Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 39 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XXXVII

Ostia, 127 d. C.

El mar mecía la nave en el horizonte mientras una suave brisa acariciaba el rostro de Helena. La travesía estaba siendo, a pesar de lo que creía antes de partir, uno de los mejores momentos de su vida. Por la mañana practicaban ejercicios, Lü quería que estuviera en plena forma cuando llegaran a Ostia, y por las noches se deshacían en caricias tratando de recuperar todo el amor que se debían.

En ocasiones pedía a su amante que le hablara en griego, una lengua que no entendía pero cuyo sonido le resultaba maravilloso. Lü, rendido a esos momentos de amor que tanto había deseado, cumplía todas y cada una de las exigencias de Helena. Le recitaba poemas en ese idioma que tanto le gustaba escuchar, masajeaba los músculos de la gladiadora con ayuda de sus alfileres de marfil o, simplemente, se tumbaban en el jergón del camarote de Claudio, abrazados, sin decir nada, intentando leerse las almas.

El hombre de ojos rasgados intentó preparar a Helena para lo que estaba a punto de venir, quería trabajar su mente para que pudiera aguantar su nueva vida. En Roma se daba cita la élite del mundo. Flavia Lycia podía ser una mujer dura en ocasiones, pero tenía principios y era capaz de defenderlos hasta las últimas consecuencias. Allí donde se dirigían serían implacables con ella, solo había dos opciones: sobrevivir o morir.

Helena no quería oír hablar de su futuro cuando el barco atracara en el puerto. Durante toda su vida había soñado lo que deseaba ser, y su destino era la antítesis de todo lo que había pensado. Cuando llegara, ya se preocuparía y viviría el momento.

Lü estaba angustiado por Helena, no por si era capaz de sobrevivir en aquel mundo nuevo y desconocido para ella, sino por la extraña enfermedad que atacaba con tanta violencia su cuerpo. Nunca había visto nada igual. Los repentinos ataques que la acuciaban eran cada vez más fuertes. La amalgama de hierbas, que en un primer momento la calmaba, ya no tenía el

mismo efecto. Podía ayudarla con sus agujas cuando sus músculos se contraían y se volvían rígidos, incluso los ligeros mareos que le daban remitían con la mezcla de distintas hierbas. Pero era incapaz de encontrar un remedio contra esos otros síntomas que habían comenzado: los calambres en el cuello y los pinchazos que recorrían sus brazos hasta dejarla inconsciente. Y, sobre todo, la falta de visión y la fatiga de la que cada vez le costaba más recuperarse. Por eso le preocupaba qué ocurriría cuando él no estuviera para ayudarla, cuando no pudiera cuidar de ella.

Conocía lo suficiente a Flavia Lycia para saber que, si bien al principio se había mostrado sorprendida cuando Helena aceptó ir a Roma, era una oportunidad magnífica para desprenderse por fin de la gladiadora, esa era la verdadera realidad. Igual de cierta era la promesa que le hizo a Helena de que allí en Halicarnaso siempre tendría un hogar si encontraba la libertad.

—No tardaremos en llegar a Ostia —dijo Claudio estirando los músculos de la espalda y mostrando la enorme barriga—. Hemos lanzado los pájaros y vamos en la dirección correcta. Dentro de una semana partiremos de nuevo a Halicarnaso, en el trato se incluía que volvías conmigo. Podrás encontrarme cada mañana en el puerto o bien llenando mi enorme panza de todos aquellos manjares de los que pueda dar cuenta. Si no me encuentras, pregunta por mí a Graco, el dueño de Las Tres Garzas, él sabrá dónde encontrarme. Pero en una semana, justo al alba, partiré con o sin ti, Agripina y yo no esperamos nunca a nadie.

Lü asintió con la cabeza.

—Por todos los dioses, es difícil arrancar una sola palabra de tu garganta —

dijo Claudio—. Una vez conocí a un hombre así, ¿quieres que te cuente la historia?

El hombre de ojos rasgados le devolvió la mirada sin hablar.

—Estas noches atrás sí que se te oía en mi camarote —dijo el patrón dándole con el codo—. Seguro que habéis dejado mi jergón más aplastado que la hierba al paso de una legión completa.

Lü no apartó los ojos del horizonte, donde ya se divisaba la tierra de Italia.

