Herejía
Capítulo 29
29
Rich era el hombre más menudo de los presentes, pero al instante se hizo con el mando. Se quitó el bonete negro y con él abofeteó a Stice. Al joven le llamearon los ojos por un momento, pero bajó la espada.
—Os dije que no tenían que sufrir daños —le espetó Rich—. Ya habéis maltratado al muchacho más de lo que yo quería…
—Me atacó cuando se despertó —se justificó Gower.
—¡Silencio, botarate! —Rich se volvió hacia mí y habló con voz queda y seria—: Shardlake, no deseo ninguna violencia. Me llevé al muchacho porque sabía que os traería hasta aquí, y necesito hablar con vos. Sabía que si establecía contacto de cualquier otra manera iríais directamente a informar a los hombres de la reina, y lo que tengo que decir debe mantenerse en secreto. Es posible que en esta ocasión podamos incluso hacernos un servicio mutuo.
Me quedé mirándolo sorprendido. Aquel era el nervioso Richard Rich que había visto en la quema de Anne Askew: desgreñado y largo pelo gris, rostro enjuto de severas facciones, nuevas arrugas en torno a la boca, y unos ojos grises, normalmente fríos y acerados, que vagaban por toda la sala.
No respondí, pues me había dejado sin palabras, y Nicholas se había quedado estupefacto al ver de pronto al consejero privado. Los dos hombres de Rich nos vigilaban de cerca. Al oír unos golpes en la puerta, todos dimos un respingo, sobresaltados. Todos salvo Rich, cuya expresión mutó a su habitual sonrisa taimada.
—Ve a abrir, Gower —ordenó—. Nuestro grupo todavía no está al completo.
Gower lo hizo y se encontró con el alguacil y su ayudante, y entre ellos, Barak. Vi que la daga de su cinto había desaparecido. Lo metieron en la casa de un empujón, y Rich lo señaló con la cabeza y se dirigió a Stice y Gower:
—Vigilad bien a ese, es una buena pieza. Señor Barak, dejadme que os diga que la violencia no os ayudará, ni a vos ni a vuestro señor. —Rich se acercó al alguacil, que le dedicó una reverencia—. ¿No hay nadie más?
—No, señor, solo este.
—Bien. Tú y tu hombre seréis recompensados. Y recuerda mantener la boca cerrada.
—Sí, sir Richard.
El alguacil volvió a inclinarse antes de marcharse con su ayudante. Rich cerró la puerta y meneó la cabeza, con aquella sardónica sonrisa que dejaba al descubierto sus dientes rectos y pequeños.
—Barak, habría esperado algo mejor de vos. ¿No se os ocurrió pensar que si utilizaba esta casa habría sobornado ya al alguacil de la zona? Pueden ser comprados, como bien sabéis, y yo pago bien.
Al ver que Barak no contestaba, Rich se encogió de hombros.
—Sentaos a la mesa. Tú también, muchacho. Quiero tener unas palabras con vuestro señor, y si todo concluye bien, os dejaré marchar a todos. ¿Entendido?
Barak y Nicholas guardaron silencio, pero a una señal mía permitieron que Stice y Gower los llevaran a la mesa. Todos se sentaron.
—Vigilad a Barak de cerca —repitió Rich—. Tiene más artimañas que un mono. —Se encaminó entonces hacia la escalera, haciéndome un gesto imperioso con el dedo para que lo siguiera—. Venid, señor Shardlake.
No tenía opción. Una vez arriba, Rich me llevó a una estancia tan escasamente amueblada como el resto de la casa. Solo albergaba un escritorio con un candelabro de velas encendidas y un par de sillas. Me indicó que tomara asiento y se quedó mirándome, su expresión de nuevo seria. Al resplandor de las velas me pareció ver su rostro más arrugado y macilento. Sus ojos verdes eran pequeños puntos de luz. Aguardé sin decir nada. Había mencionado que podríamos sernos útiles mutuamente, así pues, que me explicara cómo. ¿Sabría de la desaparición de la Lamentación? Debía evitar ser el primero en mencionarlo.
