Gladiadoras

Juan Tranche · Capítulo 33 de 60

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Gladiadoras

Capítulo XXXI

Reate, 127 d. C.

Tito Flavio observaba desde el balcón de su tablinum el entrenamiento que se realizaba en la palestra. Valeria y su hermana Domicia se ejercitaban sin descanso separadas de los hombres, que eran adiestrados en el lado contrario.

Le preocupaban las hijas de su amigo Valerio Iucundo, a quien tanto echaba de menos. Una de las sospechas que tenía el abogado es que los asesinos de las prostitutas pudieran ser los alumnos de su collegium. A Flavio le angustiaba que eso fuera cierto y que aquellos desalmados que acabaron con la vida de su amigo convivieran bajo el mismo techo que las chicas y las hubiera metido en la boca del lobo.

Flavio también tenía dos hijas, aproximadamente de la misma edad que Valeria y Domicia, quince y dieciséis años. No imaginaba a sus hijas entrenando allí, ni aceptaría que se comportaran de un modo distinto al que les correspondía. Pronto las dos se casarían y pasarían de su cuidado al de los hombres con los que había decidido unir sus lazos.

En los meses que llevaban allí, no las había quitado el ojo del encima y, cuando sus negocios lo obligaban a abandonar el collegium para ir a Roma, se encargaba de ordenar a sus hombres de confianza que no dejaran de vigilar a las muchachas.

Flavio se dio la vuelta y se sentó en su silla de ébano. Se sirvió una copa de su mejor vino y se encargó de poner al día sus tareas y de mirar la correspondencia. Pensó en la muerte de su amigo, no era capaz de arrancar aquella última y fatídica noche de su cabeza ni la discusión que mantuvieron. Prometió que encontraría a los culpables. Los primeros días, tras aparecer el cuerpo de Valerio desfigurado y con claros síntomas de haber sido torturado, se creó un gran revuelo en Roma. Los asesinos habían marcado su cara como habían hecho con las prostitutas. Eso, a su entender, fue un gran error. Roma exigía respuestas y sobre todo quería a los

culpables, poco o nada preocupaban las prostitutas que habían muerto y que seguían apareciendo abandonadas, torturadas y con el rostro desfigurado. A nadie le importaba que aquellas mujeres, del estrato más bajo de la sociedad, fueran descubiertas sin vida, sobre el fango de las calles y la inmundicia de sus vías. Pero sí importaba que un importante patricio y destacado miembro de su sociedad hubiera muerto del mismo modo que aquellas infames. Habían matado a un abogado, a un hombre de cuna y nobleza; eso era imperdonable y el pueblo exigía a gritos que se encontrara a los culpables.

Flavio observó su copa de vino. Probablemente Valerio se estaría revolviendo en su tumba pensando que la ley era injusta por tratarlo de un modo distinto a las mujeres asesinadas, pero así era Roma. Los asesinos habían cometido, a ojos de la ciudad, tan solo un único delito: matar a uno de sus patricios. La ley caería inexorable sobre ellos, aunque los responsables fueran hijos de senadores y gente influyente.

Un esclavo apareció agachando la cabeza hasta que Flavio ordenó que entrara. El siervo le entregó un mensaje que acababa de llegar a su nombre y cuyo portador esperaba en el recibidor para llevarse una respuesta.

Una tablilla de cera sellada con el lacre de la organización de los collegia de Italia esperaba para ser abierta.

Flavio imaginó de lo que se trataba y despegó la cera roja que unía las dos partes de la tablilla y garantizaba la confidencialidad del mensaje.

Una invitación a participar un año más en la competición de collegia en Roma esperaba contestación. El año anterior sus chicos habían recibido una buena paliza en todas las categorías a manos de los de Hostiliano en Ostia.

