Herejía
Capítulo 7
7
Fue con gran alivio que volví a pasar bajo la puerta del palacio. Cabalgué despacio hacia Charing Cross. Genesis estornudó y meneó la cabeza por el polvo de la fábrica de ladrillos de Scotland Yard, que funcionaba sin descanso para producir materiales con los que embellecer y mejorar Whitehall. Era un día caluroso y la calle apestaba. Decidí llevarme a Nicholas al taller del impresor. No haría ningún daño contar con alguien joven y fornido a mi lado.
En los escalones de la gran cruz de Charing Cross se agolpaban docenas de mendigos, como de costumbre. Su número había crecido estos últimos dos años, a causa de los recortes que habían sufrido los salarios de los pobres motivados por la depreciación del valor de la moneda. Había quien decía que los mendigos eran sanguijuelas que se alimentaban del sudor de los trabajadores, pero la mayoría habían sido en su día también trabajadores. Hombres, mujeres y niños vestidos con sucios harapos, los rostros enrojecidos y ajados por la continua exposición al sol. Algunos mostraban sus llagas y heridas purulentas para provocar la conmiseración de los transeúntes. Un hombre sentado con el muñón de la pierna al aire llevaba los andrajos de un uniforme militar. Sin duda había perdido la pierna en Escocia o Francia durante los últimos dos años de guerras. Aparté la vista, porque era bien sabido que si cruzabas la mirada con alguno de ellos, toda una horda caería sobre ti, y yo tenía muchas cosas en que pensar.
Estaba involucrado en el asunto potencialmente más peligroso de mi carrera. Alcanzaba justo al corazón de la corte real, en una época en que las maniobras de distintas facciones jamás habían sido tan feroces. Al recordar el espectáculo del rey en el patio, me di cuenta de que todo lo sucedido desde principios de año era parte de una lucha por decidir quién controlaría el reino cuando Enrique muriese y su trono pasara a un niño. ¿En qué manos dejaría Enrique el reino? ¿En las de Norfolk, las de Edward Seymour, las de Paget? ¿Tal vez en manos de la reina?
Me esperaban largos días de miedo y ansiedad, obligado a guardar peligrosos secretos que habría preferido ignorar. Pero el hombre inteligente sabe que es un insensato, y yo era consciente, por supuesto, de mis auténticos motivos: las fantasías románticas que me había forjado hacía mucho tiempo en torno a la reina. Era la esperanza imposible de un hombre que envejecía. Pero esa mañana me di cuenta de lo profundos que todavía eran mis sentimientos.
No obstante, sabía que debía contemplar a Catalina con objetividad: su radicalismo religioso la había llevado a ella, la más cuidadosa y diplomática de las mujeres, a ponerlo todo en peligro. La reina lo tachaba de vanidad, pero era más un error de juicio. Me pregunté inquieto si no estaría derivando hacia el fanatismo, como tantos otros en esos tiempos. No, me dije, la reina había intentado dar un paso atrás al someterse a su esposo y pedir que Cranmer aprobara su Lamentación. Aun así, su reticencia a deshacerse del libro podría conllevar consecuencias desastrosas.
De pronto se me ocurrió una idea: ¿por qué no dejar que las facciones enfrentadas lucharan entre sí hasta la muerte? ¿Por qué era el bando radical mejor que el conservador? Pero entonces pensé que la reina no haría daño a nadie a sabiendas. Tampoco Cranmer, estaba seguro. Sin embargo, lord Parr era harina de otro costal. Estaba viejo y parecía enfermo, pero había visto con mis propios ojos la devoción que le profesaba a su sobrina y advertido en él una vena despiadada. Yo ahora le era útil, pero probablemente también me considerara prescindible.
Lord Parr me había dado el poder notarial de los padres de Greening. Iría a las calles en torno a San Pablo para hablar con el alguacil, luego me entrevistaría con Okedene, el vecino de Greening, y por fin con el aprendiz del difunto, que había sido testigo del previo asalto al taller. E intentaría también averiguar quiénes eran los amigos de Greening.
Lord Parr me quería de vuelta en el palacio a las siete de la tarde. Era muy probable que me involucrara a fondo en ese caso durante muchos días. Por fortuna, había terminado la temporada judicial y los tribunales estaban de receso. Tendría que pedirle a Barak que realizara algunos trabajos preparatorios para casos que tenía entre manos, y que supervisara a Nicholas y Skelly. Me di cuenta, algo incómodo, de que tendría que mentirles tanto a Barak como a Nicholas. Podía decirles que estaba implicado en una investigación sobre el asesinato del impresor, pero solo por cuenta de su familia, y no podía mencionar la búsqueda del manuscrito de la reina. Detestaba especialmente la idea de mentirle a Barak, pero no alcanzaba a ver otra alternativa.