—Estáis trabajando de nuevo para la reina —comenzó por fin. Era una afirmación, no una pregunta. Lo cierto es que en su nota había dejado claro que lo sabía.
—Sí. Y os buscaréis más problemas si yo desaparezco. Recordad lo que su majestad sabe sobre vos. —Lo de «más problemas» había sido una intuición, pero Rich entornó los ojos—. No le complacerá mucho saber, por ejemplo, que vuestro hombre Stice intentó una vez sobornar a uno de sus pajes, algo que sé a ciencia cierta. —Rich frunció el ceño—. ¿Es cierto, como decíais en vuestra nota, que tenéis un espía en su casa?
Se encogió de hombros.
—No. Pero os vi hace unos días en la Cámara de la Guardia.
—Pensé que no me habíais visto —dije, alarmado.
Él se inclinó hacia mí:
—Muy pocas cosas se me pasan por alto —declaró con tono ominoso—. Era muy poco probable que hubierais ido a ver al rey, pensé entonces, de manera que estabais trabajando de nuevo para la reina. Me pregunté por qué. Y luego, justo a continuación, comenzasteis a investigar el asesinato de un tal Armistead Greening, impresor.
—Solo en representación de sus padres.
—No me toméis por idiota, Shardlake —se impacientó—. Estáis actuando en nombre de la reina. —Al ver que yo no respondía, se quedó pensativo un momento —. Dejadme adivinar lo que habéis descubierto. Greening formaba parte de un grupito de fanáticos religiosos, probablemente anabaptistas. Uno de sus miembros, Vandersteyn, es un mercader holandés, y sabemos que el anabaptismo todavía infecta aquellas tierras. Y otro es Curdy, un comerciante de una antigua familia de lolardos, y ya sabemos cuántos lolardos han sido seducidos por los anabaptistas. —Tenía alzada una mano flaca con la que iba contando los dedos de la otra—. Vandersteyn; Curdy; Elias Rooke, aprendiz; McKendrick, un soldado escocés convertido en predicador, y Leeman —añadió inclinándose—, un miembro de la guardia de la reina, nada menos. Y por último, parece ser, un carcelero de la Torre llamado Myldmore. Seis. Todos desaparecidos.
Tomé aliento. Así pues, Rich sabía mucho, pero no que Elias había sido asesinado, ni que lord Parr tenía a Myldmore bajo custodia. Eran cuatro los desaparecidos, no seis.
—¿De manera que vos también andáis buscando al asesino de Greening?
Él enlazó las manos.
—No —negó categórico—. Estoy buscando un manuscrito. Un manuscrito importante para mí y tal vez para su majestad, la reina.
Uno. Solo uno. Pero yo sabía, por Myldmore, que había dos: la Lamentación y los Interrogatorios de Anne Askew. Y este último implicaba a Rich en su tortura. ¿Y si desconocía la existencia de la Lamentación?
—Un manuscrito escrito por Anne Askew —aventuré—. ¿Sobre la temporada que pasó en la Torre?
Rich se reclinó en su silla.
—Bien. Ya están las cartas sobre la mesa. Sí, las mentiras y dislates de esa miserable mujer. De manera que conocéis su existencia. ¿Cómo?
—Hablé con el aprendiz Elias antes de que desapareciera, y me confió que el manuscrito estaba en poder de Greening —mentí—. Decidme, ¿fue ese manuscrito la razón de que vuestros hombres intentaran asaltar el taller de Greening antes de que lo asesinaran?
Rich frunció el entrecejo.
—¿De quién habéis obtenido esa información? Ah, del muchacho Elias, supongo. Sí, esos dos intentaron entrar en el taller para recuperar los escritos de Anne Askew, pero los interrumpieron. Y poco después alguien mató a Greening.
—¿Cómo sabíais vos que Greening tenía el manuscrito, sir Richard?
—Por el carcelero Myldmore. Que ahora también ha desaparecido. Sabía ciertas cosas sobre la estancia de Anne Askew en la Torre, da lo mismo cómo, e hice que lo siguieran.
—¿Stice?
—No; Gower. Nadie lo diría viéndolo, pero una de sus virtudes es la de saber seguir a alguien subrepticiamente. Y me informó de que Myldmore había ido a ver a Greening, con una pequeña saca a la espalda, llena cuando entró y vacía a su salida.