—Será mejor que os preparéis, no tardaremos en llegar —dijo Claudio, quien, como siempre, se fue hablando entre dientes—. No le saco una palabra ni aunque le estén cortando la mano.

La Agripina realizaba las maniobras oportunas para entrar en el puerto de Ostia. Helena estaba maravillada de lo que tenía ante sus ojos. Un enorme faro recibía a los barcos que, a través de un canal rodeado por majestuosas edificaciones, introducía a los navegantes en un fondeadero hexagonal

donde cada nave, según el género que cargara, debía atracar en un lugar u otro. La joven fue incapaz de imaginar el número de barcos que allí había.

Miraba impresionada a los cientos de estibadores que se afanaban en descargarlos mientras otros contabilizaban las mercancías. El ajetreo era desorbitado y estresante, pero increíblemente bien organizado.

Cuando los marineros amarraron la nave, Lü pudo ver, esperando en la dársena, entre la maraña de trabajadores y hombres de negocios, a los procuradores de Hostiliano que habían cerrado el trato con Flavia.

—Te deseo mucha suerte, jovencita, y recuerda, por tu bien, no enojar a Hostiliano o lo lamentarás, hazme caso, no acostumbro a hablar por hablar.

En cuento a ti —dijo Claudio mirando a Lü—, ya sabes dónde encontrarme.

Si no tienes dónde dormir, puedes hacerlo en el jergón que tan buen servicio te ha dado estos días. Si deseas hacerlo en otro lugar, ya sabes que en una semana partimos. No te demores, cuando vengas te contaré la historia de un hombre al que dejé una vez en el puerto por no llegar a tiempo, pero ahora marchaos, tengo que descargar y quiero ir cuanto antes a Las Tres Garzas.

Lü y Helena se apearon del barco junto a sus pocas pertenencias y siguieron a los procuradores hasta el collegium iuvenum de Hostiliano.

Mientras caminaban, Helena observaba a las gentes de toda clase y condición que abarrotaban el puerto, desde obreros y cientos de esclavos que trabajaban duramente hasta ciudadanos que buscaban un medio de transporte para dirigirse a Roma o para embarcar en alguna nave que remontara el Tíber hasta la capital del Imperio. La algarabía era ensordecedora.

—Tengan cuidado con sus pertenencias —dijo uno de los procuradores de Hostiliano—, si algo nos sobra en Ostia son ladrones y esclavos fugitivos.

Helena no podía dejar de mirar con estupor las ínsulas de dos y hasta tres plantas, así como el pavimento y la buena organización de las vías. Desde que habían llegado al puerto no había conseguido cerrar la boca. Lü la miraba y sonreía recordando la primera vez que estuvo con su tío en ese puerto.

Lü respiró nervioso cuando los procuradores se pararon delante de un enorme edificio donde una inscripción de mármol anunciaba el nombre de su nuevo dominus: Hostiliano.

Entraron en el collegium y se dirigieron al tablinum para ver al magister.

Cuando llegaron, un hombre alto, de unos cincuenta años, de complexión fuerte y de piel cetrina, con una incipiente calvicie y el pelo completamente blanco, recriminaba algo a otro que se encontraba arrodillado.

—Si hay algo que no soporto, por encima de todas las cosas, es el fracaso, y algo que tolero menos aún es a aquel que fracasa —estaba diciendo.

—Pero..., domine —contestó el arrodillado.

—¿Acaso te he dado permiso para hablar?

El hombre agachó la cabeza.

—¿Crees que es fácil tener el control de todo esto? ¿Acaso piensas que el peso de la responsabilidad que cargo sobre mis hombros es llevadero? ¿Qué harías en mi situación? Confío en hombres como tú, y ¿esta es la gratitud que recibo? El poder es como tener sed y beber alcohol, cuanto más bebes, más acuciante se hace la sed. Pero mi generosidad también es una forma de poder. —Hostiliano levantó la cabeza y vio a Helena, a Lü y a sus ayudantes—. No voy a castigarte del modo que debería. Dentro de un mes, se celebran los Ludi Iuvenales y quiero ganar en todas las categorías. Ahora ve de nuevo con los chicos, otros asuntos me esperan.

El esclavo se incorporó y se dirigió a la salida cuando la voz de su dominus hizo que se girara de nuevo.

—¡Domicio! Si tus chicos vuelven a quedar últimos en los entrenamientos, yo mismo te mataré con mis propias manos.

