Herejía

C. J. Sansom · Capítulo 32 de 58

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Herejía

Capítulo 30

30

 

 

De nuevo me encontraba en la oficina de lord Parr, ya muy tarde, bien pasada la medianoche. El palacio estaba oscuro y silencioso, pues todo el mundo dormía, excepto los guardias que patrullaban los corredores. Al tenue resplandor de las velas, la espléndida decoración quedaba oculta entre las sombras.

Lord Parr seguía trabajando cuando yo llegué, con los postigos cerrados y el despacho iluminado con gruesos cirios de grasa. Había hecho llamar a William Cecil, que llegó en cuestión de minutos, lo cual quería decir que se albergaba en el palacio. Cuando les relaté mi encuentro con Rich, lord Parr mandó avisar a la reina. Catalina había estado con el rey esa tarde, pero había vuelto a sus aposentos.

—Hay que consultar con ella —insistió—. Esto la atañe demasiado.

Sentado tras su escritorio mientras esperábamos, parecía agotado.

—Conque Richard Rich, ¿eh? —Meneó la cabeza con una cansada sonrisa, divertido tal vez, como viejo cortesano que era, con esta vuelta de tuerca del juego político.

—Yo sospechaba que Rich podía estar detrás de todo esto —comenté—. De los asesinatos y el robo del manuscrito. Pero por lo visto no es así, esta vez no.

—Pero si la Lamentación llega a sus manos… —terció Cecil.

—Dios no lo quiera —interrumpió lord Parr—. La utilizaría para reanudar la campaña contra la reina. —Nos miró a los dos—. Bueno, ya conocéis el dicho: hay que mantener cerca a los amigos, y a los enemigos todavía más cerca. Vamos a trabajar con Rich, lo mantendremos bien cerca.

Tras un suave golpe en la puerta aparecieron Mary Odell y la hermana de la reina, lady Herbert, portando velas. Se hicieron a un lado para que Catalina pasara entre ellas. Al igual que sus damas, la reina venía ataviada de manera informal, con un caftán verde y dorado, pues no había dispuesto del tiempo que requería la laboriosa tarea de vestirse adecuadamente. Llevaba el pelo castaño recogido bajo un bonete de punto, y su rostro, apresuradamente blanqueado con cerusa, se veía tenso. Nos inclinamos ante ella, yo con la espalda muy rígida después de tan larga jornada. Despachó a sus damas.

—¿Qué noticias hay? —preguntó sin preámbulos—. Por favor, decidme que habéis encontrado mi libro.

—Todavía no —contestó lord Parr con suavidad—, pero ha habido una novedad, una… complicación. Lamento haber requerido vuestra presencia a estas horas, pero el asunto es urgente.

Me señaló con la cabeza y yo repetí una vez más mi historia, aunque omitiendo la amenaza de Stice de enviarme la cabeza de Nicholas.

—Rich no sabe nada de la Lamentación —concluí—. Cree que en los escritos de Anne Askew puede haber algo que os comprometa tanto como a él.

—Rich tampoco sabe que tenemos a Myldmore —añadió lord Parr—. Shardlake fue muy astuto.

—El muy canalla de Rich. —La reina pasó por delante de mí para acercarse a la ventana, con un rumor de seda y una estela de perfume. Pretendía abrir los postigos —. Hace mucho calor…

—Por favor, Kate —se lo impidió su tío—. No sabemos quién puede estar vigilando.

Ella se volvió hacia nosotros esbozando una sonrisita amarga.

—Sí, es cierto. Por un momento se me había olvidado. Aquí una tiene que estar atenta al mínimo gesto. —Respiró hondo, se sentó y nos miró uno a uno—. ¿Debemos cooperar con Rich?

—Por lo menos debemos fingirlo —contestó lord Parr—. Trabajaremos con su gente, pero sin dejar de vigilarlos en todo momento. Contar con otros ojos en los muelles no estará de más. —Se volvió hacia mí—. La información sobre Bale también resulta útil.

