Herejía
Nota histórica
Durante el último año de la vida de Enrique VIII se produjeron los sucesos políticos más turbulentos de todo su reinado: una implacable persecución de herejes, un ataque contra la reina, cambios radicales en la política exterior, un intento de reconciliación con el Papa y, a finales de 1546, un trasvase de poder dentro del Consejo Privado, de los tradicionalistas religiosos a los radicales, que se quedaron a cargo del gobierno de Inglaterra a la muerte de Enrique. Por desdicha, las fuentes son muy pocas, lo cual deja los sucesos abiertos a una gran variedad de interpretaciones. El historiador Glyn Redworth ha dicho, con toda la razón, que «cualquier crónica debe tener la naturaleza de ensayo interpretativo».
Mi propio intento de interpretar los eventos de 1546 constituye el telón de fondo de la historia de Lamentación (excepto por el hecho de que en la vida real el manuscrito de la Lamentación de una pecadora, de Catalina Parr, nunca fue robado). De manera que comenzaré por aquellos elementos de la narración en que los hechos son más claros, antes de lanzarme, para aquellos que puedan estar interesados, a mi propio «ensayo interpretativo» sobre lo sucedido en los turbulentos últimos meses de Enrique VIII.
En 1546, la élite gobernante de Inglaterra, así como la gente común, en Londres especialmente, estaban divididas en dos facciones: los que simpatizaban con la Reforma religiosa y aquellos contrarios a ella. Muchos mantenían la cabeza gacha para evitar problemas o, entre las clases dominantes, viraban según soplara el viento, buscando siempre el beneficio político propio. Y el viento soplaba con furia en el período medio Tudor, cuando Enrique VIII, después de la ruptura con Roma en 1532-1533, se mantuvo durante una década y media siempre oscilando entre políticas tradicionalistas y reformistas en materia religiosa.
El radicalismo de la facción reformista era mayormente religioso, no social, con la excepción de un grupo que se convirtió en una especie de demonio para los tradicionalistas: los anabaptistas. En Holanda y Alemania habían surgido varias sectas a partir de la Reforma de Lutero, y los anabaptistas creían que había que volver a las prácticas de los primeros cristianos. Entre estas prácticas se incluía la comunidad de los bienes, lo cual significaba derrocar a las clases dominantes feudales (aunque se mostraban ambivalentes en cuanto a la emergente clase de comerciantes). Cuando tomaron la ciudad alemana de Münster en 1534, los gobernantes protestantes locales se unieron a los católicos para exterminarlos, pero los anabaptistas siguieron existiendo como minoría perseguida en el noroeste de Europa. Un pequeño número de ellos huyó a Inglaterra, donde pudieron haber establecido contacto con los supervivientes de los lolardos del sigloXV, pero no tardaron en ser atrapados y quemados en la hoguera. En Inglaterra había muy pocos, pero habría sido posible que un anabaptista holandés llegara a Londres en 1546 y fundara allí un pequeño grupo.
Estos hombres, como sucede con el grupo que aparece en el libro, habrían sido vulnerables a la infiltración de espías oficiales, de los que había en abundancia. Las autoridades vigilaban de cerca el mundo de la imprenta, que poco a poco iba emergiendo en Londres (en este período, casi todos los libros se importaban del continente), pues los impresores a menudo eran reformistas y algunos tenían contacto con polemistas ingleses exiliados en Alemania y los Países Bajos, entre los cuales el más temido era John Bale, un radical en cuestiones religiosas pero no sociales. Y Anne Askew, oculta en Londres en 1546, fue capturada por informadores y más tarde torturada en la Torre a manos de Wriothesley y Rich. Fue una de las muchas personas a las que el Consejo Privado interrogó durante la caza de herejes de 1546. Aunque, tal como observa Shardlake en la novela, habría sido muy difícil que una acusación tan débil como la de Isabel Slanning llegara hasta tan altas instancias.
Londres en 1546 era una ciudad empobrecida, tumultuosa, violenta y sectaria. Solo había pasado un año desde que el país se enfrentara a una seria amenaza de invasión. La guerra contra el rey francés había sumido a Inglaterra, literalmente, en la bancarrota: los banqueros del continente se negaban a otorgar más préstamos a Enrique, y la moneda siguió devaluándose, empobreciendo especialmente a las clases más bajas. Parece ser que la cosecha de 1546 fue buena, lo cual beneficiaría también a las élites, pues las malas cosechas más adelante en esa misma década contribuirían al estallido de rebeliones a gran escala.
El Palacio de Whitehall, situado en los lindes de la ciudad, era un mundo totalmente distinto. Enrique VIII arrebató el palacio al cardenal Wolsey y se dedicó a expandirlo y enriquecerlo, aunque su extensión quedaba limitada al este por el Támesis y al oeste por las grandes avenidas de Whitehall y King Street, que llevaban de Londres a Westminster. El problema se solucionó edificando el ala recreativa del palacio al lado oeste de la carretera, y construyendo sobre la avenida la magnífica Puerta de Holbein, donde Enrique tenía su estudio privado. Las dos grandes pinturas mencionadas en el libro (la que muestra a Enrique y Juana Seymour con el padre del rey, Enrique VII, y su reina, y aquella en la que aparecen Enrique y Juana Seymour —fallecida ya hacía tiempo— con los tres hijos de Enrique y dos personajes al fondo que podrían ser los bufones reales, Will Somers y Jane) eran los elementos principales de la magnífica decoración del palacio. El retrato de Scrots de la joven princesa Isabel se realizó en esa época, y puede verse en la National Portrait Gallery de Londres. El castillo de Baynard, que al igual que el de Whitehall ha desaparecido, albergaba en 1546 el Guardarropa de la reina, de su hermana Anne y su cuñado William Herbert.
La élite que gobernaba Inglaterra a finales del reinado de Enrique VIII estaba dividida por la religión, pero también por facciones familiares. Catalina Parr, como todas las esposas de Enrique, colocó en puestos de importancia a los miembros de su familia, como lord Parr y Mary Odell, mientras que su cuñado William Herbert era un importante miembro de la Cámara Privada del Rey, y su hermano William Parr perteneció al Consejo Privado, el órgano ejecutivo del rey, y fue nombrado conde de Essex.