Hostiliano se dirigió a Helena:

—¿Y tú eres?

— Domine, esta mujer es la gladiadora que mandaste comprar en Halicarnaso —dijo Julio.

—¿Acaso me tomas el pelo?, ¿he pagado una fortuna por esta... mulier? No tiene pinta de gladiadora, más bien parece una prostituta que acaba de terminar su jornada en un lupanar.

Lü apretó los dientes y acarició la empuñadura de la daga escondida entre sus ropas. Habría dado muerte a ese hombre ahí mismo.

—Cuando la vea luchar, domine, cambiará de opinión.

—Más te vale. De no ser así, alguien pagará caro dilapidar mi dinero. Y

este hombre que apenas ve, ¿quién es?

—Ha sido su entrenador durante estos años. Parte del acuerdo con Flavia Lycia era que Amazona, como se hace llamar la gladiadora, llegara sana y salva aquí. La ha acompañado para protegerla si era necesario.

Hostiliano miró fijamente a Lü.

—Veamos si es tan bueno el trabajo que dicen que has hecho. Llamaremos a mis mejores chicos. Si eres tan buena, no te dará miedo enfrentarte a ninguno de ellos.

Helena asintió.

—Haced que se preparen en la palestra Cneo, Cayo y Julio —ordenó a sus hombres—. Deberías estar orgullosa. Una mujer de tan baja condición va a tener el placer de enfrentarse con aquellos por cuyas venas corre sangre romana de verdad, auténticos patricios. Sus ancestros han conseguido que miles de bocas, por todos los reinos, pronuncien el nombre de nuestra ciudad con miedo. No me he presentado, mi nombre es Hostiliano y desde que has embarcado me perteneces. Eres una mulier, una mujer de condición baja, así que no espero que ganes a ninguno de mis chicos ni aunque tuvieran las manos atadas a la espalda. Si veo algo que pueda ser de provecho, mañana mismo iras al Ludus de Roma, pero si no agradas a mis ojos, dado que ahora eres mi esclava, haré que pagues con mucho sufrimiento cada sestercio que me has costado.

Se dirigieron a la palestra.

Cuando llegaron, todos los jóvenes del collegium esperaban en una especie de elipse que haría las veces de arena. El grupo comandado por Cneo, Cayo y Julio se había situado en el centro de esta, observando a la nueva gladiadora con los brazos cruzados mientras se decían cosas al oído que provocaban sus risas. Vestían solo un subligaculum y sus cuerpos estaban bañados de sudor. Helena dedujo que habían estado ejercitándose; si alguno de esos chicos era su rival, podría estar cansado y ese era un punto débil.

Hostiliano hizo un gesto a Helena para que se dirigiera hasta el centro. Una vez allí el magister y lanista habló a todos sus chicos:

—Esta mulier que veis aquí no es una nueva esclava que haya comprado para limpiar la mierda de vuestras letrinas —dijo Hostiliano ante la risa de todos—. Dicen en oriente que es una gladiadora y que es la mejor que han visto aquellas tierras. Por Júpiter, si esta es la mejor de sus luchadoras,

¿imagináis cómo deben ser las peores?

Todos los jóvenes se reían a carcajadas.

Helena buscó a Lü entre todos los hombres. Este le devolvió la mirada serio, pero la joven había aprendido a leer en sus ojos todo cuanto quería transmitirle. El hombre con quien había pasado los últimos años de su vida no solo la había enseñado a defenderse, no solo la había entrenado en superar el dolor y cualquier adversidad, también había entrenado su mente.

Esos ojos rasgados la conminaban a recordar sus primeros combates cuando las voces de los hombres la humillaban y la despreciaban con sus abucheos.

Helena asintió con la cabeza y decidió dejar de escuchar las palabras que salían de la garganta de su nuevo dominus para únicamente escuchar su voz interior.

—Te voy a dar el honor de que decidas a cuál de estos tres hombres deseas enfrentarte —dijo Hostiliano.

—Soy gladiadora, no temo enfrentarme a ninguno y puedo vencer a los tres.

La risa de Cneo, Cayo y Julio se cortó de manera tajante, mientras Hostiliano negaba con la cabeza.

—Yo me enfrentaré a ella —dijo Cneo.

—De acuerdo —dijo Hostiliano haciendo un gesto a un esclavo para que entrara.

