Gladiadoras
Capítulo V
Roma, 124 d. C.
Valeria y su hermana Domicia se dirigieron hacia la palestra, donde la mayor de las Iucunda se enfrentaría a Sexto.
Ambas caminaban en silencio y sus pensamientos iban dirigidos a Valerio, su padre y uno de los mejores abogados de Roma.
El día anterior había sido largo como consecuencia del hallazgo de la mujer gravemente herida. Desde hacía varios meses una serie de asesinatos estaban en boca de todos los romanos, aunque las únicas aterradas eran las que estaban sufriendo los ataques, las prostitutas. Cuando Domicia regresó con su padre, la pobre mujer había fallecido. Valeria fue testigo de su último suspiro. Lo único que pudo hacer por ella fue sostenerle la mano. La joven llevaba una lúnula colgada del cuello donde podía leerse su nombre: Octavia.
Su padre estaba convencido de que llevaba varios días tendida en el suelo sin que nadie le prestara ayuda.
El enorme aguacero que cayó sobre Roma había limpiado el cuerpo y este presentaba enormes contusiones por el tronco y las extremidades, pero lo que más le estremeció fueron los signos de cómo había sido salvajemente violada. Como en todos los casos anteriores, tres incisiones atravesaban, desde la frente hasta la barbilla, su macilento rostro.
Valerio llamó al ayudante del pretor, que poco o nada hizo por tratar de averiguar quién estaba detrás de aquellos atroces asesinatos salvo retirar el cuerpo. El abogado no entendía la indiferencia de unos ciudadanos que reclamaban los servicios de esas pobres mujeres cuando sentían un acuciante deseo y el resto del tiempo las despreciaban.
Mandó a sus hijas a casa e investigó entre varias compañeras que aterrorizadas le imploraban que hiciera algo por defenderlas, ante la impotencia de un hombre que sabía que ningún estamento en Roma
movería un solo dedo por defender a las mujeres de su clase. Aquella pobre víctima era una mulier, 1 una infame, y poco o nada le importaba a la capital del mundo lo que les ocurriera a aquellas de su condición, dado que no eran dignas de respeto.
Las hermanas llegaron a la palestra cerca de su domus.
Sexto, Décimo y Lucio el Grandullón esperaban, junto a algunos de sus compañeros del collegium iuvenum 2 al que pertenecían, en uno de los rincones del gimnasio, y se golpearon con el codo cuando las vieron aparecer.
—Pensábamos que no vendríais —dijo Sexto cuando llegaron a su altura.
—Nosotras no abandonaríamos nunca a una pobre mujer que ha sido violada y salvajemente golpeada —respondió Valeria.
Los chicos se miraron y Sexto trató de cambiar de tema:
—Será mejor que empecemos. El hambre empieza a hacerse notar en mi estómago. Hoy daremos cuenta de un buen manjar gracias a vuestro dinero.
—Antes tendrás que ganarlo.
—Hemos traído varias protecciones. No queremos que te hagas daño y vayas llorándole a tu padre. Lucharemos con el mismo tipo de armas. Así no habrá excusas —ordenó.
Los dos jóvenes se armaron con un casco, protecciones para las piernas y el brazo derecho y el cardiophylax, 3 ayudados Sexto por Décimo y Valeria por Domicia.
Cuando estuvieron preparados, cada uno se armó con un gladius de madera y un scutum, un escudo algo más pequeño que el que usaban los legionarios.
—Métele una buena paliza —le dijo Domicia a su hermana mientras le apretaba, en la espalda, las tiras de cuero.
Lucio el Grandullón se colocó entre ambos ejerciendo de summa rudis, 4
puesto que siempre le otorgaban.
—Las normas son las de cualquier combate de gladiadores —comentó Décimo mientras Lucio el Grandullón ponía la vara en medio de ambos.
Cuando los dos luchadores estuvieron preparados, levantó el bastón señalando el cielo, para bajarlo con contundencia al grito de:
— Pugnate! 5
Los dos gladiadores se midieron en silencio girando el uno alrededor del otro.