Aquello hizo que su centro ya no fuera el más popular entre los romanos, y muchos senadores y caballeros con importantes fortunas decidieran llevar a sus hijos al de Hostiliano, su principal competidor. Ese maldito magister estaba por todos lados. Además de tener a los hijos de los patricios más influyentes, celebraba luchas de gladiadores y se vanagloriaba de ser el primer lanista en ofrecer al pueblo de Roma peleas de mujeres. Los romanos empezaban a adorar este tipo de luchas, algo que a Flavio le parecía irracional. Las costumbres romanas se estaban perdiendo, esa ciudad que los había llevado a dominar el mundo y sentirse orgullosos de su pasado se dirigía a la perdición. Hasta el emperador se paseaba con su amante masculino por toda Roma. El Grieguito, como los romanos llamaban al césar, se había corrompido hasta tal punto que estaba más

entretenido en visitar todos los rincones del Imperio acompañado de su querido que preocupado por los problemas de la ciudad.

El esclavo se movía incómodo esperando la respuesta de su dominus para entregársela al mensajero.

Tito Flavio meditó la respuesta. Si este año perdían, su collegium, su negocio, dejaría de recibir alumnos y, con ellos, las importantes donaciones de sus padres.

Se dio la vuelta y marcó, con el sello de su anillo, la tablilla de cera que confirmaba su presencia.

Valeria y Domicia recogían el material con el que se habían estado ejercitando. El cansancio del adiestramiento las hacía respirar con dificultad.

La muerte de su padre todavía pesaba en el alma de las hermanas, especialmente en la de Domicia. Para la pequeña de las Iucunda no había consuelo ni palabras alentadoras que calmaran el asesinato del hombre a quien tanto echaba de menos. No había alivio, solo dolor. Añoraba las cálidas palabras de su progenitor al calor del fuego, los consejos que les daba y los buenos momentos que pasaron juntos.

Llevaban varios meses en el collegium de Reate, el lugar en el que siempre habían deseado entrar, pero en su corazón había un vacío que nunca llenarían.

Durante el día eran instruidas en religión, política y finanzas, recibían clases de griego y de oratoria. Por la tarde se esforzaban al máximo en las pruebas físicas, tanto en las atléticas como en el adiestramiento cuerpo a cuerpo; sin embargo, aunque sus mentes estaban ocupadas, nada aliviaba el dolor y la pérdida que sentían en su pecho.

El futuro para ellas no era alentador. A pesar de estar instruyéndose como otros hombres, sabían que jamás podrían presentarse a unas elecciones, que no ocuparían ningún puesto de responsabilidad en el gobierno de ninguna de las ciudades del Imperio y que mucho menos dirigirían legiones en el campo de batalla. Aun así, querían tener una buena educación y ser dueñas de su propio destino, tal y como su padre siempre les había prometido.

Sexto, Décimo y Lucio el Grandullón se acercaron a ellas.

—Quizá en su día no empezamos con buen pie. Si podemos hacer algo por vosotras, no tenéis más que pedirlo.

—No necesitamos vuestro consuelo —dijo la pequeña de las Iucunda.

—¡Domicia! —la reprendió Valeria—. Gracias —comentó mirando a Sexto.

—¡Eh! —dijo uno de los doctores—. Os recuerdo que el magister no quiere que os acerquéis a ellas.

Los chicos levantaron las manos para indicar que solo estaban hablando.

—Dentro de dos semanas viajaremos a Roma para celebrar las Saturnales.

Si lo deseáis podéis acompañarnos, siempre que no se entere Flavio —dijo Sexto a modo de despedida—. Al final nos acostumbraremos a vosotras y a vuestra dichosa sombra.

Valeria asintió con la cabeza. Aún seguía albergando dudas sobre si esos tres chicos tenían algo que ver con la muerte de su padre y ese era el modo de descubrirlo.

Se dieron la vuelta para marcharse cuando Sexto se giró para dirigirse a las hermanas:

—No os preocupéis por nada, nosotros cuidaremos de vosotras.

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