El siervo apareció con dos espadas de madera y dos escudos. Mientras, Cneo se acercó a Helena y le comentó en voz baja:

—Que sea la última vez que te diriges a mí en ese tono. Te daré un adelanto de lo que hacemos aquí a las mujeres de tu condición.

Helena lo observó sin mover un solo músculo de su cara.

El esclavo se acercó, le ofreció una de las armas y ella la agarró con fuerza junto al escudo.

—Un momento —dijo Hostiliano—. No sé cómo será en ese apestoso lugar del que vienes, ni me interesa lo más mínimo, pero aquí en Roma las pocas mujeres que juegan a ser hombres lo hacen para despertar las fantasías sexuales de los romanos, no para demostrar lo buenas luchadoras que son.

¿Acaso crees que le interesa a alguien cómo luchas? Les interesa ver cómo mueves tus pechos. Así que quítate toda la ropa, lucharás desnuda, como lo harás en el anfiteatro.

Helena, sin titubear, dejó las armas en el suelo y se quitó la sencilla túnica quedándose solo con un sencillo subligaculum. Todas las miradas se posaron en la desnudez de su cuerpo y en sus pechos. Helena calentó un poco los músculos, ajena a los ojos y los comentarios obscenos que le lanzaban, esa no era la primera vez. Respiró hondo, había sido entrenada para vencer a cualquier rival.

Domicio, el entrenador de los jóvenes, se colocó con la vara para ejercer de summa rudis.

Hostiliano se acercó a los dos hombres encargados de traer a Helena al ludus junto a Lü y se sentó en una lujosa silla en forma de tijera y decorada de un modo muy ostentoso.

—¿Cómo decís que es el nombre con el que lucha? —les preguntó Hostiliano.

—Amazona, domine.

—¿Y acaso este adefesio que decís que es una gladiadora no es ya de mi propiedad?

Los procuradores se miraron extrañados.

—Así es, domine, desde el mismo momento que pisó el suelo de Ostia —

contestaron.

—Y recuerdo haber pagado solo por ella, ¿no es cierto?

—Así es.

—Y entonces, ¿qué sigue haciendo aquí este hombre de ojos tan raros? Ya tengo a mis propios entrenadores, haced que se marche de mi vista —dijo Hostiliano sin ni siquiera mirar a Lü.

Lü se quedó inmóvil, mientras el corazón le latía con fuerza. Miró a Helena, quien ya estaba preparada para combatir. Así era su despedida. De ese modo tan distante se alejaba de la mujer a la que tanto había amado, sin ni siquiera mirarse a los ojos, sin ni siquiera fundirse en un abrazo, sin ni siquiera poder decirle que la amaba. La abandonaba del mismo modo en que había empezado todo, en una pelea. Todos los momentos que había vivido junto a ella durante los últimos años se amontonaron en su cabeza, especialmente los días que habían navegado juntos en los que tuvieron por fin tiempo para amarse. Quizá fuera mejor así, pensó, de otro modo no tendría valor para alejarse de ella. El hombre de ojos rasgados dijo algo al oído de uno de los procuradores de Hostiliano, quien asintió con la cabeza.

Se volvió a girar para mirar por última vez a Helena, tragó saliva y se marchó.

—Bien, ya hemos perdido demasiado tiempo, empecemos —ordenó Hostiliano.

Mientras Domicio volvía a colocarse, todos los jóvenes hacían comentarios sobre el duelo que estaba a punto de comenzar, alabando las virtudes en la lucha de Cneo. Helena miró fijamente a los ojos de su rival y en aquella mirada solo pudo ver arrogancia.

El duelo comenzó con un ataque de Cneo, muy previsible, sobre el escudo de Amazona, que la gladiadora defendió sin ninguna dificultad. El siguiente golpe buscó el muslo de su rival y, dada la fuerza del primer impacto, la joven sabía que ese segundo ataque no llevaba la misma contundencia, por lo que dejó que golpeara su muslo y fingió que sentía un gran dolor mientras retrocedía.

Cneo se dio la vuelta con los brazos en cruz dando a entender que sería mucho más sencillo de lo que creía.

Hostiliano se llevó las manos al puente de la nariz sin dar crédito a lo que veía.

Los procuradores temían las consecuencias que podría traerles ese combate.

Los jóvenes estudiantes aplaudían a Cneo entre risas y abucheaban a Amazona señalándola con el dedo.