—Ya veo.
Rich se agitó en su silla.
—Hice que interrogaran de nuevo a Anne Askew. Ya estaba entonces fuera de la Torre, en una casa privada, bajo vigilancia hasta el día de su quema. No tuvo reparos en admitir que había escrito un injurioso testimonio de su estancia en la Torre, en el que nos acusaba a Wriothesley y a mí de haberla torturado, entre otras cosas, y que había logrado sacarlo clandestinamente. No quiso decir cómo ni a quién le había sido entregado. Pero no hizo falta, pues me había enterado de la respuesta siguiendo a Myldmore. —Arrugó la frente, y advertí un espasmo en su mentón—. Anne Askew se rio en mi cara, se jactó triunfal de haber logrado sacar sus escritos de la Torre — gruñó—. Nada le gustaba más que tener la última palabra. Temí que tal vez fuera a decir algo comprometedor en la quema. Y de hecho hubo un momento en que pensé que lo haría, pero entonces…
Guardó silencio y yo terminé la frase por él:
—La pólvora explotó. Lo recuerdo.
—Sí, os vi allí.
—¿Qué teméis que hubiera podido decir y escribir, sir Richard? —pregunté con voz queda.
—Cosas sobre mí. Y sobre otra persona. Una sarta de mentiras, pero en estos tiempos de propaganda herética…
—Si sabíais que Greening tenía esos escritos, ¿por qué no lo hicisteis detener? ¿Y a Myldmore?
—Era mejor tratar este asunto en privado —replicó.
De ahí su miedo, pensé. El rey ya estaba furioso con él por torturar a Anne Askew para sonsacarle información sobre la reina, y ahora temía que, si esto llegaba a ser de conocimiento público, significara el final de su carrera. Era evidente que no sabía nada de la Lamentación, gracias al cielo.
—Por supuesto —retomó la palabra, recuperando la confianza en la voz—, igual que a mí me preocupa que sean descubiertos los escritos de Anne Askew, también debe preocupar a la reina, pues de otro modo no os habría empleado. Tal vez Anne Askew escribió algo sobre sus propias relaciones con su majestad o sus amigas radicales. —Pero desdeñó sus propias palabras con un gesto de la mano—. Aunque ahora mismo la reina no me interesa nada.
—Sir Richard, eso cuesta de creer, cuando vos y Wriothesley habéis pasado los últimos meses intentando acabar con ella, sin duda por orden del obispo Gardiner.
—El plan de Gardiner fracasó —espetó—. Dependía de encontrar pruebas contra la reina y no se descubrió ninguna, como sin duda sabéis. El rey nos advirtió desde el principio que debíamos aportar pruebas: estaba irritado con ella por haberlo sermoneado, pero todavía ama a esa mujer. Y ahora está furioso con todos los implicados en el asunto, y la reina ha recuperado su favor. Ya no me interesa si es una hereje o no.
—De modo que lo importante para vos es encontrar los escritos de Anne Askew. Estáis interesado en salvar vuestra propia posición. Tal vez incluso vuestro pellejo.
—¿Y quién no querría? —replicó—. La reina siente lo mismo, estoy seguro, y puesto que vos estáis involucrado, deduzco que en los escritos de Anne Askew hay puntos que podrían poner en peligro a su majestad.
No contesté. Richard suspiró antes de proseguir, con tono cansado:
—Solo los Askews y los Gardiners de este mundo arriesgarían sus propias vidas por cuestiones como la naturaleza de la eucaristía. Lo que hace cualquier hombre dotado de razón —sentenció, señalándome con el dedo— es dedicar sus esfuerzos a su propia preservación, por encima de cualquier otra cosa. Tenéis razón, Shardlake, deseo asegurarme de que estoy a salvo, lo mismo que desea la reina. He llegado a un punto muerto en mi búsqueda de los hombres desaparecidos. Y creo que vos también. Tengo un espía en los muelles, y por lo que me dice, andan por allí otros hombres vigilando a todo el que intente sacar libros de la ciudad. Sospecho que tales hombres trabajan para la reina. —Permanecí en silencio—. Cuento con recursos limitados, igual que vos —prosiguió, irritado—. Lo que sugiero es que la reina y yo unamos esfuerzos para recuperar el manuscrito de Anne Askew. Alianzas más extrañas se han visto en los últimos quince años —apostilló, con una carcajada amarga.