—Pero ¿quién tiene los libros? —preguntó Cecil—. ¿Los cuatro hombres desaparecidos, es decir, McKendrick, Curdy, Vandersteyn y el desgraciado del guardia, Leeman? ¿O alguien que no tiene nada que ver? Ni siquiera sabemos si esos cuatro siguen vivos. ¿Para quién trabajaban los asesinos de Greening? Ahora sabemos que no era para Rich.

—Creo que nuestros cuatro desaparecidos son radicales que quieren sacar ambos libros del país —dije—. Sabemos, por sus acciones en Alemania, de lo que los anabaptistas son capaces, por más que algunos hayan renunciado a la violencia. Los asesinos de Greening bien podrían haber sido sicarios de los anabaptistas, contratados a causa de alguna lucha interna. Como ya he mencionado, si la Lamentación hubiera caído en manos de los conservadores, lo único que tendrían que haber hecho es enviarle una copia al rey. —La reina dio un respingo, pero era algo que debía decirse —. Creo que la respuesta está en los hombres de Curdy dentro del grupo radical.

Lord Parr meneó la cabeza.

—Tal vez sepamos hasta dónde está involucrado Rich, pero cualquier otra persona de la corte que quiera mal a la reina podría tener ese manuscrito escondido y haber empleado a uno del grupo como espía. —Volvió a mover la cabeza—. En ese caso tendría que ser, casi con total seguridad, alguien del Consejo Privado, no me cabe duda. Pero ¿quién? ¿Y dónde está ahora el manuscrito?

—Seguimos sin tener ni idea.

Lord Parr respiró hondo.

—Muy bien. Shardlake, os comunicaréis con Rich mediante su hombre, Stice. Cecil y vos podéis trabajar con su gente para buscar a los cuatro desaparecidos y mantener los muelles vigilados. —Se inclinó para escribir en un papel—. Estos son nuestros hombres en la Casa de Aduanas. Dadle esto a Stice, y obtened a cambio los nombres de sus agentes. Los nuestros solo saben que estamos buscando a alguien que pretende sacar del país ciertos escritos.

Cecil se mostró inquieto.

—Estamos hablando de asesinos. Podría haber problemas. Tal vez tengamos que lidiar con los hombres desaparecidos si intentan escapar, y es posible que necesitemos ayuda. También es posible que tengamos que enfrentarnos a los hombres de Rich, si aparece el manuscrito de la reina. ¿De cuántos hombres jóvenes y fuertes disponéis?

—En mi propia casa tengo cuatro a quienes confiaría algo así. Aunque por supuesto no les diré nada de la Lamentación.

—No toleraré ninguna violencia —intervino la reina.

—Tal vez no tengamos alternativa —replicó sombrío lord Parr—. Shardlake y Cecil pueden verse en la necesidad de defenderse, y deberían contar con ayuda. —Me clavó la mirada—. ¿Hasta dónde sabe vuestro hombre, Barak?

—Ahora lo sabe todo. —Al oír esto, lord Parr enarcó las cejas—. Tuve que contárselo —expliqué— cuando le pedí que vigilara por mí en Needlepin Lane.

El canciller se lo pensó un momento antes de declarar:

—Entonces podemos contar con él. ¿Y qué hay de vuestro pupilo, el que fue secuestrado?

—Solo sabe algún detalle. Ha demostrado tener valor, pero es muy joven. Y Barak tiene responsabilidades. No desearía someter a ninguno de los dos a más peligros.

—¿Ellos están dispuestos a colaborar?

Vacilé un momento.

—Sí. Son buenos hombres.

—Entonces los necesitamos.

—Ya conozco a Barak —dijo Cecil—, pero ese muchacho…

—Nicholas.

—Nicholas. ¿De verdad se puede confiar en él? ¿A quién otorga su lealtad?

Pensé antes de contestar.

—A nadie que no sea yo, creo.

—¿Respondéis de él?

—Sí, desde luego.