Helena, por dentro, sonreía satisfecha. Había conseguido su propósito: hacer que todos se confiaran.

Imitando una leve cojera, Amazona se puso de pie para seguir con el combate, apretando los dientes y haciendo entender que le suponía un gran esfuerzo seguir luchando.

Cneo se colocó delante de ella, pero ya no empuñaba la espada con la misma determinación.

En cuanto Domicio levantó la vara y dio la orden de continuar, Amazona cambió el gesto y la leve cojera desapareció por completo. Se dirigió deprisa hasta su rival y golpeó una y otra vez con su espada buscando el escudo y aquellas zonas que quedaban descubiertas, intentando sorprender por arriba o por abajo, en una combinación de movimientos magnífica. La rapidez de los ataques hacía que a Cneo le costara defenderse, solo podía retroceder, hasta que finalmente trastabilló y cayó de espaldas.

La improvisada elipse se quedó en silencio.

Jamás habían visto a una mujer luchar de ese modo.

Amazona no se inmutó y volvió a su sitio colocándose en posición de ataque.

Hostiliano se levantó de la silla entre sorprendido y ofendido. Sorprendido por lo que acababa de hacer esa mujer que le había costado una fortuna, y ofendido porque uno de sus mejores chicos yacía en el suelo, humillado por una esclava.

Cneo se levantó furioso sacudiéndose el polvo, estaba avergonzado. Tiró la espada y se dirigió con rabia hasta esa mujer que lo había puesto en evidencia delante de todo el collegium.

En ese momento un esclavo, desencajado, entró corriendo, cruzando la elipse.

— Domine!, domine! —gritaba.

Hostiliano lo miró preocupado, ningún esclavo suyo se atrevería a interrumpir de ese modo si no fuera por un buen motivo.

El siervo llegó a su altura y se arrodilló ante él mientras todos observaban atónitos.

—Habla, ¿qué ocurre?

— Domine! ... —dijo el siervo con el pecho agitándose mientras intentaba controlar la respiración.

—¡Habla, maldito, o te mandaré azotar! —ordenó el magister nervioso.

—Una cohorte urbana con el pretor a la cabeza ha preguntado por el dominus. Trae una orden para detener a tres de tus chicos.

Hostiliano levantó la cabeza y observó a Cneo, que le devolvía la mirada sin entender qué estaba ocurriendo.

—Se acabó el juego —les dijo el magister a sus procuradores—. Llevaos a esa de aquí. Antes de partir a Roma, marcadle la pierna.

Los hombres obedecieron y se dirigieron a Helena, que tampoco entendía qué estaba ocurriendo. Uno de ellos la agarró del brazo mientras el otro recogía sus ropas.

Por el lado contrario de la palestra un hombre encabezaba un pequeño contubernio que caminaba con decisión hacia ellos. Hostiliano se dirigió hasta allí.

—Annio Vero, prefecto de la ciudad de Roma, ¿a qué debo esta intromisión? —preguntó el magister cuando alcanzó al grupo.

—Traigo una orden de arresto contra tres de tus chicos —contestó el prefecto mientras extendía el pergamino que lo acreditaba.

—¿Contra quiénes? ¿Y de qué se les acusa?

—La orden me ha sorprendido tanto como a ti, Hostiliano. Tito Flavio presentó ayer una demanda, dice que tres de tus muchachos violaron a su hija durante las Saturnales.

El magister leyó el mandato con el rostro lívido y completamente desencajado.

—Estoy seguro de que todo esto es un error. Son mis mejores chicos.

—Yo también lo lamento, Hostiliano, son hijos de importantes senadores, seguro que podrán pagarse un buen abogado. Y ahora no me lo pongas difícil y terminemos sin incidentes. Entrégame a Cneo, Cayo y Julio.

El magister, completamente abatido, señaló al prefecto quiénes eran los hombres que habían ido a detener.

Varios legionarios se acercaron a los tres acusados, que no daban crédito, y les ordenaron ponerse de rodillas mientras les colocaban unos grilletes en las muñecas.

El prefecto se dirigió a ellos:

—Cneo Servilio, Cayo Sabino y Julio Apio Agrícola, en nombre del Senado y el pueblo de Roma, y bajo la ley que el emperador Adriano me otorga, quedáis detenidos, acusados del asesinato de Valerio Iucundo y de violar a Cornelia Flavia.