—No olvido cuál fue el resultado la última vez que hice un trato con vos —dije por fin—. Intentasteis matarme.
Él se encogió de hombros.
—Ah, me gustaría veros muerto, de eso no tengáis duda. Pero aquí está en juego un asunto mayor. Os ofrezco una cooperación limitada para un fin específico. Además, contáis con la protección directa de la reina.
Me recliné en la silla.
—Necesito pensarlo. —Mis sentimientos hacia Rich eran violentos: una mezcla de asco, odio y absoluta desconfianza. Y sí, confieso que también me producía cierto placer tratar con él de igual a igual por primera vez, así como el hecho de saber más que él. Y en lo que me proponía no le faltaba razón. Su sugerencia tenía sentido. Aún más, trabajar con él me daría una oportunidad de evitar que sucediera lo peor: que al intentar recuperar los escritos de Anne Askew, cayera en sus manos la Lamentación. Porque eso era material verdaderamente explosivo. Esta vez sería yo el que jugara un doble juego con Rich.
—Queréis decir que necesitáis consultar con los hombres de la reina. Sí, lo comprendo.
—Seréis consciente de que el manuscrito de Anne Askew ya puede haber salido clandestinamente del país, para ser impreso en el extranjero. —Igual que la Lamentación, pensé.
—No lo creo. —Volvió a reclinarse, entrelazando los dedos—. ¿Conocéis a John Bale, que actualmente reside en el exilio, en Amberes?
—Conozco su reputación.
—Es el principal editor de libros heréticos en inglés. Un destino probable para la basura de la que estamos hablando, ¿no creéis?
—Sí.
—Pues bien, John Bale lleva algún tiempo vigilado por agentes del rey. El secretario Paget está a cargo de ello, pero yo me cuento entre los consejeros privados que tienen acceso a los informes. Nos habría gustado hacerlo detener por las autoridades del emperador Carlos y verlo arder en la hoguera como ardió William Tyndale hace una década. Pero la autoridad del emperador es débil ahora en Amberes, y tenemos que limitarnos a vigilar. Y es bien sabido que Bale está esperando un encargo. Todavía no lo ha recibido, o al menos no lo había recibido hace dos días, la fecha del último informe.
—Ya veo. —Aquello también cuadraba con lo que Hugh Curteys me había dicho —. ¿Y dónde encaja el lord canciller Wriothesley en todo esto?
—Me deja a mí el trabajo sucio. Como suele hacerse.
—¿Quién dirige a vuestros hombres? ¿Stice?
—Sí. Su familia tiene algunos contactos, es uno de esos innumerables jóvenes caballeros que buscan un sitio en la corte. Yo ando atento a aquellos que tienen cerebro y no les importa ensuciarse las manos. Gower es uno de sus lacayos.
—Gower parece un poco… inestable.
—Stice me asegura que le es absolutamente leal, y eso parece. Y uno debe confiar en sus propios subordinados, hasta cierto punto, si no quiere volverse loco, ¿no creéis?
—Cierto.
—Si encontramos el manuscrito de Anne Askew, quiero que acordemos que será destruido sin haber sido leído —declaró, hablando despacio y claramente, como para prevenir cualquier malentendido.
Asentí.
—No tengo problema con eso. —Aquí tenía ventaja sobre Rich, sabiendo que en ese manuscrito no había nada que implicara a la reina. No me importaba lo que sucediera con esos papeles. Ya había decidido recomendar a la reina acceder a este acuerdo temporal con Rich. Pero lo estaría vigilando como un halcón. Estaba seguro de que, de no haberme presentado a esta cita, Rich habría matado a Nicholas. Y yo jamás habría sabido quién lo había hecho.
—Reflexionaré sobre vuestra propuesta. Con los hombres de la reina.
—Ya lo imaginaba.
