Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 8 de 60

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Gladiadoras

Capítulo VI

Nicomedia, 124 d. C.

Todos los asistentes a la caza se dirigieron a la villa. Algunos eufóricos, como el emperador tras haber dado muerte a un león. Otros pensativos, como Catilio Severo pensando en el modo de seguir agasajando al césar.

También había otros agotados, como los esclavos que cargaban con el enorme ciervo. Y uno de ellos caminaba aterrado: Antinoo.

Las manos del joven aún seguían temblando, aunque hacía ya un rato del incidente con aquella fiera salvaje. Intentó apretar los puños para controlar el temblor, pero resultó inútil.

Tenía la respiración agitada, el pecho subía y bajaba desbocado y el corazón le latía con fuerza. Los recuerdos del ataque se sucedían en su mente una y otra vez. No olvidaría jamás el rugido del animal ni su inconfundible olor.

En toda su vida podría borrar lo cerca que había estado de ser despedazado por aquella bestia. Si ahora podía caminar de una pieza con normalidad, era gracias al lanzamiento certero del emperador.

Notó todas las miradas en él. Las de los otros esclavos eran cómplices, cualquiera de ellos podría haber estado en su piel. Los pretorianos, supersticiosos, intentaban discernir algún auspicio, bueno o malo. La del dominus era de ira, aquello podía haber desbaratado sus planes.

Sin embargo, la mirada que más le inquietó era la que le lanzaba el emperador. Se había girado en repetidas ocasiones para buscarlo una y otra vez. Al principio Antinoo pensó que el miedo y la tensión le hacían ver cosas que probablemente solo estuvieran en su cabeza. Había percibido aquel tipo de miradas otras veces. Por parte de los invitados del dominus a la domus, de algunos esclavos de la villa y especialmente de su amada Helena.

Pero ese día pensaba que se equivocaba, simplemente no podía ser. Era imposible que el hombre con más poder de la tierra se girara hacia él con

esa intención. Le costaba creer que los ojos del emperador lo miraran con pasión y deseo.

Estaba muy enamorado de Helena. Sentía por ella lo que entendía que era amor. No podía imaginarse en unos brazos diferentes a los de su amada, y mucho menos en los de un hombre, aunque este fuera el mismismo emperador.

Detestaba la vida que llevaba, pero albergaba los mismos sueños que cualquier esclavo: vivir algún día libre. Y en ese ideal siempre estaba junto a Helena.

Se sorprendió al ver que, en ese mismo momento, el césar se giraba de nuevo hacia él con el mismo deseo y pasión en sus ojos. Sintió tanta repulsa que apartó la mirada ruborizado, por si el emperador percibía su rechazo.

No quería acudir a la cena, podía fingir indisposición o inventar cualquier otra excusa; sin embargo, sabía que contradecir al césar podía costarle la vida.

Adriano no dejaba de observarlo y Antinoo comenzó a angustiarse al pensar que esa noche tendría que aguantar las caricias del emperador y quién sabía si algo más.

Todos aquellos que habían acudido a la cacería entraron en la villa y se dirigieron a sus obligaciones. Los esclavos llevaron la recompensa de la caza a un patio contiguo a las cocinas para desollar al animal y prepararlo para la cena. Los pretorianos condujeron al emperador a una de las habitaciones junto a Catilio Severo. Antinoo encaminó sus pasos hasta una fuente. Tenía la boca seca. Quería refrescarse la cara y el pelo para tranquilizarse.

Llegó hasta el caño, que se encontraba desierto. Había estado a punto de perder la vida y, sin embargo, se sentía más abatido por las intenciones en los ojos del emperador.

El contacto con el agua fría en la nuca relajó el ritmo acelerado de su corazón. Juntó las manos y las llenó de agua echándosela por encima hasta empapar su rostro y su pelo. Miró al cielo suspirando.

—¿Cómo ha ido la caza? —oyó a su espalda.

Antinoo se giró sobresaltado. Helena se encontraba detrás de él.

Le pareció más irresistible que nunca. La agarró de la mano y la llevó detrás de un muro al lado de la fuente.

Besó apasionadamente sus labios, mientras con fuerza agarraba su melena apretándola con intensidad contra él. Quería apartar de su mente las miradas

de Adriano, que lo estaban atormentando. Antinoo sabía lo que significaba que alguien tan poderoso como el emperador se encaprichara de él.

—¡Estás distinto! —dijo Helena desembarazándose.

