Herejía
Epílogo
Febrero de 1547, seis meses más tarde
Junto al Palacio de Whitehall se congregaba una muchedumbre de seis hileras de grosor que flanqueaba toda la carretera, más allá de Charing Cross y a lo largo de Cockspur Street. Decían que el gentío llegaba incluso hasta Windsor. Todo el mundo se acurrucaba con sus ropas más abrigadas. El cielo estaba azul, pero en el aire flotaba la escarcha, los charcos grises se habían congelado y soplaba un gélido viento del este. Los de las clases más pobres, con sus jubones de cuero o sus raídos abrigos, tiritaban encogidos, pero allí permanecían, decididos a ver el espectáculo.
Yo llevaba mi toga de invierno, de gruesa piel, pero no la cadena de oro, que le había devuelto al joyero hacía meses, a finales de agosto. En esta ocasión no había ninguna gran figura a la que impresionar. El rey Enrique VIII había muerto, y su desfile fúnebre estaba a punto de comenzar.
Se sabía que el rey había caído gravemente enfermo de nuevo durante la corta procesión real hasta Guildford en septiembre, y nunca se había recuperado del todo. Volvió a empeorar en diciembre, y para finales de enero había muerto. Los últimos meses había habido temas de sobra para cotillear en los Colegios de Abogados. Como de costumbre, era difícil distinguir la verdad de los meros rumores, pero casi todos coincidían en que durante el otoño el triunfo de los reformistas había sido definitivo. El obispo Gardiner había sido públicamente abofeteado por lord Lisle en el Consejo Privado, y el rey se había negado a recibirlo durante semanas antes de morir. A mí me parecía lógico: la facción conservadora lo había apostado todo a dos cartas: la acusación de herejía contra la reina y el éxito de la misión de Bertano. Ambas jugadas habían fracasado, y el rey, sabiendo que se moría, se volvió hacia quienes asegurarían que la Supremacía Real sobre la Iglesia fuera preservada para su hijo.
En diciembre, el duque de Norfolk y su hijo, el conde de Surrey, fueron inesperadamente arrestados, el conde acusado de incluir las armas reales en su escudo. El Parlamento, en un juicio sumario, los había condenado a ambos por traición. El joven conde había sido ejecutado en enero, y Norfolk, el archiconservador, lo habría seguido al cadalso de no haber muerto el rey la noche antes de la ejecución. A mí todo aquello me parecía una maniobra: el rey ya había utilizado esos métodos anteriormente, para librarse de Ana Bolena y de Thomas Cromwell. Por ahora, el viejo duque seguía vivo, encerrado en la Torre.
Se decía que cuando ya agonizaba en Whitehall, el rey había llamado al arzobispo Cranmer, pero que para cuando este llegó, Enrique ya no podía hablar. Y cuando el prelado le pidió una señal de que moriría en la fe de Cristo, el moribundo solo pudo apretarle la mano. No pudo confesarlo y no recibió los últimos sacramentos. Sin habérselo propuesto, murió de una manera que los protestantes habrían aprobado. Y aun así, cosa extraordinaria, el rey en su testamento había ordenado que se dijeran misas tradicionales de réquiem por él. Enrique, en la muerte, se mostró tan inconstante como en vida.
—¡Viva el rey Eduardo VI!
Así proclamaron los heraldos al nuevo rey, aquel niño flaco y larguirucho. El nuevo Consejo que gobernara Inglaterra hasta la mayoría de edad de Eduardo, y que Enrique había nombrado en el testamento que redactó poco antes de su muerte, estaba dominado por los que favorecían la causa protestante. Lord Lisle y el conde de Essex, hermano de Catalina Parr, tenían un puesto en él. También estaban incluidos aquellos que se movían en tierra de nadie y que se inclinarían siempre a favor del viento: Paget seguiría siendo secretario, Wriothesley conservaba su puesto en el Consejo, igual que Rich. Todos habían seguido el último cambio de dirección del rey. Pero no el obispo Gardiner, que tuvo que quedarse al margen, echando humo de rabia. Se decía que pronto se impondría la Reforma religiosa.