Hoy en día esto sería nepotismo, pero en la época Tudor era una cuestión muy distinta, pues se esperaba de cualquiera que hiciera prosperar a los miembros de su familia. Esto implicaba inevitablemente que cualquier pariente lejano o personas cercanas a la familia de los miembros de la corte aspirasen a un puesto en el servicio real, tal como se describe en el libro.
Los Parr pertenecían a la facción reformista, y su lealtad familiar parece haber sido especialmente robusta, mucho más que los Seymour, sus aliados reformistas pero potenciales rivales políticos, familia de Juana Seymour, madre del príncipe Eduardo. Thomas Seymour era una rémora para su hermano Edward, ahora lord Hertford. No obstante, lord Hertford estaba muy cerca del rey y tenía una considerable habilidad política, aunque cuando por fin se alzó hasta la cumbre del escalafón, a la muerte de Enrique, demostró ser inadecuado para el puesto. Mientras tanto, durante 1546, William Paget, el secretario del rey, parece haber pasado de ser un protegido del obispo Gardiner a un aliado de lord Hertford.
Al mismo tiempo, un joven llamado William Cecil comenzaba a abrirse paso en la política. Me he inventado su puesto en el Consejo Legal de la Reina, aunque fue sin duda amigo de Catalina y llegó a escribir el prefacio a la Lamentación de una pecadora cuando se publicó en 1547. Durante ese año su nombre aparece por primera vez registrado como secretario de Edward Seymour, comenzando un meteórico ascenso que culminaría en 1558 cuando se convirtió en el principal consejero de Isabel I. Edmund Walsingham era el tío del que sería el famoso maestro de espías de Isabel, Thomas Walsingham.
El hecho de que todos estos personajes se conocieran entre sí indica lo reducida que era la élite Tudor: básicamente un grupo de aristócratas terratenientes, en el que luego fueron teniendo cada vez más cabida las clases nobles y comerciantes que buscaban puestos en la corte para amasar fortunas; al igual que Rich y Paget, llegaron a crear enormes haciendas. Paget y Rich eran ambos abogados de ordinario linaje pero grandes habilidades, que primero fueron elegidos para servir a Thomas Cromwell (como Shardlake observa, seis años después de su muerte gran parte de la élite política la formaban hombres que habían ascendido con Cromwell). El estatus de caballero lo era todo para jóvenes como Nicholas Overton, que lo protegía con gran celo. Tenían permitido llevar espadas y vestimenta colorida de ricas telas prohibidas al vulgo. Los caballeros eran educados para considerarse muy distintos de la gente común.
Para la visita del almirante D’Annebault en agosto de 1546 he seguido de cerca la corta descripción que ofrece Charles Wriothesley en Chronicle. Es evidente la enorme magnitud de las ceremonias. Enrique desempeñó un papel preeminente, pero sería su último momento triunfal. Cinco meses después había muerto. El recibimiento del almirante cerca de Hampton Court fue la primera aparición pública del príncipe Eduardo.
Catalina Parr y las políticas de los últimos meses de Enrique VIII. Un ensayo interpretativo
Los historiadores han especulado mucho sobre las enormes agitaciones en las políticas inglesas durante los últimos meses de Enrique VIII. El material al respecto es incompleto y fragmentario, en su mayor parte algunas cartas e informes de embajadores. Por otra parte, se ha cuestionado la veracidad de una de las mayores fuentes sobre Catalina Parr: el Book of Martyrs, de John Foxe. Los historiadores se encuentran divididos al respecto. Foxe era un protestante radical que escribió un polémico texto sobre el sufrimiento de los mártires protestantes en los años anteriores a la ascensión al trono de Isabel I. Hay quien dice que Foxe es demasiado parcial para ser creíble, además de que en lo referente a Catalina Parr, Foxe escribía diecisiete años después de los sucesos que describe. Otros responden que Foxe era muy meticuloso a la hora de verificar los hechos, por más que los embelleciera. Yo concuerdo con quienes sostienen que Foxe era un honesto y asiduo recopilador de testimonios, aunque también estoy de acuerdo con prácticamente todo el mundo en que su cronología era muy poco fidedigna.
Si observamos el eje cronológico de los eventos políticos en 1546, dos cosas saltan a la vista. La primera es que durante la primavera se instigó desde la corte una gran persecución de herejes, centrada sobre todo en quienes negaban el dogma de la transubstanciación. El dogma establece que durante la ceremonia de la eucaristía, el pan y el vino se transforman físicamente en el cuerpo y la sangre de Cristo. Muchos protestantes disentían. Este fue el punto donde Enrique VIII trazó una firme línea en 1539. En el Acta de los Seis Artículos de ese año, la negación de la transubstanciación (o «sacramentarianismo») se definió como herejía. Se permitía la retractación, pero la negativa a retractarse, o una segunda ofensa, se castigaba con la hoguera.
En la caza de herejes de 1546 se expandió una amplia red, y entre los que fueron interrogados por el Consejo se contaban el hijo menor del duque de Norfolk (a quien interrogaron sobre su presencia en supuestas «prédicas subversivas en la cámara de la reina» durante la Cuaresma), y el cortesano y amigo de Enrique VIII, George Blagge. La reina se encontraba claramente amenazada, como ya veremos. La persecución de herejes culminó con la quema de Anne Askew y otros tres condenados en Smithfield, el 16 de julio. (La descripción que aparece en el libro se basa en los escritos de Foxe). Mientras tanto, aunque en el círculo del rey eran pocos los que lo sabían, se estaban urdiendo planes para que en agosto Enrique recibiera en Londres a Gurone Bertano, un emisario papal, para discutir las posibilidades de un acercamiento a Roma, tras trece años de separación.