Sexto lanzó un ataque rápido, primero buscando el estómago de Valeria para que defendiera su cuerpo con el escudo y, rápidamente, pasó su pugio 6
por encima del scutum de su rival e intentó hacerle daño en la espalda.
Valeria lo leyó bien y ambos ataques los defendió bajando y levantando su defensa de la manera correcta.
A continuación fue ella quien lanzó un ataque igual de veloz, buscando un costado y otro. La rapidez de sus movimientos hizo que Sexto tuviera que defenderse dando pasos atrás.
Todos estaban sorprendidos por las buenas maneras que mostraba la improvisada gladiadora.
El duelo de los provocatores siempre era muy espectacular y llamativo, y este había empezado con mucha intensidad.
—¡Sigue así, Valeria! —gritaba su hermana.
Sexto suspiró con fuerza sobre el metal de su yelmo y se golpeó con el pomo de su pugio en el mismo para darse ánimos. Sería mucho más belicoso.
Con la parte cóncava e inferior de su escudo, Valeria buscó la cabeza de Sexto de un modo muy agresivo para intentar pararlo en seco. Su rival sintió incrédulo cómo el escudo chocaba violentamente contra su casco.
Notó el frío acero del yelmo contra su nariz y las vértebras, que acusaron el fuerte impacto. El golpe, además, hizo que se mordiera el labio e, involuntariamente, notó un leve mareo mientras el sabor de la sangre acudía a su paladar.
El joven lanzó una serie de estocadas al aire, sin saber dónde golpeaba ni dónde se encontraba su rival.
Valeria las esquivó dejando distancia entre ellos.
Una vez recuperado de la breve inconsciencia, Sexto amagó con golpear con el scutum y, agachándose, movió su pugio de arriba abajo buscando introducirse en la defensa de Valeria. El golpe sorprendió a la joven, e impactó contra el cardiophylax que protegía su pecho.
Décimo gritó animando a Sexto.
—¡Va, va! Sigue así —animó Domicia a su hermana.
Los dos rivales se volvieron a colocar en posición defensiva.
Lucio el Grandullón situó de nuevo su vara entre ambos.
Cuando el combate se reanudó, lanzaron varios ataques, en un repertorio muy completo de golpes.
El cansancio empezaba a hacer mella en los dos jóvenes.
Valeria volvió a atacar con su escudo en posición horizontal, pero en esta ocasión engañó completamente a Sexto, quien esperaba que buscara de nuevo su yelmo. En vez de atacar, Valeria se colocó el escudo a modo defensivo encima de la cabeza para buscar el muslo de su oponente, quien, a pesar de que el arma era de madera, recibió un doloroso golpe en una pierna. Cuando Sexto se agachó, movido por el dolor, la joven le soltó una patada en el costado e hizo más daño a su ego que a sus costillas.
Sexto clavó la rodilla en el suelo.
Valeria decidió no atacar.
Quería ganarlo de pie. Quería vencerlo con honor.
No quería que esta vez hubiera ninguna excusa.
El silencio de Décimo y de sus compañeros era tan sepulcral que retumbaba por el pórtico de las columnas de la palestra, donde no se oía ni el vuelo de los pájaros. Solo las voces de ánimo de Domicia.
—¡Eso es, Valeria! Dale fuerte a ese miserable.
Sexto se levantó, dolorido y afligido; se sentía impotente. Valeria era mucho mejor rival de lo que pensaba. Jamás hubiera imaginado que una mujer luchara de ese modo. Había intentado atacarla de todas las maneras que conocía, pero ella parecía leer todos sus movimientos.
Sexto se colocó de nuevo enfrente de Valeria. Pero no con tanta determinación como mostraba al principio del combate ni con tantas ganas.
Valeria atacó en repetidas ocasiones, intercambiando golpes con su escudo y con su pugio, de un modo muy eficaz y con mucha intención.