En el bando reformista, los Seymour habían ganado a los Parr. No habría regencia para Catalina Parr, a pesar de sus esperanzas. Ahora no era más que la reina viuda, mientras que el Consejo nombró a Edward Seymour, lord Hertford, como lord protector del joven rey. Era él quien ahora se sentaba a la cabeza de la mesa del Consejo, en el que había incluido también a su hermano Thomas.
Corrían toda clase de rumores que afirmaban que el testamento del rey había sido manipulado tras su muerte, que Hertford había conspirado con otros ambiciosos personajes para insertar una cláusula concerniente a las «recompensas pendientes» del rey, lo cual permitía al nuevo Consejo otorgarles títulos para garantizarse su lealtad. Ciertamente, había una gran hornada de nuevos nobles: Richard Rich, por ejemplo, era ahora lord Rich de Lees, en Essex. Pero lo cierto es que nadie sabía lo que había sucedido en los días que siguieron a la muerte del rey, y tal vez no se supiera nunca.
Oficialmente se había animado al pueblo a presenciar el cortejo fúnebre, si bien la asistencia no era obligatoria. La mayor parte de la muchedumbre creo que había acudido, igual que yo, para contemplar el final de una época. Los más jóvenes no habían conocido ningún otro gobernante, y yo apenas recordaba vagamente aquel día, cuando tenía siete años, en el que mi madre me dijo que el rey Enrique VII había muerto y que un segundo Tudor había ascendido al trono.
Me estremecí, frotándome las enguantadas manos. Whitehall estaba silencioso y desierto. La procesión partiría de la capilla del Palacio de Westminster, más al sur.
—Un día gélido, pero tal vez ahora comenzará la época de la verdadera religión —comentó Philip Coleswyn, junto a mí.
—Serán días de nieve —murmuró Nicholas, a mi otro lado—, a juzgar por este viento. —Su acento de Lincolnshire alargaba sus vocales.
—Sí —convine—, creo que tienes razón.
El muchacho había sido para mí una roca firme los últimos meses. En el bufete había trabajado con renovada energía y gran inteligencia, haciéndose cargo de muchas de las anteriores atribuciones de Barak. Aunque necesitaba supervisión y podía mostrar una actitud demasiado altanera con algunos amigos de Barak entre abogados y subalternos, pertenecientes a estamentos más bajos, aprendía deprisa. Todavía cometía errores y, como suele pasar con quienes ascienden muy deprisa, había asumido una cierta insolencia que habría que corregir con tacto. Pero yo sabía que detrás de su bravuconería y su frivolidad, Nicholas Overton tenía un temple de acero. Ignoraba cuánto tiempo se quedaría conmigo, o incluso por qué era tan leal; tal vez necesitaba echar raíces en algún sitio después de la ruptura con su familia. Pero fuera cual fuese la razón, lo cierto es que yo estaba satisfecho y lo había invitado a acompañarme a la procesión del funeral.
Cuando llegamos a Whitehall, vi una gran multitud de abogados, cuya posición les garantizaba un lugar al frente del gentío, justo al norte de la Puerta de Holbein. Vestían todos sus togas negras y la mayoría se protegía del frío con la capucha puesta. Por un momento me parecieron un grupo de monjes. Todas las cabezas se volvieron hacia nosotros. Tal como yo esperaba, había cundido la noticia de mi detención y mi comparecencia ante el Consejo, que no tardó en convertirse en la comidilla de la comunidad, así como la partida de Barak, conocido en todo el Colegio de Lincoln por su ingenio y su campechanía. Saludé con un gesto de formal cortesía a los conocidos. El tesorero Rowland, con su larga nariz roja de frío, me miró con desaprobación. Vincent Dyrick, con una mujer y tres niños a su lado, me echó un rápido vistazo y apartó la cara. Y justo delante, William Cecil me saludó con la cabeza y alzando la mano. Le devolví el gesto, pensando en lo bien que le había ido: ahora era secretario del conde de Hertford. El joven se estaba convirtiendo rápidamente en un hombre con poder en el reino.