—¿Qué hay de sus orígenes? ¿Y sus lealtades religiosas?

—Pertenece a la nobleza de Lincolnshire. No tiene relación con nadie de la corte. En cuanto a religión, una vez me dijo que solo desea rendir culto tal como indique el rey, y cree que a otros debería permitírseles libertad de conciencia.

—¿Incluso a los papistas? —preguntó Cecil con tono de desaprobación.

—No lo especificó. No me parece pertinente interrogar a mis hombres sobre sus opiniones religiosas.

Lord Parr me clavó unos ojos inyectados en sangre y agotados, pero todavía alerta, y tomó su decisión:

—Incluid al muchacho. Contadle la historia. Ha demostrado ser útil. Pero esta es una nueva responsabilidad. Hacedle jurar que mantendrá en secreto la información sobre el libro de la reina. Y lo mismo con Barak.

—Ese Nicholas parece un joven de poca fe —comentó la reina con aire triste.

Le respondí con desacostumbrada brusquedad:

—Como ya he dicho, vuestra majestad, no he querido indagar en su alma. No tengo ese derecho. Y tampoco tengo derecho a involucrarlo, ni a él ni a Barak, en más peligros.

Ella se ruborizó levemente. Lord Parr frunció el ceño, dispuesto a amonestarme, pero la reina se lo impidió.

—No. Matthew tiene derecho a hablar. Pero… si Cecil y él van a emprender esta misión, cuantos más sean más seguros estarán. —Me miró y yo, despacio y reticente, tuve que asentir.

—Bien —dijo lord Parr bruscamente—. De manera que Rich sabe que la caza de herejes ha concluido, pero cree que los reformistas todavía no han ganado. El hermano de la reina estuvo hoy en la reunión del Consejo Privado, y me cuenta que Gardiner, Wriothesley y Paget andaban una vez más cuchicheando por los rincones. Los oyó hablar de alguien que estaba a punto de llegar a Londres.

—¿Será ese Bertano, cuyo nombre sigue persiguiéndonos? —aventuré.

—A saber —contestó lord Parr con impaciencia—. Pero si Paget sabe algo, el rey lo sabe también. ¿Os contó su majestad algo de esto esta tarde? —preguntó a su sobrina.

La reina frunció el ceño.

—El rey solo habló de los preparativos para la visita del almirante D’Annebault. Luego vinieron los músicos y estuve cantando para él. La pierna le dolía mucho. — Apartó la mirada. Odiaba informar de lo que el rey había dicho, pero estos últimos meses había necesitado aliados.

Su tío se puso en pie.

—Muy bien. Shardlake, enviad un mensaje a Rich. Cecil hablará con nuestros hombres en la Casa de Aduanas. Y ahora me voy a la cama.

Se inclinó ante la reina.

—Gracias, tío —dijo ella—. Y a vos, señor Cecil. Señor Shardlake, quedaos. Quisiera hablar con vos. Podemos ir a mi galería. Mary Odell nos acompañará. Es más seguro para mí —explicó con una sonrisa triste— llevar una acompañante si quiero hablar a solas con algún hombre que no sea pariente mío.

Lord Parr arrugó el ceño. Habría preferido que cualquier confidencia pasara por él, pero no obstante se marchó con Cecil, dedicando una reverencia a la reina. Cuando abrió la puerta, vi que Mary Odell y lady Herbert aguardaban fuera. La soberana fue a hablar con ellas un momento, dejándome a solas en la estancia.

—Venid —me dijo por fin.

Lady Herbert se había marchado, pero Mary Odell seguía allí.

—¿Recordáis a Mary, Matthew? Le hicisteis algunas preguntas la semana pasada.

—Desde luego. Buenas noches os dé Dios, señora. Vuestra información resultó de lo más útil.

Ella asintió con expresión seria. Los que servían tan cerca de la reina seguramente ya habían adivinado la presencia de un nuevo peligro.