Siguiendo un impulso me desvié hacia el norte, en dirección a la calle de pequeñas casas en que vivía Barak con su esposa Tamasin. Él estaría trabajando en ese momento, pero ella seguramente se encontraría allí a esas horas. Igual que Barak, Tamasin era una vieja amiga. Los tres habíamos pasado juntos muchas peripecias y yo necesitaba hablar con alguien normal y corriente, alguien con sentido común, alejado de las intrigas. Y ver a mi pequeño ahijado. Deseaba un momento de normalidad, tal vez el último que se me permitiría durante un tiempo.
Até a Genesis al poste junto a su casa y llamé a la puerta. Me abrió la criada, Marris, una formidable viuda de mediana edad que me saludó con una reverencia.
—Señor Shardlake, no os esperábamos.
—Es que pasaba por aquí y he venido a saludar. ¿Está la señora Barak?
—Sí. Y el amo también. Ha venido a casa a almorzar. Ya estaba a punto de retirar los platos.
Solo entonces caí en la cuenta de que no había comido nada. Marris me llevó hasta el pequeño salón desde el que se veía el pequeño jardín de Tamasin, pulcramente cuidado. Las contraventanas estaban abiertas y en la sala se respiraba la fragancia de las flores de verano. Barak estaba sentado a la mesa con Tamasin, ante platos y jarras de cerveza vacíos. Marris comenzó a llevarse los platos. Tamasin tenía buen aspecto, y en su atractivo rostro se leía la felicidad y la satisfacción.
—Qué agradable sorpresa, señor —me saludó—. Pero llegáis tarde para el almuerzo.
—Se me ha olvidado comer.
Ella chasqueó la lengua.
—Eso no es bueno.
—He venido a comer a casa —dijo Barak—. Pensé que Skelly podría echarle un ojo al joven Nick durante un rato.
—Me parece muy bien. —Sonreí al ver que una pequeña figura, con una túnica blanca y un gorro de lana atado con un lazo, salía gateando de debajo de la mesa. El niño me miró con los mismos ojos castaños de Barak, sonrió y me espetó:
—¡Hombre!
—Es su nueva palabra —explicó orgullosa Tamasin—. ¿Habéis visto? Ya empieza a hablar.
—Veo que ha dejado los pañales —comenté, admirado de los progresos de George, que gateó hasta su padre y luego, con ceño de concentración, consiguió ponerse en pie un momento antes de aferrarse a las medias de Barak. Muy sonriente con su logro, levantó un pie y le lanzó una patada al tobillo.
Barak lo tomó en brazos.
—¿Me has dado una patada, hombrecito? —dijo fingiendo severidad—. Y en presencia de tu padrino, nada menos. ¡Serás desvergonzado!
George rio encantado. Yo le di unos golpecitos en la cabeza. Unos cuantos rizos, rubios como los de Tamasin y finos como la seda, escapaban de su gorro.
—Está más grande cada día —me admiré—. Aunque todavía no sé muy bien a quién se parece más.
—Es imposible saberlo, con esa cara tan regordeta —dijo Barak, tocando la naricilla de su hijo.
—Me cuentan que estás de enhorabuena, Tamasin.
Ella se sonrojó.
—Gracias, señor. Sí, George tendrá un hermanito o una hermanita el próximo enero, si Dios lo quiere. Ambos esperamos que esta vez sea niña.
—¿Y te encuentras bien?
—Aparte de algunas náuseas matutinas, sí. Pero dejadme que os traiga algo de pan y queso. Jack, tienes un guisante en la barba. Por favor, quítatelo, es asqueroso.
Barak lo hizo, aplastó el guisante con los dedos y se lo dio a George, que se mostró encantado.
—Creo que a lo mejor me dejo una de esas largas barbas de horquilla que se han puesto de moda. Podría almacenar ahí tanta comida que siempre tendría un tentempié a mano.
—Pues tendrías que buscarte otra casa para comer —le espetó Tamasin desde la cocina.
Barak estaba muy relajado en su silla, con el pequeño jugando a sus pies. Era lo correcto no involucrarlo en aquella investigación.
—Jack, me ha surgido un asunto que me mantendrá fuera del bufete bastante tiempo durante los próximos días. ¿Podría pedirte que te hicieras cargo de todo y supervisaras a Nicholas y Skelly? Aunque a Nicholas lo voy a necesitar a ratos. Yo mismo atenderé a los clientes más importantes, si puedo.
—¿Como la señora Slanning?
Sabía que Barak no la soportaba.
—Sí, ya me encargo de ella.
Mi amigo me clavó la mirada.