Una figura familiar se abría paso entre los abogados, saludándome a viva voz. No veía a Philip Coleswyn desde el verano, pero le estreché la mano contento y dejé que nos llevara a Nicholas y a mí junto a él a la primera fila. Le pregunté por su familia y me aseguró que estaban todos bien. Se le veía relajado y contento, desvanecidas ya sus terribles preocupaciones del verano. Cuando se interesó por mi salud, me limité a decir que estaba bien. Aunque llevaba la cofia y la capucha de la toga puesta para protegerme del frío, Philip me miró la cabeza. Tal vez alguien le había contado que después de aquella noche de agosto, el pelo se me había tornado totalmente blanco. Primero solo en las raíces, confiriéndome el aspecto de un tejón, pero luego me fue creciendo hasta volverse blanco del todo. Yo ya me había acostumbrado.
—Llegan tarde —observó Nicholas, dando patadas en el suelo para calentarse.
—Hay muchas cosas que organizar en Westminster —explicó Philip—. Son casi dos mil hombres los que van a Windsor, a pie y a caballo. Y todos tendrán que ocupar su lugar preciso.
—Y a ellos les da igual hacer esperar al populacho —refunfuñé.
Philip se sorprendió ante mi tono brusco. Debía tener cuidado, me dije, si no quería que pronto me tomaran por un anabaptista. Ese credo de igualdad no sería mejor visto bajo el nuevo régimen, por muy radicales que fueran los cambios religiosos que pudieran producirse. Alcé la vista hacia las ventanas sobre los amplios arcos de la Puerta de Holbein. Allí estaba el estudio del rey, al que me había convocado aquella espantosa noche. Jamás volvería a contemplar a sus súbditos desde allí. Y en ese momento me sentí libre.
—Supongo que no sabréis nada de la señora Slanning… —se interesó Philip.
—Pues lo cierto es que sí.
Guy me había mantenido informado. Aquella noche de agosto se puso furioso conmigo, y con toda la razón, pero en las siguientes semanas, cuando sufrí el peor estado de ánimo de toda mi vida, se ocupó de mí y me dio consejo. Su compasión venció a su ira, cosa por la que le estaría eternamente agradecido. Ahora pensé un momento cómo se tomaría Philip lo que le iba a decir.
—Se ha ido a Francia, como tantos otros después de la paz. Ha vuelto a la fe católica y ha ingresado en un convento, en el campo.
—¿Un convento? —repitió aturdido.
—No sé si habrá pronunciado ya sus votos. Por lo visto, la preparación es larga. —Me pregunté si habría hecho por fin su confesión—. Creo que es lo mejor para ella, pues ahora le resultaría difícil enfrentarse al mundo. Ha dejado sus posesiones materiales a las monjas. La parte de la casa que correspondía a Edward pasará a su familia, pues Isabel no tenía familia propia.
Philip inclinó la cabeza con gesto de desaprobación.
—Por muy cómodo que sea el refugio que le proporcionen los papistas, Isabel ha perdido cualquier posibilidad de salvación.
Nicholas le clavó la mirada.
—Entonces creéis que cuando muera arderá, como la señora Anne Askew, pero en su caso por toda la eternidad, ¿es eso?
—Las leyes de Dios son inescrutables para la mente humana, muchacho —replicó Coleswyn con firmeza.
—Si tales son sus leyes, resultan ciertamente incomprensibles —tercié.
Pensé en Hugh Curteys, mi pupilo. Cuando la persecución de los protestantes se intensificó en Amberes el otoño anterior, Hugh se había trasladado a Hamburgo, y ahora trabajaba con los mercaderes de la Liga Hanseática. Esta gran lucha entre protestantes y católicos por toda Europa podía convertir a cualquiera en refugiado, prisionero o algo peor.
El cortejo seguía sin llegar, aunque los oficiales habían comenzado a corretear de un lado a otro en torno a la Puerta de Holbein, bajo la cual pasaría la procesión. Uno de ellos tiritaba bajo una casulla clerical. Recordé que el vicario había llegado tarde a una ceremonia infinitamente menor un mes antes, cuando Josephine se casó con Edward Brown. Las nupcias se celebraron en la pequeña parroquia a la que asistía Edward. Habían acudido su familia y sus amigos del Colegio de Abogados, así como el amo de Edward. Josephine no tenía familia, de manera que fui yo quien la entregué al novio, algo que me enorgulleció, aun sabiendo que la iba a echar mucho de menos. Se habían ido a Norwich la semana anterior. Yo había contratado a un anciano gruñón de nombre Blaby para que cuidara de mi casa hasta que encontrara un nuevo mayordomo. En mi casa ahora solo estábamos Timothy y yo. Con tacto, iba animando al chico a que entrara de aprendiz en la herrería del Colegio de Lincoln cuando cumpliera los catorce años, un aprendizaje que yo le financiaría para darle una oportunidad en la vida.