—Todo va bien —mintió Antinoo—, ansiaba el sabor de tus besos.

—Después de la cena, cuando todos se vayan a dormir, nos veremos aquí mismo. Guarda tus ansias para entonces, estoy deseando que llegue la noche para estar contigo. Pero ahora será mejor que nos vayamos, alguien puede vernos.

—Espera... —dijo Antinoo sujetando su brazo.

Helena se detuvo extrañada.

Antinoo iba a contarle la proposición que le había lanzado el césar. Sin embargo, por algún extraño motivo que no supo comprender, no lo hizo.

—Solo quería decirte que también deseo que llegue la noche —dijo sin confesarle a Helena que al atardecer cenaría en la mesa del emperador.

Los preparativos para el banquete eran extenuantes para Helvia. La anciana intentaba seguir el ritmo de los jóvenes, pero sus agotados huesos y sus manos temblorosas le impedían seguir la organización de la cena con normalidad.

Pelias, el encargado de la cocina, era el responsable de que cada plato estuviera preparado a punto y de toda la decoración del comedor. El jefe de cocina era un esclavo griego que Catilio había comprado en cuanto tuvo conocimiento de la visita del césar. Sabía de la predilección de este por todo lo helénico, aquel sería un detalle más en su afán de convencer al emperador de que le permitiera volver a Roma.

El griego vestía un exomis1 de color verde muy ceñido y prendido al hombro izquierdo, que dejaba el brazo y el pecho derecho al descubierto.

Además, al ser mucho más corto de lo habitual, acababa justo por debajo de las nalgas. Tenía el pelo rubio y muy rizado y lo adornaba con una tiara de oro disimulada entre sus cabellos para dar la sensación de que brillaban. Sus facciones estaban maquilladas de un blanco muy pálido para la ocasión.

Había mezclado varios perfumes y su olor, lejos de resultar placentero, dejaba un rastro desagradable. Sus órdenes eran una extensión de él, afeminadas y acompañadas de gestos muy marcados.

Observaba con detenimiento la limpieza y el esmero que se ponía en cada uno de los servicios que salían a la cena. Con más nerviosismo que nunca, ordenaba y gritaba a los esclavos con la tensión que le había infundido el

dominus. Si algo no salía como Catilio Severo esperaba, el responsable sería él y también el primero en quien descargaría la ira de su fusta.

—¡Esa bandeja! —dijo con su afeminada voz alargando la última vocal—.

¿Acaso no ves, estúpido esclavo, que está manchada por el borde?

Limpiadla, aunque sea con vuestras ropas.

El esclavo hizo ademán de limpiarla con la parte de abajo de la túnica, tal y como el jefe de cocina había ordenado.

—¡No! Insolente, pero ¿cómo te atreves?, ¿cómo vas a limpiarlo con tu túnica?

Pelias se llevó el dorso de la mano a la frente y suspiró de un modo muy melodramático, apretando con su dedo índice y pulgar el tabique nasal a la altura de los ojos.

—¿Acaso he de estar en todo? Yo, el mejor cocinero de toda Grecia, trabajando con incompetentes como vosotros. Salid inmediatamente, mis ojos sufren amargamente al veros todavía aquí. Quiero que todo esté bello y reluciente. ¿Es acaso mucho pedir?

Helvia seguía sin ser capaz de aguantar el rimo de la cocina. Ese día se sentía más torpe de lo habitual. No sabía muy bien dónde ponerse, qué hacer ni cuál era el sitio correcto para no molestar mucho y, a la vez, sentirse útil.

Pelias examinaba otro cuenco rebosante de comida que salía al comedor.

Una enorme fuente, cargada por cuatro esclavos, portaba el ciervo al que Quinto Marcio había dado caza. La cabeza del animal destacaba tumbada en la bandeja. De su enorme cornamenta colgaban dos cestas llenas de dátiles con pasta de almendras. El cuerpo lucía adornado de un enorme pavo real con las plumas desplegadas y relleno de carne con garum2 y verduras. La combinación era tan sumamente insólita como curiosa y los invitados no sabían discernir si aquello era horroroso o maravilloso. El griego colocó un último detalle antes de dejar salir la bandeja haciendo aspavientos con los brazos como si se tratara de su gran obra.

El resto de los platos y cuencos esperaban a ser servidos. Había toda clase de manjares: faisanes rellenos de frutos secos, lengua de flamenco, talones de camello y, por supuesto, frutas exóticas. La cena era épica.

