del piso de abajo.

La estancia era muy pequeña, el precio desorbitado que pagaba por vivir allí resultaba insultante. Una palangana donde hacer sus necesidades, cuyo contenido lanzaba a la calle por la ventana, un caldero con un poco de agua, que recogía de una fuente, junto a una copa y un pequeño baúl, donde guardaba las pocas pertenencias que poseía, suponían prácticamente todo su ajuar.

Thais se fijó en que apenas tenía agua para lavarse. La noche anterior había llegado muy cansada y no había tenido las ganas ni la fuerza suficiente para bajar y subir las escaleras con el caldero lleno.

Peleas, gritos y los llantos de sus vecinos terminaron de espabilarla, recordándole que aquel era el lugar donde vivía y aquellos los ruidos propios con los que despertaba cada mañana y a los que nunca terminaba de acostumbrarse. Se sentó en el pequeño baúl. Miró a su alrededor: las paredes negras y sucias con lamparones de moho, el nauseabundo olor y la

angustiosa falta de espacio. Solo el jergón ocupaba media habitación. Se lamentó por cómo había llegado hasta ese lugar.

Mientras se aseaba un poco, recordó con añoranza el único momento en el que fue feliz, aquellos días, cuando trabajaba en el pequeño taller de mosaicos de su dominus y disfrutaba entre teselas y pigmentos, trabajando en lo que verdaderamente adoraba, decorando estancias con las finas piedras, y que tan bien se le daba. Una mala inversión obligó a su dominus a prostituirla para conseguir dinero. Le prometió que solo sería esa vez.

Desde entonces habían pasado bastantes años y ahora era a lo que Thais se dedicaba.

Ejercía la prostitución en la zona más peligrosa de Roma: el barrio de la Subura.

Una vez que Thais terminó de asearse, recogió su melena morena y se colocó una peluca rubia. Prefería esconder su pelo; de ese modo, al quitarse el postizo, sentía la liberación de que abandonaba por unas horas ese estigma que tanto odiaba.

Se maquilló las mejillas, se pintó los labios y se enfundó en un ajustado vestido de gasa fina de color naranja con el que mostraba un pecho al completo.

Antes de salir cogió su palla, una capa con capucha que le llegaba hasta los pies. Ese día quería pasar desapercibida hasta llegar al anfiteatro. Debía sortear a los legionarios que, por orden de los ediles, les cobrarían el impuesto por servicios. Normalmente pagaban por encuentro. Al haber juegos en el anfiteatro, cobrarían una tasa especial. Thais no estaba dispuesta a pagarla. Así que debía hacer todo lo posible por no llamar la atención hasta llegar al foro de Roma.

Abrió la puerta de madera a empujones, dado que se encontraba atascada.

El vano que sujetaba las bisagras estaba roto y la puerta quedó descolgada.

Otra de las muchas cosas de las que tenía que ocuparse.

Los escalones por los que bajaba crujieron en cada pisada, dando la sensación de que caerían bajo sus pies. Varios estaban rotos, por lo que tuvo que sortearlos saltando para evitar caer desde varios pisos. En cada planta oía las voces y los gritos de gente cuya mayor preocupación diaria era sobrevivir. Thais no podía evitar maldecir a los dioses por permitir que aquellas personas vivieran de ese modo, en la indigencia y en un abandono tan cruel. Su vivienda estaba en lo alto de la ínsula. Era la más barata y peligrosa. Casi todo el edificio era de madera. Si había algún incendio, algo

bastante habitual, sería inexorablemente pasto de las llamas, pues a los de la última planta nunca les daba tiempo a evacuar.

Thais se asomó desde el umbral a la estrecha y lúgubre calle con cuidado.

Tan solo vio a dos borrachos sentados en el portal, apoyados en la pared, durmiendo la cantidad de vino que habían bebido la noche anterior, con el pecho manchado de vómito y las piernas llenas de orina seca.

Thais apartó con el pie a uno de ellos, que se acomodó hacia el otro lado roncando, y salió con cuidado. Estaba acostumbrada a que los borrachos durmieran en los portales, no suponían un peligro, ni siquiera eran capaces de mantenerse en pie, aunque debía tener cuidado porque muchos trataban de robarle para comprar más bebida. Se ajustó la capucha para pasar desapercibida y esconder su peluca a la vez que miraba hacia arriba con cuidado. Muchos vecinos tiraban sus heces por la ventana, no sería la primera vez que acababan en su cabeza y ese día no podía permitírselo.