Atravesamos el corredor, dejando atrás los aposentos de la reina, y salimos a un largo vestíbulo donde dos o tres guardias se apostaban en cada una de las cuatro puertas que se abrían en él. Saludaron a la reina y nos dejaron pasar por la puerta del fondo, que daba a una hermosa galería, tal vez de unos sesenta metros de longitud, toda oscura excepto por una vista del río a través de los grandes ventanales a un lado. Un guardia desencajó una antorcha de la pared y a una señal de Mary Odell corrió por la galería encendiendo las velas dispuestas a intervalos sobre unas mesas cubiertas de coloridos manteles de damasco. Los detalles de la galería comenzaron a hacerse visibles: el techo hermosamente decorado en azul y oro, y las paredes cubiertas de pinturas de escenas bíblicas y clásicas, con algún que otro tapiz cuyos hilos de oro arrojaban destellos. Aquí y allá se alzaban enormes jaulas sobre unos postes, tapadas durante la noche. Cuando el guardia por fin se marchó, la reina lanzó un hondo suspiro, visiblemente relajada.

—Caminad un poco por detrás de nosotros, Mary —le dijo a su dama—. Quisiera hablar en privado con el señor Shardlake.

—Sí, majestad.

Echamos a andar por la galería, en la que se iban abriendo hornacinas donde se exhibían excepcionales tesoros sobre mesas o columnas de piedra: una caja de monedas de oro y plata de extraño diseño, piedras y minerales de muchos colores, y varios relojes ornamentados cuyo tictac acompañó nuestros pasos. La reina se detuvo ante un escritorio donde había un libro abierto y varias hojas con notas de su propia caligrafía. Me lo quedé mirando y ella sonrió con tristeza.

—No os preocupéis por esas notas, Matthew. Estoy estudiando español. Es una diversión, y también resulta útil para las reuniones diplomáticas. —Miró en torno a la galería—. Es mi lugar favorito de todo el palacio. Aquí puedo pasear sin que me molesten y reposar la vista sobre sus tesoros.

—Es mucha la belleza que hay aquí.

—Los relojes me recuerdan que por muy frenéticamente que maquinen y conspiren los cortesanos más allá de esas puertas, el tiempo sigue pasando inmutable. —Me miró con sus ojos castaños antes de apostillar—: Llevándonos a nuestro juicio final.

Un pájaro despertó con el ruido y lanzó un trino. La reina procedió a quitar la cubierta de su jaula, dejando al descubierto un bonito canario amarillo.

—Es una lástima verlo enjaulado —me atreví a decir.

—Todos estamos enjaulados, Matthew, en la prisión de este mundo terrenal.

No contesté.

—Ojalá buscarais la salvación, Matthew. Estoy segura de que Dios os llama.

—Yo no lo oigo, majestad. Por cierto, hace poco he conocido a otro abogado, de nombre Philip. Es lo que podría llamarse un radical. Un buen hombre, aunque en algunos aspectos… algo estrecho de miras.

—¿Es estrecho de miras buscar la fe, tener fe?

—Tal vez yo sea demasiado testarudo, demasiado obstinado, para conocer la fe tal como vos y él la entendéis —contesté con voz queda—. ¿Creéis que eso significa que estoy condenado?

Ella guardó silencio, sorprendida, con la cara pálida iluminada por las velas, hasta que al cabo contestó:

—Al final solo Dios puede responder a esas cuestiones. Pero Él otorga el gozo de la fe verdadera a aquellos que quieran aceptarla.

—¿Es eso cierto? No puedo evitar dudarlo.

—Entonces ¿por qué hacéis esto por mí? Cada vez exijo más de vos, y la tarea os hace correr un gran peligro, a vos y a vuestros seres queridos. Acabo de ver ahora mismo lo preocupado que estáis por esos hombres que trabajan a vuestras órdenes.

—Es cierto, estoy preocupado. Pero Nicholas es joven y aventurero, y Barak… — suspiré—. Bueno, Barak ya no es tan joven, pero sigue teniendo espíritu aventurero, aun a su pesar.