Helvia observó sus manos, temblaban mucho más de lo habitual.

Helena se acercó preocupada a su abuela.

—No tienes buena cara, ¿estás bien?

Por primera vez en su larga vida, Helvia negó con la cabeza. Aquello pilló por sorpresa a Helena.

—Siento que las manos me tiemblan más que nunca.

—¿Qué te ocurre? —preguntó inquieta. Sabía que su abuela empeoraba cuando algo la preocupaba.

—No lo sé, pero presiento que algo no va bien.

—Quizá deberías pedir permiso para salir al patio. Te vendrá bien un poco de aire.

—¿Qué es esto? —dijo Pelias acercándose—. ¿Acaso creéis que podéis conversar en mi cocina tranquilamente, con todo el trabajo que hay que hacer?

—Perdón —se justificó Helena y rápidamente volvió a encargarse de las muchas tareas que esperaban ser atendidas.

Helvia se quedó mirando al estridente jefe de cocina.

—¿Qué miras, vieja arpía insolente? —dijo—. Vuelve al trabajo si es que eres capaz de hacer algo, o mandaré que te azoten.

Helvia dio varios pasos hacia él, con el rostro serio y los ojos clavados en el griego. Este miró a ambos lados, intimidado, y con las manos y los brazos protegió su cuerpo con miedo.

—Puedes tratarme como la anciana que soy, pues el desprecio es lo único que poseen los débiles, pero jamás vuelvas a hablarle así a mi nieta, o juro por todos los dioses que yo misma te arrastraré hasta la barca de Caronte.

Pelias, asustado y sin casi ser capaz de decir una sola palabra, dio varios pasos atrás respirando con nerviosismo.

—¡Ah!..., por Afrodita —gritó una vez recobrada la respiración—.

¡Apártate de mi vista!, ¡aléjate de mi cocina! —concluyó.

—Me alejaré porque así lo deseo, pues yo estaba aquí mucho antes de que tú incluso nacieras. Me es indiferente lo que hagas, pero no ensucies el corazón de estos pobres esclavos con tu odio.

El cocinero se giró completamente indignado. Helvia salió al patio a tomar el aire. No soportaba a los esclavos que abusaban de los otros siervos, y mucho menos cuando se trataba de su nieta.

La anciana observó las palmas arrugadas de sus decrépitas manos. Se sentía torpe y vieja, el tiempo había pasado inclemente por ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas; su final estaba cerca, lo notaba, se sentía cansada.

Tenía miedo por su niña, y pena por dejarla sola. Limpió su llanto con el puño y miró hacia el horizonte, hasta donde alcanzaba la vista. El sol

empezaba a ponerse, como lo había visto hacer miles de veces y como seguiría ocurriendo cuando ella se marchara.

Cerró los ojos. Respiró hondo.

Juntó sus dos manos convulsas en el pecho.

Dejó que el aire gélido se envolviera en sus cabellos como si de una danza se tratara. Su vida pasó con nitidez por su mente y, con la única compañía que le otorgaba el silencio, sintió una calma que la embargó. Volvió a sonreír ante los buenos recuerdos, al evocar todo lo que había amado a sus seres queridos, al sentir con pasión a los suyos. No pensó en todo lo malo que le había sucedido, solo quería disfrutar de esas remembranzas y de ese momento en el que no percibía nada más que una enorme paz interior. De nuevo las lágrimas afloraron, pero esta vez no eran de tristeza.

Abrió los ojos y miró al cielo.

—Pronto estaré con vosotros, pero aún debéis esperar, debo hacerlo por ella, no está preparada para aguantar sin mí en un mundo gobernado únicamente por la voluntad de los hombres —susurró.

Helvia regresó a la cocina con fuerzas renovadas. No había nadie, todos debían de haber salido cargando platos y bandejas. Un cuenco lleno de lenguas de flamenco con garum se encontraba aún humeante. La anciana entendió que alguien lo había olvidado y decidió llevarlo al comedor.

Catilio Severo se había gastado una auténtica fortuna en agasajar al césar, lo tenía todo pensado hasta el más ínfimo detalle. Los músicos tocaban las piezas que les había ordenado ensayar durante semanas por ser las que estremecían al emperador. El comedor estaba decorado con grecas griegas y otros elementos que el procónsul, por la amistad del pasado, recordaba hacían las delicias del césar. Los incensarios desprendían aromas traídos de la misma Atenas. Había mandado hacer copias de sus libros favoritos: Catón el Viejo, Celio Antípater o Ennio, que había dispuesto en su dormitorio. Quería que el encargado de su futuro disfrutara de una estancia maravillosa. No permitiría que nada saliera mal esa noche ni en los sucesivos días que permaneciera en la villa.