El viento estaba viciado por un olor especialmente repugnante. Se cruzó con varios habitantes del inmundo barrio. Lo peor de Roma se encontraba en la zona donde ella vivía. Ladrones, violadores y asesinos eran la clase de vecinos que tenía que soportar. Una simple mirada podía convertirse en una amenaza y terminar en una pelea. Sorteó a un hombre que bebía directamente el agua putrefacta de un charco. Otros, vestidos con harapos, eran cadáveres andantes que vagaban por la calle sin destino fijo. Había quienes, al igual que ella, salían en busca de un modo de llevar un trozo de pan a la boca.

La joven continuó por las apestosas calles sorteando restos de basura y algún que otro cuerpo tirado en algún rincón y que la carreta de la parca, que recogía los cadáveres de los que no podían permitirse un entierro, no había retirado esa noche para llevarlos a la fosa común.

De una de las calles le llegó el ruido inconfundible de los pasos de un legionario; llevaba tantos años huyendo de ellos que sabía reconocerlos.

Afortunadamente, pudo esconderse en la esquina donde estaba apoyada.

Con cuidado, asomó un poco la cabeza para ver si el soldado se dirigía hacia allí o, por el contrario, a la calle principal.

La joven maldijo, escondiéndose de nuevo, cuando vio de quién se trataba.

Era Mamerco. El legionario más despiadado con las prostitutas que hacían la Subura. Famoso porque, además de querer cobrar el impuesto, extorsionaba a las chicas obligándolas a practicarle felaciones.

Thais volvió asomarse. Mamerco se dirigía hacia donde ella se encontraba.

—¡Maldita sea! —gritó la joven.

—¡Eh, tú! —dijo el legionario al verla corriendo para escapar.

La prostituta se remangó la falda del vestido y la capa para correr más deprisa. El suelo adoquinado en algunas zonas con grandes piedras y en otras cubierto de barro y restos de basura no le permitía ir muy rápido.

Mamerco giró la esquina por donde Thais había huido.

—¡Alto ahí! —gritó —. ¡Para o te arrepentirás!

La joven cruzó bajo un arco con una vivienda encima, donde una mujer discutía acaloradamente con un hombre lanzando una tinaja por la ventana que a punto estuvo de alcanzarla. Giró por una de las innumerables calles que formaban un laberinto esperando despistar a Mamerco.

Se paró detrás de otra esquina para recuperar el aire y se asomó. Vio a Mamerco mirando a un lado y a otro, sin saber hacia dónde podía haberse dirigido Thais.

—¡Será mejor que salgas o me las pagarás! —gritó—. ¡Vamos, prometo que no te haré nada!

El legionario se acercaba muy despacio, mirando entre las ventanas y empujando las puertas por si se hallaba detrás de alguna de ellas.

Thais estaba asustada. Si se movía, Mamerco la vería y no tardaría en darle alcance; si se quedaba quieta, llegaría de un momento a otro a donde estaba y las consecuencias serían nefastas.

No tenía escapatoria.

De repente, la puerta donde estaba apoyada se abrió. Una mujer anciana con la boca mellada tiró con fuerza de ella.

—¡ Vamoz, entra! —dijo la mujer—. No digaz una palabra, jovenzita.

—¡Sé que estás por aquí! —volvió a gritar Mamerco impaciente—. ¡Sal o, además de la paliza que te daré, pagarás el doble!

El legionario pasó por delante de la puerta donde la anciana había escondido a Thais. En ese momento la vieja abrió la puerta y Thais se asustó pensando que la iba a delatar. La anciana tiró la orina que contenía una palangana a la calle y a punto estuvo de manchar los pies de Mamerco.

—¡Maldita vieja! —dijo el legionario—. ¡Ten más cuidado!

—¿ Acazo creez que puedo atravezar la puerta con la mirada? —respondió la anciana—. Vete a moleztar a otro zitio y deja que tire la orina en mi puerta como me venga en gana.

—¡Alguien debería cerrarte esa maldita boca!

—¿Y vaz a zer tú? Vete a buzcar proztitutaz y déjame zi no quierez que también te tire mi mierda.