Esbocé una sombría sonrisa.
—No os ha ido muy bien estos últimos años, ¿verdad, sir Richard? Esas acusaciones de corrupción cuando estabais a cargo de las finanzas durante la guerra… Y ahora, meses trabajando para Gardiner y Wriothesley con el fin de derrocar a la reina, para acabar en un fracaso absoluto. Ya me pareció que no mostrabais vuestra habitual confianza el día de la quema.
Rich había hablado cortésmente hasta ese momento, un hombre negociando con otro, pero ahora me clavó una mirada torva y blandió un dedo flaco ante mí:
—Puede que la reina haya capeado este temporal, Shardlake, pero no estéis tan seguro de que las circunstancias vayan a favorecer a los reformistas de ahora en adelante. Os ofrezco mi cooperación sobre un asunto específico por un tiempo limitado. Decidle eso a vuestra señora, y, por favor, recordad cuando volváis a hablar conmigo que soy un consejero privado.
Entonces frunció el ceño. Había perdido la compostura ante mí y ahora se arrepentía. Al advertir que los reformistas no deberían sentirse muy seguros, solo podía referirse al complot que estaban urdiendo los tradicionalistas, el que había mencionado lord Parr. El complot en el que Bertano —quienquiera que fuese— podría estar involucrado. Pero no me atreví a mencionarlo.
Me puse en pie y me incliné en una irónica reverencia.
—¿Cómo puedo ponerme en contacto con vos?
—Cualquier mensaje que se envíe a esta casa llegará a mis manos. Stice se quedará aquí de momento, aunque piensa que el lugar no es digno de él.
—Una última cosa, sir Richard. Sabéis que Stephen Bealknap ha muerto.
—Sí. Soy el albacea de su testamento.
—El monumento en su propio honor que tenía planeado ha sido rechazado por el Colegio de Lincoln.
Él se encogió de hombros.
—Eso he oído.
—Sir Richard, ¿le pedisteis a Bealknap que intentara congraciarse conmigo, el otoño pasado?
Se mostró sorprendido:
—¿Por qué iba a hacer una cosa así? Además, para entonces yo había dejado de requerir los servicios de Bealknap. Su salud ya no era de fiar.
Me lo quedé mirando. Su sorpresa parecía auténtica. Lo que Bealknap hubiera estado haciendo no tenía nada que ver con Rich. Claro que, por otra parte, Rich era un consumado embustero.
—Contestadme mañana, os lo ruego, Shardlake. No tenemos mucho tiempo. —Él también se puso en pie—. Y ahora podéis ir a recoger a ese granuja de Barak y al larguirucho inútil, y largaos.
Stice y Gower se quedaron en pie mientras los tres salíamos de la casa. Sabía que para Nicholas, y probablemente también para Barak, marcharnos con tal sumisión era como una derrota. Pero yo debía ir a Whitehall.
Recorrimos Thames Street, ahora desierta después del toque de queda. Las ventanas estaban abiertas al calor de la noche, cuadrados iluminados por la oscilante luz de las velas. Nos adelantó un oficial con su toga, precedido por dos niños con antorchas que le alumbraban el camino.
—El alguacil debió de recibir un buen soborno —refunfuñó Barak—. Un soborno que solo alguien como Rich se puede permitir. Por las barbas de Cristo, si alguna vez me encuentro a solas con ese Stice, le corto los cojones. Es de una impertinencia intolerable. Me dijo que lord Rich le contó que en otro tiempo trabajé para lord Cromwell y me preguntó si era cierto que Cromwell sacaba a sus hombres de la calle, en lugar de utilizar caballeros como es debido.
—Y ese otro patán —terció Nicholas—, ese está mal de la cabeza. Dijo algunas cosas que…
Miré al muchacho, que tenía la cara surcada de moratones.
—Lo lamento. No sabía que nos enfrentábamos a Rich —le dije—. Es un hombre que no se detiene ante nada.
—¿Era él en verdad? —me preguntó Nicholas—. ¿El consejero privado?
—Sí —contestó Barak.
—Sabía que tenía mala reputación.