El procónsul observaba nervioso a Adriano y a sus numerosos acompañantes intentando percibir en sus gestos si todo estaba siendo de su agrado. Quería que la velada no solo saliera bien, sino que fuera perfecta.

Se encontraba muy pendiente de que cada uno de los esclavos realizara sus tareas del modo correcto.

Antinoo estaba tumbado detrás del emperador. Vestía una túnica más lustrosa de lo acostumbrado. Se encontraba muy incómodo y, por ese

motivo, observaba constantemente a su alrededor; tenía miedo de encontrarse con la mirada de Helena. Debería haberle dicho que el césar deseaba que esa noche lo acompañara en la cena. En su nerviosismo, frotaba constantemente las palmas de sus manos contra sus muslos.

Adriano notó la tensión en su invitado.

Con disimulo, acercó su mano a la del esclavo para detener su inquietante movimiento y, con ternura, empezó a rozar su suave piel.

Antinoo se sobresaltó.

—¿Acaso me temes? —dijo Adriano en voz baja—. ¿Me crees más peligroso que el león que te atacó esta mañana?

El joven lo miró devolviéndole una sonrisa tímida. No quería apartar su mano y enfurecerlo. Decidió dejarse hacer, no tenía otro remedio, Helena lo entendería. Esa noche, en el lugar donde tantas veces se habían amado, se lo explicaría. Las caricias empezaron a mostrar más intención y Adriano tapó con la toga su mano y el destino al que dirigía su extremidad para que nadie pudiera verlo. Seguidamente se dirigió a los allí presentes:

—Una cena magnífica, Lucio.

—Gracias, mi césar —contestó satisfecho—. Todo es poco para nuestro ilustre príncipe.

—¿Cuándo fue la última vez que estuve aquí, en Nicomedia? —preguntó el emperador.

—Hace tres años —contestó el anfitrión.

La memoria del césar era conocida y admirada por todos aquellos que lo conocían, era imposible que hubiese olvidado ese detalle.

—Cierto, justo antes de empezar la muralla que estoy levantando en Britania para separar el Imperio de esos ingobernables bárbaros del norte.

Deberías ir a verla cuando esté acabada.

—Nada deseo más, mi césar.

—No me cabe la menor duda, y quizá algún día puedas hacerlo. Estos tres años han debido de ser un suplicio para ti.

—¿Qué puede hacerte pensar eso, mi querido emperador? Soy feliz sirviendo a mi césar y trato de cumplir diligentemente en el destino que sabiamente me otorgan —comentó el procónsul haciéndose el sorprendido.

La conversación empezaba a dirigirse hacia donde él deseaba.

—Te conozco de hace años, Lucio. Llevas intentando halagarme desde antes incluso de que llegara a la villa.

—Mi césar..., no era mi intención —dijo avergonzado.

Adriano hizo un gesto con la mano para indicarle que no siguiera hablando.

Todos los asesores, el prefecto Quinto y los invitados escuchaban atentos las palabras del emperador. La música se detuvo para que pudieran oírse en todo el comedor.

—Desde que fui nombrado emperador, tuve un objetivo claro: las fronteras.

El Imperio, desde mi antecesor Trajano, es mucho más extenso de lo que ha sido desde que Roma gobierna el mundo, pero las fronteras cada vez son más difíciles de defender. Supe, desde el primer día, la enorme responsabilidad que suponía cuidar de los habitantes que se encuentran dentro de los límites de nuestro vasto Imperio. Por ese motivo, decidí no seguir ampliando nuestra cultura por los confines de la tierra, sino mejorar todo lo que tenemos y nos une.

Adriano miró a ambos lados, todos se encontraban tumbados mientras daban cuenta de la comida y la bebida, muy pendientes de sus palabras. Por debajo de las telas seguía acariciando levemente la desnuda pierna de Antinoo, profundamente incómodo ante las atenciones que recibía del hombre que gobernaba el mundo.