A partir de esta cronología, da la sensación de que el barco del Estado, que con Enrique al timón llevaba años oscilando marcadamente entre el apoyo a las prácticas tradicionales cristianas (pero sin el Papa) y una reforma más completa, fijó un firme rumbo durante los primeros meses de 1546. Con creciente velocidad se dirigió hacia la extirpación de la herejía protestante y la victoria de los que favorecían la postura tradicionalista e incluso un posible acuerdo con el Papa.
Y de pronto, en torno a finales de julio, el barco viró para dirigirse, todavía más deprisa, justo en la dirección contraria. La persecución de herejes cesó por completo en julio, y algunos condenados fueron discretamente liberados. El rey perdonó personalmente a George Blagge.
A principios de agosto llegó Bertano. Su única reunión con Enrique se produjo el día 3. No se sabe qué se discutió, pero la reunión resultó claramente infructuosa. Después el rey enviaría a Roma un mensaje al que el pontífice no respondió. Bertano permaneció en una «casa segura» hasta finales de septiembre, sin volver a ver al rey, hasta que comenzaron a circular rumores sobre su presencia y recibió órdenes de marcharse.
Durante los meses de otoño Enrique dirigió el metafórico barco del Estado todavía más deprisa en dirección al protestantismo. Emprendió una marcha a Guildford, que en principio iba a ser breve pero se vio alargada probablemente por sus serios problemas de salud. El rey permaneció durante un mes en Windsor en el camino de vuelta. Durante este período, como era habitual en estos viajes, el Consejo Privado se dividió en dos: los que asistían al rey y los que se quedaban a cargo del gobierno en Londres. El acceso al rey, como siempre, era de importancia primordial, y los consejeros que Enrique eligió para que lo acompañaran hasta la vuelta a Londres a finales de octubre, eran todos simpatizantes radicales o personas dispuestas a virar según soplara el viento.
En noviembre, el obispo Gardiner, cabeza de los conservadores, se encontró marginado. Se le negó el acceso al rey. En diciembre, otro líder tradicionalista, el duque de Norfolk, y su hijo, el conde de Surrey, fueron súbitamente detenidos, acusados de traición. A estas alturas la salud del rey se deterioraba muy deprisa. Enrique se encerró en el Palacio de Whitehall con sus consejeros más cercanos, y a finales de diciembre redactó un último testamento en el que nombraba un Consejo de dieciséis miembros que gobernaría Inglaterra hasta que su hijo de nueve años alcanzara la mayoría de edad. Todos los miembros de este Consejo eran protestantes o de centro.
En la primavera de 1546 se produjo, además del comienzo de la persecución de herejes, un completo giro en la política exterior. La guerra de dos años contra Francia había resultado desastrosa y un costoso fracaso. Los ingleses ocuparon Boulogne, pero quedaron allí sitiados. Recibían suministros a través del Canal, mediante barcos que encontraban una fuerte oposición francesa. El coste fue enorme. A pesar de los ruegos de sus consejeros durante el invierno de 1545-1546, Enrique se negó a poner fin a la guerra.
Mientras tanto, eran inciertas las relaciones con el Sacro Imperio Romano, que ya se encontraba enfrentado a sus súbditos protestantes. Inglaterra se mantenía formalmente en guerra con Escocia, y el Papa seguía siendo un implacable enemigo. En marzo de 1546, el belicoso Enrique aceptó por fin que había que solventar aquel espantoso desastre. Comenzaron las negociaciones de paz con Francia y se llegó a un acuerdo en junio. El almirante D’Annebault, que había dirigido la flota francesa contra la inglesa el año anterior, fue invitado a Inglaterra como embajador en agosto. Se planificaron para su recibimiento fastuosas celebraciones, sin duda una señal del propósito de Enrique de establecer una paz duradera.
Al mismo tiempo, el rey negociaba un nuevo tratado de paz con el gran poder católico en Europa, el Sacro Imperio Romano. En el tratado con Francia se incluía también la paz con Escocia.
Lo más sorprendente fue la llegada, por Francia, del emisario papal, Bertano. El año anterior el papa Pablo III había convocado el Concilio de Trento, cuyo propósito, en parte, era buscar una reconciliación entre los poderes protestantes y la Santa Sede. Creo que este fue el contexto de la visita de Bertano: estudiar las posibilidades de algún acercamiento entre el Papa e Inglaterra, alguna fórmula que permitiera a Enrique mantener su Liderazgo Supremo de la Iglesia inglesa, que el rey estaba convencido de que le había sido otorgado por Dios, al tiempo que se llegaba a algún acuerdo amistoso con el Papa. No obstante, teológicamente la Supremacía Real y la función papal eran irreconciliables, y al menos en este frente diplomático, Enrique fracasó.
Si, como sugiere la línea cronológica, marzo de 1546 fue una fecha crucial de cambios tanto en la política interior como exterior, ¿qué sucedió durante ese mes? Creo que la respuesta está en algo que a menudo se pasa por alto: el declive de la salud de Enrique.
Es imposible desde nuestra distancia saber exactamente cuáles eran las dolencias de Enrique en la década de 1540, pero sí hay datos que podemos afirmar sin temor a equivocarnos. La idea de que el rey sufría de sífilis ha quedado desacreditada hace tiempo, pues no hay ninguna prueba de ello y sí muchas en contra. Lo fundamental de los problemas de Enrique parece haber sido la falta de movilidad. David Starkey ha sugerido en su libro Six Wives: The Queens of Henry VIII (2004) que Enrique se partió la pierna izquierda en un accidente durante una justa en 1528. La pierna se curó, pero se le quedó una esquirla de hueso en la pantorrilla que se infectó y formó una dolorosa úlcera. En cualquier caso, Enrique tuvo que renunciar poco a poco a su anterior régimen de activo ejercicio, y a medida que pasaron los años su movilidad se fue reduciendo cada vez más. Sus retratos lo muestran cada vez más obeso, sobre todo en el período que abarca de 1537 a 1540, cuando ya se acercaba a los cincuenta años de edad, entre sus matrimonios con Juana Seymour y Ana de Cleves.