Mamerco vaciló. Era absurdo enfrentarse a aquella mujer.

—Estás loca, vieja —dijo mientras se daba la vuelta y se marchaba.

Thais tomó aire y respiró algo más tranquila.

—Gracias. Me ha salvado, no sé cómo agradecérselo.

—No debez hacerlo. Yo también ze lo que ez ganarze la vida en laz callez.

Ezpera un poco antez de zalir, deja que ze aleje lo zuficiente.

Thais asintió.

La anciana se sentó y se quedó mirando por la ventana.

Thais observó a aquella mujer. Sentía una predilección especial por la gente mayor. Su pelo era blanco y liso, la piel tostada y curtida por años de sol, cubierta por cientos de arrugas que transmitían una enorme sensación de paz.

La joven le puso la mano en el hombro. La mujer le dedicó una sonrisa y, cuando había pasado un tiempo prudencial, asintió con la cabeza invitándola a salir.

No había rastro de Mamerco. Había conseguido despistarlo.

Llegó hasta la esquina que daba a la Subura Mayor, la calle principal donde vivía la gente trabajadora.

El ruido de los transeúntes ya se hacía notar. Sentado en la acera, se encontraba un indigente ciego hacia el que Thais se dirigió. La joven metió su mano dentro de su palla y sacó el pequeño mendrugo que había guardado.

—Salve, Teodosio —saludó.

—¿Eres tú, Thais? —preguntó el anciano buscando en el cielo con sus pupilas completamente blancas el sonido de la voz de la joven.

—Toma. Aquí tienes un poco de pan.

—Que Dios te bendiga, hija mía —dijo el anciano.

—Tu Dios o los míos abandonaron este lugar y a todos los que aquí habitan.

No creo que haya un sitio peor, en todo el Imperio, que este maldito barrio.

—Sin fe es imposible agradar a Dios, hija mía, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan.

—Suerte, Teodosio —dijo Thais despidiéndose—. Espero que te den muchas limosnas.

—Ve con Dios, hija mía.

Thais pensó en la extraña religión del mendigo mientras se mezclaba con los transeúntes. Esos seguidores de Cristo que habían sido perseguidos por el emperador Nerón y que, a pesar de no tener absolutamente nada, jamás renunciaban a su fe.

Continuó andando. El ritmo era lento debido a la cantidad de gente que caminaba por la calle principal. Codazos, peleas, gritos de vendedores ambulantes. Un día normal y corriente en la bulliciosa Subura. Siempre se sorprendía al recordar que, en esas mismas calles, se crio el gran dictador Julio César, a quien el pueblo de Roma seguía adorando y recordando.

Llegó hasta el civilizado Argiletum, tramo inicial de la calle más importante del barrio y que llevaba directamente al foro. El desagradable olor desapareció en cuanto abandonó la Subura. Enfrente de ella ya podía ver el impresionante anfiteatro de los Césares.

Thais se soltó la palla. La gran mayoría de los clientes contrataban sus servicios cuando acababa el espectáculo. Tras presenciar la sangrienta actuación de los gladiadores, muchos sentían la lujuria del sexo. Pero también había quienes deseaban vaciar su excitación antes de entrar al anfiteatro en alguna de las letrinas o, incluso, en las mismas arcadas.

La joven observó a posibles clientes. A pesar de que era una mujer inmensamente atractiva, ninguno, hasta ese momento, se sintió atraído por ella.

Pasó al lado de seis jóvenes que discutían acaloradamente con dos chicas.

Llamó su atención lo atrevida que había sido la más pequeña al enfrentarse a ellos. Se paró disimuladamente para observar la escena y por si tenía que salir en defensa de las muchachas. Observó que eran dos hermanas y que manejaban la situación perfectamente. Thais se dio cuenta que sabían valerse por sí mismas.

Se quitó la palla para mostrar su llamativo vestido naranja. Un hombre se acercó y le dijo algo al oído. Thais asintió y se dirigió, detrás de él, hasta la letrina más próxima. Ambos entraron juntos y, un rato después, salieron por separado. Thais escupió al suelo y de nuevo sus pasos la guiaron hasta el anfiteatro en busca de más clientes. El día había empezado bien.

Tres chicos se le acercaron reclamando sus servicios. Thais los reconoció, eran tres de los seis jóvenes que habían estado discutiendo con las dos hermanas un momento antes.

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