La reina me clavó la mirada.

—¿Estáis haciendo todo esto porque soy yo la que os lo pide?

—Por vos y por la lealtad que os debo. Y porque espero que si vence vuestro bando, se permitirá a la gente cierta libertad de conciencia y creencias, que no arderán en la hoguera aprendices, mujeres jóvenes y clérigos ancianos por sus creencias privadas, mientras hombres como Rich y Gardiner contemplan la escena.

Ella bajó la vista, y al cabo susurró:

—¿Queréis decir cuando mi esposo haya muerto?

—El pueblo está aterrado, majestad —barboté de pronto—. Temeroso de que cualquier creencia sea aprobada un mes, y al mes siguiente esa misma doctrina los envíe a la hoguera. Esto nos lleva a mantener una esmerada y temerosa ortodoxia que, sea lo que sea, no es fe. Todos temen la prisión y la pira.

—Yo también —dijo ella—. A veces, estos últimos meses, me he visto presa de tal terror que apenas he sido capaz de levantarme de la cama, y menos de conversar y comportarme como debe comportarse una reina —confesó con un escalofrío.

Habría dado cualquier cosa por tocarla entonces, por consolarla, pero no me atreví. Guardamos silencio un momento, junto a una gran chimenea ornamentada donde las talladas bestias heráldicas guardaban el hogar vacío. Mary Odell nos seguía a unos metros de distancia, con las manos cruzadas en recatado ademán.

La reina lanzó un hondo suspiro.

—Mi familia espera que algún día llegue a ser regente del príncipe Eduardo. Si eso sucede, no habrá más quemas ni persecuciones. Las reglas que gobiernan la Iglesia cambiarán, y no habrá penas capitales. —Sonrió entonces con sorna—. Pero los Seymour, como tíos del rey, creen tener más derecho al puesto. Aunque ellos también, estoy segura, querrán aliviar la severidad de la ley. De momento nos mantenemos unidos contra Gardiner y su gente, pero el futuro… el futuro está en manos de Dios. Ese es mi consuelo —añadió con tono apasionado—, que está en sus manos. Nuestro deber es ser sus siervos en este valle de lágrimas. —Bajó de nuevo la cabeza—. Pero es un deber en el que yo fracasé cuando, por orgullo, me quedé con ese manuscrito a pesar del consejo del arzobispo.

—Y mi deber es recuperar una propiedad robada a la más noble de las damas, y llevar a un par de asesinos ante la justicia. Eso es todo lo que puedo prometer, majestad. No me comprometo a embarcarme en una búsqueda de la fe.

—Es más de lo que muchos harían por mí. —Sonrió y, llevada por un impulso, tendió la mano como para tocarme el brazo, pero se contuvo. Cuando volvió a hablar, su tono se había teñido de cierta formalidad—. Es ya muy tarde, Matthew. Mary dispondrá para vos un aposento en las residencias exteriores, y así podréis marcharos por la mañana. Sé que tenéis mucho que hacer.

Me encontraron alojamiento cerca de la puerta, en una habitación grande con alfombras y una cama cómoda. Dormí bien y desperté tarde, cuando el sol ya estaba alto y se oían voces en el Patio de Armas. Era domingo y las campanas de la iglesia sonaban dentro de los terrenos del palacio y fuera del recinto. Recordé que el funeral de Bealknap se había celebrado el día anterior. Lo había olvidado. Me pregunté si habría asistido alguien. En cuanto a su extraña y última jactancia, en el lecho de muerte, tal vez el misterio había muerto con él.

Me vestí apresuradamente, pues había recibido mensaje de ir a ver a Stice, y también quería hablar con Nicholas. Al salir, vi un grupo de gente reunida en torno a tres lados del patio, frente a la Cámara de la Guardia del Rey: sirvientes, cortesanos, oficiales, todos parecían haberse congregado. Divisé a William Cecil un poco apartado y me abrí paso entre el gentío para saludarlo.