—¿De qué asunto se trata?
—Un impresor asesinado junto a la catedral de San Pablo. Ha pasado una semana y no hay señales de que vayan a atrapar al culpable. La oficina del fiscal se muestra tan perezosa como de costumbre. Los padres del impresor me han concedido un poder notarial. Viven en los Chilterns.
—¿Te han dado el caso a ti?
Vacilé un momento.
—Me ha llegado a través de una tercera persona.
—Tú ya no aceptas trabajos así. Podría ser peligroso.
—He considerado un deber aceptar este.
—Se te ve preocupado —repuso, tan directo como siempre.
—Por favor, Jack. Hay algunos detalles que debo mantener confidenciales.
Él frunció el ceño. Hasta ahora, nunca lo había dejado al margen de un asunto así.
—Bueno, es tu decisión —cedió por fin, un poco a regañadientes.
George, mientras tanto, se alejó de su padre para dar un par de bamboleantes pasos hacia mí. Lo tomé en brazos y el niño me puso las manos regordetas en la camisa, manchándomela de guisante aplastado. Volví a dejarlo en el suelo.
—Te ha puesto la camisa perdida. Lo siento —se disculpó Barak—. Hay que tener cuidado con él.
Tamasin volvió con un plato de pan y queso y un par de manzanas arrugadas.
—Son del año pasado, pero han estado bien almacenadas. —Al ver mi camisa, miró a George—. ¡Pero Jack, cabeza de chorlito! No le habrás dado al niño un guisante, ¿verdad? Se podría ahogar con él.
—No se lo ha comido, como puedes ver. De todas formas, la semana pasada intentó comerse una babosa del jardín y el pequeñajo no sufrió ningún daño.
—A ver, ven aquí. —Tamasin cogió en brazos a su hijo, que la miró perplejo—. No le animes a hacer diabluras.
—Lo siento. Sí, es mejor no meterse en líos —dijo Barak, mirándome con un elocuente gesto.
—Si puede evitarse —comenté—. Si puede evitarse.
Volví a casa para cambiarme de camisa antes de ir al Colegio de Lincoln. En la cocina me encontré a Josephine, ataviada con un vestido que no le conocía: una prenda de lana buena teñida de violeta, con un largo cuello blanco. Agnes estaba arrodillada junto a ella, poniendo unos alfileres en la falda, pero se levantó presurosa al verme y las dos se inclinaron ante mí.
—¿Qué os parece el vestido nuevo de Josephine, señor? —preguntó Agnes—. Se lo ha comprado para su paseo de mañana. Yo misma la he ayudado a elegirlo.
Josephine, para variar, se ruborizó. El vestido le sentaba muy bien, aunque no pude evitar pensar que el tinte se veía pálido y desvaído en comparación con los extraordinarios y vivos colores que había visto por todas partes en Whitehall. Pero tales prendas sosas eran lo único que la gran mayoría podía permitirse.
—Estás muy bien, Josephine —le aseguré—. Maese Brawn no podrá por menos de quedar impresionado.
—Gracias, señor. Y mirad, tengo también zapatos nuevos. —Se alzó un poco el vestido para dejar ver unos zapatos blancos de buen cuero y punta cuadrada.
—Una preciosidad —sonreí.
—Y el vestido es de la mejor lana de Kendal —apuntó Agnes—. Te durará muchos veranos.
—¿Por dónde darás ese paseo? —quise saber.
—Por Lincoln’s Inn Fields. Espero que vuelva a hacer una tarde buena.
—Los cielos están despejados. Pero en fin, debo darme prisa. Agnes, necesito una camisa limpia —le pedí, abriéndome la toga para mostrarle la mancha verde—. Mi ahijado —expliqué con un gesto de fatalidad.
—¡Menudo desastre! Voy a llamar a Martin.
—Puedo coger una yo mismo —me ofrecí, pero Agnes ya había llamado a su esposo, que vino desde el comedor con un delantal puesto. Debía de haber estado limpiando la plata, porque le olía la ropa a vinagre.
—¿Podrías traer una camisa limpia para el señor Shardlake, por favor, Martin? — Agnes se dirigió a su marido, como siempre, con tono respetuoso—. Su pequeño ahijado le ha manchado la que lleva puesta —explicó sonriendo. Martin se limitó a asentir con la cabeza. Rara vez se reía o sonreía. Parecía uno de esos hombres nacidos sin sentido del humor.
Subí a mi habitación y al cabo de un par de minutos apareció Martin con mi camisa limpia. La dejó sobre la cama y se quedó esperando.
—Gracias, Martin, pero puedo ponérmela yo solo. Dejaré la que llevo manchada encima de la cama. —Martin deseaba siempre hacerlo todo, y pareció algo decepcionado, pero hizo una reverencia y se marchó.