En ese preciso instante, Helena, junto con el resto de los esclavos que se ocupaban del servicio en la cocina, entraron cargando más fuentes con suculentos platos. Cuando se dirigía a la mesa, por detrás de donde se hallaban Adriano y Antinoo, la esclava levantó la mirada y pudo ver a su amado tumbado muy cerca del césar. Su rostro se tornó pálido. La frente le empezó a sudar y las manos a temblar. No entendía qué estaba ocurriendo y, menos aún, por qué Antinoo no le había dicho que ocuparía un lugar tan destacado como el de ser el destino de las caricias del emperador. Desde su posición pudo imaginar la mano del césar resbalando por el muslo del esclavo. Antinoo sintió la presencia de su amada y sus miradas se cruzaron.

Helena ahogó un grito y comenzó a retroceder lentamente.

Antinoo contuvo la respiración negando levemente con la cabeza y sin dejar de mirar a Helena, tratando de hablarle sin palabras.

Para el césar no pasó desapercibida la actitud de su nuevo capricho. Con disimulo, dirigió la mirada hacia el lugar donde los ojos de su efebo estaban clavados. Hizo una pausa llevándose la copa de vino a los labios mientras pensaba con rapidez para inmediatamente continuar hablando:

—Son gobernadores, senadores y cónsules competentes como tú, Lucio, con tu buena capacidad y un discernimiento como el tuyo, los que llevan nuestra cultura y nuestras magníficas costumbres por todos los rincones, no solo en nombre del emperador, sino en nombre de Roma. Tu trabajo en esta

provincia ha sido encomiable, por ese motivo y, a pesar del desgraciado terremoto que ha devastado la provincia, ya no te necesito aquí.

Una liviana sonrisa de satisfacción asomó a los labios de Catilio Severo.

Por fin sus deseos se cumplían. Por fin volvía a Roma.

Helvia entró en el comedor portando la bandeja cuando, tumbado junto al emperador, vio al joven que tenía embelesado el corazón de Helena. Sus pasos se detuvieron. Sin dudarlo un instante, la anciana se dirigió hacia allí.

En esta ocasión no solo sus manos, todo su cuerpo temblaba. Toda la calma que sentía un momento antes desapareció como un relámpago para convertirse en una enorme ira. Cada vez temblaba con más virulencia, con tanta que no pudo agarrar la bandeja de garum por más tiempo. La bandeja y todo su contenido resbalaron de sus manos y cayeron con un estrepitoso ruido que retumbó por toda la sala.

Catilio Severo se levantó enojado con las manos en la cabeza, pensando en el mal augurio que aquello podía traer.

El emperador se incorporó asustado e impresionado.

El prefecto saltó para proteger a Adriano.

—¡Abuela! —gritó Helena.

Catilio Severo, Quinto Marcio y varios invitados se acercaron a proteger al emperador.

—¿Se encuentra bien, mi césar? —preguntó el prefecto.

—¡Estoy bien! —gritó Adriano.

Mientras la confusión y los nervios se calmaban, pensó con premura, analizando los hechos. Era rápido haciendo interpretaciones. Sin duda, el joven de quien se había encaprichado sentía algo por aquella esclava: sus ojos y su cambio de actitud lo habían delatado. Y la anciana era su abuela, según había oído de la propia boca de la esclava. Podía ordenar matarlas a las dos, como en el pasado había ordenado con otros esclavos cuando simplemente algo lo había contrariado, pero aquello era muy fácil. Él disfrutaba más viendo a las mujeres sufrir. Le encantaba la crueldad, y más si se trataba del sexo contrario.

—Maldita vieja estúpida —gritó Catilio Severo levantando su fusta para azotar a Helvia.

—¡Alto! —ordenó el emperador—. Tan solo ha sido un accidente, ¿verdad?

—dijo mirando a la anciana, que sorprendentemente había dejado de temblar.

Helvia no hizo ningún gesto ni dijo, por extraño que pareciera en ella, ninguna palabra.

Adriano miró a Helena mientras se acercaba a Antinoo, que respiraba con nerviosismo.

—¿No vais a preguntarle a este joven cómo se encuentra? El pobre no está teniendo un buen día. Casi pierde la vida esta mañana si no le hubiese salvado de las garras de un león a quien di muerte. Y ahora, que puede disfrutar de un momento de paz, lo echamos a perder.

El joven esclavo estaba avergonzado, con los pómulos enrojecidos, incapaz de levantar la mirada del suelo.

—Será mejor que continuemos con la velada. Que este inoportuno incidente no perturbe la armonía que brillaba entre estas paredes.