Y entonces los vi, por primera vez en seis meses, cerca de la primera hilera de gente, un poco alejados: Barak y Tamasin. Tamasin llevaba un grueso abrigo con caperuza, pero se la veía pálida. Yo sabía por Guy que dos semanas antes, la noche en que murió el rey, había dado a luz una niña sana. No debería salir tan pronto con el frío que hacía, pero imaginé que se habría empeñado.
Barak, junto a ella, todavía no parecía recuperado. Tenía la cara algo hinchada y había ganado peso. Advertí, con el corazón encogido, la manga derecha de su abrigo, que colgaba vacía. En ese momento él alzó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Tamasin también me vio, y su expresión se tornó tensa.
—¡Ahí vienen!
La multitud se agitó inquieta entre murmullos, todos estirando el cuello hacia la Puerta de Holbein. Más allá se oían cánticos religiosos en el aire frío y límpido. Pero durante un minuto más siguió sin suceder nada. La gente daba patadas en el suelo para calentarse, algunos mascullando y gruñendo.
Capté un movimiento y me volví para ver a Barak, que se abría paso entre el gentío hacia nosotros. Tamasin se había quedado atrás, fulminándome con la mirada, más fiera que nunca.
Barak agarró a Nicholas del brazo.
—¿Cómo estás, Nick, muchacho? No te veía desde aquella noche. ¿Te encuentras bien?
—Sí… sí. ¿Y tú? —Nicholas parecía sorprendido, y con razón, porque cuando fue a visitar a Barak una noche de octubre, Tamasin le había dado con la puerta en las narices. Y el dinero que yo les había enviado a través de Guy había sido devuelto sin una palabra.
—¿Qué, cómo te trata? —le preguntó Barak, señalándome con la cabeza—. ¿Te mantiene ocupado?
—Sí, sí. Te echamos de menos en el bufete.
Barak se volvió entonces hacia mí.
—¿Y tú qué tal? —Sus ojos, igual que su rostro hinchado, seguían llenos de dolor y espanto.
—No me puedo quejar. Pero tenía ganas de saber de ti…
—Escucha —me dijo en voz baja—, tengo que darme prisa. Tammy no quiere que hable contigo. Pero solo quería decirte que estoy bien. Cuando me recupere un poco, he recibido una oferta para trabajar con unos abogados, para hacer entrevistas a los clientes, buscar testigos, esas cosas. Labores para las que no hacen falta dos manos. Así que no te preocupes.
—Lo lamento muchísimo, Jack. No sabes hasta qué punto lo siento. Tamasin tiene razón al pensar que fue todo culpa mía.
—¡Pamplinas! —replicó Barak con algo de su antiguo vigor—. Fui yo quien decidí involucrarme en todo aquello, fui yo quien le mentí sobre lo que estaba haciendo. ¿Y acaso no sigo siendo un hombre responsable de sus propias decisiones? —Un espasmo de rabia le cruzó el semblante, y supe que él mismo ya no se consideraba un hombre completo. No dije nada.
—¿Qué tal está tu hija? —preguntó Nicholas—. Hemos oído que ha sido niña.
—Desde luego en el Colegio de Lincoln no se pueden tener secretos —se burló Barak con un atisbo de su antiguo humor—. Pues sí, una niña sana, con unos pulmones como los de su madre. La vamos a llamar Matilda.
—Enhorabuena —lo felicité.
Él miró por encima del hombro a Tamasin.
—Más vale que vuelva. Escucha, me pondré en contacto contigo cuando empiece a trabajar. Y esto… —añadió, haciendo un gesto hacia su manga vacía— Guy me está haciendo una especie de prótesis, ahora que se ha curado el muñón. No será nada parecido a una mano, pero supongo que es mejor que nada. En cuanto a Tammy, dale tiempo. Estoy intentando apaciguarla. Supongo que le resulta más fácil culparte a ti que a mí.