Para 1544, las medidas para su armadura registran 137 cm de cintura. Con muy poco que aumentara de peso, su cintura mediría casi un metro y medio en 1546. Incluso para un hombre de casi 1,90 de estatura, esto raya en obesidad mórbida. ¿Por qué alguien que tanto se enorgullecía de su apariencia se permitió llegar a ese extremo? La explicación más convincente es que su inicial aumento de peso e inmovilidad, sobre todo teniendo en cuenta la dieta de la élite Tudor a base de carne y dulces, habría provocado la aparición de una diabetes de tipo II, una enfermedad que en aquel tiempo no se comprendía. De ser ese el caso, se habría añadido un elemento más al círculo vicioso de inmovilidad y aumento de peso, porque Enrique habría tenido hambre y sed constantemente.
En 1546 parece que le resultaba difícil y doloroso caminar cualquier distancia. Ya utilizaba a veces una especie de silla de ruedas para trasladarse por los palacios, y tenía un «dispositivo» para subir y bajar escaleras. Y su enorme obesidad e inmovilidad le habrían hecho proclive a otro problema: trombosis en las piernas. Ahora mostraba úlceras en las dos (un síntoma de diabetes). Esto provocaría trombos de sangre en las piernas, que pueden desprenderse y llegar a los pulmones, desencadenando una embolia pulmonar. Si el trombo se disuelve, el paciente sobrevive, pero en caso contrario muere. Las descripciones de las crisis médicas de Enrique desde 1541 parecen obedecer a una serie de embolias pulmonares, la última de las cuales acabaría con él en enero de 1547. Aunque también es probable que sufriera derrames cerebrales o ataques de corazón, pues todos sus órganos estarían sometidos a una enorme presión.
Si Enrique contrajo diabetes, además de su obesidad mórbida, en torno a 1540, también podría haber sido impotente a partir de entonces. No tuvo problemas para dejar embarazadas a sus primeras tres esposas, pero ninguna de las tres últimas concibió. Catalina Parr fue una curiosa elección para su sexto matrimonio: tenía más de treinta años y ya había pasado por dos matrimonios infértiles (con dos hombres que, al contrario de lo que se ha dicho, no eran demasiado viejos para concebir). Enrique necesitaba un segundo heredero varón. El príncipe Eduardo, también en contra de la creencia popular, no era un niño enfermizo, pero la mortalidad infantil en la Inglaterra de la época Tudor era muy alta, y si el príncipe moría, Enrique quedaría de nuevo sin un heredero. A pesar de todo, en 1543 se casó con una mujer que era una muy improbable candidata para darle un hijo. Catalina Parr no quedó embarazada durante los tres años y medio que duró su matrimonio con Enrique, pero sí concibió durante su siguiente matrimonio con Thomas Seymour. De manera que Catalina no era estéril, pero Enrique bien podía haberlo sido para aquel entonces.
Por supuesto, nada de esto fue culpa del rey. Si lo que sugiero es cierto, Enrique había quedado atrapado en un espantoso círculo de dolor, inmovilidad y hambre voraz. No parece que sufriera ninguna crisis severa en 1544 o 1545, pero en marzo de 1546 cayó gravemente enfermo, tal vez con una embolia, y se temió por su vida, aunque se recuperó tras unas semanas de convalecencia. Su siguiente recaída no se produjo hasta septiembre, aunque entonces fue seguida por una serie de dolencias que culminaron con su muerte en enero de 1547. Yo sugiero, no obstante, que la crisis de 1546 fue tan grave que los médicos de Enrique (quienes, aunque no fueran muy duchos en salvar vidas, sí conocerían bien las señales de una muerte inminente), sus consejeros y el propio rey se dieron cuenta de que probablemente no le quedaba mucho tiempo y había que dejar listos los preparativos para la sucesión del príncipe Eduardo. Había que realizar una elección final entre las facciones radicales y conservadoras del Consejo y resolver asimismo la crisis en política exterior. La frenética actividad política y diplomática que comenzó entonces y prosiguió durante el resto del año se debió, probablemente, al deterioro que sufrió la salud de Enrique en marzo.
Y llegamos a mi interpretación de la conspiración contra Catalina Parr. Porque creo que hubo una, y no dos como a veces se ha sugerido, y se prolongó durante varios meses. Recientes trabajos históricos (de la mano de Susan James, Linda Porter y Janel Mueller) nos han ofrecido una imagen mucho más clara de Catalina. Era una mujer atractiva y sofisticada que se había pasado la vida cerca de la corte (la familia Parr desempeñó papeles de menor importancia en la Casa Real durante la infancia de Catalina) y habría conocido al rey durante años. Tras la muerte de su segundo esposo, lord Latimer, ella misma escribió a Thomas Seymour diciéndole que deseaba casarse con él, pero el rey la cortejaba. Creía que Dios la llamaba a casarse con Enrique y estaba decidida a hacerlo, sin duda, para influir en su política religiosa todo lo posible. Su carta indica que ya simpatizaba con la Reforma cuando se casó con el rey.
Catalina, una mujer de gran elegancia, fue un elemento de notable éxito y sofisticación en los aspectos visibles y ceremoniales como reina consorte, entre ellos el trato con los embajadores extranjeros. Al parecer era una personalidad atractiva, leal y digna de confianza y, según se detecta, con sentido del humor.
A diferencia de muchas mujeres Tudor, Catalina había recibido una buena educación de su madre, lady Maud Parr. Aprendió latín de pequeña. Dejó que se le oxidara un poco, pero volvió a recuperarlo cuando se convirtió en reina. Estudió también otros idiomas (en los últimos meses del reinado de Enrique VIII estaba aprendiendo español, una lengua muy útil en diplomacia). Se interesaba por múltiples temas, coleccionaba relojes y monedas y se veía visiblemente atraída hacia el saber. Su inteligencia, aunque considerable, parece que era más dispersa que profunda y centrada. En eso se parecía a Enrique.