—Hermano Shardlake… ¿Habéis pasado aquí la noche?

—Sí. Me dieron alojamiento, viendo que ya era tarde.

—Yo también me veo en la necesidad de pernoctar aquí a menudo. Pero echo de menos a mi esposa y mis hijos. —Sonrió con tristeza y me miró con expresión interrogante—: ¿Habéis hablado con la reina?

—Sí. Mayormente de religión.

—La reina querría que todos viéramos la luz que ha visto ella.

—Desde luego. Parece ser, señor Cecil —cambié de tema—, que tendremos que trabajar en estrecha colaboración, tal vez incluso enfrentarnos juntos al peligro.

Él asintió muy serio.

—Así es. No imaginaba que las cosas llegarían tan lejos.

—Ni yo. —Miré en torno al patio con curiosidad—. ¿Por qué se ha reunido aquí todo el mundo?

—¿No lo sabéis? Cuando el rey reside en Whitehall siempre realiza una procesión pública a la capilla los domingos por la mañana.

—¿La reina también participa?

—Sí. Observad.

Un grupo de guardias salía en ese momento por la ornamentada puerta de la Cámara de la Guardia del Rey para apostarse ante ella. A continuación otro grupo, los caballeros armados, con su librea negra decorada con oro, desfilaron con sus alabardas. Detrás venía el rey. Puesto que se encontraba en el lado más cercano a mí, apenas pude vislumbrar un instante, detrás de su enorme humanidad, a la reina, ataviada con coloridas ropas. Los que llevaban sombreros se los quitaron, al tiempo que la multitud estallaba en vítores.

Me fijé en Enrique. Hoy iba ataviado con sus mejores ropajes formales: un largo manto de satén color crema con anchas hombreras acolchadas, forrado de piel de marta. Me pareció algo menos obeso que la última vez que lo había visto, lo cual me llevó a preguntarme si llevaría corsé, pues corría el rumor de que lo utilizaba cuando se mostraba en público en el extranjero. Caminaba muy rígido, apoyado en un grueso bastón de puño de oro y con el otro brazo entrelazado al de un caballero armado.

Atravesaba el patio sonriendo a la gente, y en cierto momento se quitó el sombrero negro con diamantes incrustados. No obstante, tenía los labios apretados y el sudor asomaba a su frente y sus mejillas enrojecidas. No pude sino admirar su coraje al mostrarse ante sus súbditos como un hombre todavía capaz de andar. Debía de costarle agudos dolores. Volvió a colocarse el sombrero, moviendo los ojos de un lado a otro de la multitud. Por un momento me pareció que se fijaba en mí. Pasó de largo despacio y por fin atravesó la puerta del Gran Salón. Lo siguieron los oficiales de alto rango y los consejeros. Alcancé a distinguir en la procesión el severo rostro barbudo de Paget, la barba rojiza de Wriothesley y el manto rojo del duque de Norfolk.

—Por un momento he pensado que me miraba —le susurré a Cecil.

—No me he percatado. Me parece que más bien iría concentrado en mantener el paso. Lo sentarán en su silla de ruedas en cuanto esté fuera de la vista —afirmó, sacudiendo tristemente la cabeza.

—¿Hasta cuándo podrá aguantar?

Cecil arrugó la frente y se inclinó hacia mí.

—No olvidéis, señor Shardlake, que predecir de cualquier manera la muerte del rey constituye delito de traición.

Quedé en contactar con Cecil en cuanto hubiera hablado con Stice. Tomé una vez más una chalana hasta los Escalones del Templo, envidiando a aquellos ciudadanos que, una vez terminados los oficios religiosos, podían embarcar en el río para disfrutar del sol. Recorrí los estrechos callejones que llevaban a Amen Corner, donde sabía que se alojaba Nicholas.

Me abrió la puerta un joven que parecía otro estudiante. Se mostró reticente a llevarme ante Nicholas.