Algo de verdad había en sus palabras. No obstante, Tamasin tenía razón en culparme de la mutilación de Barak, yo mismo me culpaba. Mi amigo se despidió con un gesto de la cabeza y volvió con su esposa. Tamasin lo había visto hablar conmigo, y la mirada que ahora me dirigió, cargada de desesperación y derrota, fue para mí como una puñalada en el corazón y tuve que apartar la cara.
Los murmullos habían cesado y el silencio se había asentado de nuevo entre el gentío. Más allá de la Puerta de Holbein se oían cada vez más fuertes los cánticos religiosos. Todo el mundo se descubrió la cabeza. Yo mismo me quité la capucha y noté el aire gélido en mi cofia. Dos oficiales pasaron a caballo bajo el arco principal, inspeccionando el camino para asegurarse de que estaba despejado. Luego atravesaron los anchos arcos el coro y los sacerdotes de la capilla real, sin dejar de cantar. Iban seguidos de unos trescientos hombres con abrigos negros que portaban antorchas: los indigentes que, por tradición, encabezaban los cortejos fúnebres de los próceres. Bueno, ahora había indigentes de sobra en Inglaterra, más que nunca.
Los que venían detrás a caballo, docenas de ellos portando estandartes y banderas, no eran en modo alguno pobres: los grandes del reino, flanqueados por la Guardia Real. Atisbé entre ellos rostros que conocía: Cranmer, Wriothesley, Paget. Agaché la cabeza fingiendo duelo.
Por fin pasaron todos y se acercó el gran carruaje fúnebre. Un abogado que tenía detrás de mí se inclinó junto a Nicholas, espetándole impaciente:
—¡Aparta, larguirucho, que no veo nada!
El carruaje iba tirado por ocho caballos guarnecidos de negro, cada uno montado por un niño pequeño con un estandarte: los pajes de honor. Era un suntuoso carruaje dorado, con una marquesina de paño de oro que cubría el enorme ataúd, sobre el cual yacía una efigie de cera del rey Enrique, sorprendentemente realista, aunque no tenía el aspecto que yo le había visto el verano anterior, sino que aparecía igual que en el mural de Holbein: en su mejor momento, el pelo y la barba rojizos, el cuerpo firme y poderoso. La efigie iba vestida de enjoyado terciopelo, con un bonete negro en la cabeza. En el rostro, una expresión de paz y reposo que yo dudaba que Enrique hubiera mostrado en vida.
Comenzaron a doblar las campanas, todos agacharon la cabeza e incluso se oyeron algunos gemidos. Miré la efigie a su paso y pensé: ¿Qué había conseguido a la postre el rey? ¿Qué nos había traído verdaderamente su extraordinario reinado? Pensé en todo lo que había visto los diez últimos años: los viejos monasterios destruidos, los monjes retirados y los sirvientes puestos en la calle; persecuciones y hogueras (me estremecí al acordarme de la cabeza de Anne Askew explotando), y si el empobrecimiento seguía aumentando se producirían alborotos: la gente del pueblo solo podía soportar hasta ciertos límites. Y siempre, siempre bajo el rey Enrique, estaba la sombra del verdugo. Pensé en los que habían perecido bajo el hacha, y en particular en alguien a quien mucho tiempo atrás había conocido bien y a quien todavía recordaba: Thomas Cromwell.
—Y aquí se acaba —susurró a mi lado Philip.
Dos semanas más tarde, un jinete trajo una nota al bufete. Venía a caballo desde Chelsea a través de la densa nieve que había caído durante días. Enrique estaba ya enterrado y el pequeño rey Eduardo, coronado. Corría la historia de que cuando por la noche iba de camino a Windsor, el cuerpo de Enrique había explotado y el hedor había atraído a un perro, cumpliéndose así la antigua profecía, pronunciada por un fraile, de que los perros lamerían la sangre de Enrique como habían lamido la de Acab en la Biblia.
Me encontraba trabajando en mi despacho cuando llegó el mensajero, mientras que Skelly preparaba un caso para el día del juicio y Nicholas, con los dedos pringosos de tinta, bregaba con una declaración. Reconocí de inmediato el sello: era de la reina. La reina viuda, como se la conocía ahora. La destellante luz de la plaza cubierta de nieve hacía resaltar las letras grabadas en el papel blanco. Era una carta breve, de un secretario, en la que me pedía que fuera a ver a la reina la tarde siguiente al Palacio de Chelsea.