Las influencias religiosas sobre Catalina antes de su matrimonio con el rey, en 1543, fueron contradictorias. Su hermano, sir William Parr; su tío, lord William Parr (la principal influencia masculina en la familia tras la temprana muerte de su padre), y su hermana y cuñado, Anne y sir William Herbert, simpatizaban con la Reforma. Sin embargo, su madre, lady Maud Parr, había sido dama y amiga de Catalina de Aragón, pero murió en 1529 antes de que Enrique expulsara de la corte a su primera esposa. Los Borough, la familia del primer esposo de Catalina, eran reformistas, pero su segundo marido, lord Latimer (con quien parece que fue feliz), era tradicionalista. No obstante, su última carta a Thomas Seymour indica, en mi opinión, que en 1543 ya había emprendido el camino de la Reforma. Un camino en el que luego se adentraría.
Catalina Parr no era una seria teóloga, ni ella misma lo habría afirmado nunca. Su opúsculo Oraciones y meditaciones, publicado en 1545, es bastante ortodoxo. La Lamentación de una pecadora, sin embargo, probablemente escrito durante el invierno de 1545-1546, muestra a una mujer obsesionada con la salvación, que solo podía obtenerse a través de la lectura de la Biblia y mediante la fe en Cristo. En aquel tiempo eran comunes los escritos confesionales de esta clase, aunque no con la firma de una reina de Inglaterra.
Catalina cuenta que su propio amor por los placeres del mundo la cegaron durante mucho tiempo a la gracia de Dios, antes de sucumbir por fin a Él. Escribe con la fiera autocrítica religiosa de otras similares «confesiones» y «lamentaciones» de la época. En la Lamentación existen elementos para levantar las sospechas de los tradicionalistas, por su insistencia en que la salvación pasaba por una relación personal con Cristo y el estudio de la Biblia, en lugar de las prácticas de la Iglesia oficial. No obstante, y esto es crucial, la Lamentación no menciona siquiera el tema de la eucaristía.
Escribir era ya un riesgo, aunque en el invierno de 1545-1546 Enrique había dado un nuevo y radical paso contra la antigua religión al apropiarse de las capellanías, las misas que, a cambio de una remuneración, se oficiaban por los fallecidos (aunque el motivo del rey habría sido fundamentalmente hacerse con un dinero que necesitaba, pues eran muchas sus deudas). Pero en los primeros meses de 1546 Catalina pareció perder toda cautela al asociarse públicamente con reformistas y, según Foxe, discutir abiertamente de religión con el rey.
En palabras de Foxe: «En la época de su enfermedad, Enrique había abandonado su hábito de visitar a su reina, de manera que era ella la que iba a verlo a él, después de comer o cenar». Esto sin duda data esta parte de la historia en marzo-abril de 1546 (aunque casi todas las autoridades lo sitúan meses más tarde), puesto que este fue el único período antes del otoño en que Enrique estuvo seriamente indispuesto. Foxe nos dice que Catalina comenzó a sermonear al rey en cuestiones religiosas y una noche tuvo el descuido de hacerlo en presencia del obispo Gardiner, el líder de los conservadores, que en aquel crucial mes de marzo había vuelto de una larga misión como embajador y no tardó en ganarse la atención del rey. Gardiner, siempre según Foxe, le dijo al rey:
«… Cuán peligroso es, y ha sido siempre, que un monarca sufra tan insolentes palabras de boca de sus súbditos: la religión que tan rígidamente mantiene la reina no solo ha rechazado y disuelto la política y el gobierno de soberanos, sino que enseña al pueblo que todas las cosas deben ser de propiedad común. De manera que, fueran cuales fuesen sus colores, sus opiniones eran tan odiosas, y tan peligrosas para los gobernantes […] que por ley merecieron la muerte».
A continuación, según Foxe, Gardiner convenció al rey de que emprendiera una investigación sobre la religión radical, tanto en casa de la reina como en todas partes, tras alarmar a Enrique, entre otras cosas, con la mención de aquellos que pretendían poner todos los bienes en común, es decir, con la amenaza del credo anabaptista, por más que las creencias de Catalina (y desde luego las de Foxe) estuvieran muy alejadas del anabaptismo.
Si no me equivoco al pensar que esto sucedió en marzo-abril, cuando el rey convalecía, coincide con los informes de detenciones e interrogatorios que comenzaron en abril y prosiguieron hasta julio. Algunos han preguntado por qué se centraron los conservadores en Catalina Parr. Es mi opinión que ella era el objetivo evidente, al ser el centro de un grupo de damas de alto linaje que, ciertamente durante la Cuaresma de 1546, se reunían y hablaban de religión. Entre ellas estaba su hermana Anne (esposa de sir William Herbert), lady Denny (esposa de sir Anthony Denny, principal caballero de cámara de Enrique), y potencialmente la más importante: Anne Bourchier, esposa de lord Hertford. Si se demostraba que Catalina era culpable de herejía, Enrique se sentiría terriblemente traicionado por una mujer a la que todavía amaba (no hay prueba alguna de que quisiera librarse de Catalina en 1546, más bien al contrario), pero además lo más probable era que cayeran también todas las damas de su círculo, y con ellas sus esposos. Catalina Parr, por tanto, era la piedra angular: si lograban desvirtuarla, todo el edificio reformista se desmoronaría.
La persecución de herejes prosiguió durante meses. La primavera y el comienzo del verano de 1546 debió de ser un tiempo de desesperación para Catalina, pero al parecer nunca perdió la calma ni la compostura. Todos los miembros de su círculo se mantuvieron leales, aunque esto no es sorprendente, pues si caía uno caerían todos. Es posible que se realizaran investigaciones dentro de la casa de la reina, y es cierto que Catalina entregó a su tío, lord Parr, algunos libros para que los mantuviera a salvo (entre ellos tal vez la Lamentación de una pecadora).
En julio no se había encontrado nada contra ella, y para entonces los interrogatorios habían cesado. No se había descubierto nada contra ningún personaje de la corte, excepto contra el cortesano y amigo del rey George Blagge, pero nadie del círculo de la reina. Si Thomas Wriothesley y Richard Rich habían estado buscando herejes en nombre del obispo Gardiner (y posiblemente también del duque de Norfolk en la sombra), debían de estar desesperados.