—Ya hemos tenido algún encontronazo con él —dijo Barak—. Debería haber sido ahorcado una docena de veces. —Se volvió hacia mí—. ¿Qué demonios quería de ti?
Reí con amargura.
—Sugerirme que trabajemos juntos, lo creas o no. Nicholas, no debería decir más delante de ti. No es seguro.
—¿Tengo que ver mi vida amenazada y aceptarlo sin más? —replicó Nicholas—. ¿Ver que no se hace justicia con esos bribones?
El chico era un temerario, pero, por los clavos de Cristo, tenía el valor de hablar así después de lo que debió de ser un aterrador cautiverio.
—No le falta razón —comentó Barak.
—Nicholas, no puedo decir más sin violar una promesa, y no voy a darte información que podría resultar peligrosa para ti. Ya le he dicho a Jack más de lo que debería. —Vacilé un momento antes de preguntar—: ¿Te han hecho mucho daño?
—¿Aparte del golpe en la cabeza? Ese Gower me dio una paliza cuando intenté enfrentarme a ellos al despertar. Pero ¿qué clase de hombre no se habría revuelto en mi posición? Luego me dijeron que si me quedaba tranquilo no sufriría ningún daño. No me quedó otra opción —concluyó con voz algo temblorosa. Seguramente había pasado más miedo del que querría admitir—. Decidme al menos una cosa —me pidió —: ¿utilizaron mi vida para negociar con vos? ¿Os hicieron darles algo a cambio de ella?
—No. Rich se limitó a utilizarte como cebo para que yo accediera a hablar con él.
De hecho, ha sido un encuentro ventajoso para mí.
—Me alegro de eso, al menos.
—¿Cómo va la herida del pecho?
—Sana bien. Pero debería lavarme estos cortes.
—Entonces ve a tus habitaciones. —Respiré hondo—. Nicholas, cuando viniste a trabajar para mí no esperabas ser atacado ni secuestrado por canallas asesinos. Sería mejor si te trasladara al servicio de otro abogado. Con las mejores referencias, te lo prometo.
Para mi sorpresa, el joven se echó a reír.
—¡Esto es mucho más interesante que las leyes!
Tuve que recordar que algunos jóvenes caballeros gustan de la aventura, pues han sido educados para considerarla algo noble. Ni siquiera sus recientes experiencias habían apeado a Nicholas de tal convicción.
Nos separamos al principio de Thames.
—Bueno, ¿qué ha pasado? —me preguntó Barak en cuanto Nicholas se marchó.
Le conté la conversación y él se acarició la barba.
—Desde luego, estamos jugando a la gallina ciega. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Ir a palacio e intentar ver a lord Parr, a pesar de lo tarde que es.
—¿No has tenido bastante para un solo día?
—Tengo que informar de lo de Rich inmediatamente. Lo que le dije a Nicholas va por ti también, Jack. Los dos deberíais desentenderos ya de todo esto.
Él negó con la cabeza.
—Ni hablar, después de lo que ha pasado. Me hierve la sangre.
—Más bien te hierve el orgullo. ¿Y qué hay de lo que dijiste antes? ¿Y Tamasin?
Arrugó el entrecejo.
—Mi esposa no me gobierna.
—Jack…
—Quiero llegar al fondo de esto. Además —añadió, bajando un poco la voz—, necesitas a alguien. No tienes nadie en quien confiar, a ninguna de esas personas de la corte les importa lo que te suceda. ¿Y si te matan? Yo me quedaría sin trabajo.
—A la reina… —protesté.
—Su primera lealtad es hacia su familia —objetó él—. Y hacia el rey, por más miedo que le tenga. Necesitas gente en la que de verdad puedas confiar. Estoy seguro de que puedes confiar enteramente en Nick. Y además es útil. Piénsalo.
Tras estas palabras, dio media vuelta y se encaminó hacia su casa con paso animado. Pensé que siempre se había debatido entre su vida actual y sus antiguas andanzas, y este encuentro había alterado el equilibrio de la balanza. Su gusto por la aventura se había impuesto, como en el caso de Nicholas. Eché a andar con un suspiro hacia el río en busca de alguna chalana que me llevara a Whitehall.