No había esperado volver a saber nada de Catalina Parr. Después de mi confrontación con el rey había intentado cuanto me fuera posible alejarla de mi mente. Pero el edicto del rey que me prohibía acercarme a ella había muerto con él. Lamenté que Catalina no hubiera sido nombrada regente, tal como esperaba. Pero me alegraban los rumores de que el rey había sido generoso en su testamento, tanto con ella como con las damas María e Isabel. Todas gozaban ahora de gran riqueza y una posición propia. Se decía también que Catalina Parr tal vez se casara de nuevo, con el tiempo, y se mencionaba el nombre de Thomas Seymour.
Fui solo a Chelsea. Genesis salió de Londres despacio, pues el camino estaba cubierto de nieve compacta y hielo. El Palacio de Chelsea, junto a la orilla del río, era una nueva mansión de ladrillo rojo, emplazada entre amplios jardines que serían muy hermosos cuando llegara la primavera. Estimé que fácilmente podría albergar a unas doscientas personas. Los guardias de la puerta seguían llevando la librea de la reina. Me admitieron y un mayordomo me llevó hasta la casa. Dentro, los criados trajinaban de un lado a otro, pero no había más guardias, como sucedía en Whitehall, ni ambiciosos políticos. El mayordomo me llevó a una puerta en la parte trasera de la mansión. Una voz le dio permiso para entrar.
Era una estancia grande, en la que reconocí algunos objetos de la Galería de la Reina: un ornamentado reloj, su caja de monedas, que descansaba en la mesa junto a un tablero de ajedrez… La reina viuda en persona daba la espalda a un gran ventanal, con sus ropas negras de luto y una caperuza en punta, también negra, que contrastaba con los jardines cubiertos de nieve en el exterior. Hice una marcada reverencia y ella despidió al mayordomo.
—Matthew. Han pasado muchos meses.
—Sí, majestad.
Su pálido rostro se mostraba sereno y atractivo, como siempre. En su pose atisbé un nuevo sosiego, una nueva autoridad.
—Lamento que vuestros esfuerzos por ayudarme terminasen… mal. Ahora ya sé quién tenía la Lamentación, y lo que os sucedió… a vos y a vuestro pobre sirviente.
¿Sabría, me pregunté, que había mentido ante el rey por ella? No logré averiguarlo por su expresión, y no debía preguntarlo.
—¿Os ha sido devuelto el libro?
—Sí. Me lo devolvió el lord protector. —Capté cierto escozor en su tono a la mención del hombre que había tomado la posición que ella confiaba en ocupar—. Tengo pensado publicarlo este mismo año.
—¿Resultaría… seguro, majestad? —pregunté sorprendido.
—Ahora sí, muy seguro. El señor Cecil se ha ofrecido a escribir un prefacio. Piensa, igual que yo, que la Lamentación de una pecadora puede ayudar a la salvación de algunas almas dolientes. Cecil sigue siendo un buen amigo.
—Me alegro. Es un joven de gran talento.
—Y vos tendréis un ejemplar, firmado por mí.
—Gracias.
Se acercó un paso a mí.
—Pero os vuelvo a repetir que sé lo que esa búsqueda os ha costado. —Sus ojos avellana se clavaron en los míos y de pronto supe que sí, que sabía que había mentido ante Enrique, que le había dicho que fui yo quien decidió buscar en secreto el manuscrito, ocultándole que había sido robado. Junto con su tío, a quien Paget iba a interrogar al día siguiente de mi comparecencia ante el rey, y que también debió asumir una parte de la responsabilidad.
—Os estaré agradecida hasta el día de mi muerte.
—Gracias, majestad. —Se produjo una incómoda pausa que rompí preguntándole —: ¿Cómo se encuentra lord Parr?
—Ha vuelto al campo —respondió ella con tristeza—. Para morir, me temo. El gran servicio que me prestó el pasado año fue demasiado para él, enfermo como estaba.
—Lamento oír eso.
Ella me miró muy seria.
—Si alguna vez se mostró duro con vos, fue solo por su afecto hacia mí.
Sonreí.
—Eso siempre lo entendí.