—¿Es usted su mentor?

—Así es.

—Nick se ha visto involucrado en una pelea —me informó con recelo—. No ha querido dar ningún detalle, pero estoy seguro de que no ha sido culpa suya…

—Lo sé. Y no, no fue culpa suya.

El estudiante me acompañó por un tramo de escalera y llamó a una puerta. Abrió Nicholas, en mangas de camisa, con los cordones desatados y un vendaje visible en torno al pecho. Los moratones de su rostro se habían tornado amarillos y negruzcos. Tenía un aspecto horroroso.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Parece peor de lo que es, señor. Y la herida del pecho está sanando bien.

Entramos en una desordenada y polvorienta habitación. Había platos sucios sobre la mesa y libros de leyes dispersos aquí y allá. Me acordé de mis propios tiempos de estudiante, un cuarto de siglo atrás. Aunque yo había sido más ordenado. Era evidente que Nicholas vivía solo, igual que yo en mi día. Pero mientras que mi padre no me había enviado ningún sirviente porque no tenía dinero suficiente, el de Nicholas se lo había negado: otra prueba, sin duda, de su desaprobación. El chico me invitó a ocupar la única silla mientras él se sentaba en la revuelta cama. Me fijé pensativo en él: tenía valor e inteligencia, pero también la temeraria bravuconería de los jóvenes. Pero ahora sí estaba bien seguro de que era digno de confianza.

—Nicholas, anoche viste que el asunto en el que estoy envuelto concierne a las instancias más elevadas del reino. La persona para la que trabajo ostenta una posición incluso más prominente que la de Rich.

Él abrió unos ojos como platos:

—¿Trabajáis para el rey?

—No, no vayas tan alto. Nicholas, una vez me hablaste de los conflictos religiosos que asolan este país. Dijiste que querías mantenerte al margen, que solo aspirabas a que te dejaran en paz, a ti y a todos. Ese es también mi deseo. Pero el asunto que nos ocupa tiene que ver con una batalla en la corte. Por un lado están los que desean conservar el dogma de la eucaristía, y en algunos casos, tal vez volver bajo la autoridad del Papa. Y por otro lado están aquellos dispuestos a acabar con todo vestigio de ceremonia católica. Quien se involucre en esta contienda se arriesga a ser torturado, asesinado y quemado en la hoguera. De hecho, algunos ya han acabado así.

Nicholas guardó silencio, impresionado por mis palabras.

—Todavía no me habéis dicho para quién trabajáis.

—No puedo decirlo, a menos que pronuncies un juramento de silencio.

—¿Jack trabaja con vos?

—Sí. Ha insistido.

—¿Y necesitáis más ayuda?

—Sí.

Sonrió entonces con gesto triste.

—Nadie me había pedido ayuda nunca.

—Por mor de ser sincero, debo decir que para ti sería mejor no meterte en esto. No porque dude de tu coraje o tu lealtad, sino por los peligros que el caso entraña. Como ya dije anoche, puedo disponer que trabajes para otro abogado. Nicholas, no deberías pensar solo en ti mismo. Piensa en tus padres, en tu herencia, en tu futuro como caballero. —Sonreí, pensando que aquello haría mella en él.

Pero su reacción me sorprendió. Con súbita y amarga furia, exclamó:

—¡Mis padres! ¡Mi herencia! Ya os he contado, señor, por qué vine a Londres. Mi padre y mi madre querían casarme con alguien a quien no amo. Sabéis que me negué…

—Sí, de manera que te enviaron a Londres para que aprendieras leyes. Estoy seguro de que cuando termines tus estudios, a tus padres se les habrá pasado el enojo y tal vez hasta te respeten por lo que has hecho.

—Eso nunca sucederá —gruñó—. Mi padre me aseguró que si no me casaba siguiendo sus deseos, me desheredaría. Me envió a estudiar leyes para apartarme de su vista. Y mi madre, lo mismo. De hecho, en esta cuestión es incluso más fiera que él. Me dijo que al negarme a casarme con la persona de su elección, no era un hombre como es debido y tampoco era su hijo. De manera que no puedo contar con ninguna herencia —concluyó con fiereza.

