Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 16 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XIV

Tibur, 125 d. C.

Vibia Sabina se hallaba tumbada en la cama. Por deseo propio, durante días, había estado encerrada en su cámara con la única compañía de sus lágrimas y sus lamentos.

Sulpicia, su esclava de confianza, se sentó junto a ella agarrándole la mano.

—Cuéntame, domina, ¿cuál es la causa que te tiene tan afligida? Dime cómo puedo ayudarte.

La emperatriz se giró con el rostro pálido y los ojos hinchados por el llanto.

Se incorporó y le rogó a su amiga que le acercara un vaso con agua.

—Mi querida Sulpicia —dijo tratando de recomponerse—. Una gran pena me abraza sin compasión.

—Demos un paseo, vayamos hasta el Canopo, te vendrá bien el frescor de sus jardines y la tranquilidad del lago.

La emperatriz asintió.

Salieron al pasillo. Los esclavos que se cruzaban en su camino la observaron sorprendidos, tras tantos días enclaustrada.

—El motivo de tanto dolor —comenzó la emperatriz con la voz rota— es lo que oí hace unos días de labios de Cneo Hosidio Geta, el gran amigo de Adriano. El senador mantenía una conversación con otro de sus colegas sin ser consciente de que yo, escondida, escuchaba cada una de sus palabras que, como puñales, se clavaban en lo más profundo de mi ser. Hosidio Geta narraba, con displicencia, que mi esposo, en su visita a la provincia de Bitinia, había conocido a un joven efebo de nombre Antinoo. Y que se había enamorado perdidamente de él como si fuera un bisoño que por primera vez conoce el amor.

Vibia hizo una pausa tratando de controlar las lágrimas. Nadie salvo su esclava la vería llorar.

—Otros hombres han sentido la tentación del cuerpo en otras amantes, en otras concubinas. Pero si solo se tratara de eso, del engaño con otra mujer,

podría soportarlo con valentía. Como la historia que tantas veces hemos comentado, aquella del emperador Tito y su gran pasión por Berenice, la princesa judía de la que se enamoró y a quien no pudo desposar. Pero son los brazos de un hombre los que ha encontrado como consuelo y eso hace, mi querida Sulpicia, que las cadenas invisibles del desprecio abracen mi cintura y suban enredándose por mis caderas, agarrándose a mi pecho, envenenando mis pensamientos, y que la vergüenza recorra mi cuerpo y me haga sentir sucia y despreciable.

Vibia continuó hasta llegar a un peristilo.

Su corazón se calmó al respirar el olor de los suntuosos jardines y, gracias al pausado sonido de las fuentes, pudo sosegar su espíritu acerbo.

En una esquina un grupo de jóvenes que parecían esclavos reía ruidosamente. Se dirigieron hacia ellos para pedirles que se marcharan.

Querían estar tranquilas, no querían que nada ni nadie las molestara.

—¿Quiénes sois y por qué perturbáis con vuestras voces la paz de la emperatriz? —preguntó Sulpicia con un tono irritado.

El grupo de chicos se puso en pie sobresaltado al ver a la esposa del césar.

—Lo siento, domina —dijo uno agachando la cabeza—. El emperador nos ha dado permiso para estar aquí. No queríamos incomodar. Nos marcharemos enseguida.

—¿Quiénes sois? —preguntó Vibia Sabina.

Todos se miraron confundidos.

—Somos... un grupo de actores —titubeó uno de ellos—. El emperador desea que interpretemos para él el rapto de Ganímedes y estábamos haciendo una pausa, enseguida nos marchamos.

—¿Cuál era el motivo de vuestra conversación? —preguntó Vibia.

—Hablábamos del amor entre Catulo y Lesbia, mi emperatriz —contestó el muchacho.

La mujer del césar los miró sorprendida.

—¿Y cuál era el fruto del debate?

—Comentábamos la historia de amor de Catulo y Lesbia y los poemas que el poeta dedicó a su amada y de cómo la amargura lo acompañó hasta el fin de sus días al no verse correspondido. Varios de nosotros creemos que Lesbia nunca estuvo enamorada de Catulo, que únicamente utilizaba sus cartas para sentirse viva, para que la llama del amor prendiera en su corazón.

