Gladiadoras
Capítulo XXVI
Halicarnaso, 126 d. C.
Luciana y Helena se encontraban una enfrente de la otra.
El árbitro acababa de dar comienzo al combate.
Luciana no lo dudó y levantó su brazo atacando con fuerza y buscando la cabeza de su rival, que consiguió detener la contundencia de la embestida con su escudo. La dureza del ataque fue tal que Helena casi se golpea con su propia defensa al intentar contenerlo. Sin dejarla apenas respirar de nuevo, Luciana volvió a atacar con ímpetu con otra combinación de movimientos que su oponente pudo rechazar.
La esclava que tanto odiaba a Helena se echó hacia atrás para coger carrerilla y saltó buscando un hueco entre el escudo y el cuerpo de su rival, que pudo levantar su protección para impedir que el golpe encontrara su destino.
Helena dio varios pasos hacia atrás intentando coger aire. A pesar de que Luciana había comenzado con mucha furia, se sorprendió a sí misma al comprobar que era capaz de defenderse, aunque fuera con dificultad, de los golpes que su rival había ejecutado. Aquello le insufló unos ánimos que hasta ese momento le habían faltado.
Buscó un ataque con la espada, no con la contundencia de su oponente pero sí con intención. Luciana se defendió bien, pero al caminar de espaldas se resbaló y cayó al suelo. Helena se acercó sorprendida con la intención de golpearla, pero el doctore interpuso su vara para que la luchadora no pudiera aprovecharse de la ventaja. Luciana, aún tumbada en la arena, no perdió la oportunidad y, cuando Helena se daba la vuelta, con un ágil movimiento de los pies, la zancadilleó para que cayera al suelo. Se levantó con mucha rapidez y lanzó una patada en la cara de su oponente, que no vio venir el ataque. Un borbotón de sangre salió despedido de la boca de Helena. El doctore, en esta ocasión, no detuvo a Luciana, quien volvió a dar otra patada a su rival en el rostro.
Lü, desde su posición, agarró su espada con fuerza. Imaginó que el doctore tenía algún interés en la rival de Helena. Más tarde se lo haría pagar.
Cuando Luciana fue a dar una tercera patada, el improvisado público empezó a abuchear y el doctore no tuvo más remedio que interponer la vara en el medio para detener la furia de la esclava.
Flavia asintió con la cabeza. Estaba sorprendida y sobre todo satisfecha de lo que veía. No imaginaba, antes de que empezara el duelo, que la esclava que ahora yacía en el suelo no solo pudiera presentar batalla, sino siquiera parar un golpe.
Helena respiró hondo, la boca le sabía a sangre. Escupió. Una mezcla de la saliva y el líquido rojo tiñó una pequeña parte de arena. Cerró los ojos. Los gritos de los que allí se encontraban se fundieron en un silencio sepulcral.
En su cabeza, el miedo se desvaneció y en ese momento vio la imagen nítida de su abuela dirigiéndose a ella. Intentó agarrarla, pero no podía tocarla, todo era parte de su imaginación, sin embargo pudo entender perfectamente las palabras de la anciana Helvia.
El doctore se dirigió a ella:
—Vamos, no tenemos todo el día.
Helena, por primera vez, deseó enfrentarse a su rival. Tenía el ánimo renovado. Se levantó movida por una fuerza invisible y volvió a colocarse detrás del escudo, esta vez sin rastro de los nervios que antes le impedían ver con claridad que era capaz de vencer. Se preparó para combatir; su mano, antes temblorosa, en esta ocasión agarraba con fuerza el gladius de madera.
Luciana ya estaba preparada con una leve sonrisa.
Igual que al comienzo del duelo, la larga vara se interponía delante de ellas y de nuevo volvía a ser levantada al cielo de Halicarnaso, pero esta vez algo había cambiado. Helena ya no tenía miedo.
Luciana buscó el cuerpo de su rival, pero su oponente no se movió. Cuando levantó el gladius para golpearla, Helena se agachó, protegió su cabeza con el escudo y buscó el costado de su atacante, que no esperaba ese ataque y solo pudo notar cómo el arma la golpeaba con fuerza y le partía varias costillas.
El grito de Luciana se oyó por todo el ludus.
Helena no se detuvo, se levantó con mucha agilidad y con la parte cóncava y baja del escudo golpeó horizontalmente a su contrincante. El crujido de la nariz de Luciana partiéndose en dos hizo que Flavia girara la cabeza.
El doctore puso la vara en el medio para evitar que Helena siguiera cebándose con su rival. Pero la esclava estaba movida por una fuerza invisible y apartó la vara para seguir descargando golpes. El árbitro tuvo que tirar el bastón y agarrar a Helena por la espalda para contenerla. Eso hizo que perdiera sus armas.
Luciana, que intentaba contener la sangre de la nariz, al ver a su rival sujeta y sin defensa alguna, agarró con fuerza su gladius y se dirigió a ella con intención de golpearla. Helena se zafó del agarre del doctore y esperó el ataque, lo esquivó y con el puño golpeó el estómago de su enemiga. A continuación le sujetó la cabeza y descargó la rodilla en el rostro de la mujer que le había hecho la vida imposible desde que llegó.
Luciana cayó en la arena del ludus de espaldas y completamente inconsciente.
El silencio en la improvisada arena se cortaba con un puñal. Los gladiadores y los esclavos que observaban el duelo empezaron tímidamente a aplaudir hasta irrumpir en vítores para la ganadora.