Y entonces, a finales de junio y principios de julio surgió la extraordinaria y espantosa historia de Anne Askew, cuyas crónicas, Interrogatorios de Anne Askew, pasaron de contrabando a Flandes y fueron publicadas al año siguiente por John Bale. Anne Askew, o Anne Kyme, según su apellido de casada, era la esposa de un caballero de Lincolnshire. Tenía en torno a veinticinco años y, para los estándares de su tiempo, su comportamiento era extraordinario. Siendo una protestante radical que negaba abiertamente la presencia de Cristo en la eucaristía, abandonó a sus dos hijos y a su esposo, conservador religioso, para ir a predicar a Londres en 1545. Tenía allí parientes, ciertamente un primo y algunos lejanos contactos con cortesanos de bajo rango. No tardaron en llevarla ante el Consejo Común de Londres, donde negó ser una hereje. No obstante, un año más tarde volvió a comparecer y esta vez, aunque su inicial técnica de argumentación fueron las evasivas, terminó por admitir suficientes puntos para ser encontrada culpable de herejía. Se negó a retractarse, y tras ser interrogada por Gardiner y otros miembros del Consejo Privado, fue condenada a finales de junio y sentenciada a arder públicamente en la hoguera, junto con tres hombres, el 16 de julio.
No existen pruebas de que Catalina Parr y Anne Askew llegaran a coincidir ni mantener correspondencia alguna. Tal vez tuvieran algunos conocidos comunes, pero tampoco resulta sorprendente teniendo en cuenta lo reducida que era la élite Tudor. Una vez condenada, según la ley, Anne debería haber permanecido en prisión hasta la fecha de su ejecución. No obstante, a comienzos de julio la enviaron a la Torre, donde, según sus memorias, volvió a ser interrogada por Rich y Wriothesley, esta vez específicamente sobre su relación con las damas de la corte de Catalina Parr. No solo fue interrogada, sino también torturada personalmente por Rich y Wriothesley, para horror del teniente de la Torre, que se encontraba presente. Cuando le preguntaron específicamente por su relación con las damas del círculo de la reina, Anne admitió que había recibido dinero de hombres que afirmaban trabajar para la duquesa de Suffolk y lady Hertford, pero negó cualquier relación directa con ellas o con la reina. No constituía delito llevar dinero a los prisioneros para comprar comida; de hecho, estos donativos eran necesarios para mantenerlos con vida.
No parece haber razones para dudar de la historia de Anne Askew. El comportamiento de Rich y Wriothesley tiene la clara impronta de un último y desesperado esfuerzo de los conservadores religiosos por encontrar alguna prueba que perjudicara a la reina. Y tenían que estar muy desesperados, porque la tortura de una persona que ya había sido sentenciada (y para colmo una mujer de las clases nobles) no solo era ilegal, sino escandaloso; y más aún cuando Wriothesley, siendo lord canciller y por tanto el oficial más alto del cuerpo jurídico de Inglaterra, fue quien manejó personalmente el potro. Todo esto fue demasiado para el teniente de la Torre, que no tardó en informar al rey. Enrique quedó horrorizado. Se ha sugerido que el propio rey pudo ordenar en secreto la tortura, pero no hay pruebas que apoyen esta versión. A mi parecer, es más probable que Enrique se enfureciera sinceramente al enterarse de que habían torturado a alguien para obtener pruebas contra la reina, cuando tras meses de investigación no se había encontrado nada creíble.
El rey estaba para ese entonces ya furioso con los conservadores. Había declarado que al detener al cortesano George Blagge se habían «acercado demasiado a su persona», y Blagge fue indultado. Así pues, la cólera del rey hacia los que habían torturado a Anne Askew buscando perjudicar a la reina debió de ser enorme.
Según Foxe, existió una segunda conspiración contra Catalina. Afirma que llegó a emitirse una orden de arresto contra ella, y que alguien hizo llegar a manos de la reina una copia del documento. Este suceso ha sido convincentemente datado por Dakota Hamilton y otros en julio de 1546. Foxe cuenta que la respuesta de Catalina consistió en acudir al rey y convencerle de que jamás había intentado darle lecciones en materia de religión, sino solo ocuparle la mente para distraerlo del dolor de sus piernas. Parece ser que lo logró. Enrique aceptó la sumisión de Catalina, y cuando al día siguiente llegó el lord canciller Wriothesley con la orden para detener a la reina, Enrique lo insultó y le golpeó en la cabeza antes de echarlo fuera de su presencia. En otras palabras, Wriothesley fue completa y públicamente humillado.
A mí esto se me antoja una deliberada artimaña del rey, más que una espontánea secuencia de hechos, según le fueron relatados a Foxe por dos damas que habían pertenecido al círculo de Catalina (aunque tal vez a ellas les pareció genuina). Para empezar, es difícil imaginar sobre qué base legal habrían detenido a Catalina en julio, puesto que la exhaustiva investigación sobre ella y sus damas no había arrojado resultado alguno. Si Enrique hubiera querido en realidad disponer de ella, fácilmente podría haber amañado cualquier cosa, como hizo cuando quiso librarse de Ana Bolena y Thomas Cromwell, y como pronto haría con el duque de Norfolk.
Vale la pena advertir en este contexto que tres años antes, cuando el arzobispo Cranmer había sido el objeto de las acusaciones de herejía por Gardiner, el rey había desfavorecido a los conservadores de manera muy similar, conviniendo en que Cranmer debía comparecer ante el Consejo Privado, pero dándole con anterioridad su anillo para que lo mostrara ante el Consejo como prueba de que todavía contaba con el apoyo del rey. El resultado fue que se designó una comisión para investigar a Cranmer, ¡pero dirigida por el propio Cranmer! Estas tácticas tuvieron la ventaja de humillar a una facción (en ambos casos los conservadores religiosos) mientras servían como firme recordatorio al otro bando (primero a Cranmer y luego a Catalina) de quien era la máxima autoridad. Teniendo en cuenta el fracaso de la caza de herejes, habría sido muy propio de Enrique humillar así a Wriothesley, al tiempo que forzaba a Catalina, como anteriormente a Cranmer, a desempeñar un papel en el engaño (y en el caso de Catalina, a admitir públicamente que como mujer su deber era aprender de su esposo, no darle lecciones).