La reina viuda se acercó al tablero de ajedrez. Las piezas estaban colocadas para una nueva partida, y por un momento pensé que me propondría jugar. Pero se limitó a alzar un peón para volverlo a dejar.
—Os he hecho llamar porque os debo mucho —sonrió—. Para ofreceros un trabajo, si es que lo deseáis.
No respondí. Se había acabado la política. A eso me negaría, incluso ante ella.
—Mis circunstancias han cambiado mucho —dijo al cabo, presionando las palmas de las manos—. Soy viuda, libre de volverme a casar. Y dentro de poco tal vez lo haga. —Se sonrojó y agachó de inmediato el rostro, como si supiera que yo, y muchos otros, desaprobarían esa decisión.
De manera que los rumores eran ciertos, me dije: sería Thomas Seymour. Se me cayó el alma a los pies. Qué desperdicio.
Creo que mi expresión me traicionó, porque ella respiró hondo y prosiguió:
—Cuando llegue ese momento, me temo que no podré daros empleo ni volver a veros.
Sí, pensé, era Seymour, que me detestaba tanto como yo a él. Pero, por otra parte, ¿a qué empleo se estaba refiriendo?
—Ya conocéis sin duda las… promociones que han tenido lugar desde la muerte del rey.
—Solo he oído rumores —respondí con cautela.
Ella sonrió con tristeza.
—No os preocupéis, Matthew. Voy a deciros algo que debería mantenerse confidencial por ahora, pero solo porque es en vuestro interés que lo sepáis.
—Perdonadme, majestad, pero no deseo conocer más secretos. Nunca más.
—Se refiere a Richard Rich —repuso mirándome a los ojos—. El barón Rich, como ahora debemos llamarlo.
Me mordí el labio. La reina viuda volvió a mirar el tablero de ajedrez.
—Rich cambió de bando justo a tiempo. Ha sido ascendido, y me temo que está a punto de ascender todavía más. Thomas Wriothesley es ahora noble también, pero curiosamente le ha dado un ataque de conciencia, por extraño que parezca, y está poniendo objeciones a ciertos poderes que lord Hertford está acumulando sobre su persona. Wriothesley no seguirá siendo lord canciller mucho tiempo. Eso es lo que me han dicho, y confío en mi fuente. —Thomas Seymour, pensé yo, el hermano del lord protector del rey—. Su sucesor será Rich.
Tuve que tomar aliento.
—Es lo que ha ambicionado durante años.
—El manuscrito de Anne Askew ya ha entrado de contrabando desde el continente, y sus revelaciones sobre Rich pronto se harán públicas. El lord protector ya las conoce. —Frunció el entrecejo y se inclinó sobre el tablero de ajedrez para avanzar un caballo—. Pero quiere que Rich sea lord canciller, pues es un abogado inteligente y con experiencia, y conoce bien el funcionamiento de la política y, además —suspiró—, la gente le teme.
—Rich, canciller, cabeza de la profesión legal. Podrá destruir mi carrera — aventuré, sacudiendo la cabeza. Bueno, cavilé, tal vez había llegado el momento de jubilarme. Lo había pensado ya el verano pasado, antes de que comenzaran los problemas. Pero me dije tercamente que me negaba a que me echaran de esa manera. Me gustaba mi trabajo y tenía responsabilidades: Timothy, Nicholas y, sí, Barak. Y además, ¿adónde iría? ¿Qué haría?
—Lo lamento, Matthew. —La reina viuda alzó un brazo como para tocarme, pero no llegó a hacerlo—. Me temo que vuestra posición como serjeant en el Tribunal de Peticiones será pronto concedida a otra persona.
—Sí. Rich me haría algo así, y cosas peores. Tal vez alguna otra acusación de falta grave, que esta vez no será sobreseída. Estoy seguro de que el tesorero Rowland no lamentará cooperar con él.
—Sí, es posible —afirmó ella apesadumbrada—. Pero no si vos también ostentáis una posición segura con alguien de un estatus suficientemente elevado.
La miré sin entender.
—Pero, majestad, acabáis de decir que vos…
—No me refería a mí.
—Entonces, ¿quién?
Ella sonrió.