Flavia y Lü se acercaron.
El hombre de ojos rasgados se colocó a escasos pasos del doctore y lo miró fijamente con el rostro cargado de ira. El árbitro del duelo tragó saliva y apartó la mirada.
La lanista se dirigió a Helena:
—Por Baco y por todos los dioses del averno, ¿qué es lo que acaban de ver mis ojos? Hace un momento pensé que un bebé amamantando podría vencerte y le has dado una paliza a una de mis mejores luchadoras. Que alguien llame al médico y cure a Luciana.
Flavia se dirigió a Lü, que seguía mirando al doctore.
—Llévala a la terma y que se limpie. Vigila que ningún gladiador entre.
Quiero que se relaje y que pueda disfrutar de un momento de intimidad para ella. Cuando haya terminado, que vuelva a mi estancia.
Helena empezó a volver a la realidad. Aún estaba aturdida por lo que acababa de pasar. Siguió a Lü sin pensarlo ni ser consciente. Tan solo la imagen de su abuela seguía en su cabeza junto a las palabras que esta le había dirigido:
«Eres hija de una amazona, dale una buena paliza».
Llegaron a las termas. Ninguno de los dos había pronunciado una sola palabra. Helena observó su mano derecha, que volvía a temblar. La sujetó con la izquierda para intentar controlarla. Notó un fuerte dolor en el antebrazo que, imaginó, sería fruto de los nervios.
Lü seguía sin hacer ningún comentario, simplemente asintió con la cabeza e hizo un movimiento para que la esclava entrara sin apenas cambiar la expresión de su rostro. Helena entró y por primera vez desde que la vendieron a ese lugar pudo disfrutar de un momento de placer.
Al acabar, subió acompañada de Lü hasta la sala de la dueña del ludus.
La lanista se encontraba comiendo y divirtiéndose con dos efebos vestidos de dioscuros. Cuando vio aparecer a la esclava junto a su hombre de confianza, se sirvió una copa de vino y ordenó a los jóvenes que se quedaran en los divanes.
Flavia le ofreció una copa a Helena.
—¿Quieres? —preguntó.
—No, gracias mi domina —contestó Helena.
—Yo lo bebo a todas horas. Por Baco, que si no lo hiciera, sería incapaz de aguantar este antro. ¿Sabes lo difícil que es dirigir este lugar? Todos los hombres te miran pensando que son superiores a ti, lo noto en sus ojos.
Cada vez que viene un editor, algún rico comerciante o un simple tratante a hacer negocios, tengo que aguantar sus propuestas obscenas. Les excita que una mujer domine a tantos hombres. Todos quieren poseerme solo porque tengo poder. Así de simples son.
Helena miraba a aquella mujer sin saber si debía añadir algo.
—Te he subestimado, pensé que Luciana te destrozaría en un suspiro.
Dejarás de limpiar y de hacer las tareas que tenías encomendadas hasta ahora. Te entrenarás como gladiadora. Lü se encargará de tu formación.
Dentro de un mes lucharás contra Alda en el anfiteatro de Halicarnaso. Pero no creas ni por un instante que tu vida mejorará. Los hombres te desearán, muchos de ellos me propondrán que deje que se acuesten contigo. Sé que me ofrecerán grandes sumas de dinero, todos querrán pasar una noche con una mujer que lucha en la arena como si fuera un hombre y yo cobraré un alto precio por tus servicios. Si, además, mientras te fornican estás vestida de gladiadora, la suma será mucho mayor. Así son los hombres y así será el nuevo lugar que ocuparás.
Flavia volvió a servirse otra copa de vino y rodeó a Helena.
—Voy a darte la oportunidad que yo no tuve. Puedes decidir continuar como una simple esclava y acostarte con los gladiadores como vienes haciendo, seguir limpiando y haciendo lo que sea que te ordena Anacrites.
O puedes luchar en la arena. Me temo que seguirás acostándote con todos los hombres que yo elija, pero el aliento no les olerá a gachas ni el cuerpo estará empapado de sudor, sino que tendrán sus barbas llenas de marisco y
el aliento sabrá a garum y a vino de Falerno. Además, con el tiempo, cuando ya no me seas útil, podrás ganarte tu libertad.
Helena miró a Lü sin saber si debía contestar.
—Por Baco, no se lo he preguntado a él. Te lo he preguntado a ti. ¿Qué clase de vida quieres?
—Quiero ser gladiadora, domina.
—Buena elección, aunque no tenías otra y ahora puedes marcharte, tengo cosas que hacer. Vosotros —dijo llamando a los efebos—, continuad vuestro trabajo.
Helena suspiró y se dio la vuelta para abandonar el lugar junto a Lü.
—Espera —dijo la lanista mientras los dos jóvenes le besaban el cuello cada uno por un lado y le acariciaban los pechos—. Si vas a convertirte en gladiadora, deberíamos escoger un nombre para ti. Aunque aún no hayas luchado ni una sola vez, te dejaré que puedas elegirlo. ¿Has pensado cómo te gustaría que te llamaran?
Helena pensó en su madre, una mujer a quien no recordaba, pero sí le vinieron a la memoria las palabras con las que su abuela siempre la describía.
—Sí, domina —dijo sin un ápice de duda—. Sé cómo deseo llamarme.
Flavia la miró sorprendida, no esperaba una respuesta tan firme.
—Y bien, ¿cuál es el nombre con el que harás que los hombres te deseen?
—El nombre con el que quiero luchar es Amazona.
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