Creo, por tanto, que la orden de arresto no fue más que una artimaña destinada a humillar a Wriothesley, y también un claro indicio de que la persecución de herejes había concluido y que la reina seguía gozando del favor del rey. Es probable que la propia Catalina tuviera órdenes de participar en el engaño, y que todo hubiera sido orquestado por Enrique.
A finales de julio, cuando se encargaron nuevas joyas para la reina con vistas a la inminente visita del almirante D’Annebault, Catalina gozaba clara y visiblemente del favor del rey. Su hermano, como conde de Essex, cabalgó al lado del almirante durante su desfile por Londres en agosto. Y en octubre, el cuñado de Catalina, lord Herbert, fue ascendido a segundo chambelán, un puesto que sería de crucial influencia en los últimos días del rey. Los Parr habían logrado capear el temporal.
Quedaba la visita de Bertano, pero como se ha mencionado anteriormente, resultó un fracaso. Cuando el emisario papal llegó a principios de agosto, parece que de inmediato se frustraron las esperanzas de llegar a algún acuerdo con el Papa. Y a partir de entonces el rey comenzó a virar firmemente de nuevo hacia los reformistas. Bien podía haber temido que si dejaba a Gardiner y Norfolk al timón del reino durante la minoría de edad de su hijo, volverían a someter Inglaterra a la autoridad de Roma. Y la primera prioridad de Enrique fue siempre asegurarse de que la Supremacía Real pasara a su hijo. El rey no carecía de razones para sus temores: una década más tarde Gardiner sería consejero clave de la hija de Enrique, María I, cuando esta, durante un breve período, volvió a someter el reino a la autoridad papal.
Tras el fracaso de la misión de Bertano, el foco se centró de nuevo en las relaciones con Francia, y se dedicó gran atención a los preparativos de bienvenida para D’Annebault a finales de mes. Creo que se ha dado poca importancia a la magnificencia de las celebraciones en un país arruinado por las guerras de Enrique VIII. No había habido celebraciones de tal magnitud para recibir a un extranjero, al menos desde la llegada de la desafortunada Ana de Cleves en 1539. El secretario del arzobispo Cranmer, Ralph Morice, describiría más tarde a Enrique en uno de los banquetes de Hampton Court en honor de D’Annebault, con un brazo en torno al hombro del almirante y el otro sobre Cranmer (señal de que los favorecía a ambos, aunque para ese entonces a Enrique debía de resultarle difícil mantenerse en pie sin apoyo). Según Morice, hizo entonces la sorprendente declaración de que él y el rey francés pronto abolirían la eucaristía para establecer una comunión común. Esto nunca fue ni remotamente posible, por supuesto (Francisco I de Francia siempre se mantuvo firme en el catolicismo), pero que el rey dijera algo así, incluso como mera chanza, solo podía ser una señal de sus intenciones radicales, algo impensable tan solo unas semanas antes.
El equilibrio de poder en el Consejo Privado había vuelto a cambiar a favor de los reformistas con el retorno del conde de Hertford y lord Lisle, y fueron en su mayoría reformistas los que acompañaron a Enrique en su viaje a principios de septiembre. Este viaje iba a ser especialmente corto: estaba previsto que durara un par de semanas y llegara solo hasta Guildford. Pero Enrique volvió a caer enfermo y se trasladó de Guildford a Windsor, donde permaneció hasta finales de octubre. Durante la mayor parte de ese tiempo, los conservadores del Consejo Privado se quedaron en Londres gestionando asuntos rutinarios, mientras los radicales estaban con el rey. Como lo estaba Catalina Parr.
Enrique bien pudo pasar esos meses de otoño maquinando sus últimas decisiones clave. Tal vez su última grave recaída lo hizo consciente de la proximidad de la muerte. En noviembre y diciembre, Gardiner quedó marginado. Se le negó repetidamente audiencia con el rey, y en una reunión del Consejo lord Lisle llegó a abofetearle (sin consecuencias para Lisle, por más que fuera una muy seria ofensa). Luego, en diciembre, Norfolk y Surrey fueron detenidos, declarados culpables de traición y sentenciados a muerte. La causa formal era que Surrey había añadido las armas reales a su propio escudo, pero todo parece un amañado intento para librarse de Norfolk, que, siendo prócer del reino, se creía con el derecho a ejercer el control sobre el sucesor de Enrique, el joven Eduardo. Como hemos mencionado, Enrique ya había recurrido con anterioridad a inverosímiles acusaciones de traición para deshacerse de Ana Bolena y Thomas Cromwell. Surrey fue ejecutado en enero de 1547. Norfolk iba a seguir a su hijo al patíbulo el día 28, pero lo salvó la muerte del rey a primeras horas de esa misma mañana. Norfolk languideció en la Torre de Londres los siguientes seis años y medio.
A principios de diciembre, Enrique había caído una vez más seriamente enfermo, y parece que ya nunca se recuperó. Pasó los dos últimos meses de su vida en Whitehall. Algunos historiadores consideran significativo, políticamente, el hecho de que Enrique se mantuviera separado de la reina durante su último mes. Catalina no obtuvo la regencia que había esperado. No obstante, aunque pasó las Navidades en el palacio de Richmond, lejos del rey, sus aposentos estaban preparados para ella en Whitehall a mediados de enero, aunque no se sabe si llegó a residir allí, antes de que Enrique cayera enfermo por última vez, muy poco después. Pero lo importante no es que Enrique no viera a la reina durante esas últimas semanas de vida, sino que apenas vio a nadie, salvo al secretario Paget y, significativamente, los dos caballeros principales de su cámara privada.
Los caballeros principales de la cámara privada, los hombres más cercanos a la persona del rey, siempre escogidos por Enrique, ostentaron durante su reinado un gran poder político. Sus dos caballeros principales durante la mayor parte de 1546 fueron Anthony Danny, simpatizante reformista, y su ayudante, William Browne, un conservador. En octubre, Browne fue despedido y reemplazado nada menos que por William Herbert, cuñado de la reina y reformista. Esto sin duda contradice cualquier sugerencia de que los Parr hubieran caído en desgracia después de la persecución de herejes.