—Todavía no lo sabéis, pero me han concedido la tutela de lady Isabel, que residirá aquí conmigo junto con su tutor y sus sirvientes. Su padre le ha legado numerosas propiedades, y ahora es una jovencita con una gran fortuna. Al igual que lady María, quien, si se ajusta a los cambios religiosos que están por producirse, podría casarse. En cuanto a nuestro joven rey —prosiguió, ensanchando la sonrisa—, es un buen chico, inteligente y sano. Si vive tanto como su padre, podría reinar durante medio siglo.
Me di cuenta de que era feliz porque su facción había vencido, aunque su propia familia no hubiera llegado a la cumbre.
—Lady Isabel está muy lejos del trono. Sin duda a su debido tiempo se casará con algún noble importante, pero por ahora tiene trece años y está bajo mi tutela. Se debe designar a un Consejo que gestione sus propiedades, lo cual significa que habrá mucho trabajo legal que realizar. Para empezar, habría que poner sus nuevas posesiones a su nombre. —Respiró hondo y volvió a sonreír—. Me gustaría que os encargarais de todo el papeleo concerniente a sus propiedades. Será un trabajo constante. No responderéis ante mí, sino ante el tesorero de Isabel, sir Thomas Parry, que os consultará cuando se necesite consejo legal. Sir Thomas se establecerá cerca de los tribunales, no aquí. He hablado con lady Isabel —añadió—. Recuerda haberos conocido y de inmediato aceptó mi sugerencia.
Me quedé pensativo. Isabel podría ser la menos importante de los hijos del rey, pero un puesto en su casa me proporcionaría protección de sobra contra la persecución de Rich. Y lo más probable era que me arrebataran mi puesto oficial en el Tribunal de Peticiones. Este nuevo nombramiento me proporcionaría un flujo continuo de trabajo en el campo de las leyes de propiedad, que era mi especialidad.
—Un nuevo comienzo, Matthew, para vos y para mí. —Me dedicó una vacilante sonrisa en la que se leía una disculpa.
¿Cómo podía una mujer tan sofisticada, tan hermosa, tan profundamente moral, casarse con una criatura como Thomas Seymour?, pensé una vez más. Pero tal vez Catalina Parr, después de tantos años entregada al deber, se sentía con derecho a elegir por sí misma. Y Seymour al menos era atractivo.
—¿Aceptaréis el puesto? —me preguntó.
—Por supuesto.
—Lady Isabel no se encuentra aquí en estos momentos. Está en el Palacio de Richmond. Me gustaría que fuerais ahora allí y pronunciarais vuestro juramento ante ella. Enviaré un mensaje avisando de que podríais ir hoy. Mi barcaza está lista.
—Sabíais que aceptaría —sonreí.
—Sabía que me dejaríais hacer esto por vos.
Asentí despacio con la cabeza.
—Gracias.
Ella me miró muy seria.
—Isabel todavía no ha cumplido catorce años, pero ya posee la voluntad y la inteligencia de un adulto. Hay una cosa que me ha pedido que les diga a todos los que sean designados para trabajar para ella. Viniendo de cualquier otra joven de su edad sonaría a jactancia infantil, pero no en Isabel.
—¿De qué se trata?
Catalina sonrió pesarosa.
—«Mis perros llevarán mis collares».
—Sí —respondí—, me la imagino perfectamente diciendo eso. Y diciéndolo en serio.
Catalina se adelantó y ahora sí me tomó la mano para apretármela con fuerza.
—Adiós, Matthew. Jamás olvidaré todo lo que habéis hecho por mí. Ni la auténtica estima en la que me tenéis. Creedme, la entiendo y la valoro.
Me miró un momento a los ojos y se apartó. Yo estaba demasiado embargado por la emoción para contestar, y creo que ella se dio cuenta, pues llamó al mayordomo con una campanilla para que me acompañara a la barcaza. Intenté ocultar mis ojos llenos de lágrimas con una marcada reverencia.
Una vez fuera, el mayordomo me aseguró respetuosamente que se encargaría de que llevaran a Genesis de vuelta a Chancery Lane. Me envolví en mi abrigo mientras bajábamos por los nevados jardines hasta el río. El hombre me ayudó a subir a la barcaza que aguardaba en el embarcadero y que dos remeros con librea sacaron despacio a las grises aguas del Támesis. Volví la cabeza hacia el Palacio de Chelsea un momento. Luego me fijé en los remos que me llevaban río abajo, hacia Isabel.