Los tres jóvenes comenzaron a gritar su inocencia.

Hostiliano le dijo al oído a Cneo:

—Yo te sacaré de esta, lo juro por los dioses.

—Más te vale —respondió Cneo escupiendo las palabras—, tú nos metiste en esto.

Hostiliano respiró agitado. No había nada que lo relacionara con las muertes, si lo acusaban simplemente lo negaría y dejaría que los chicos corrieran con toda la culpa. Sus padres eran senadores influyentes, que se preocuparan ellos; si caía él, arrastraría a todos. Ahora lo más importante era actuar con normalidad, debía parecer que él no estaba al tanto de nada y que era una víctima más. Tan solo quedaba un mes para los famosos Ludi Iuvenales. La acusación sería un duro golpe, ya que el futuro de su collegium estaba en esos juegos. Si ganaba, todos los senadores seguirían llevando allí a sus hijos y eso le daría más dinero y una influencia que no estaba dispuesto a perder, pero sin sus tres mejores jóvenes dudaba de poder vencer. Al igual que el año anterior, habría competición de mujeres, pero no tenía ninguna que presentar. Entonces pensó en la gladiadora que se acababan de llevar.

Lü llegó hasta la puerta del collegium cabizbajo y, extrañado, tuvo que apartarse a un lado para dejar paso a un contubernio que entraba con decisión en el recinto de Hostiliano, encabezado por un hombre que vestía una túnica con franjas moradas. Se detuvo y observó a ese grupo con intención de seguirlos, pero apartó la idea de su cabeza con la misma rapidez con la que vino a su mente. Eso ya no era asunto suyo. Pensativo, miró un extraño letrero que indicaba los lugares públicos de la ciudad. A la derecha marcaba el camino por el que habían venido, hacia el puerto, pero el hombre de ojos rasgados giró hacia el otro lado.

Lü paseaba por esas calles que años atrás recorrió con su tío. La mezcla de gentes era tal que sus rasgos pasaban desapercibidos. Su cabeza no pensaba en otra cosa que no fuera Helena y en el hecho de que no volvería a verla.

Giró por una calle paralela al foro, decenas de pensiones, cauponae y thermopolia se presentaban ante él. De repente vio el cartel que estaba buscando, no lo pensó y entró. Acababa de tomar una decisión.

El lugar era un antro oscuro. El olor a sudor, vino y otros hedores pestilentes, que no supo discernir, sacudieron sus fosas nasales de tal modo que no pudo evitar echar la cabeza hacia atrás. Las paredes estaban desconchadas, aunque se intuía que alguna vez tuvieron bonitos frescos.

Sobre el suelo se extendía una mezcla de escupitajos, restos de comida y orina. El fragor de las voces y las conversaciones de los beodos hacían poco acogedor el local, abarrotado de gente. No había ni rastro entre las mesas

del hombre al que buscaba, hasta que lo vio acodado en la barra y se dirigió allí. Se colocó a su lado sin decir una sola palabra, derrotado, como si en ese momento tomara conciencia que su mundo se había roto en mil pedazos.

—¡Por todos los dioses! —dijo el hombre nada más verlo—. Sabía que vendrías a Las Tres Garzas... ¡Graco!, ven a servirnos vino, este es el hombre del que te he hablado.

El hombre se acercó y, sin decir nada, dejó una jarra con dos copas.

—Sé lo que estás pensando —continuó Claudio dirigiéndose al dueño del local—, no entiendes cómo puede ver con los ojos cerrados.

Graco asintió con la cabeza y los dejó solos.

—Te voy a contar la historia de un hombre al que conocí y al que le faltaba un ojo, porque se le clavó la punta de una flecha —le dijo Claudio a Lü—.

El muy cabrón no fallaba un tiro con la onda. Seguro que veía mejor por ese agujero negro que lucía donde antes había estado su ojo que tú por los tuyos, que apenas puedes abrirlos —dijo golpeando la espalda de Lü.

Claudio observó al hombre, que no abría la boca.

—¿Dónde está tu amiga la gladiadora?, ¿ya te has deshecho de ella? Si has venido por las tres garzas, me temo que están ocupadas toda la semana. Por todos los dioses. ¡Graco! —dijo gritando—. ¡Hazme un hueco con tus chicas! —Claudio se dirigió de nuevo a Lü—: Podemos ir a otro tugurio si lo deseas.