Enrique también veía mucho a sus médicos, por razones obvias. Su médico principal, el reformista William Butts, había muerto en 1545 y fue sustituido por su ayudante, Thomas Wendy, otro radical que también era el médico principal de la reina. De hecho, se ha sugerido que tal vez fuera el hombre que hizo llegar a la reina una copia de su orden de detención, bien en secreto o bien, como me parece más probable, actuando como intermediario en los planes de Enrique para humillar a Wriothesley.
Con estos hombres junto a él, Enrique redactó su último testamento a finales de diciembre. Un testamento que ha sido objeto de gran controversia. Durante los últimos años de la vida de Enrique, cuando había tantos documentos por firmar estando el rey tan enfermo, se había utilizado un «sello seco», un sello con un facsímil de la firma del rey. Cuando Enrique aprobaba un documento, se sellaba con la firma del rey, algo que solía hacer Paget. Cualquiera habría esperado que el rey firmara su testamento con su propia mano, pero se utilizó el sello seco. Por otra parte, el testamento no se incluyó en el registro de los documentos de la corte hasta un mes después de su firma, cuando Enrique ya había muerto.
Sin aventurarnos demasiado en esta controversia, la provisión de que el reino fuera gobernado, durante la minoría de edad de Eduardo VI, por un Consejo de dieciséis personas, en su mayoría radicales, refleja claramente las intenciones de Enrique en diciembre. No obstante, es muy posible que la cláusula que otorgaba al secretario Paget el poder de conceder «favores pendientes» (y que Paget sostenía que el rey le había confiado personalmente) fuera una falsificación. Tras la muerte del rey, el 28 de enero de 1547, Paget y Edward Seymour tomaron rápidamente la iniciativa: se otorgaron títulos y cantidades monetarias libremente a los miembros del Consejo a modo de «favores pendientes», y el Consejo nombró protector a lord Hertford.
Hertford se convirtió, durante algún tiempo, en algo parecido a un dictador. Dio comienzo una nueva política religiosa de signo radical protestante. Se abolió la eucaristía, los interiores de las iglesias fueron pintados de blanco y se instituyó un nuevo Libro de Oración. Es dudoso que Enrique hubiera deseado nada de esto, pero sí había asegurado su objetivo principal: preservar la Supremacía Real para el joven Eduardo VI. Para cuando Eduardo cumplió los quince años, a finales de 1552, ya estaba emergiendo su propia personalidad como radical y severo reformista. De haber vivido tanto como su padre, cosa de la que nadie tenía razones para dudar, seguramente se habría consumado una revolución protestante tan completa como la que tuvo lugar en Escocia en la década de 1560. Pero por esas ironías de la historia, Eduardo murió de tuberculosis en 1553, pocos meses antes de cumplir los dieciséis.
El trono pasó entonces a la hija mayor del rey, María, que cambió el rumbo por completo y volvió a la alianza con Roma, renunció a la Supremacía Real, restableció los monasterios y se casó con el príncipe católico de España, futuro Felipe II. Pero en 1558, tras solo cinco años de reinado, María murió, probablemente de cáncer, y heredó el trono Isabel, que volvió a establecer el protestantismo, aunque en una versión claramente moderada.
Se ha sugerido a menudo que las facciones protestante y católica de la corte de Enrique VIII estaban motivadas más por el deseo de poder que por convicciones religiosas, y es cierto que muchos consejeros (Paget, Rich, Cecil y otros) lograron sobrevivir y mantener el puesto tanto con Eduardo como con María, y que los consejeros jóvenes siguieron sirviendo bajo Isabel. Pero los consejeros veteranos de Eduardo, que habían implementado el protestantismo radical, eran en su mayoría anteriores radicales, mientras que los de María eran conservadores. Esto nos recuerda que aunque muchos clérigos y consejeros se movieran por su deseo de poder y riqueza, es un error pensar que las clases gobernantes de la época Tudor se tomaran la religión a la ligera.
La historia de los últimos dos años de Catalina Parr es trágica. Para su decepción, no obtuvo la regencia. Luego, esta mujer tan capaz y habitualmente astuta decidió seguir los dictados de su corazón en lugar de su cabeza y se apresuró a casarse con su antiguo amor, el hermano del protector, Thomas Seymour. El resultado fue desastroso. Se trasladó con él (y con una Isabel adolescente) al castillo de Sudeley. Allí, a los treinta y cinco años, quedó embarazada por primera vez. Thomas Seymour, que probablemente se había casado con Catalina por su posición como reina viuda, se entretuvo durante el embarazo de su esposa abusando sexualmente de Isabel, que por aquel entonces tenía catorce años. Cuando Catalina lo descubrió, Isabel fue expulsada de la casa de su madrastra, con quien había mantenido una estrecha relación durante cuatro años.
En septiembre de 1548, Catalina dio a luz una niña, pero, como tantas mujeres de la época, murió poco después por una infección en el útero. En el delirio de sus últimos días acusó a su marido de burlarse de ella y traicionarla.
Seymour, que para entonces parece que estaba perdiendo la cabeza, puso en marcha una delirante conspiración, en febrero de 1549, para hacerse con su joven sobrino Eduardo VI y tal vez nombrarse él mismo protector en lugar de su hermano. No obtuvo apoyo alguno y fue inmediatamente detenido y ejecutado por traición en marzo de 1549. Se dice que Isabel, al enterarse de la ejecución, comentó: «Hoy ha muerto un hombre de gran ingenio y poco juicio». Como de costumbre, supo resumir las cosas a la perfección.
Mary Seymour, la hija huérfana de Catalina, pasó al cuidado de la duquesa viuda de Suffolk, amiga de Catalina, pero desaparece de las crónicas después de 1550 y debió de morir en la infancia, como tantos niños de la época. El más triste de los finales de la historia de Catalina Parr.
Terminaste Herejía
C. J. Sansom
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