Sexto retrocedió y perdió el equilibrio por la contundencia de la chica. El combate se acercaba a su final.
Valeria vio el hueco y golpeó con mucha fuerza en el costado donde antes le había dado una patada.
Sexto lanzó un grito. Se sentía vulnerable. Sería el hazmerreír entre sus amigos.
Décimo, al ver que su amigo estaba a punto de perder, se colocó justo al lado de las armas que habían llevado, entre las que se hallaban varios cascos y protecciones de metal, amontonadas en el suelo.
Cuando Valeria estaba a punto de lanzar otro ataque y se disponía a golpear a Sexto, Décimo dio una patada al montón de objetos. El estruendo hizo que la joven se girara en dirección al ruido, con el brazo del pugio levantado y el escudo totalmente separado de su cuerpo. Ese fue el único error en toda la mañana, y Sexto, que estaba de frente a su compañero y había visto sus
intenciones, aprovechó para lanzar un ataque con el escudo en el casco de Valeria. El golpe en la mejilla y en el oído fue terrible.
Sin dar tiempo a su rival para recuperarse, Sexto atacó con su pugio, y con dureza, el estómago de la chica, que cayó al suelo de espaldas.
El joven puso una pierna encima de ella y la golpeó de nuevo con la parte cóncava del scutum.
La hubiera golpeado cien veces más, movido por la impotencia, pero quiso ser respetuoso con ella. En su mente sabía que habría perdido de no ser por Décimo.
—¡Fin del combate! Sexto gana.
—¡Has hecho trampas! —gritó Domicia.
—En un combate real o incluso en uno de gladiadores o... lo que quiera que ella sea, se ha de estar preparado y no despistarse de manera tan estúpida como ha hecho —dijo Décimo sonriendo.
Sexto se quitó el casco con el semblante serio mientras lo felicitaban.
Valeria seguía boca abajo y su hermana apretaba los puños impotente y desolada.
Décimo pasó por el lado de la improvisada gladiadora y, haciendo que se tropezaba, le propinó una patada en la espalda para luego pedirle perdón con una sonrisa.
—Se acabó el espectáculo. Págame lo que me debes —ordenó Sexto, al que no le había gustado aquel gesto.
Domicia sacó una bolsa llena de monedas y se la lanzó.
—Y ahora devuélveme mis protecciones —exigió Décimo.
—Sin ellas, ahora mismo tú y tus amigos estaríais llorando como unas plañideras. ¡Hermana! ¿Te encuentras bien? —Se arrodilló y le acarició la espalda.
Valeria no se movía, tenía el brazo izquierdo doblado junto a su cabeza, aún con el casco. Lloraba amargamente. La impotencia era más lacerante e hiriente que el dolor de los golpes recibidos.
A pesar de la frustración, Valeria se levantó.
—¡Son unos tramposos! —exclamó Domicia.
—¡No nos lamentemos! —contestó su hermana mientras se quitaba el casco
—. Padre nos enseñó que las excusas son solo para los que las necesitan, y yo he perdido por mi culpa. Vayámonos.
Valeria se puso de pie sin decir una sola palabra más y, junto a su hermana, comenzó a caminar. Ambas se giraron buscando la mirada de los chicos.
Décimo, Lucio el Grandullón y el resto de los compañeros de su collegium
se despidieron de ellas entre risas y codazos, con burlas y gestos obscenos.
Sexto no participaba en aquel oprobio, simplemente observaba serio a las dos Iucunda.
Valeria se dirigió a su hermana:
—No te avergüences, Domicia. La vergüenza no es una cualidad de nuestra familia. He perdido. Levantemos con orgullo la cabeza y asumamos que he sido derrotada.
—Si hubieras sido un hombre —contestó Domicia—, Décimo no habría golpeado esos cascos para despistarte y ahora tú serías la vencedora.
—Entonces, espero que hayamos aprendido la lección. Una mujer siempre ha de ganar dos veces.
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