Una vez cambiado, salí de mi habitación. Al pie de las escaleras vi a Josephine, que llevaba una jarra de agua caliente con mucho cuidado de que no le tocara el vestido nuevo. Entró en el salón, donde Martin seguía limpiando la plata.
—Déjala en la mesa —indicó él—. Ahí sobre el paño.
—Sí, señor Brocket.
Cuando Josephine se marchaba, miró un momento a Martin con gesto de disgusto, como había hecho el día anterior. Esto volvió a sorprenderme. Sin duda la fría actitud de Martin no era suficiente para provocar una mirada como esa en alguien de tan buen carácter como Josephine.
Dejé a Genesis en casa y cubrí andando la corta distancia hasta el Colegio de Lincoln. Barak todavía no había vuelto, pero tanto Skelly como Nicholas se encontraban en sus mesas. Skelly se puso en pie y me acercó una nota, los ojos brillantes de curiosidad tras sus anteojos de madera.
—Acaban de traer esto para vos, señor. La mujer que asiste al señor Bealknap.
Rompí el sello de la nota y encontré dentro un mensaje mal garabateado:
Me dicen que debo prepararme para encontrarme pronto con mi creador. ¿Tendríais la bondad de visitarme después de la iglesia mañana? Stephen Bealknap.
Suspiré. Había olvidado a Bealknap. Pero esto no podía ignorarlo.
Le escribí rápidamente que me reuniría con él después del servicio y le pedí a Skelly que entregara la nota. Cuando se marchó, me volví hacia Nicholas. Hoy vestía de manera sobria, con una corta capa negra, acorde con la normativa. Me tendió un fajo de papeles.
—Es mi sumario de los puntos principales del caso de las escrituras, señor.
Les eché un rápido vistazo. La caligrafía era apresurada, pero las notas parecían bien pensadas y lógicamente expuestas. Tal vez el muchacho estaba sentando la cabeza, después de todo. Lo miré; medía un metro ochenta y no me quedaba más remedio que alzar la cabeza para mirarlo. Sus ojos verdes eran claros y directos.
—Tengo un caso nuevo —le dije—. Es un asunto confidencial que requiere total discreción, y por desdicha, al menos durante unos días pasaré mucho tiempo fuera de la oficina, de manera que tendrás que trabajar más horas. ¿Estás dispuesto a hacerlo?
—Sí, señor. —Pero se notaba que lo decía de mala gana, puesto que eso significaría menos horas en las tabernas con los otros jóvenes caballeros.
—Esperemos que no sea por mucho tiempo. También agradecería tu ayuda con algunos aspectos de este nuevo caso. Me gustaría que me acompañaras a interrogar a unos testigos. —Y vacilé antes de añadir—: Se trata de un asesinato, y por petición de los padres de la víctima estoy ayudando en la investigación. Voy a interrogar al alguacil y luego a algunos testigos.
Nicholas se animó de inmediato.
—Atrapar a un villano, esa sí es una tarea digna.
—Si te llevo conmigo a estos interrogatorios —le conminé muy serio— tienes que guardar en absoluto secreto todo lo que oigas. Esto no es un tema de discusión en las tabernas, pues podría causarme serios problemas, y a ti también.
—Ya sé que los casos deben ser confidenciales, señor —replicó él, algo envarado —. Cualquier caballero debe respetar eso.
—Este caso más que ningún otro. ¿Tengo tu palabra?
—Por descontado, señor —aseguró con tono herido.
—Muy bien. Entonces acompáñame ahora a San Pablo. La víctima era un impresor. Cuando me oigas hacer preguntas, escucha con atención, y si se te ocurre alguna y te parece sensata, puedes plantearla. Igual que hiciste ayer con la señora Slanning —añadí—. Estuviste muy bien.
Nicholas se mostró encantado.
—Temí que podría haber ido demasiado lejos. Pensé que igual la señora Slanning prescindiría de sus servicios.
—Eso sería una tragedia —contesté con ironía—. Pero en fin, vamos. —De pronto se me ocurrió algo—: ¿Has traído tu espada?
—Sí, señor. —Nicholas se ruborizó. Le gustaba llevar su espada a todas partes, formaba parte de su pose.
—Puesto que el hecho de que tu padre sea terrateniente te convierte en caballero, y los caballeros tienen permitido portar espadas en público, podemos utilizar a nuestro favor las leyes suntuarias. A lo mejor impresiona a las personas con que vamos a hablar.
—Perfecto. —Nicholas recogió su espada, en su espléndida vaina de cuero adornada con un diseño de hojas de parra, y se la colgó al cinto—. Estoy listo.