—Lesbia lloró más la muerte de su adorado gorrión que el desamor de Catulo —dijo otro joven.

—No dudó en desposarse con otro de sus amantes cuando murió su primer marido; de haber amado a Catulo, se habría desposado con él —comentó el primero.

Vibia conocía de sobra la historia de los dos amantes, y recordarla hizo más fría su pena. Le iba a hacer un gesto a Sulpicia para continuar con el paseo cuando se fijó en un tímido joven oculto entre el resto que parecía mirar a otro lado y que no participaba en la conversación.

—¿Qué opinas tú? —le preguntó la emperatriz.

El joven se giró con el rostro sonrojado por la vergüenza.

—Yo..., mi domina. Supongo... que no se puede amar a dos personas a la vez.

Vibia observó las formas del joven, por alguna extraña razón su belleza la cautivó y no pudo despegar su mirada de sus carnosos labios. La emperatriz sintió cómo el deseo se apoderaba de ella al contemplar a ese efebo.

—Será mejor que nos vayamos, domina —dijo otro de ellos—, no era nuestra intención molestar.

El joven que había impresionado a la emperatriz bajó la mirada.

—Id vosotros —ordenó la emperatriz—. No hagáis esperar al emperador.

Vibia se dirigió al muchacho:

—¿Te apetece hacernos compañía?

El resto de los jóvenes se miraban nerviosos.

—Mi domina, el emperador se enojará si el encargado de hacer el papel de Ganímedes no regresa con nosotros —dijo uno de ellos inquieto, tratando de que la emperatriz desistiera de esa idea.

Vibia asintió y bajó la cabeza mientras se agarraba al brazo de su esclava para marcharse.

Uno de los jóvenes se dirigió al muchacho que había impresionado a la esposa del césar:

—Vamos, será mejor que no hagamos esperar al emperador, Antinoo —

comentó y se arrepintió al punto de llamarlo por su nombre.

La emperatriz detuvo sus pasos como si las fuerzas de la naturaleza le impidieran seguir caminando.

Entendió por qué aquel joven era el desvelo de los deseos de Adriano.

Sin pensarlo dos veces, levantó la vista y volvió a encontrarse con los ojos verdes de Antinoo. Notó cómo la mirada del amante de su marido se tornó en miedo cuando las pupilas de la emperatriz penetraron en las suyas.

—¡Marchaos! —ordenó Sulpicia a los jóvenes—. Llevaos a vuestro amigo deprisa.

Los jóvenes obedecieron apresurados.

Vibia Sabina se serenó y se giró con dignidad para abandonar los jardines y desandar los pasillos de la residencia. No intercambió ni una sola palabra con Sulpicia ni se detuvo hasta llegar a su cámara.

Al entrar se derrumbó en su lecho.

Su esclava trató de serenarla encontrando como única respuesta a sus preguntas el mar de lágrimas en el que Vibia se hallaba.

La emperatriz le pidió que preparara un baño y ordenó a sus esclavas que lavaran y frotaran su cuerpo con los mejores ungüentos varias veces durante el resto de la jornada. Deseaba arrancar de su piel cualquier resto del emperador. Mandó que frotaran con vigor para borrar por completo el olor de su esposo, que negara todo recuerdo y que su presencia pasara al abandono del olvido.

Evocó el rostro de Antinoo. Su belleza era insólita. Se imaginó al emperador y a su amante en el momento previo al primer beso. ¿El emperador lo habría obligado?, se preguntó, ¿o Antinoo bajó los ojos deseando que sus labios se encontraran y el alma se preparara para un duelo en el que sobrasen las palabras?

Recordó la conversación en el jardín. Al igual que el poeta Catulo, no tenía a quien amar. El destino de sus caricias siempre se perdía entre el agua de su bañera, no en la espalda de la persona amada, y los besos se amontonaban en el fondo de su alma. ¿Por qué el emperador disfrutaba de una pasión que tanto ansiaba para ella?

Vibia apretó sus puños hasta que se clavó las uñas y le habló a su esclava con la mirada perdida.

—Prométeme que hallarás el modo.

—¡Claro!... pero ¿de qué mi domina?

—Necesita mi ayuda, he de prevenirlo.

—¿A quién, mi domina?

—A él, tengo que ayudar a Antinoo.

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