—Solo necesito un lugar donde dormir.

—Entonces te llevaré a otro sitio, aquí las camas tienen unas chinches del tamaño de una rata. Ya que no podemos disfrutar de las tres garzas, al menos que durmamos bien. Una vez conocí a un tipo que, por no descansar...

—No necesito otro lugar, dormiré aquí el tiempo que sea necesario. No partiré dentro de una semana.

—No podemos estar más tiempo, tengo el amarre contratado para esos días.

Además, tengo que llevarte de vuelta, es parte del trato que cerré con Flavia.

—Te irás sin mí, no regresaré a Halicarnaso.

—¿Y qué voy a contarle a Flavia?

—La verdad. Le dirás que me quedaré el tiempo que sea necesario por si Helena me necesita.

Helena era arrastrada por los dos procuradores que la habían conducido hasta allí. Llegaron hasta la herrería, donde un corpulento hombre trabajaba

dando forma a algunas armas. El olor a la leña quemada que desprendía el horno, el del hierro fundido y el sudor del herrero dominaban el ambiente.

El calor era sofocante.

El herrero levantó la mirada del yunque que golpeaba y los observó sin mover un solo músculo de su rostro y sin despegar los labios para pronunciar una sola palabra.

—El dominus quiere que marques su pierna; date prisa, no tenemos todo el día —ordenó uno de los procuradores de Hostiliano.

El herrero cogió una vara que terminaba en H y la introdujo en el horno.

Helena se sentó, empujada, en una pequeña silla. No había tenido tiempo a vestirse y se volvió a cubrir con su túnica. Estaba confundida, no sabía qué estaba pasando. Mientras abandonaban la palestra, había buscado entre todos los hombres a Lü y no había dado con él.

Ayudándose de unas tenazas, el herrero cogió la vara cuya punta empezaba a enrojecerse, la observó y la volvió a colocar en el horno.

Helena suspiró y cerró los ojos. Ese hombre iba a marcar su pierna con el símbolo de Hostiliano, una señal que, desde ese momento, revelaría a quién pertenecía. Intentó concentrarse como Lü le había enseñado, los recuerdos junto al hombre de ojos rasgados en la nave de Claudio inundaron su mente, sus caricias, sus besos y sus palabras en griego, ese idioma que tanto le gustaba oír.

El herrero, con la calma sobre sus espaldas de quien ha hecho eso mismo en cientos de ocasiones, agarró la vara. Cuando tenía el color que consideraba oportuno, levantó y miró con atención la punta de esta, la H, que marcaría la pierna de la esclava para siempre. Helena observó la incandescente vara que se dirigía a ella, su mente ya empezaba a sentir el calor y sus manos comenzaron a sudar antes siquiera de que abrasara su piel.

El hombre acercó la vara, sin vacilar, hasta su pierna. Helena no podía evitar respirar con fuerza apretando todos los músculos de su cuerpo.

Cuando el hierro estuvo a punto de encontrarse con su muslo y Helena ya notaba el calor del hierro incandescente, un grito detuvo el brazo del herrero.

—¡Alto! —La voz de Hostiliano hizo que todos se giraran—. ¿Cuántos años tienes? —le preguntó el magister a Helena.

—Dieciocho —contestó la gladiadora con los dientes aún apretados.

—Levántate, te haremos pasar por una joven patricia que estudia aquí, competirás en los Ludi Iuvenales.

Helena se levantó extrañada, no sabía qué significaba eso.

—Entonces, ¿no iré a Roma? —preguntó.

Hostiliano empezaba a exasperarse.

—Sí, irás a Roma, pero no como gladiadora; lucharás en los Juegos de la Juventud contra otras patricias sin apenas experiencia. Si eres tan buena como dicen los sestercios que me has costado, no debería costarte vencer sin dificultad.

—Pero entonces, ¿no lucharé contra otras gladiadoras?

—Da igual a quién te enfrentes, ahora me perteneces, pero por tu bien espero que venzas a la chica de Tito Flavio, quiero darle una lección que no olvidará.

Hostiliano ya se daba la vuelta para dirigirse a otras funciones cuando se dirigió por última vez a Helena:

—Que venzas es lo único que me importa en este momento. Será mejor que recuerdes bien su nombre porque tu vida depende de ello. Te enfrentarás a Valeria Iucunda.

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