El emperador agarró la mano de Antinoo y lo tumbó de nuevo junto a él.

—Márchate inmediatamente de aquí. Luego me ocuparé de ti —le ordenó Catilio Severo a Helvia escupiendo con ira sus palabras.

—No hay motivo para hacer tal cosa —contestó el emperador—. No hagamos más sangre de este desacertado e intempestivo accidente. Que se quede ahí de pie. Poned en sus manos una bandeja llena de comida para que aprenda a controlarse y, por el bien de todos, que no mueva un solo músculo mientras los demás seguimos disfrutando de la cena. Si por algún motivo el contenido de la bandeja se derrama, mandaré que le anuden sus manos a ella y permanecerá en esa postura hasta que mi presencia en esta tierra ya no sea necesaria.

Todos se tumbaron en sus divanes mientras dos esclavos cumplieron los deseos del césar y, sin ser capaces de sostenerle la mirada a la esclava, ofrecieron una bandeja con comida a Helvia que esta sujetó con determinación.

Adriano comenzó a acariciar, sin ningún tipo de pudor, el pelo del esclavo, su rostro y su espalda, ya sin disimulo y sin ocultarse como hacía un momento antes. El emperador cogió la mano del muchacho y la colocó sobre su muslo para que este también lo acariciara.

Helena respiró hondo. Miró a su abuela con preocupación, y esta le hizo un gesto de que se encontraba bien a pesar de que no era capaz de aguantar en aquella postura durante mucho tiempo, y llevó su bandeja a la mesa, sin comprender qué estaba ocurriendo. Su cabeza solo podía pensar en esa mañana, cuando estaba en la fuente y Antinoo la besaba apasionadamente.

No entendía nada. Aquello le dolía y sobre todo le quemaba el pecho.

Seguramente el emperador lo habría amenazado y lo estaría obligando a recibir sus caricias, pero por qué no se lo había dicho. Deseaba hablar con Antinoo, necesitaba oírlo de sus propios labios.

Helvia miraba a su nieta y leía en sus ojos el sufrimiento que estaba sintiendo por dentro. Aquello le hacía padecer más incluso que el dolor de brazos y piernas que le provocaba aquella incómoda postura.

Catilio Severo, con un rictus de tensión enfurecido, trató de disimular la ira que recorría su cuerpo. Tenía miedo de que esa maldita vieja, de quien se tenía que haber deshecho hacía tiempo, hubiera desbaratado sus planes.

Necesitaba reconducir la conversación. Quería escuchar, de boca de Adriano, que dejaría esa tierra para siempre.

—¿De qué estábamos hablando? —preguntó el emperador.

—Mi césar nos hablaba del buen trabajo que he realizado en la provincia —

contestó el procónsul.

—¡Ah! Eso es. Decía que, a pesar del terremoto, mis ingenieros no tendrán que hacer muchos arreglos, y es posible que, aparte de algún templo que trataré con mis arquitectos, no necesitaré hacer un gran desembolso en la provincia.

—Y por ese motivo el césar comentaba que mi futuro estaba lejos de aquí

—dijo ya un ansioso Catilio Severo.

—Así es. Has hecho un trabajo espléndido. Creo que tus días en esta provincia han terminado.

Catilio Severo levantó su copa lleno de orgullo.

—Por mi vuelta a Roma —dijo.

—¿A Roma? —preguntó el emperador—. No es en Roma donde te necesito. Irás a África, a Cartago, allí es donde quiero que vayas.

Catilio Severo se quedó pálido.

—¿A... África, mi césar? —preguntó compungido.

—Quiero que desempeñes el mismo trabajo que has realizado aquí, te daré todos los fondos que necesites. Y ahora sigamos bebiendo —concluyó Adriano antes de dirigirse a Antinoo, susurrándole algo al oído, mientras la música y la exaltada conversación volvía a resurgir con fuerza.

El procónsul no dijo una sola palabra más. Su rostro se llenó de desolación.

Se llevó la mano al mentón. La tensión y los nervios hicieron que esta tiritara. Aquel temblor le recordó a Helvia. La miró con odio. Ella seguramente era la culpable, probablemente había enfurecido a los dioses y por ese motivo el emperador lo mandaba al otro confín del mundo.

La anciana lo observaba aguantando estoicamente su castigo con una sonrisa. Catilio Severo levantó la barbilla con aire de orgullo.

Pagaría por esto.

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