—Entiendo que es algo muy duro. Pero a veces, cuando uno está furioso dice cosas…

Él negó con la cabeza.

—Mis padres hablaban en serio. Se les notaba en la cara. Lo recuerdo muy bien; se me cayó el alma a los pies cuando me di cuenta de que no me querían. —Se le quebró la voz y carraspeó—. Ya han contratado abogados para negarme la hacienda. Se la transferirán a un primo mío, un petimetre dispuesto a casarse con una enana coja si tiene dinero. No, señor Shardlake, hablaban muy en serio. —Bajó la vista y alisó la sábana de la cama—. Soy su único hijo, y eso es una carga para mí, como lo soy yo para ellos.

—Yo tampoco tengo hermanos. Y sí, eso puede conllevar sus cargas, aunque nunca ha pesado sobre mis hombros una tan dura como la tuya.

Nicholas miró los libros de leyes desperdigados entre el desorden.

—A veces encuentro interesantes las leyes, aunque en otras ocasiones parecen ratas peleando dentro de un saco. El caso Slanning…

Sonreí.

—Por fortuna casos como ese no abundan. ¿Qué asuntos encuentras interesantes?

—Aquellos en los que uno puede ponerse de parte del cliente, donde se endereza una injusticia. Los casos emocionantes.

—Los emocionantes son peligrosos. En cuanto a los otros, no podemos representar solo a clientes con quienes estamos de acuerdo. De cualquier manera, en el trimestre otoñal tal vez podrías ayudarme con los casos ante el Tribunal de Peticiones.

Él hizo una mueca.

—¿Los comunes denunciando a los caballeros, que son sus gobernantes naturales?

—¿Acaso no debería todo el mundo tener derecho a la justicia, igual que a sus propias creencias religiosas?

Se encogió de hombros.

—Tal vez verías las cosas de otra manera si empezaras a trabajar en los casos — lo animé.

—No lo sé. Ahora lo que quiero es una vida activa en defensa de una causa honorable. Aunque eso signifique ser secuestrado otra vez. —Y sonrió con los ojos brillantes.

—¿Una causa que signifique algo?

Nicholas vaciló un momento.

—Sí. Necesito algo que tenga… sentido.

Me di cuenta de que deseaba una vida de aventuras en parte para huir del recuerdo de sus indignos padres. Recordé la anécdota que me contaron de él: que se había metido en un lance a espada por una prostituta, y pensé que si no encontraba las emociones que necesitaba conmigo, las buscaría en otra parte y terminaría con una hoja clavada en las tripas. Pero si estaba conmigo, yo podría guiarle, mantener a raya esa tendencia autodestructiva que detectaba en él.

—¿Crees que la causa a la que sirvo es justa? —le pregunté.

—Si va a conllevar el fin de las persecuciones que he visto desde que llegué a Londres —contestó muy serio—, entonces sí.

—Si quieres que te cuente para quién trabajo y los detalles del caso, antes tienes que jurar, como caballero, que no se lo dirás a nadie, a nadie en absoluto.

—No tengo aquí ninguna Biblia…

—Con tu palabra me basta.

—Entonces lo juro.

—La persona a la que represento es la más honorable de las damas, su majestad la reina Catalina.

El chico abrió unos ojos como platos.

—Skelly me contó que antes realizabais alguna tarea legal para ella.

—La conozco desde antes de que fuera reina. Es una buena persona.

—Muchos dicen que tiene problemas.

—Y es cierto. Los tiene. Pero no persigue a nadie.

—Entonces os ayudaré.

—Gracias. Y haz lo que te digo y ve con cuidado. Nada de hacerte el héroe.

Él se sonrojó bajo sus moratones.

—Muy bien.

—Entonces, gracias de nuevo —le dije, estrechándole la mano.